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CONVITE A LAS COLEADAS.

     Por Rubén Rubio Valdez*

Culiacán Rosales, Sinaloa.

Diciembre 17 de 2015.

Era aquella posada una antigua casona de paredes gruesas de tabique, que en otros tiempos fuera sitio importante, zarpeada su fachada de argamasa de cemento con trazo de cuadros a bajo relieve.   El techo de vigas de amapa y pilares cilíndricos de ébano tallado sobre un amplio corredor que rodeaba el jardín central, separado por arquería cubierto de persianas de madera roja de cedro, me hicieron recordar mis vivencias de la  finca de mis padres allá en El Caribe. La posada hacía esquina con la calle que ahí formaba una “Te” con otra que unía dos barrios, popularmente llamados “pa’rriba” y “pa’ bajo”.

Llevo presente aquella tarde de primavera, que adentrándome tomado de mi maleta, justo a mitad del estrecho y corto vestíbulo, al encontrarnos apenas si nos miramos. El saludo fue cordial y se limitó sólo a una sonrisa, precedida de una nimia inclinación de mirada acompañada de una ligerísima caravana.  De momento me sorprendió la reverencia inexplicable de aquél desconocido, más cuando llevó su mano derecha al ala de su sombrero. No pude corresponder de esa manera porque llegué descubierto: fue tan fugaz el encuentro que sólo lo miré.  A los días siguientes fui al mercado y me hice de un sombreo de palma típico de cuatro pedradas. Él me lo sugirió, diciéndome: <El sol de aquí quema. Tendrá que cubrirse. Es temporada de soles. Allá en el mercado encontrará un puesto y un buen sombrero.>

Mi estancia se prolongó tres meses de ese año, poco después del día de San Juan. Él, continúo ahí. En el tiempo de compartir la mesa en la posada durante casi a diario, las conversaciones fueron largas, interrumpidas sólo por el acercamiento de la señora que nos allegaba exquisitos guisos cada mañana, después de tomar café, sin que faltara el queso de textura y sabor único.  En las rutinarias visitas al atardecer, que hacíamos juntos a la plazuela municipal, sentados en la cómoda banca de siempre, nos relajaba ver el movimiento repentino de las manecillas del reloj público y escuchar cada 15 minutos la suave melodía del tic tac de sus pequeñas campanas, si mal no recuerdo eran tres que al percutirlas claramente daban tres notas de la escala diatónica musical. Cuando el alumbrado público, de escasas y tenues bombillas que alumbraban los prados de la plaza y las calles del centro histórico, se suspendía a punto de las nueve de la noche, llegaba a nosotros el débil silbato del policía de guardia de la cárcel municipal, oyéndose las sucedáneas respuestas de gendarmes del mercado y del quiosco de la plazuela.  De pronto la penumbra de la noche pasaba a una oscuridad densa. Era hora entonces de encaminarnos a la posada, que la teníamos a unas cuantas decenas de pasos.  Relajados y sin premura, en esos anocheceres abordábamos variados temas, con reiterada frecuencia sobre la cotidianidad de un pueblo que el silencio de sus noches permitía escuchar los ruidos de sus madrugadas, soterrados por el grave tañer de la campana del llamado a misa a feligreses, de cada vez más lento caminar. El repique de campanas al medio día, distinguía al poblado. Era el llamado al descanso de albañiles, jornaleros en parcelas de cultivo enclavadas en extenso valle de tierras arcillosas de temporal, cercado por lomerío y pequeñas montañas. El repique grave y estruendoso del campanario del templo de solitaria torre, era el aviso del corte de la jornada escolar del turno matutino. A poco tiempo fui acomodándome a escuchar con deleite la algarabía de los escolapios, que jugaban en el parque en horas de recreo. También se me volvió familiar escuchar puntualmente por las mañanas de lunes a viernes, el taconeo de una dama, elegantemente vestida, que esparcía la fragancia del aroma floral a su paso por la posada rumbo a la escuela de niñas. Solo por esto, jamás lo he olvidado. Tampoco no he de olvidar el percutir del Equipo “Morse” de la oficina telegráfica y de máquinas de la academia de frente a la posada, que se oían como ritmo de una pertinaz melodía.

En madrugadas de esa primavera hasta las habitaciones de la posada llegaban con claridad nítida, rebuznos de asnos, bramidos del ganado y cantos de gallos de viviendas y corrales de “pa rriba” y del sur, que hacían frontera con linderos del ejido. Esos rebuznos y cantos los opacaba a veces, las  románticas canciones de serenatas que entonaba el único grupo de guitarras y  acordeón de un pequeñísimo  pueblo situado un poco al norte de la margen derecha del río escoltado por frondosos álamos de gruesos tallos, altos eucaliptos y sauces de eterno mecer. En ocasiones también nos sorprendió el estruendo de la banda de música, tocando a media noche por las calles tras de ebrios y alegres parranderos, despertándonos para robarnos el sueño hasta la aparición del quiebre del alba. Las melodías de variados ritmos, sentimentales algunas y bravías otras, dejaban escuchar en contrapunto, detonaciones de arma de fuego. Eran estas el complemento pacífico y gustoso de parranderos.

De la cotidianidad de ese pueblo, de anochecer tempranero, de caudaloso río de verano y seco en el estiaje, de casas coloniales solas y habitadas algunas por golondrinas y murciélagos, me ilustró entusiasta el personaje a que aludo. Para mí,   vaga en memoria como fantasma,   el recuerdo de ese pueblo y el de ese personaje.

Tomados de las rejas de ventanas de nuestra habitaciones que daban a la calle, tal como pudieran hacerlo dos presidiarios en sus celdas continuas de una prisión, de seguido hablamos y hablamos de temas triviales. Sentía el asombro con que nos miraba sesgada la gente que esporádicamente pasaba frente a la posada. Desde ahí observábamos el vaivén de transeúntes y escasos vehículos que llegan y salían del pueblo circulando por las desiertas calles. En algunas tardes, después de hacer la siesta y sombreada la acera, al ir a la ventana, ya se encontraba él, tomado de las rejas de su ventana, mirando a sur, el sitio de coches de alquiler estacionados junto a la plaza. Siempre pensé que esperaba el arribo de alguien. No encontré explicación por qué habría de familiarizarse de todo lo que sucedía en aquel pequeño pueblo.  Sabía de las pláticas en el mercado, de lo que pasaba al interior de familias de orientales, que me dijo se habían ganado el aprecio de la gente. Se sabía los nombres de personas comunes: de policías, músicos, indigentes, de tenderos y abarroteros. De las andanzas del cura de la iglesia y de la   vida privada de las familias de abolengo y de lo que se discutía en cabildo y dentro de las dos tabernas donde se embriagaba con frecuencia la clase política mezclada con el pueblo,  tocándoles la Banda de Música desde una vals a un tango. Vaya, me hablaba del pequeño presidio, dónde a algunos de los escasos reos se les permitía   el pueblo por cárcel, recalando solos a la alcaidía, como el ganado al corral, para pernoctar en sus celdas. <Cómoda manera de pago de la pena>, ironizó y concluyendo con parsimonia me relató que… <la justa enmienda penitenciaria la abolió la muerte de un reo, comisionado a los quehaceres del corral y parcela de cultivo del alcalde. “En plena plaza, allá, –me señaló el lugar frente al parqueadero de autos-, quedó el cuerpo que empuñaba un puñal, sobre el charco de su sangre que expulsó como fuente la herida de bala de dos que disparó el  comandante en jefe de la policía, en clara defensa y la vista de decenas de gente de domingo de plaza. Las miradas de todos, de próximos y lejanos se centró en la escena, al escuchar el inesperado estruendo seco de balazos de .45.>”

Tanto como de las antiguas casonas coloniales que forman el centro histórico del poblado, me hablaba de los anónimos mausoleos del panteón, que pertenecen a familias antiguas de otra época. <El tiempo ha sido generoso con estos vestigios arquitectónicos. Exhiben la destreza de albañiles de finos y simétricos acabados de tabique y argamasa.>

“Es este un pueblo fantástico, lo verá… –me decía-. En apariencia, todo es diminuto, menos su gente. Curiosos   los nombres de los poblados antiguos terminados en to ó ta. Pereciera que todos quisieran que nada cambiara, pero no es cierto. Es una sociedad de dos eternos bandos que polemizan y mantienes vigentes sus divergencias, que arrastran desde antes y después de la conquista, como que linealmente pasaran por herencia de generación en generación, tal si lo necesitaran como acicate. Estos bandos se vienen auscultando mutuamente desde siempre, siendo ellos informantes para un bando neutral. Simulan confrontarse y el tercer bando neutral, observa y simula conciliar. Las barberías, el mercado, el parqueadero de coches de alquiler, la refresquería de enfrente y las dos boticas, son sitios de resonancia de opinión donde se delibera. Se toleran, sin pasar a arrebatos mayores. Ellos lo quieren así. Desde hace años se conserva una festividad en el marco de una Virgen, por la que nadie ora, que ansían su llegada y que todo quieren, menos que termine.”

-Oiga. Bien que calibrado tiene el flujo de las sinergias de este pueblo –le dije reconociéndolo en verdad y como si no me hubiera escuchado continuó hablando.

“Acá no hay fanatismos, todo es término medio. Sus problemas los resuelven con inteligencia emocional. Los pobres son felices, porque no envidian nada ni a nadie. Antiguamente hubo familias ricas acá en el cañedismo, para allá, profiriato, que la Revolución expulsó, llevándose con nostalgia el ritmo y melodía de un chotis, que hizo imposible el olvido de su pueblo. Sus riquezas se esfumaron, apropiaron por quienes quedaron y por otros que arribaron al poder, que luego también se fueron. Nadie se queja, de todo se festina. Es un pueblo globero y alegre de jueves de plaza, de vendimia y de música. Quien llega al pueblo, pasado el tiempo, podrá pensar en todo, menos en irse. Algo los detiene y lo arraiga. Algunos visitantes y viajeros comisionados a algún encargo encontraron aquí el amor, su media naranja.  No pocos oficiales y tropa de un Batallón asignado a esta región para contener el cultivo de adormidera de la sierra, terminada la Segunda Guerra Mundial, al retirarse de aquí, no se fueron solos: quienes llegaron solteros, se llevaron su vieja, casados o no. Con la huída de asiáticos provocada por su persecución fóbica y cruel también mujeres salieron, que tal vez algún día vuelvan mestizos al reencuentro de su pasado. Aquí hay gente de todos partes, que se vuelven castizos. Luego, como yo, se enteran de todo y se mezclan en mitos, que se repiten y se vuelven leyendas.  Su fiesta decembrina, que es más bien una feria y las fiestas patrias septiembre, sus carreras de caballos parejeras y las coleadas, única suerte autóctona ésta, son diversiones que atraen y cohesionan. Los paseos a las alamedas y a las moliendas de caña a los valles, son sanos regocijos, como lo son sus carnavales con sus alegorías y lectura pública de un testamento previo a la quema del malhumor, simbolizado por un monigote que identifican. El testamento exhibe intimidades inimaginables de personajes de alta y baja sociedad, principalmente de la clase política, dichas en burlescas, mordaces y melódicas letanías que provocan ácidas burlas y risotadas. Lo leído en ese evento es un ejercicio de catarsis del pueblo, que guarda en la memoria colectiva que pasa y se diluye de generación en generación.”

Esa tarde, al escucharlo quedé sorprendido de su capacidad de observación, suponiendo que habría venido a escudriñar por encargo los recovecos de ese pueblo. Sentados entonces, una tarde de vendimia y de música en la plazuela, me dijo:

“En mi estancia en este pueblo, he visto y escuchado de todo. No soy puritano, pero no me he resistido de ir por allá y por acá. Me he envuelto con la gente de uno y otro rango, y de seguro me habrán endilgado algún sobrenombre, que hasta ahora ignoro y que no tengo el menor interés en saberlo.”

-¿Por qué lo asegura usted? –le dije.

“Conozco este pueblo más de lo que pudieran suponer quienes lo habitan. Es un pueblo mágico y misterioso, no por su el trazo urbano y el perfil colonial de su centro histórico enclavado y solitario en una vertiente que equidista del mar y de la sierra, sino por su gente, por su música, por la belleza de sus montañas que lo entornan y el colorido del follaje del verano y durante el estiaje. ¡Ah!, también por la tradición de sus festividades. Por los mitos y leyendas que repite su gente. Por sus mujeres y por su cultura, que conservan apuñada y presumen el paso fugaz de figuras de la literatura. Este, aun que no crea, es cuna de gente que logró relevancia.” –me dijo.

Era jueves de vendimia. El nublado dio frescura a esa tarde. En la plaza, repleta, la gente de todas las edades lucía el colorido de sus prendas. La Banda tocaba en el quiosco retumbando el estruendo de percusiones, trombones y trompetas sobre la fachada de las casonas de frente y de la escuela de varones. La solitaria torre del antiguo templo y las palmeras que la adornan son testigos mudos de todo lo que pasa frete a ellas. El público animoso y alegre gritaba a la banda pidiendo la polka “Las Bicicletas”, mientras que muchachas y muchachas circulaban por la plaza a vuelta y vuelta. Gentes mayores sentadas en bancas serenos presenciaban y gozaban del barullo de esa tarde.   Los músicos ya habían tocado y el público bailado “Inzunceña”, “Mi querido capitán” y “Los amores de Julia”. El ambiente estaba en su punto ya para el anochecer. Mi compañero y yo, sentados en la banca de frente a la de costumbre degustábamos sin apremio un rico raspado de tamarindo, apreciando aquella festividad muy del pueblo y el paisaje de palmeras dentro de los prados meciendo sus frondas en lo alto, mientras las hojas de la datilera se paseaban a ritmo de mazurca “Entre mis penas contigo” que tocaba atemperada la banda. Hasta a nosotros llegaban los olores churros y   de guisos de fonda, friendo delicias culinarias aperitivas. Llegaba también el ruido del cepillo raspador de hielo, cuando la banda en el quiosco paraba. El receso de la banda, permitió escuchar el grito: “toquen el matarile”.  A todos obligó a voltear y descubrimos que era la voz alzada de un loco andrajoso sentado sobre una silla reposada al muro de la botica a la que estaba aquerenciado mañana y tarde, le decías “El Loco Chavelo”. Los músicos no escucharon, tampoco tocaron “El matarile.

Después de succionar con el popote el jugo de tamarindo, mi amigo me tocó el hombro y enseguida me dijo:

“Me ha de creer lo que contaré. Podrá parecer a usted trivial, pero para mí fue importante. Al terminar el relato, podrá ser juzgarlo y pensar que tuve suerte de envolverme en esta experiencia, me refiero claro a     las tradicionales coleadas que se realizan en rancherías donde se cría ganado y se junta vacas paridas para la ordeña.  En esa rancherías se prepara el un riquísimo queso artesanal, que como el chorizo y chilorio de marrano que de seguido degustamos en la posada, es delicia de gran tradición y prestigio de este pintoresco pueblo.”

A ver, cuénteme sobre esa suerte vaquera, más que charra, que según se sabe surge como diversión entre caporales y vaqueros desde lejanos tiempos de hacendados del porfiriato, que navegaban ganado por extensos potreros de agostadero y breñales.

“¡Ah!, entonces, ya sabe algo sobre Las coleadas.” –enfatizó.

-Sólo eso –le respondí con modestia e inició el relato.

“Bueno, por principio le digo que, de pronto me sentí, como dicen por acá, dentro y hasta el cogollo del convite. Tal parece que fue esa la primera vez que se organizara algo parecido. Para mí, además fue un descubrimiento.”

-¿Porqué lo dice?

“Porque conozco de las suertes charras mexicanas,   de gran simbolismo nacional.  De donde surge la figura del “charro mexicano”, su atuendo, su sombrero y la música y sones de mariachi, que son orgullo nacional.”

Por considerarlo inoportuno, me contuve en ahondar sobre el relato que me mantenía interesado por escuchar. Con las referencias al simbolismo que es la charrería y la música de mariachi, creció mi desconcierto por no saber exactamente quién era y que hacía en este pueblo. Ahora he pensado que también él pudo haberse preguntado lo mismo de mí. Tampoco yo di la cría, como hablan por allá. A lo que es lo mismo, entre gitanos no se leen las cartas.

Sin perder atención sobre el bullicio de la “Tarde de Jueves, vendimia y música” en la plazuela, que estaba en su punto, entró de lleno en el relato diciéndome.

“Todo empezó aquí en la plaza, ahí, frente al atrio de la iglesia. Serían las tres de la tarde del 29 de junio, de hace dos años. Caminando hacia la posada, por allá venía de visitar a don Pedro Montes en su predio El Bajío, dónde se arremolina gente muy de mañana y de tardeada para proveerse de agua bruta de una noria de su propiedad. Es un bonito paraje su huerta de mangos, ciruela, caña y papayas, anclada a la rica tierra de aluvión, que explicablemente le llaman “tierra muerta”.  Desde ahí, la gente de la orillas del pueblo acarreaban en baldes, palanca al hombro, en barricas sobre bestias y carretones tirados por mulas o asnos. La bomba municipal no abastece la demanda de agua entubada. La de la noria de El Bajío era inagotable. Pasé de largo por la calle hasta la posada, no sin llamarme la atención el barullo que se escuchaba de mujeres y hombres jóvenes, algunos montados a caballos y otros en mulas. Me informé sobre el barullo de la plaza por don Erasto que me dijo:

<Es una convite. Parece ser que van hacer bola para ir esta tarde a las Coleadas de Boca del Arroyo. Van a jalar la Banda de Jando.>”

“Decidido, con apremio fui a la posada y me duché, dispuesto a unirme al convite. Yo ya sabía que era un convite, y por ello me llené de entusiasmo y me arrimé a la bola. Algunos ya me conocían, cuando se hacían convites para echar a vuelo los globos de papel de china, a los que jamás falté. Bueno, el caso es que un muchacho me dijo de muy buen talante. Qué bueno que se arrimó. Se va poner bueno el asunto, señor. Está lejos para caminarla, ¿no crees? –le dije y me respondió. Está retiradita y larguita la tirada, pero la tarde está fresca. Con el barullo, en un dos por tres vamos a darle la sorpresa a la gente allá en las coleadas. No se va sentir la distancia. Anímese, yo lo invito.

Era una alegría general y seguía llegando gente y más jóvenes montados. Alguien, de pronto, gritó: <Allá vienen los músicos> Entonces voltee y corroboré que venía por delante el tamborero y el bajero. Fue entonces que se subió el volumen de la gritería. Hasta ese momento, no identificaba los líderes de ese alboroto; como que no los hubiera, ni tampoco creí fueran necesarios, porque todo estaba bien organizado.”

Sin hablar, yo seguía atento de la plática y la banda que en el quiosco sequia tocando. Ya habían tocado polkas y chotises. Me percaté que tocaban “El hombre aparecido” y “El gallo tuerto”, piezas tropicales y de mucho baile.  Mi compañero había interrumpido el relato en razón de venirle un estornudo, obligándolo a sacar su pañuelo del pantalón. En cuanto terminó de frotarse la nariz, después de sonarse, retomó el relato diciendo:

“Cuando llegó el resto de los músicos, se completaron once. Jando era el jefe de la banda.  Era muy borracho, pero esta vez venía sobrio. Tenía una semana que había cortado la borrachera. Dicen que le tenía horror a las crudas y era por eso que no la dejaba llegar. El tomaba en la cantina de Chivano, que era donde bebían los albañiles, los jornaleros y la gente pobre de los poblados vecinos. Jando, le decían, porque se llamaba Alejandro, y tocaba clarinete. Un cieguito le hacía segunda. Bueno, el caso es que alguien gritó: <Vámonos>.  Los caballos atrás, los de a pié delante y los músicos en el medio. Dimos vuelta a la plazuela, pasando por frente a botica y por la casa del presidente. La gente que nos miraba, se reía y hasta gritaban. Ahí estaba “El Loco Chavelo”.  Alguien le dijo: <vamos Chavelo. Y contestó: no le hago.> El tal Chavelo se distinguía por mordaz y por flojo.

Tomamos la calle que lleva al panteón. Creo que íbamos como veinte gentes a pié y unas quince montadas. Parecía un desfile del día del trabajo. Cuando pasábamos el panteón, éramos mucho menos los de a pie. Con los músicos no parecíamos pocos. Desde el panteón, percibí imponente la torre del templo y las montañas donde empieza la Sierra. Sentí lo mismo el contemplar la codillera de cerros que demarcan la separación de la sierra y la costa. El valle que dejan la elevación de la serranía, dan un paisaje singular a esta región.”

Terminando de hablar hizo una pausa, se puso de pie y acomodó los pantalones jalándoselos del cinturón.  Tomó asiento de nuevo, extendidas cruzó sus piernas, dio un inesperado giro de cadera una vez sentado, que de no contenerme me hubiera pillado riéndome. Enseguida tosió dos veces para afinar la voz.

“Como puede ver mi amigo –me dijo mirándome de frente- Son pocos los pueblos donde se dan estas ocurrencias. En los pequeños pueblos no lucen tanto, tampoco en las ciudades. Estas ociosidades piden un punto medio, para lograr colorido y autenticidad.

Quizá, gente de grandes ciudades, idos de pequeños pueblos como este, añoren todo esto que tuvieron estas vivencias -le dije.

“Exacto –agregó y retomó el relato diciéndome- La primera pieza que tocaron los músicos fue “La chingadera”. Grosero el nombre, no,  pero muy propia para la bailada. Lo hicieron caminando sobre la calzada de la Alameda, terminándola al pie de la cuesta para llegar al panteón.  Terminada   la pieza, tanto músicos como los jóvenes exhibieron algo extraño.”

-¿Qué cosa? –pregunté.

“Como que alguien hubiera ordenado voltear a su derecha, fijando la mirada brevemente hacia una pequeñísima montaña arbolada situada entre la alameda de la ribera del río, conocida como “la cocobora”, después lo supe. Según cuentan, “la cocobora” encierra todo un misterio de brujería. Creencias de pueblo, usted comprende.

Antes de que la banda tocara “La chingadera”, la caminata había parecido un triste cortejo fúnebre, que es costumbre acompañar al difunto con música bandeña, desde el atrio de la iglesia hasta entrar al panteón y previo y después del entierro. El sol que pegaba de frente nos hacía sudar. El baile callejero empezó luego de dejar el empedrado de las calle. Cuando tomamos la terracería de la calzada, fue que sé arrancaron con “La chingadera”. Todos, los de a pie y montados íbamos ensombrerados; las muchachas, vestidas con faldas plisadas que cubrían media pierna, con blusa holgada con media manga y su cabello recogido con pañoleta. Con arracadas de fantasía y pintados labios de carmesí, su belleza era radiante dando un aire de gitanas.  El camino al panteón, no sé sí lo ha visto, es de tierra suelta como pinole, que le llaman “tierra lama”, que por el brincoteo de los caballos al ritmo de la música, levantó polvareda. Los de a pié bailaron por parejas la polka que según me enteré, se escucha en esta región desde hace muchos años. Unas bailaban abrazados y otras, como que la hubieran practicado en sus casas: es que lo hacían tan bien. Los bailadores bañados en sudor no daban muestra de fastidio. Qué gran ambiente se hizo. Cuando nos alejábamos del pueblo, la gente había salido a banquetas de sus viviendas; reflejaban en su mirar, asombro, dejando ver un contenido regocijo. No sabían que rumbo llevamos.  Sabían que íbamos rumbo al panteón, y como no había difunto, el semblante era de desconcierto, tomándonos por locos destornillados. Así le dicen en este pueblo a la gente locuaz, a gente extrovertida.  A los locos le dicen “el loco ché”, “el loco pancho”, también referido al padre o la madre o el barrio o el lugar: “el loco del Palmar”, “el loco de la chepa” y así. Es de risa el vocabulario en este pueblo.”

Ya lo escucho. ¡Ah!, Entonces, esta caminata es tradición –opiné.

Creo que no. Fue una ocurrencia de gente que le gusta el barullo me respondió y continuó:

“Los músicos caminaban al paso de los muchachos. El cieguito, no se apartaba del grupo, con la mano cargaba su clarinete, y sin apartarse, allá iba del brazo de Jando que caminaba adelantadito de él.  El paso a trancos de las bestias eran lento y acoplado al ritmo del andar de la muchachada, compitiendo el ruido de los cascos con las pisadas de la gente. De repente, pasando el panteón, se detuvo la marcha precisamente al medio de un llano sin hierbas, regado de hormigueros abandonados. Era tan amplio como un patio de baile, rodeado de un monte espeso de árboles altos y frondosos con breña seca, donde resaltaban pitahayas y nopales, y otras cetáceas que al preguntar me dijeron que eran choyas y que por espinosa, hasta el diablo les saca la vuelta. Como si lo tuvieran dispuesto, los de a caballo formaron un ruedo y algunos nos replegamos, igual los músicos. No faltó quien gritara…<Jando, La polca del clarinete> y fue entonces que lueguito se arrancó la banda y de inmediato los muchachos, formando parejas hasta donde alcanzaron la mujeres. Los que no alcanzaron, no más se quedaron mirando, pero haciendo relajo y gritando ajuas.  Le confieso que aguanté el deseo por bailar con una muchacha pasadita de edad, que poco la invitaban, no sé por qué, pués estaba, que digo, está de muy buen ver.  No he dado con la ocasión y la forma de acercarme a ella, por el temor de verme despreciado. Bueno, el caso es que cuando Jando y El cieguito tocaban el solo de la pieza, me pareció conocida. Al recordar que era la misma melodía que hacía años había escuchado en Estados Unidos, hacía muchos años. Era esta una versión fusionada de contrabajo, acordeón y clarinete sin percusiones.”

Mientras hiciera la digresión, permanecí callado y atento a su afán de continuar su relato. Tal si ignorara mi presencia siguió hablando.

“Mientras que la escuchaba y miraba el baile de las parejas en medio del hormiguero, sin hormigas, llegó a mi memoria el origen de polca que escuchaba. Claro, su origen era polaco. Algunos migrantes que conocí en le llamaban “Polca del abuelo”. La intriga no fue recordar la melodía, sino saber cómo habría llegado a este pueblo, lejos de la frontera de Estados Unidos y desde luego, tal lejos de Polonia. Otra cosa que me intrigó fue los pasos del baile, que iban muy de acuerdo con entradas y salidas de la melodía, que por cierto Jando y El cieguito, por momentos de cuatropeaban por la velocidad con que la tocaban. El bajero y el tamborero hacían volver al tiempo, empezando la pieza de nuevo y no tenían para cuando terminar. Lo lograron hasta que dejaron de moverse quiénes bailaban, quedando de pie al centro del hormiguero.  Es que se miraba que ya no podían, ni unos ni otros. Entonces comprendí que las polcas cansan y quienes las bailan deben tener condición deportiva. Es un ritmo para jóvenes, no para viejos.”

Con la referencia al origen de la pieza y la pregunta que se hacía respecto a cómo habría llegado esa melodía a este pueblo, me dije, este señor, no es cualquier persona. Fue entonces que creció mi intriga por no saber quién era, y todavía más qué diablos hacía en un pueblo tan modesto.

“Le confieso amigo, que yo iba a rumbo –me dijo- Cada cosa que pasaba era una sorpresa, y me preguntaba ¿habrá más?; pués claro que las hubo y muy agradables e interesantes, como lo que pasó con el “cochi jabalí”.  Sepa usted mi amigo, que es así como nombran a los marranos en esta región. Y como en todos lados, cochis son quienes se mezclan en amoríos con parientes en primer y segundo grado.”

Ya lo veo que está usted muy documentado del léxico de esta región -sin hacer ningún comentario a mi apreciación, solo me miró y continuó.

“Saliendo del hormiguero se tomó, mejor dicho, tomamos una brecha por donde transitaban carretas y ganado. El cauce del río estaba cerca. De algunos puntos del camino se apreciaba el cañón que forma el río, aguas arriba y aguas abajo. Bonito paisaje, sin duda. Bueno, el caso es que mientras avanzábamos rumo a la Boca del Arroyo, de súbito se miraban correr en estampida liebres y conejos, se escuchaba el vuelo vertiginoso de codornices y palomas en estampida, que dio desde luego un toque especial a la caminata y cabalgata. Los que siguieron después del bailar “El clarinete polca”, fueron los que continuaron hasta el final. Ya nadie se desperdigó. Ya estábamos más para allá que para acá.

Qué manera tan coloquial de hablar señor –le dije y me respondió.

El que en la miel anda, algo se le ha de pegar. Usted anda muy embadurnado, ya veo –me dijo- Me miró con asombro y al reírse se ahogó al intento de decirme algo. Con ganas de entender lo que decía y creyendo entenderlo le dije: Ya lo veo a usted embarrado también –ambos nos reímos y luego de respirar hondo continuó el relato diciendo.

“La brecha por donde avanzábamos, daba para dos hileras de caminantes. Los músicos, avanzaban en fila india como el resto, cubriéndose la cara del sol con el sombrero inclinando hacia abajo. Juan, “El tamborero”, que iba delante guiaba ahora al cieguito, a modo de que tomado de la tambora por una cuerda caminara seguro. Se escuchaban las pisadas de los caminantes, el resuello y ruido de los cascos de las bestias. Era evidente en todos, el cansancio. La meta estaba cerca. Sin que lo dijeran, a mi me pareció que les alentó ver a poca distancia y sobre la ruta una bebelama que su follaje movía el viento fresco que empezaba a soplar  y sol casi cayendo.  La sombra de ese árbol era el oasis que deseábamos para descansar. Yo, como ellos y de seguro los músicos, lo deseaba también.  Tal vez por eso, no pidieron a Jando que tocara, el cansancio se los prohibió.  Ya estábamos por llegar al árbol  cuando de pronto se escucha un alboroto dentro de la espesura del monte, de inmediato todos paramos aterrados,  olvidándonos de la bebelama y de la sombra que  ansiábamos. Las muchachas se protegían unas a otras. Sin que se escuchara palabra alguna, me pareció que caímos en pánico, porque el alboroto crecía y se acercaba a nosotros. No tardamos en dar por hecho que se trataba de una jauría de perros gruñendo y ladrando, mezclado con el chillido de una animal que atacaban. Lo extraño fue que, con gran rapidez ese escándalo venía a nosotros como un bólido, por lo que cada quién a como pudo le dio paso, echándose hacia atrás y a los lados. Los caballos asustados, de no ser por sus jinetes, habrían corrido en estampida. Juan y el cieguito en mancuerna se pusieron a salvo. El bajero, conocido como don Nilo, con perdón por su edad, me provocó una risa incontenida por la comicidad con que corrió a guarecerse tras el grueso tronco de una pitahaya. Todos vimos como el jabalí, paró su huidiza carrera en medio de la brecha y encaró a la jauría mostrando sendos colmillos, sin dejar de chillar, con el pelo de su cuero erecto. Lo perros le gruñían, con cierto temor y el cochi jabalí, moviendo la cabeza hacia los lados, se veía acorralado, buscando tal vez la forma de escapar. Eso,fue momentáneo, porque de súbito, el solitario animal sorprendiendo a la jauría, rompió el cerco y emprendió la huida a toda prisa, desbarrancándose por la cuesta hacia abajo del río, dejando escuchar lastimosos aullidos de dolor.  La jauría, desconcertada ya no lo siguió y se desbandó.  Todos nosotros soltamos una risotada, no por la escena que habías presenciado sino por el susto y miedo que mostramos. Los músicos, pobres músicos, también se rieron, creciendo su risa cuando salió del monte don Nilo, con el instrumento terciado a la espalda como si fuera un fusil. No sé si por nervios o por romper el cuadro de miedo del grupo, pero se arrancaron con una diana. Don Nilo no la tocó; tardó en llegar, por desprenderse un racimo de choyas pegadas al pantalón.  Todo se volvió fandango y no faltó quién dijera a los músicos: <arránquense con “El Jabalí”>. De pronto, después de llegar a la bebelama, más que descansar, músicos y bailadores, olvidándose de la jauría, daban rienda suelta al gusto brincoteando a ritmo del tradicional huapango “El jabalí”. Hipólito y Pineda, tromboneros de la banda, guiados por la percusión de la tarola de Chalío y la tambora de Juan,   gritos sacaron a los bailadores y los caballos retozaban bajo el mando de los jinetes. Las bestias lucían renegridas de sudor y secretaban un espumarajo por hocico y verijas.  Cuando terminó la pieza, los de a pie se tiraron al suelo, recargándose en sus brazos puestos hacia atrás. Yo, para que negar, sintiéndome cansado, también me tiré al suelo, cruzado de piernas. Los bules con agua que colgaban de la cabeza de la silla de los caballos, rolaron entre todos. Estábamos exhaustos y sedientos. Los jinetes desmontaron, de seguro estaban rosados.

Aún no nos poníamos de pie, cuando se empezó a escuchar lejano el leve retumbo de una tambora. Jando, fue el que dijo con parsimonia: <Ya empezó el barullo en las coleadas de La Boca del Arroyo>. Eso reanimó al grupo, entonces todo mundo empezó gradualmente a ponerse de pie.  El viento que corría bajo la sombra de la bebelama sirvió para reconfortarnos. Bueno un oportuno relax.

El señor hizo una pausa, mientras que volteaba hacia oriente de la plazuela me dijo:

“Qué bonito se está poniendo el nublado. Creo que si no llueve por la noche, será de madrugada. Están retrasadas las lluvias. Aquí, es una delicia el clima después de una lluvia. Lo verá usted.”

Se siente fresca la tarde –le dije y sin mayor comentario retomó el relato.

“Siguiendo con el relato, le diré algo mi amigo. Los músicos reflejaban en su semblante cierto tedio. Yo ignoro, y jamás lo supe, si quién los contrató les habló que irían por esos breñales hasta el sitio de las mentadas coleadas. Todos ellos no eran unos jovencitos, tampoco unos ancianos, pero la friega que se habían dado, fue como para no volver a tocar. En ese momento de percibir el tedio, supuse que a caminantes y músicos les faltaba algo, sobre todo a Jando y a un trompetero que le apodaban “Chavarra”.

¿Qué le faltaba?, le pregunté.

“Trago. Aguardiente o Club 45. Es que el músico para inspirarse necesita eso: la bebida. Y Jando y a Chavarra, les encantaba, igual que al tarolero. A lo mejor. Pero como iban muchachas, no lo vieron conveniente. ¿No cree usted?” –Me preguntó y retomó la plática.

“Bueno, eso supongo, la cosa es que todos de pie, los hombres nos sacudimos el polvo del pantalón y las muchachas las faldas. Algunos, nos estiramos de brazos y nos pusimos en condición de continuar con esa aventura. Ahora pienso que fue una loca aventura, propia de gente de este pueblo que en la intención de matar el ocio, lo hace de cualquier forma. Mira que unirme a esta caminata por caminos que jamás imaginé.”

No me explico cómo usted se involucró en ese convite, en verdad. Yo, creo, no soy para esos trotes, hablando coloquialmente de cabalgata –le dije.

Como haya sido, yo me divertí. Y ahora le cuento lo que siguió hasta llegar a la ribera del arroyo.”

Ya me imagino –respondí con interés de que continuara y lo hizo con el mismo interés de el principio.

Dejando atrás el breñal y el terreno pedregoso de agostadero, fue una bendición pisar la arena húmeda. Tuve la sensación,   que todos sintieron volver a la vida con la frescura del agua, rodeada de hierbas verdes y las sombras de álamos y sauces. Los jinetes desmontaron para dar de beber las bestias. Algunos de los de a pie mojaron el cabello para refrescarse. Los músicos solo miraban, buscando la forma de cómo pasar a la otra banda del arroyo. Creo que en ese momento lo que querían era llegar al ruedo de las coleadas y desligarse del compromiso por seguir tocando a la bola de locos, incluyéndome desde luego.

¿Ahí terminó todo? –pregunté y de inmediato me respondió.

“Que terminar, ni que nada. Los músicos, pisando piedras y troncos de árboles varados en el arenal pasaron a la otra banda del arroyo. El cieguito descalzo y con pantalones arremangados a media pierna, trastabillando del brazo de Jando caminaba y a como pudo, pasó al otro lado. Jando, enseguida preguntó: <Si van a pedir una pieza, pídanla. Será bueno llegar al barullo tocando.> ¿Cuál pedimos? – alguien preguntó, volteando a ver al resto de los muchachos y fue entonces que sorpresivamente, El cieguito respondió: <Hay que tocar “Mi suerte”.>

 

Que enigmático el título –comenté y sin mayor abundamiento continuó hablando.

 

“Alguien preguntó, ¿por qué esa? Por las que pasamos. Por lo del cochi jabalí -respondió El cieguito.  Las muchachas, que la conocía, dijeron gritando: esa, esa Jando. En cuanto salimos del arenal del arroyo, ya en lo parejo del poblado empezó la banda a tocarla. Yo ya la había escuchado en “El embrujo” en las parrandas que se ponían los serreños, que llegan con algo y regresan con dinero.”

 

¿El embrujo?…  pregunté. ¡Ah! sí, la cantina donde beben lo de adinerados.

 

“Ese chotis, es de los más reconocidos y solicitados por los parranderos de esta región, tanto de la sierra como de la costa –me explicó- Dicen que la hizo un músico por la suerte de encontrar un buey que buscó por varios días. Fue así como entramos al rancho. La gente que estaba en las coleadas, se unió al barullo de nosotros. Es que la música y las muchachas que lucían radiantes no escondían coquetería, muy a pesar de lucir sus blusas empapadas de sudor y media chorreada su cara por el polvo que levantaban bailando. Es que sin viejas, mi amigo, no tiene chiste nada en la vida. ¿No es así?”

 

Así es. En velorio o en una misa sin mujeres, no es lo mismo. En los bailes, ni se diga –le respondí y agregué- Oiga, por la forma en que habla, parece ser de por acá. Me respondió sonriendo.

 

“Es que se pega el hablar. Fíjese mi amigo, que al adentrarnos por el lado del arroyo, el rancho me causó buena impresión, muy a pesar que éste no fuera casco de antigua hacienda, como las hay en el centro del país. El trazo de las callecillas, el arbolado de los solares y rusticidad de los corrales, donde resguardan la becerrada y las zacateras sobre las enramadas, da una muestra de aldea típica, que no se ven por otras partes del país.”

 

Que ilustrativa su descripción –le dije.

 

“Según me informé, las coleadas son tradición de esta región, y que vienen desde finales del porfiriato. Había sido una diversión ideada por los capataces y vaqueros que manejaban ganado en extensos potreros de pastizales cerriles. Este espectáculo lo hacían los vaqueros hacia su entorno, para su diversión. Ellos eran simples peones al mando de mayordomos. Organizaban la ordeña en corrales de vacas paridas, parapetados para ese fin. En esos encierros de ganado bronco y bravío, se dio la primicia de este entretenimiento campirano. De ahí surgió el refinamiento del caballo vaquero y de jinetes lazadores. Las vacas y vaquillas, como los toros macizos y toretes son broncas y huidizas, que obligaba destreza a vaqueros de a caballo, para arriarlas a corrales, para amamantar sus crías. En el correteo y lazo en los llanos, breñales y por brechas de los vallados, sé dice nació la diversión de lazar, colear y tumbar. Después vendría la monta de vaquillas y toretes en corrales de ordeña o de herrar y marcar. La suerte de montar, por el riesgo de lastimaduras que implica y hasta muerte de jinetes, no se consolidó regionalmente. Es la coleada, la que ha quedado, convertida en algo tradicional, suerte vaquera sin reglas. En ellas hay expectación y reina el escarnio entre vaqueros, que a veces terminan revolcándose y azotándose unos con otros de los coleadores y asistentes.”

 

En sí, ¿en qué consiste la coleada? –le pregunté, en medio el jolgorio en la plazuela.

 

“La coleada empieza con meter en al toril a un torete o vaquilla, que al soltarla corre y corre, perseguida a toda carrera por un jinete hasta alcanzar, tomar la cola, hacer un nudo con ella y espolear y azotar el caballo para adelantarse,  jalonearla hasta tumbar. La rapidez de la tumba, el estilo y destreza, es la medida de calificación y premio al jinete.

 

Que interesante, señor –le dije.

 

“En verdad interesante.”

 

 Respondió y retomó el relato, que creí había terminado.

 

“Yo esperaba un rodeo en forma. Un lienzo. Y me llevé la grata sorpresa que todo era artesanal y autentico. La postería en línea era de madera regional conocida como palo colorado.  Igual el corral, vallado con postes de brasil y enramada con canoas de álamo como bebederos para el encierro de vaquillas y toretes que serán correteadas. El toril y puerta también de madera rústica y rolliza. Las gradas eran tapancos de madera labrada y los barandales de madera rolliza, sobre horcones y vigas de madera. Desde ellos, la gente se divertía gritando, echando pullas, burlándose de los jinetes que no tumbaban o que se caían del caballo o con todo y caballo. Se escuchaban expresiones de: <Así se tumba, para que aprendan cabrones> <Lázalo, pendejo> Algunos, con la llegada de las muchachas, que se subieron a los tapancos, moderaron su expresiones. Con tanta gente sobre los tapancos, llegué a pensar que podría venirse abajo. Pero no, estaban bien apuntalados. La gente para esto, nada tonta. Hacen bien las cosas.”

 

Entonces, le sorprendió el ambiente –pregunté.

 

“Ese era un ambientazo. La banda que tocaba desde que llegamos, no dejaba de hacerlo. De las piezas que recuerdo están: “Como me gusta este rancho”, “La borrachita”, “Amor y Lagrimas”, “La pecosita” y otras, que no conozco.  Pero todas bonitas y muy arregles y muy de parranda.

 

Me imagino el ambiente –le dije.

 

“Fue una tarde muy alegre. A la banda de Jando luego le cayeron clientes y la pusieron a la orden de las muchachas.  Es que he sido testigo que los hombres de por acá no le pesa gastar en música y parranda, y tratándose de muchachas, son muy galanes y respetuosos. Recuerdo que el cliente dijo a Jando: “Jando, toque las que le pidan las muchachas, yo le pago. Y dirigiéndose a las muchachas les dijo: ahí la tienen bonitas, es suya, pidan las que quieran. Es de ustedes la banda. Pues al rato, imagine amigo, dos bandas tocando a la vez. Los que estaban montados, gritaban toquen “El gavilancillo” y se la tocaron. Otros que “La vaquilla colorada” y también se las tocaron. Era una bailadera de caballos. Y habían terminado el correteadero de vaquillas y toretes.

 

Oiga, de veras que se divirtió en esas coleadas –le dije.

 

“Pues por qué le digo. Tengo tan presente esa aventura loca. ¡Ah!, al terminar las coleadas, los músicos de las dos bandas se bajaron de los tapancos y fueron al taste, recubierto con arena, húmedo de meados y muñiga de caballos y de ganado que se zurraba espantado por el gentío y por los azotes que les daban al soltarlos del toril. Fue entonces que empezó el baile, que terminó muy de tardecita. Pero deje decirle. A la banda que estaba tocando cuando llegamos, el cliente les dijo: <Toquen completa esa pieza que tocaban cuando no tumbaban los vaqueros. Que no sé cómo se llama. ¿Cómo se llama? Gritó. Como no se escuchaba bien por el ruido, el jefe de la banda se acercó y le gritó de frente: se llama “El vaquero no ha tumbado”. Pues tóquenla, porque yo si tumbo, le dijo, albureando y soltando una risotada. Fue entonces que la tocaron y como no la conocían los músicos de Jando, tuvieron que ponerle cuidado cuando la tocaba la otra banda y fue así como se la aprendieron. Al principio la tocaron muy atrabancados, pero cuando la volvieron a tocar, se les emparejó la otra banda y la tocaron juntas. La tocaron dos veces y un vaquero con chaparreras y espuelas, le gritó, que no saben otra, como chingan con esa pieza.  Entonces el cliente que la pedía y quien la pagaba, le respondió y le gritó con muchos huevos, como dicen aquí, y   pa’ que la oigas y te la aprendas, va de nuevo, ¿cómo la vez? Se le quedó mirándolo de muy mal modo y fue entonces que el gritón, nada dejado, se abalanzó para darse de golpes, pero la gente los separó oportunamente, pués otro vaquero se aprestaba darle de reatazos por la espalda. Es que la gente andaba briaga, por tomar vino y cerveza. El problema no pasó de ahí. Luego se dieron la mano. <Cuál quieres. La quieras, nos pídela>, le dijo el que pagaba la música. La que pidió fue “Mi gusto es”. La tocaron las dos bandas juntas. Que bonito de oyeron los trombones, cuando se empezaron la pieza.

 

Al volverla a tocarse “El vaquero no ha tumbado”, las cinco muchachas, que moviéndose al ritmo de la pieza, no faltaron bailadores que se les emparejaron y ahí nació, creo, la forma de bailar ese huapango. Que debo decirle, la forma del ritmo guarda mucha diferencia con los huapangos de otras regiones del país que conozco.”

 

En medio del ruido de la música que venía del quisco le pregunté ¿Qué más? –por el ruido creo que no me escuchó y como tardaba en responder, por lo que le repetí la pregunta y sin responderme me dijo.

 

“Espere. No crea, sí le escuché. Qué casualidad, están tocando aquella pieza –me respondió eufórico- Pues le diré, siendo hora de regresar, salimos a la terracería y nos encaminamos para regresar. Las muchachas montadas en ancas de caballo, al anochecer llegaron aquí a Mocorito. Los de a pie, llegamos un poco más tarde.”

 

¿Y los músicos de Jando? –le pregunté.

 

“Los músicos de Jando y los otros se quedaron. Dicen que amanecieron tocando en la Boca del Arroyo. Les fue bien, los jaló un cliente larguero, de esos que sacan el sol con la música.”

 

Fin.

“NI SE ABRE NI SE ABRIRÁ, COMO DIJO DON TEOFILITO”…SÍ, DE MOCORITO.

 

“A la memoria de Don Teófilo Rosas Inzunza (1860-1964) y don Julián Verdugo Sanz (1985-1972).”

                                                                                                       *Rubén Rubio Valdez

 

-Oiga don Teófilo –dijo aquel fulano enciscado, flanqueado por dos burros aparejados amarrados al tabachín que los sombreaba-. -Se fue la mañana; ahí me tuvo aguardándolo, no más asoleándome; me arrendé, pués   el zaguán no se abrió. –Ni se abre ni se abrirá, tu lo dejaste cerrado. –con enojo don Teófilo contesta también a aquel labriego, que confiado tal vez en el olvido del anciano, pretendía joderlo de nuevo. Ya hacía algún tiempo le debía dos fanegas de maíz, que a la palabra le había fiado don Teófilo, y que nunca pagó. <Habíase visto descaro de éste>, pensaría don Teófilo.

 

Creo que había tardado en escribir sobre el dicho: “Ni se abre ni se abrirá, como dijo don Teofilito”.  En Mocorito fue expresión casual y causal surgió en el ámbito de los encuentros diarios de una reducido grupo de amigos en la tienda de don Julián Verdugo Sanz (1885-1972) en “La Plaza de Mocorito”, manera de llamar al mercado municipal, construido en el remoto tiempo en que fue Prefecto Político don Antonio Echavarría Rochín (1902-1906). Don Julián Verdugo se había avecindado en Mocorito a la edad de 23 años en 1908, siendo Prefecto el Dr. Enrique González Martínez, año en que se constituyó el “Club Político Francisco Cañedo Belmonte (1839-1909)”, que postulaba de nueva cuenta a Cañedo como gobernador para un período de cuatro años adicionales a su largo período de gobierno, que con su “muerte natural” en 1909, se salvó de morir en el paredón.

El grupo político dirigido por el galeno y poeta González Martínez organizaría las fuerzas vivas en otro “Club Político” para impulsar la candidatura de Diego Redo de la Vega (1869-1963), frente a la José Ferrel (1865-1954) también para gobernador. Diego Redo, ganó la elección fraudulentamente y tomó posesión al cargo de gobernador en septiembre, mismo que dejaría en 1911 por la fuerza del levantamiento revolucionario acaudillado localmente por Ramón F. Iturbe y Juan Banderas, para vivir desterrado en Estados Unidos. Los revolucionarios que tomarían el mando y en poco tiempo se les iría de las manos, para caer en otras que desde 1930 gestaron una dictadura institucional hasta el 2010. Don Julián Verdugo no formó parte de ese  grupo de políticos y de empresarios que decidían todo en el Distrito de Mocorito, desde tiempos del Coronel Manuel Inzunza Gaxiola (1821-1897), personaje que gobernó el Distrito por más de 20 años, desplegando antes y durante su mandato los episodios más arbitrarios de ejercicio del poder, que a la menor sospecha de oponente a su gobierno lo hacía aprehender y fusilar sin ninguna  contemplación bajo los fueros de Andrés Armenta, siniestro jefe de la acordada, que después el Coronel Inzunza ordenó liquidar para ocultar confesiones de arteros homicidios que lo comprometían.

En la nueva época que alumbraría la Postrevolución de 1910, don Julián tendría una actividad cívica muy dinámica en el municipio, pues después de haber sido vicepresidente suplente del Ayuntamiento en 1917 presidido por Refugio Belmontes y simultáneamente ser miembro de la Junta Patriótica Ciudadana integrada entre otras personalidades, por don Medardo Lugo y Castro y por don Serapio López Castro, y enseguida ser llamado para sustituir en la vicepresidencia que ostentaba don Luis R. Cota.

La  expresión “Ni se abre ni se abrirá, como dijo don Teófilo” y otras fomentadas en el contorno del grupo de amigos y el resto de los locatarios de “La Plaza”, al referirse a don Teófilo, al tiempo derivó a “Don Teofilito”, tanto  por respeto a su edad como a la talla de un señor  respetuoso y respetado que se le reconocía,  referido por otras generaciones de vecinos de la Villa ajenas a ese círculo de amigos, en los años de aquella pequeña tienda de zapatos, cinturones, sobreros y huaraches de don Julián Verdugo Sanz, establecida  a finales de los años veinte del siglo XX, y que  fuera sitio de reunión de los señores Teófilo Rosas Inzunza, Rosendo López, Pancho Angulo, Juan Rosas, Sinforoso Camacho, Juan Miguel Gil, Hilario González y otros,  unos del Mercado y otros que venían de visita o de paso, después de realizar  compras de abarrotes,  carne y fritangas en  los abastos, de los que son leyenda la familia de abasteros  don Miguel Angulo que fuera Presidente Municipal en 1920. De esa estirpe fueron Pilo y Panchito Angulo, y desde luego Miguelito, hijo de don Miguel, aquel presidente que diera la razón, tanto al quejoso como al presunto culpable por el usufructo indebido del rastrojo de una parcela y también al Secretario del Ayuntamiento, participante de la diligencia, cuando era común en esos tiempos el desahogo de todo tipo de querellas entre vecinos. El secretario al ver que don Miguel Angulo daba la razón a uno y al otro le dice con el debido respeto: -Oiga don Miguel como puede darle la razón a los dos. Fue entonces que responde don Miguel: -Oye, tienes razón. -el secretario mueve la cabeza. El quejoso explota y dice al Presidente –A lo que se ve, aquí no se llega a nada. Voy a quejarme en Culiacán pa’ que lo jalen. –Me harás bien, hasta negocio tengo por allá –respondió con mansedumbre el Presidente.

Como esta anécdota, otra corrió a costillas de Miguelito Angulo entre los puesteros de “La Plaza”, quien atendía la carnicería heredada por don Miguel. El caso es que Miguelito preguntó    a don Teófilo que si tenía algún “cochi” para el abasto, a lo que contestó: -Si, tengo una “cochi” allá en el corral. Échate una vuelta y vela. Esa misma mañana, después de ir a ver la “cochi”, regresó a la tienda de don Julián y fue entonces que don Teófilo pregunta: -¿Qué te pareció, la cochi? –Está buena la “cochita” –respondió Miguelito con tono propio de comprador que tira a rajar y vadeando le dice: -¿Cuánto quiere por ella, don Teófilo? A lo que contestó: -Sí, como no, buena “la cochita”, una “cochona gorda de tres latas”. ¿Cuánto será lo que piensas dar por ella?  No, no hay trato. Allá que se quede la cochi –Dijo terminantemente don Teófilo.

En conversación telefónica reciente, el Ingeniero Luis Verdugo Leal, hijo de don Julián Verdugo Sanz y Presidente Municipal de Mocorito (1962-65),  me confirmó que don Teófilo fue el más asiduo asistente a las pláticas a la tienda de su papá: “Recuerdo –dijo el Ingeniero Verdugo-,  que mi papá moderaba esas pláticas, por decirlo así.  Mientras que mi papá daba lectura en voz alta al periódico y a la revista Siempre, que   llegaban con retraso primero por correo exprés desde Guamúchil, y ya después los traía Momo en su taxi y últimamente por algún otro medio. Don Teófilo comentaba las noticias que escuchaba en un “Radio” de baterías que años anteriores había traído de la frontera”. Según se sabe, en la tienda de don Julián  se comentaban los hechos que eran  noticia en el pueblo, abordando  temas triviales como que si las aguas iban a ser buenas o malas, que si fulano será presidente o perengano diputado, que en la cantina de Tino Méndez pasó  tal o cual cosa, que va haber carreras en “la brecha” (Taste trazado por don Teófilo Rosas, que sin ser topógrafo lo hizo bien, sobre la brecha que conduce al Poblado de El Jalón, que después de pasar El Palmar se llega a Rosa Morada), que  ya está encima La Fiesta de La Purísima, ya están llegando falluqueros y que en la quema del malhumor del carnaval le echaron a este o aquel, hasta los de mayor importancia política de la época como  las visitas rutinarias del General Pablo Macías Valenzuela, siendo Gobernador de Estado; la muerte de la Lenchita Núñez (hija de don Jorge Núñez y doña Ñola) por don  Claudio López, quien purgó la pena máxima  de 30 años en la prisión de Mocorito, caso único en la Villa, liberándose de la “Ley fuga” que le querían aplicar en tiempos de don Eligio Samaniego. Fue comentada también la muerte de Tino Méndez en su propia cantina y la del trompetista Ángel Medina por Roberto Méndez, cuando le tocaba en su casa la Banda de Alejandro “Jando” López. No fue menos comentado el desafuero del Dr. Enrique Peña en septiembre de 1946 impulsado por Chuy Vázquez, Jefe Policiaco en el gobierno del General Macías Valenzuela y las diligencias para nombrar sustituto   a don Alberto Medrano; la aprehensión  de Roberto Méndez en el  acto de su último informe como  presidente y toma de posesión de Clemente Camberos Lugo el 31 de diciembre de 1953, al que asistí en los portales de Escuela de Mujeres;  comentada,  también sería la inexplicable aprehensión de José Ley (Padre), hombre apreciado por el pueblo de Mocorito y amigo personal de Enrique Peña  Gutiérrez, quien  tuvo el mérito de ser el primer médico nacido en “su pequeño mundo”. Recuerdo que en las horas de recreo de la Escuela, a cuanta avioneta que volaba sobre nosotros, los niños, saludando y gritando alegres y esperanzados moviendo manos decíamos “…adiós José Ley.  …ahí viene José Ley,…”; con esa expresión, los niños convertidos en jueces, emitimos el fallo elaborado en la intimidad de nuestras familias. Los contertulios del Mercado también fueron caja de resonancia de zozobra permanente entre el pueblo sobre los rumores del cambio de la presidencia a Guamúchil; y que si don Enrique Riveros, con un fajo de billetes en la bolsa del pantalón sería o no Gobernador; que si don Ricardo Riveros volvería a ser presidente; y que Cárdenas echó del país a Calles. Bueno, en esas tertulias de mañana y tarde, como en los cafés de las ciudades, cabía de todo y se arreglaba y desarreglaba el mundo. Ahí se hicieron remembranzas y seguimiento a los acontecimientos de la época relativos a los reacomodos de los distintos grupos políticos llegado el apaciguamiento de revolucionarios, que habían colocado fuera de acción a cabecillas que ostentaron el poder durante el largo régimen de Francisco Cañedo y después de la caída de Diego Redo en 1913. También fue motivo de comentario las noticias que hasta la Villa llegaban sobre la Segunda Guerra Mundial. Tal como en este sitio se gestaba el comentario del acontecer, también otros conciudadanos de la Villa lo hacían sentados en las bancas de La Plazuela Hidalgo y en el parqueadero de los carros de sitio, cerca de la refresquería de don Federico “Lico” Méndez y la Balaustrada y eran de diversa temática venida de la ranchería y de la pujante sindicatura de Guamúchil. Por las calles de la Plazuela pasó primero gente de a caballo y después pasajeros en   tranvías de la sierra y de Rosa Morada, trayendo consigo novedades y chismes de los ranchos.

Con este  relato he querido desempolvar  algunos hechos ocultos  de esa época, que se entrelazan y tejen microhistorias, tomando como eje central a don Teófilo Rosas Inzunza, considerado por quienes lo trataron y quienes lo conocimos, como un señor notable no solo por su  plausible longevidad  centenaria que alcanzó los 104 años, sino por el respeto que se ganó y por la sensatez y prudencia de actuar y decir, que guarda analogía con “Los cuatro acuerdos”,  ensayo sobre la Soteriología de los toltecas de Miguel Ruiz, que habiendo nacido en el Poblado de Rosa Morada, hoy Sindicatura de Mocorito, en su larga estancia en la Villa de Mocorito, dejó una estela de sabiduría que no la  ha  borrado el tiempo.  De su matrimonio con la Señorita Teodosia Castro, oriunda también del mismo poblado, nació Camerina en 1897 y fallecida a la temprana edad de 21 años en Culiacán en 1918, a consecuencia de una apendicitis que la incisión tardía del   bisturí del reconocido médico cirujano y partero Dr. Cliserio García en el “Sanatorio” situado por la calle Antonio Rosales en el centro de Culiacán, no la salvaron de la muerte. Sus restos, como los de don Teófilo y Teodosita yacen en El Panteón Civil de Culiacán, circunstancialmente destino final de sus restos. El Dr. Cliserio García, era conocido y estimado por los mocoritenses, pues en los primeros años de la Revolución tuvo su consultorio en el callejón que por años condujo a la huerta de mangos del señor Enrique Montes, conocida como “El Bajío, donde se encontraba la noria que hasta 1958 fue la fuente de agua, desde donde se acarreaban barricas en carretas, en árguenas y baldes en palancas de palo fierro o de asta.

La referencia de la expresión “Como dijo don Teofilito” apuntada desde el principio de este relato, es y será la pauta del texto, en razón de que tal expresión viene corriendo con otra connotación en regiones fuera de Mocorito y de Sinaloa desde tiempos de la Revolución Mexicana, cuyo contexto ignoro y conociendo el de “Don Teófilo”, me resulta puntual aún, ahondar en ello a lo que no encuentro analogía, ni relación alguna con la acepción que se da en aquellas regiones.  El contexto de “Don Teofilito”, el de Mocorito, tiene otra connotación y descifra un personaje muy particular,  tanto por su longevidad como por la sabiduría de su dicho, que son de percepción muy distinta  a la de los que forman parte del refranero popular mexicano,  donde el personaje de “Don Teofilito” resulta genérico.

En  Mocorito el nombre “Don Teófilo”,  supongo pudo haberse alterado o derivado a “Don Teofilito”, como lo dije anteriormente  por su edad, sin que la gente tuviera  el antecedente del origen de la expresión surgida en la tienda de don Julián Verdugo Sanz en los años treinta del siglo XX. Es ésta la motivación que me anima a realizar este relato, que considero constituye acervo del patrimonio cultural intangible de Mocorito.  Las expresiones que tiran a refrán o que en nuestro medio llamamos “dichos” tal como: “Ni viene ni vendrá, como dijo don Teofilito” o “Ni gana ni ganará, como dijo don Teofilito”, que equivalen a la aceptación de lo irrealizable y al convencimiento inequívoco de “no hay lucha que hacer” o “no te hagas ilusiones”, se derivan del razonamiento regional, que terminan a fuerza de la costumbre en sentencias contundentes, como corolarios desprendidos de la cotidianidad popular.

Antes de entrar al análisis conceptual de las vertientes del personaje que se perciben de “Don Teofilito”, debo ofrecer   el antecedentes que conozco y que conocemos gente de la tercera edad de Mocorito, empezando por decir que don Teófilo Rosas Inzunza y doña Teodosita Castro se avecindaron en Mocorito a finales de la primera década del siglo XX, donde vivieron hasta 1958. Allá en Rosa Morada y ranchería que la circunda, la gente se mantuvo al margen de la belicosa época de maderista, huertista, zapatista y de Los Colorados. La muerte de su hija Camerina, acaecida en Culiacán en 1918 a la edad de 21 años, casada ella con un joven de Mocorito de apellido Soto según se sabe con oficio de músico, afectó terriblemente a la pareja, aflicción matizada con la adopción de la niña Teresita (1914-2008) de apenas cuatro años, sobrina suya e hija de don Medardo Inzunza y doña Celia Castro, vecinos también de Rosa Morada, que había quedado en la orfandad junto con siete hermanitos. Doña Celia fue hermana de de doña Teodosia. Para Teresita, fueron ellos quienes cuidaron su infancia, formándola dentro de su código de valores y de ética. El resto de sus vidas, que superaron los 100 años, Teresita se consagró al cuidado de sus tíos que llamó siempre padres, tanto en Mocorito como en Eldorado,   donde don Teófilo vivió de 1958 a 1964, siendo ella hermana de Alberto “Beto” Inzunza Castro, Presidente Municipal de Mocorito (1960-62), hermanos de padre de David Hernández, abuelo de los afamados y orgullo de Rosa Morada: Los Tigres del Norte. Quien hubiera pensado que los hermanos Hernández Lara, es decir “Los Tigres”, fuera familia con grado de tataranietos nada menos que de la esposa de don Teofilito.

La estancia de la familia Rosas Castro en Mocorito cubrió más de 40 años, después de haber construido la casa que desde entonces lleva el número 14 sobre la acera sur de la calle Independencia de Mocorito. Sobre esta casa, mi Tía Adolfina Gutiérrez Viuda de mi Tío Ismael Rubio, me comentó: “… la casa de don Teófilo fue la primera que se construyó en esa parte de esa acera de la Calle Independencia. Al tiempo, en los años cuarenta se levantaron las casas de Librado Rubio, la de Santos Medina por uno y otro lado. La que ocupó del profesor Constancio Rodríguez, la de don Jorge Núñez, la de Panchita Avendaño y la de Los Sotelo fueron construidas después de la de don Teófilo y antes de la de Librado. La de don Teófilo, fue la casa fundadora de esa parte de esa manzana.”

La casa de Sotelo, construida probablemente desde antes, esa que aún se encuentra en pié en la misma manzana y que hacia   esquina con la que se dice nació Rafael Buelna y donde en 1939, siendo Presidente Municipal don Manuel Huerta, se terminó de construir el teatro al aire libre situado al sur del Parque Infantil Rafael Buelna, tiene un referente significativo. En ocasión de que jugaban baraja don Teófilo Rosas y don Miguel Buelna, y a ellos llegó Castulito Gisper, mensajero de telégrafos de esa época, con el telegrama que avisaba a don Miguel Buelna sobre la muerte de su hijo Rafael, acaecida durante la toma militar de la Plaza de Morelia, Michoacán el 23 de enero de 1923. Sobre esta circunstancia el Licenciado Serapio López Inzunza, hijo de Teresita me manifestó que “En cierto ocasión  mi Panino  (referido a don Teófilo) me comentó que estaban en esa casa de Sotelo jugando a las cartas él, don Miguel Buelna y otra persona que no recuerdo, cuando llegó el mensajero de telégrafos  y le hizo entrega de un sobre del telegrama a don Miguel,  que después de leerlo  en silencio  y que en tanto lo guardaba en la bolsa de la camisola comentó con una voz quebrada y sollozante: –El que en el fuego anda, en el perece. Después caerían en cuenta que ese fue el aviso de la muerte de su hijo Rafael. Don Miguel se levantó y en silencio se retiró, despidiéndose con la mirada triste. Ya no jugaron y en poco tiempo corrió por el pueblo, la noticia de la muerte del Gral. Rafael Buelna Tenorio.” En esa fecha don Teófilo Rosas apenas si tenía 63 años.

Volviendo a la casa donde vivió don Teófilo Rosas en Mocorito y que ocupa César Quiñónez López, fue comprada originalmente por Chuy Galindo Rivera en 1958, cuando don Teófilo y doña Teodosita se fueron de Mocorito para vivir en casa de don Serapio López Castro y Teresita Inzunza, su esposa, con domicilio de la Calle Desiderio Ochoa número 78 de Eldorado Sinaloa. Esta fue la última morada de don Teófilo y Teodosita. El murió en 1964 y ella poco después.

Sobre esta casa, el Licenciado Serapio López Inzunza fue el encargado de recibir el pago y en la entrevista que me concedió me dijo: “A los meses de residir en casa de mis padres allá en Eldorado, en 1959, mi Panino me dijo: -Mira hijo, ya se llegó la fecha de pago de la casa de Mocorito. Tienes que ir con Chuy Galindo; el te va pagar $12,000.00, que es en lo que la tratamos. El compromiso de pagarme fue en esta fecha que te digo. El quedó de pagarme y a eso vas a ir. Ya le firmé las escrituras que hizo el Licenciado Macías Fernández de Guamúchil, así es que has viaje.  Llegué a Mocorito en mi carro y luego de tocar la puerta de la casa de Chuy Galindo, que estaba casi contigua a la de doña Cuca Lugo Viuda del Dr. José Rosendo Dorado, de inmediato me pasaron y al verme don Chuy Galindo, después de saludarnos y sin mayor cometario me dijo: -Te estaba esperando. Aquí tienes el dinero. Son doce mil pesos. Por favor cuéntalos-.” Haciendo una pausa Pitico, me hizo un comentario adicional…  “Mira ingeniero -me dijo Pitico-, con la recepción del monto convenido y en la fecha pactada, don Chuy Galindo demostró ser una persona de fiar y honrada como pocas, cualidades que de seguro mi Panino le reconocía. Y te digo que como pocas, porque él podía no haber pagado, puesto que la casa ya estaba a su nombre y tal vez el Licenciado Macías, debió formular e inscribir la escritura ante el Registro Público de la Propiedad desde el día que se firmó la minuta del contrato de compra-venta. Pero también es digno de mencionar la confianza y buena fe de mi Panino. Seguramente él sabía con quién, porque él me platicó alguna vez, que un sobrino suyo le pidió prestado cierta cantidad de dinero y cuando se lo entregó, aquel sin contarlo se lo echó a la bolsa del pantalón, y fue entonces que mi Panino, al ver aquello le dijo: –Mira, échalos para acá; si no te importó si quiera contarlos, ¿Te importará pagarme?. Después de recoger el dinero, que supongo eran cacharpas de oro o de plata, le dijo: No hay préstamo. Que te vaya bien. Quizá le hubiera pagado, no lo sé, pero mi Panino a lo que se ve dudó. El estaba en su derecho e hizo uso de él.”

Por mi parte quisiera agregar que efectivamente,  don Chuy Galindo, quien fuera padrino de pila de mi hermano “Crucito”, se distinguió siempre como  persona muy servicial, jamás se supo que obrara con ventaja en sus tratos comerciales en los años que fue acopiador de cosechas de granos. Su negocio agrícola fue fuente de trabajo por muchos años. Quienes trabajamos con Chuy Galindo, guardamos un buen recuerdo de él. Quienes le entregamos la cosecha, no tuvimos que hacer ninguna reclamación ni por la báscula, ni de precio, mucho menos por el pago, porque siempre pagó lo justo. Algunos músicos de Mocorito, dicen que   Chuy Galindo fue un hombre al que se recuerda con aprecio. Desde mi observación  puedo decir, que la mecanización de la agricultura de temporal de Mocorito la consolidó don Chuy Galindo, después que la iniciaron en los años cincuenta Cayo y Luciano Angulo y don Benigno López con tractores de la marca Allis-Chamers con motores a gasolina; y Nati  Salazar con un John Deere a tractolina, de una llanta delantera. Los de Galindo fueron de la marca Fordson con motor a diesel. Esas máquinas liberaron del trabajo pesado no solo a gañanes, sino a bueyes y mulas que desde la Colonia Española, en algunas regiones del país liberaron a esclavos del trabajo pesado del campo, sobre todo a los tamemes de los pochtecas, antecedente más cercano a la arriería con recuas. Los tractores en Mocorito, desde los años sesenta dieron de baja a las bestias y mandaron al huesario de fierro viejo a balancines, arados y cadenas, como también a los yugos y carretas de bueyes. En Cerro Agudo no hace tanto se veían estacionadas en el portal de algunas casas, las carretas de bueyes.

Sin duda, el dicho “Ni se abre,  ni se abrirá, como dijo don Teofilito”, es a mi juicio el que sólo por ello hizo inmortal a don Teófilo Rosas y a querer o no, resulta emblemático dentro del refranero del cuatro veces centenario pueblo de Mocorito, que al expresarlo tiene una connotación  de figura de lo irrealizable. El dicho, “Ni se abre, ni se abrirá, como dijo don Teofilito de Mocorito”, da el sentido de legitima pertenencia e identidad con Mocorito a que se tiene derecho. Se sabe que los “dichos” de don Belem Torres, síndico durante 10 años y veinticinco, juez civil de Navolato,  que logró celebridad por sus resoluciones motejadas como salomónicas y pullas propias y  endilgadas, de legítima pertenencia fue perdida y adjudicada por extraños y ajenos  al imaginario colectivo  del centenario pueblo cañero, tan afamado por su mención en el corrido de El Sinaloense y ahora por los altos niveles de inseguridad, quedando en la opacidad su iconografía como productor agrícola y pesquero, agroindustrial  y turístico por sus bahías y playas del  Mar de Cortés, que junto con  otras regiones de Sinaloa nos distingue.

Don Teófilo Rosas en todo el tiempo que vivió en Mocorito, además de la amistad tan intensa que mantuvo con don Julián Verdugo, cultivó una relación cuasi familiar con mi tío Librado y mi padre Cruz Rubio Quiñónez. Librado, mi tío, vivió en la casa de junto de número 12 y Cruz, mi papá, en la acera de enfrente a su casa con el número 67 de la calle Independencia. De él, recibieron orientaciones muy aleccionadoras. Recuerdo que en conversaciones con mi papá seguido salían a colación sus consejos, que rayaban en recomendaciones que tienen vigencia en la actualidad. “Como decía don Teófilo –me aconsejaba mi papá-, nunca te subas a un sitio (taxi) sin preguntar cuánto te cobrará la dejada, ya después te cobran lo que quieren. No te sientes en la mesa de una fonda, sin preguntar precio de la orden;  no le des la contra a nadie, así te evitas corajes; nunca le digas a la gente lo que no le gusta; nunca hables de la gente sin que tengas un motivo; no le confíes tus intimidades a gente que no lo merece, mucho menos a quien desconoces; y nunca le des crédito a habladurías de quien tengas dudas de probidad.”  Recomendaciones, como estas, siempre afloraban puntualmente en las conversaciones con don Teófilo, según me comentaba mi papá.

En otra parte de la plática con el Licenciado Serapio López, me confió que “Viviendo en casa de sus padres allá en Eldorado, al cumplir sus 100 años de edad en 1960, se realizó un convivio familiar para festejarlo. Durante el convivio, uno de los invitados entabló una plática con mi Panino y en el curso de la plática, le preguntó que como se hacía para cumplir tantos años, a lo que contestó serenamente don Teófilo: -No darle la contra a nadie. -¿A poco? –le respondió el invitado y le agregó: -No creo que por eso sea. –Tendrás razón –le respondió. El invitado ya no hizo preguntas, ya no averiguó sobre su longevidad.” Tal vez, el preguntón e incrédulo comprendió que para cumplir 100 años debía seguir la recomendación de don Teófilo. “Recuerdo muy bien –continuó Pitico-, que cuando le confié que había decidido casarme, me dijo que estaba bien, pues ya tenía edad y una profesión, pero que me iba a dar un consejo y me dijo: -Nunca le des la contra a la mujer. Eso no te lleva a nada. Yo tengo 75 años de casado con Teodosia y nunca le ganado una averiguación, así es que ya sabes. Y vieras ingeniero –me dijo Pitico-, como me ha servido su recomendación. Es que mi Panino era un hombre muy mesurado y reflexivo.” Y Yo agregaría que estaba dotado de un índice muy elevado de inteligencia emocional, del que muchos carecemos y que es causa de muchos de nuestros problemas en la interrelación con las personas.

Los tiempos de la generación de don Teófilo Rosas, que cubrió el período de 1860 a 1964, fue la época de gran trascendencia para México y para Sinaloa. En ese período se suceden la Intervención Francesa, la Guerra de Reforma, la Dictadura de Porfirio Díaz y la Revolución, que a la caída y destierro de Porfirio Díaz en 1910 se inició la fase de una guerra intestina de todos contra todos, en busca del poder político y reacomodo para dar forma a un país de leyes y que aún en nuestro tiempo no encuentra su rumbo, secuestrado por la partidocracia que ve por sus intereses de grupos y no por los de la nación. A Don Teófilo Rosas le tocó vivir la época de la familia Inzunza, cuyo puntal lo fue el Coronel Manuel Inzunza Gaxiola, que detentó el poder en el Distrito de Mocorito paralelamente como en el Estado con Francisco Cañedo por 32 años. Don Teófilo Rosas que nació 30 años después de don Eustaquio Buelna, allá en Rosa Morada a no más de 15 kilómetros de la Villa de Mocorito, se avecindó en la Villa hasta 1920 a la edad de 60 años, cuando parecía habíase apaciguado la revuelta postrevolucionaria, siendo testigo de la Rebelión de Los Colorados o Renovadores en 1929, liderada por el Gral. Gonzalo Escobar y que llegaron a Mocorito, siendo testimonio ladrillos despostillados de las bardas del patio trasero de las casonas de doña Coca Castro (Media hermana, se dijo, de don Teófilo) y de Nabor Sánchez (Escuela de Mujeres y ahora la Preparatoria de la UAS, donde murió Lenchita Núñez) frente a la casa de don Teófilo, quien el que escribe le escuchara decir en plática con su padre, “…ahí están la señas de Los Colorados. Ahí están los ladrillos despostillados. Ya no hubo revueltas. El estado se aplacó. Esa fue la última. Al tiempo, dicen que allá en el sur hubo muchas muertes cuando se alzaron Los del monte. Así les decían. Disque estaban del lado de la gente que no querían que les entregaran su tierra a los agraristas. Fue en el tiempo de Cárdenas y del Coronel Delgado como Gobernador.  Aquí no hubo alzados. Dicen que por eso mataron a Poncho Tirado, que era de Mazatlán. Y que en consecuencia, mataron a Loaiza. A este lo mató un tal Gitano y a Tirado, la Onza Leyzaola.” Al tiempo, las lecturas de la historia reciente de Sinaloa, me harían recordar ese pasaje y otros, como comprobar los pronósticos de lluvia que hacía con base a muchos años de la observación y recuerdo que le decía a mi papá “…mira Cruz, ese relámpago no trae agua. Por la postura de este rumbo no llueve aquí. Si se pone la ceja de la postura de allá y corre el viento con este rumbo, esa hace correr el agua por los cercos. Pero esa que se ve, ni a llovizna llega.” Era contundente en sus apreciaciones y predicciones. Mi papá le tuvo estima y respeto.

Con el antecedente que don Julián Verdugo, había tenido incursión en el quehacer político del municipio y un papel muy protagónico en la organización del Club de Las Fieras en el año de 1932, junto con Juan M. Suárez y Alberto Medrano. Este club que empezó como una vacilada, cobró seriedad y se convirtió en un espectáculo que sirvió para recaudar fondos nada menos que para el Dispensario Médico que atendía específicamente enfermos de lepra, del que fue responsable el resto de esa década y hasta su muerte el 14 de septiembre de 1941 el recordado Dr. José Rosendo Dorado, que casó en Mocorito con la señorita Refugio Lugo.  La membrecía de este club era gente de la localidad que se atenía a las consecuencias de ser bautizado con un nombre de un animal, mote ingeniosamente resuelto por una comisión dictaminadora. Don Julián Verdugo había sido bautizado como “El guajolote” y ejercía el rol de “domador” de las fieras del club que aparecía en escena formalmente vestido como tal, botas y látigo, intimidando con sus tronidos, a los motejados que desfilaban en la pista de la carpa. Del bautizo no se escapó el Gral. Pablo Macías Valenzuela, Gobernador del Estado (1945-50), que visitaba muy a menudo Mocorito, pués estuvo de novio y hasta simularon un matrimonio civil. Al General Macías, por miedo más que por respeto, no se animaron hacer público el mote de “El murciélago”, no obstante que al General le encantaba la vacilada, siendo conocido el referente sobre “Mauro, la cochi” por eso del animalismo del repartidor de periódicos de que se hizo público en Culiacán. Al Dr. Dorado por consideración el valor de su entrega al tratamiento de los leprosos del dispensario, se le motejó como “El veterinario” de las fieras del club.   Muchos de los motejados en el Club de Las Fieras, se llevaron a la tumba el sobrenombre que bien los describía. A don Alberto Medrano se le bautizó como “El pony blanco” y a Chico Vidales como “El pony prieto”, por chapos; a Juan Miguel Gil “El comején”; a Chico Gutiérrez “El cachorón”; a don Rosendo López “El conejo”; y a Juan M. Suárez “El coyote pulguiento”.

Tocante a Juanito, Chuy y Pancho Suárez, se dice que  las Bandas de Música de Mocorito, la de don Nilo Gallardo, de Luis Moreno y la de José Rubio les tocaron un día con otro, durante tres  años seguidos; fueron los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, tiempos de libre flujo de dólares americanos. Me comentó Mingo Lora Arellano, primer tubista de la Banda de José Rubio, que Juanito Suárez decía…<Toquen el pulguiento. Ya sabíamos que era “El coyote”> A principios de los 60´s me tocó ver un mural desmontable que simbolizaba la antología del Club de la Fieras, donde aparecían caras de gente conocida, más no supe quienes eran miembros de ese club. Ese mural lo pintó Miguel Ángel Velázquez Tracy, autor del escudo de Mocorito.

Hecha la digresión al tema, debo decir que don Teófilo Rosas, jamás fue motejado, ni tampoco llevó bromas con persona alguna. Fue señor de respeto y de estima, no porque tuviera dinero, que era algo con relación a la pobreza que dejó la dictadura y el estancamiento económico del pueblo, por el cierra de la explotación de los fundos mineros que fue que lo que le dio esplendor durante la dictadura porfirista. En esos tiempos don Teófilo frisaba los 73 años, su cuerpo no era para esos trotes de fiestas y de trago. Don Julián Verdugo fue muy deferente con él y la amistad que se brindaron en vida fue sincera y sin ningún interés. A este respecto el Ingeniero Luis Verdugo Leal, hijo suyo, me ha confiado que don Teófilo con el ánimo de ayudar al crecimiento de su tienda en repetidas ocasiones le ofreció prestarle dinero, sin pago de réditos y a tanta insistencia de don Teófilo don Julián aceptó y lo hizo sólo por no dejar, sin tener plan de invertirlos, “… -Está bien don Teófilo, necesito $l, 000.00 pesos. –Mi papá los alzó y pasado un tiempo le regresó el dinero. Don Teófilo los recibió, sin que le cobrara intereses.” Esto pinta muy bien el desinterés de la amistad de don Julián y la muestra de amistad de don Teófilo por servir al amigo. En estos tiempos, ni el medianamente pudiente prestaría sin interés de por medio; mucho menos el acaudalado.

Cuando era un hecho mudarse de residencia a Eldorado, por disposición de Teresita, don Teófilo pensando tal vez que ya no regresaría a Mocorito y no ocuparía las gavetas que había mandado construir en el Panteón Reforma para él y doña Teodosita, se las ofreció a don Julián, que en acto de humildad aceptó la cesión y en las que fue sepultado al morir el día 28 de febrero de 1972 a la edad de 87 años. Don Teófilo había muerto en Eldorado 8 años antes en 1964 a la edad de 104 y sepultado en el Panteón Civil de Culiacán, después de 6 años que hubo de dejar las tertulias matutinas y vespertinas en la tienda de don Julián Verdugo en el Mercado de Mocorito.

Debo decir, que al poco tiempo de residir en Eldorado, don Teófilo llegó de improviso a nuestra casa en un carro de sitio. Venía decidido a quedarse a su pueblo querido. Allá en Eldorado, según confesó a mi papá, alguien lo hizo sentirse menos, que no lo era y sin avisar había tomado un taxi que lo trajo hasta la casa de mis padres y recuerdo que mis hermanos y Yo vimos cuando se paró el taxi frente a nuestra casa de Independencia 67 y en coro dijimos: <Mamá, mamá llegó mi Tío Teófilo> Mi papá y mi mamá salieron gustosos a recibirlo. Es lo queríamos mucho y nos dio gusto que volviera, cuando creíamos que ya no lo volvería. Esa vez de algún día de 1959, fue la última vez que lo vimos, porque más tardamos en acomodar el veliz que traía y mis padres en dar inicio a la plática, cuando llegó otro carro  del que  descendió Teresita; al parecer le venían pisando los talones por la  carretera con la seguridad que a Mocorito iba venir a dar. Al poco rato de su llegada, mi Tío Teófilo se fue de nuevo. No hubo tiempo de llevarlo con su gran amigo, don Julián Verdugo.  Ignoro si volvieron a encontrarse desde su partida. Don Julián desde que llegó en 1908 a Mocorito, fue para quedarse.  Tampoco él regresó a la Pipima de Navolato, donde había nacido en 1885. En Mocorito, formó familia y con ella vivió. En lo personal, guardo un recuerdo muy especial de don Julián.

No quiera pasar de relatar algo que me dejó una experiencia que llevo presente y que  involucra a don Teófilo, y digo don Teófilo porque me niego a llamarlo Teofilito, deslindándolo así del “Teofilito” de la parodia de los comediantes “Los Polivoces”, dúo formado por Enrique Cuenca Márquez (1940-2000) y Eduardo Manzano (1938-) convertido en ícono de la comedia en los años 60´s y70´s del siglo pasado, que en su propósito de divertir a su audiencia televisiva, los guiones de Mauricio Kleiff y Enrique Cuenca y las actuaciones de éste en el papel del “Andobas” y Eduardo Manzano de “Don Teofilito”, sin ningún recato y miramiento atentaron contra la figura de los ancianos, a los que todos estamos obligados a respetar y a evitar hacer escarnio de sus menguadas facultades, las que en nuestra senectud irremediablemente sentiremos reducidas, por no decir acabadas. Ese “Teofilito” de las escenas de “Andobas y Don Teofilito”, ni de asomo tuvo parangón con don Teófilo Rosas Inzunza (1860-1964), que valga decir que su sombrero y vestimenta y el encorvado de su humanidad a diferencia de la estatura, pues don Teófilo de Mocorito estimo que en su juventud fue de 1.65, inexplicablemente guarda curiosa similitud. De esto fui testigo durante mis 5 a 11 años, viéndolo caminar mañana y tarde frente a nuestra casa de Independencia 67 de Mocorito, con rumbo y destino al mercado en sus encuentros con don Julián y otros coterráneos. Para conversar no se requiere antiparras, pues cuando no se sabe leer son un estorbo. La tez blanca de su piel de cara y manos a sus 90 años, la cubría múltiples nevus melánicos o lunares pardos. Sus pasos no eran tan lentos, como pudiera pensarse.

Volviendo a la experiencia referida en el párrafo anterior, que viene muy a modo a la observación de  bromas a costillas de la senectud de “Don Teofilito” en  la parodia de “Los Polivoces”, he de decir que en 1952, cuando apenas si cumpliría el que relata los cinco años y mi Tío Teófilo 92, después de terminar con un plato de avena invitado a su mesa donde él desayunaba en su casa, cometí la  irreverencia y grosería  de colocar sobre su cabellera escasa y blanca la cáscara del plátano  con que había acompañado la avena que mi  Tía Teodosia me había servido. Recuerdo que reí de mi travesura y también recuerdo que lloré por el dolor del castigo, después que en mi casa, frente a mis padres mi Tío les dijo, tomándome aún de la mano “…mira Cruz, este muchachito desayunó conmigo y al terminar su avena, por travesura me puso las cáscaras del plátano en mi cabeza. El muchachito le pareció graciosa su travesura. No soy yo para corregirlo ni aconsejarlo. Eso les corresponde a ustedes.” Mi papá avergonzado por mi conducta me tomó de la mano y me pegó la pela más memorable y correctiva de mi vida. Me viene siempre el recuerdo de mi Tío Teófilo, cuando tengo enfrente un racimo de plátanos y me hacen recordar el sentido de respeto hacia los mayores, que en aquellos tiempos no solo estaba prohibido a menores escuchar pláticas de mayores, mucha menos meterse en ellas. Después entendí que también los menores tienen ese derecho de ser respetados por lo mayores, y la mejor forma de lograrlo es actuar y educador con el ejemplo. Aquella travesura, fue una gran enseñanza y un eslabón que me hecho mantener el recuerdo de “Don Teofilito, de Mocorito”.

Desde la primera vez que vi en televisión la parodia de “Andobas y Don Teofilito” de Los Polivoces, separé ese personaje de “Don Teofilito de Mocorito” y desde luego concluí que no había referencia; sin embargo, me intrigó tanto que consideré como un atentado a la figura del anciano, manteniendo en silencio tantos años, la censura personal a ese programa. Asimismo consideré un agravio a la personalidad de Juan José Arreola la parodia “Juan José Carreola”, lo mismo la referida al periodista Jacobo Zabludovsky y otras tantas personalidades.

Después de tanto hablar de don Teofilito y de don Julián, y de otros personajes que han salido a colación y que han quedado entretejidos en el discurso de este relato, sería impropio no referirme a doña Teodosita, señora también de Rosa Morada y que acompañó a don Teófilo por más de 80 años, por aquello de que detrás de un gran hombre ha estado una gran mujer. En este caso, habría de decir que doña Teodiosita Castro lo fue, dedicando su vida al matrimonio y a la religión. Fue ella una señora apegada a la grey católica de la Parroquia de la Virgen Purísima Concepción de Mocorito, desde los tiempos del Padre Sotomayor, quien por muchos años tuvo de acólito a Tanis, y del padre Medina, de quien tuvo de asistente hasta su retiro a Luz Montes. Siempre supe que don Teófilo era creyente pero no rezador como lo fue doña Teodosita, que rezaba a toda hora. Para la comodidad de sus oraciones, tuvo reclinatorio en su casa y uno especial en el templo.

Por el cuestionamiento casual a la cotidianidad de rezar de su esposa, a don Teofilito pudo catalogársele de machista o renegado de la religión, sin llegar de asomo a la misoginia. Ella, doña Teodosita, siempre rezó y a él jamás le pareció importarle. He llegado a considerar que el anciano, conforme aumenta la carga de los años, se vuelve omiso y desdeñoso, o bien su menguada energía lo lleva a un estado de tolerancia o lo vuelve propenso al enojo, mostrando fastidio por ciertas cosas, inclusive hasta de vivir y a quienes forman su ámbito familiar se les escucha decir <No lo tomes en cuenta, son sus años. Está viejito.> Tal vez don Teofilito en un momento de fastidio y contrariado con un hecho de desilusión como creyente, y al verla hincada sobre el reclinatorio en soliloquio propio de la oración, que pudieron ser  miles de veces frente a una imagen, le dijo: <-Mujer, ya deja de rezar. Rezas en la iglesia y le sigues aquí. ¿Qué tanto rezas pués? –Hago oración para que en el cielo nuestro señor nos mantenga juntos –responde la señora y le ataja don Teófilo. –Mira nomás. No te ha bastado fregarme aquí, sino que quieres seguir allá a también. Reza por otra cosa.> Si no hubieras sido testigo de la muestra de preocupación y de cariño que mostró mi Tío Teófilo cuando hasta la tienda de don Julián corrí a comunicarle por órdenes de mi mamá, de que mi Tía estaba muy grave de peritonitis, que de mujer a mujer le había confiado, y que urgía que viniera a ella, pensaría que la expresión “No te ha bastado fregarme aquí, sino que quieres seguir allá también. Reza por otra cosa” estuviera precedida por una carga de menosprecio a la mujer, que por fortuna la civilización y la acción de mujeres dignas e inteligentes de todos los países, se ha venido demoliendo esa actitud machista y sexista, más que misógina, del hombre, con la que desde la antigüedad hizo víctima a la mujer.  Tengo presente que  mi Tío Teófilo sacó fuerza a sus 95 años, arreciando sus pasos junto conmigo  desde El Mercado hasta su casa, mostrando en el trayecto un semblante de gran aflicción y angustia, alejándolo al menos de la figura machista de hombre de su época.

Antes de terminar este relato, me hago la pregunta sobre dónde se encuentra la frontera y límite del dicho, el proverbio y el refrán. Por lo pronto concluyo que la expresión de “Ni se abre, ni se abrirá”, se sitúa fuera del concepto del proverbio, que ya es suficiente decir, para no acercarlo ni al refrán, al adagio, al aforismo y a la máxima. Esa expresión, acuñada circunstancialmente por don Teofilito de Mocorito es sentencia muy particular, personal y resolutiva de don Teófilo Rosas Inzunza, que al ser aplicado a otras situaciones se pudiera considerar como un refrán. El proverbio es un enunciado sentencioso, que da una enseñanza derivada de la experiencia y repetición a través del tiempo en distintas culturas, y que de ningún modo constituyen leyes sociales y mucho menos científicas y por ello pudieran ser definitivas. El Antiguo Testamento tiene un apartado de proverbios, como también el Budismo y el Islamismo.

Miguel Cervantes de Saavedra en El Quijote de La Mancha quizá sea quien más proverbios y refranes consigna, y dice respecto al refrán… “los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos ancianos”.

 

Cierro el relato, para decir aquel dicho de don Teofilito es muy suyo y es la vez nuestro, que valdría recordarle a los deudos de aquel fulano que confiado en que deudas viejas se olvidan y que Al buen pagador  no le duelen prendas, refrán que se refiere a que quien piensa pagar, nunca pone excusas para no hacerlo, derivado de “Así es verdad –respondió Sancho-; pero al buen pagador no le duelen prendas” (El Quijote, capítulo XXX, 2ª parte ). Y sólo para refrendar la particularidad del dicho de don Teofilito y que de ningún modo pienso que sea insólito, cito el refrán…  “En tu casa cuecen habas y en la mía calderadas” que su lectura   señala que los hechos comunes suelen suceder en todas partes. “—No hay camino tan llano —replicó Sancho—, que no tenga algún tropezón o barranco; en otras casas cuecen habas, y en la mía, a calderadas” (El Quijote, capítulo XIII, 2ª parte).

A don Teófilo Rosas Inzunza, “ni lo olvido, ni lo olvidaré, como dijo don Teofilito de Mocorito.”

 

Culiacán Rosales, Sinaloa, Enero 2 de 2012

LO CLÁSICO EN LA DANZA Y LA MÚSICA DE SINALOA.

Por Rubén Rubio Valdez*

Culiacán Rosales, Sinaloa.

Diciembre 17 de 2015.

 

Resulta difícil establecer que ha sido primero, si la música o la coreografía. Montar una melodía o ritmo a una serie de pasos de baile, como que resulta ilógico. Parece coherente escuchar, “…bonitos pasos de baile acompañan a ese tango, a ese chotis, a ese huapango, a ese vals, a esa mazurca, a esa polca…” Lógico es expresar, “…bailamos al compás de bonitos boleros, más que decir, la orquesta tocó fabuloso al compás del baile,…”   ¿El ritmo que crea la percusión de un tambor o de un timbal, el tallado de un güiro o el sonar de una maraca, es melódico? Por interpretación es musical, porque música es el bien combinar sonidos y silencios. Siendo el sonido la esencia de la música, el combinar los sonidos percutidos de un par de congas, maracas, güiro o palmeando manos, ya se está creando ritmo y   en consecuencia música que sugiere el movimiento de cabeza, hombros, caderas, manos y piernas. Bueno, imaginar el ritmo sin escuchar melodía alguna es suficiente, si se desea bailar. A esto último, es dable referirse a la danza contemporánea que puede darse sin necesidad de acompañamiento musical.

El razonamiento anterior pudiera interpretarse como un suntuoso circunloquio, que de ningún modo lo es. A lo que voy es que el caso de la danza popular, generalmente parte de una melodía. La danza folclórica podría decirse que surge junto a la melodía, considerando que pudiera formar parte de un ritual.

La danza popular en Sinaloa parte de bailes comunes de gente en fiestas domésticas y públicas, amenizados con música de banda, tan típicas en el ámbito suburbano y rural. Ya veo bailando parejas en los “puestos” de baile de la fiesta tradicional de tal cual pueblo de la sierra o la costa; las veo también, en patios al aire libre o en amplios portales de casas amuebladas con sillas y poltronas de madera regional, decorados con plantas de sombra en macetas de barro rojizo sobre pisos y vistosos helechos colgantes de vigas. Las creaciones coreográficas para esos ritmos observados y analizados, son la analogía exacta de formas de bailar, conservando el cariz del gusto que provocan la cadencia del ritmo y la melodía.

El huapango pascoleado da nacimiento a los llamados “Sones de banda sinaloense” que agrupa a distintas figuras, generalmente a compás de 6/8. El huapango, la polca, la mazurca, la danza, el chotis, el fox-trot y fox country completan el cuadro alegre y rítmico de la “Danza Popular Sinaloense”. El carácter del sinaloense, sea de la costa o de la sierra, aflora con la música ruidosa de banda. Emociona el bramido de la tuba, el traqueteo de la tarola y lo rumboso de los golpes de tambora y de platillos del El sauce y la palma, El toro viejo, El palo verde, El gavilancillo y Mi suerte, El costeño, El zopilote remojado, Mi gusto es, entre otras, integran el marco de piezas musicales que dan identidad y pertenencia a la Banda Sinaloense.

A los creadores de música popular de Sinaloa, en sus producciones musicales les ha movido el modo mayor de la armonía, con una introducción de pasajes del tema principal, separado por brevísimos interludios, situándose en tonalidades altas para lograr la estridencia de cañas y metales.  Finalmente, el oyente termina complacido. Se dice que gente de por acá hablamos fuerte porque nuestro   oído lo requiere. Pareciera que nuestro oído fuera insensible al sonido tenue. La estridencia de la música de banda nos causa gozo. La música de cuerda acústica de violín, violoncelo y viola al sinaloense común le es indiferente; no es por cultura, sino por carácter.  Para la música de concierto, referida a lo sinfónico, en el noroeste del México apenas si se están creando públicos y tendrán, creo, instrumentarse   melodías regionales en los ritmos populares para llegar más lejos.

En el campo de la danza popular en Sinaloa no es casual, ni fortuito, la preeminencia de Carmen Espinoza, creadora de espléndidas coreografías para la música sinaloense, a ritmos de banda, que complementa con vistosas y coloridos atuendos. La danza es y ha sido su vida. Sus coreografías y vestuario son   reflejo del paisaje y carácter regional que su sensibilidad artística ha logrado. En sus creaciones, desborda la esencia regional auténtica en escena danzantes de su compañía en cada coreografía. Sabe ella bien lo que hace, enlazando ritmo y música con imagen. Sus coreografías son puestas en escena que dan identidad regional. Su voz alzada, no solo en los ensayos sino en su hablar cotidiano es la fuerza que empuja a sus creaciones.

No me atrevería a comentar las coreografías de Carmen Espinoza. Me gustan y las disfruto, pero carezco de elementos para juzgarlas con la propiedad crítica que deseara. De la música sobre la que han sido montadas, puedo hacerlo, en razón de llevar años estudiando la banda y su música. A veces quisiera ser solo fans de la música y la banda de Sinaloa, para disfrutarla y gozarla como cualquiera, pero al escucharla estoy escudriñando armonía y su contrapunto, observando su matiz y los pasajes del bajo y la percusión de la tambora o la tarola. Me aíslo en evaluar el vibrato y fraseo de los metales y las cañas. Más que escuchar y disfrutar, me hundo en el análisis.

Me ha invitado y pedido la maestra Carmen Espinoza a preparar este texto, que espero sirva como puente de acercamiento con nuestra música, a aquellos maestros de danza folclórica y popular de Estados Unidos, Canadá y diversas regiones de México que honran a Sinaloa con su visita.

Enseguida, aludo al origen del huapango, el chotis, la polca, el fox y la mazurca, en razón de que sobre este marco de ritmos y temas descansan las coreografías de la Danza Popular de Sinaloense, con lo que la maestra ha consolidado su espectáculo dancístico musical.

Huapangos. Sones de banda sinaloense.

Tal vez, mejor decir, por tardía que llega la definición y objeto de estudio de la etnomusicología como disciplina, no se disponen de estudios sobre el fenómeno musical y dancístico de los estados de Sinaloa y Sonora, en cuya geografía costera del Pacífico, entre los ríos Mocorito y Yaqui, donde desde la época prehispánica tuvo su desarrollo la cultura lingüística de filiación cahita.  Los estudios de la música, desde el enfoque físico, psicológico, estético y cultural, realizados durante las primeras décadas del siglo XX por los etnomusicólogos E. von Hornbostel, Austriaco,  (1877-1935); Jaap Kunst, Holandés, (1891-1960) y Mantle Hood, norteamericano, (1919-2005), han hecho  posible estudiar la entraña compleja de la música tradicional. Los estudios en nuestra región creo han sido guiados por el sentido común, más que basados con herramientas y teorías etnomusicológicas.

La música de judíos,  matachines, fariseos y pascolas de los Mayos Yoremes de Sinaloa y Sonora que se ha escuchado en los ceremoniales de Semana Santa de Ahome, San Miguel Zapotitlán, Mochicahui y Charay de Sinaloa, y  en  Huatabampo y Álamos, Sonora, por mencionar algunos, no se sabe tanto de su entraña, ni el simbolismo del  ritmo del tamborcito y la melodía de flauta de carrizo, por los instrumentos es autóctono, creo, porque la música que sale de  violines y el arpa, que bien pudiera pervivir desde la presencia jesuita del siglo XVI, nos podríamos a aventurar que es mestiza, conservando sus bailes y el arreglo del atuendo de la cultura de origen prehispánico. Por el ritmo y la métrica de las melodías, en apariencia tan cercanas por no decir la misma, queda claro que son la base del huapango de por acá, tan distinto al jarocho y huasteco, ligeramente parecido a los huapangos michoacanos, mejor dicho purépechas. Esta semejanza no es casual, si recordamos que la conquista española en el noroeste de México vino apoyada por etnias tarascas.

Por otro lado, la falta de estudios interdisciplinarios sobre el fenómeno de la música y sus bailes populares de Sinaloa, referidos concretamente a los ritmos de huapango ha postergado la precisión de nuestro sones. Las piezas que emblemizan nuestros huapangos, como El palo verde, La cuichi, El gavilancillo, El coyote, La guacamaya, El toro viejo, Los enanitos, Pica perica, Vamos matando ese gato y El comanche, entre otros, son la maqueta instrumental que pudiera servir para crear el marco de “Sones de banda o Sones de Sinaloa”, en analogía de “Sones de mariachi” de Blas Galindo o “Huapango” de Pablo Moncayo.

Por los títulos de las piezas que son de las más escuchadas en la historia de la música de banda, en mi opinión son mimetismos alegóricos a la fauna y flora, sacando de este espacio a Los enanitos. Por el reparto de la melodía y el ritmo de los golpes de tambora (bombo) y el contrapunto de la tarola (caja redoblante) y entradas y salidas del forte dan para el baile de parejas o solos, que en fiestas con banda a ritmo de huapango siempre lo han hecho hombres en grupo o solos. Las danzas de los Yoremes las bailan sólo hombres, y solitarios.

Sólo para cerrar el tema de huapango, que ahora he de llamar, “Sones sinaloenses”, habrá que precisar que de principio todos vienen en versión instrumental. Desde las últimas dos o tres décadas, las Bandas Sinaloenses está situadas en la versión vocalizada. Los compositores de ahora, producen simultáneamente la letra y la música de sus creaciones. Mucho antes, el compositor dictaba o escribía música para la dotación de una banda,   la letra venía después fuera suya u otro autor.

Chotis.

El chotis es baile y es música. Sus raíces están, según los etnomusicólogos, en Bohemia, una de las tres regiones de la República Checa. Valga decir, que con la disolución de la antigua Checoslovaquia, por la llamada “Revolución de Terciopelo”, se da la escisión en dos naciones: La República Checa y Eslovaquia, el primero de enero de 1993.

El chotis llega a España en 1850, no como chotis, sino como polca alemana, según apuntan algunos textos. Su nombre deriva de la expresión del alemán “Schottisch”, que se traduce simplemente escocés. Es en Madrid, donde se asienta como forma musical y sé vuelve ícono musical que presumen los españoles y sobre todo los madrileños. Sin ninguna reserva puede decirse que es “Madrid”, el chotis más conocido en el mundo, sobre todo en América. Su autoría, ahora cuestionada, corresponde al músico-poeta mexicano Agustín Lara Aguirre del Pino. Sólo por escuchar… “Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la España en que nací, por algo te hizo Dios, la cuna del requiebro y del chotis”, siembra la duda. Su baile por parejas, donde la dama frente al caballero lleva el mando, haciendo que gire sobre una baldosa, difiere diametralmente de la forma del baile del chotis sinaloense. Aquí, las parejas bailan abrazados y siguen el ritmo cuaternario a tempo moderado, combinando pasos laterales con movimientos hacia delante y atrás, realizando medios giros de derecha o izquierda.

La alusión del párrafo anterior la he hecho por dos razones: una, que la estructura musical del chotis madrileño y el de otras partes del mundo es totalmente diferente al de Sinaloa; y dos, su baile, es totalmente distinto también. Me atrevo a decir, que el chotis de acá es más rico y su baile, sin simbolismo alguno, es alegre y festivo. Su aire es vivo y las modulaciones con que se instrumenta, musicalmente  es otra cosa.

En Sinaloa, se viene escuchando chotis desde principios del siglo XX, llevando su ritmo infinidad de melodías, pero son cinco los constituyen un símbolo, posicionados en el imaginario musical de músicos y escuchas. Me refiero a “Brisas de Mocorito”, “Amor de madre”, “3 de octubre”, “Amor Imposible” y “Mi suerte”. Son todos ellos melodías tan distintas y guardando un mismo patrón orquestal. Su pegadiza melodía apasiona y conlleva a un aire de nostalgia.

Carmen Espinoza, reconocidísima coreógrafa de danza popular sinaloense, hasta ahora ha montado coreografía a “Brisas de Mocorito” y “Mi Suerte”. El primero, que en realidad su nombre original es “Flirteando”, de autoría del violinista y compositor duranguense Alberto Alvarado López (1864-1939). Este chotis se registró en la ciudad de México en 1909. Este chotis, desde antes de los años veinte del siglo pasado, se escucha en Mocorito, Sinaloa. Se sabe que fue traído a esa villa, Pueblo Mágico hoy, por don Feliciano Gómez, venido de Villa Unión, municipio de Mazatlán. Su melodía lleva de principio a fin, cadencia que cautiva, estructurada en cinco partes, con elegantes modulaciones que se enlazan con sutileza avivadas por el trío: el contracanto de trombones estereotipa la estructura modelo del chotis sinaloense. El segundo, es decir, “Mi suerte” es un chotis con toda la esencia musical bucólica, igual que “Amor de madre”. Mientras que “Brisas de Mocorito” es un chotis de salón, “Mi suerte” los es rural, tanto de la sierra como de la costa. Se aprecia un matiz fuerte en el primer tiempo del compás con cuatro partes melódicas y trío, siguiendo la estructura del chotis sinaloense. El autor de este tema es Desiderio Ayón, sin tener mayores referencias bibliográficas. Se sabe es que es una melodía de origen mocoritense, asentada en la región evoriana y del petatlán. Brisas de Mocorito o Flirteando es pieza conocida y forma parte del repertorio de todas las bandas de sinaloenses y conocida por todas las bandas fuera de Sinaloa, por mediación del Internet.

El chotis desde hace muchos años es un ritmo muy bailado en rancherías, más que fiestas de salón del medio urbano. Es un ritmo bailable que se disfruta.

Polcas.

De las melodías bailables, quizá sea la polca de las más fácil de seguir el paso. Aparentemente, tal vez sea éste el ritmo que ofrece menos dificultad para montar coreografías, sin embargo, para el maestro o maestra de danza el problema estriba en lograr combinaciones de pasos y vueltas con que den elegancia dancística, que rompan la monotonías del ritmo. Musicalmente, para la creatividad del compositor de música popular, este ritmo es el campo que se acomoda para vaciar con sutileza su talento contrapuntístico.  La melodía, valga la expresión, puede estirarse con notas largas y sorprender con cortes rápidos, dando entrada al contrapunto. Estos pasajes, ayudan al coreógrafo idear los pasos laterales y pasos salto o de brinco, de evoluciones rápidas.

La polca, como el chotis, se desarrolla en Bohemia por allá en 1830, partiendo de la observación a la creación de una melodía y danza creada por una joven campesina de Bohemia de nombre Anna Slezak del poblado de Elbeteinitz. Según el musicólogo norteamericano Brookes, el maestro Josph Nenruda observó el baile y escuchó la melodía, procediendo a escribirla y al llevarla a Praga, de ahí es donde se expande a otras regiones de Europa y así, con el tiempo inmigrantes europeos la traen a distintas regiones de América, hibridándose con la música y danzas típicas regionales y dar formas que hoy se conocen. Tal vez esto último sea real, lo primero pudiera ser mito.

Tal como llegaron a México en la segunda mitad del Siglo XIX como bailes de salón o de pareja, la mazurca y redova polaca, y el vals austriaco, pudo pasar   con la polca y el chotis, venido de Checoslovaquia. De los salones y fiestas privadas de la clase adinerada de México de esos años, la polca como otros géneros, permeó al medio urbano popular y campesino. La polca “Las bicicletas” creció en popularidad al ritmo que crecía la dictadura porfirista, inspirada con el advenimiento del “celerífero” o “velocípedo”. Lo que indica que primero se desarrolló en la capital, pasando después a los estados del norte, Chihuahua, Coahuila y Tamaulipas, donde la arropó el grupo musical norteño dotado de acordeón, bajo sexto, tololoche y redova, que después se incorporó el saxofón alto y la tarola. En plena Revolución, en el norte surgieron melodías que se volvieron clásicas como “La Adelita”, “Marieta”, “Rielera”, “Jesucita en Chihuahua” y el “Zopilote remojado”; a éstas y otras, procedente de Estados Unidos se unió “El Barrilito”, terminada la Segunda Guerra Mundial. El origen de “El barrilito” para variar, es checo del autor Jaromír Vejvoda y es de las polcas más conocidas en el mundo.

En Sinaloa, por la dotación de la banda con tambora, tarola, cañas y metales, la polca tomó forma más instrumental. Los arreglistas bandeños, crearon popurrís a ritmo de polca, incorporando melodías relacionadas en el párrafo anterior. A “Jesucita en Chihuahua”, el trombonista José Rubio Quiñónez hizo un arreglo de muy buena tinta, que grabara la Banda Hnos. Rubio de Mocorito.

A los autores sinaloenses, habrá que reconocerles que le dieron a la polca la estructura semejante a las checas y alemanas, dando espacio a un trío y variaciones de simultáneas de clarinete o sólo de introducción, seguida de un forte y coda. De por allá se conocen variaciones, sea con clarinete o acordeón.

De las polcas más conocidas y de muy buena tinta se tiene “Viva Guaymas”, “La chingadera”, “El sauce y la palma” y “Los amores de Julia”, venidas de los años treinta del siglo pasado. En los últimos años se tocan y han logrado popularidad las polcas “Clarineteando” y “Clarinete Polca”; ambas, producción de la Banda Hnos. Rubio de Mocorito. La primera, de la autoría de del profesor Víctor M. Víctor Rubio y la segunda, de la autoría del compositor polaco Karol Mamysolwski. Las cinco polcas referidas en este párrafo comprenden prominentes y extendidos arpegios, es decir, prolongados solos de difícil ejecución. Habré que decir y a mucho orgullo, en Sinaloa existen clarinetistas dotados, no sólo de capacidades digitales y articulación, sino de mucho talento.

Carmen Espinoza, de las seis polcas relacionadas, a excepción de “Viva Guaymas”, ha montado coreografías con rumbosos trotes y pasos finos de vuelta y vuelta, sin perder la raigambre del baile pueblerino de la costa y de la sierra de sinaloense.

Desde el punto de vista del ritmo, la polca se encuentra tan cerca del pasodoble y la marcha, que bien valdría la prueba de hacer una fusión de estos tres géneros, con miras a montar coreografías de gran impacto.  Para esto se requiere arrojo y sobre todo deposición a romper paradigmas.

Mazurcas.

En razón de que el movimiento de este ritmo es ternario, es decir, compás 3/4, se confunde con el vals.  La confusión puede acentuarse si el tempo es rápido. La estructura de la mazurca es muy diferente a la del vals. Es éste, de una estructura más delicada, con cambios de tempo y modulaciones, que la mazurca no comprende. No por ello la mazurca es menos expresiva.

La denominación de este género musical se refiere tanto a la composición como al baile que la ejecuta y su ritmo. Mazurca viene de Mazurek del idioma polaco. La velocidad con que se interprete dependerá del autor o del ejecutante y podrán encontrarse mazurcas medio rápidas, lentas o rápidas. La diferencia la hará la velocidad.  Este ritmo viene de la región de Mzowsze-Mazovia de Polonia, por allá del siglo XVI. Casi ha sido regla, que estos ritmos europeos pasaran de bailes de salón de la corte real y la nobleza al medio popular y rural, diseminándose por toda Europa en la segunda mitad del siglo XIX. Un gran precursor de la mazurca fue Frederic Chopin, habiendo escrito más de medio centenar. Las salas de las mansiones de la aristocracia europea debieron atiborrarse de grupos de parejas bailando mazurcas con elegante atuendo, sobre todo de distinguidas damas de la nobleza.

En algunas regiones de Centro y Sudamérica, como Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Chile, Colombia y Paraguay, la mazurca forma parte de su folklor. En México, respecto al vals se sintió una proclividad notable. Igual en Sinaloa, dentro del repertorio de las bandas de viento los compositores se cargaron más hacia el vals que a la mazurca. Es sorprendente el número de valses que mantienen en su repertorio las bandas sinaloenses, siendo los más solicitados “Lira de oro”, “Fanny”, “Mavi”, “Con el corazón en la mano”, “Tu voz al cielo”, “Alejandra” y “Tu amor es mi vida”, entre tantos que forman el acervo musical de los llamados valses criollos o regionales.

Centrando la referencia a la mazurca, se identifican melodías con ese ritmo, que más bien lo hace el tempo y compás a 3/4; y no todas lo son. De la autoría de Felipe de Jesús Villanueva Gutiérrez (1862-1893), pianista y compositor mexicano dejó para piano tres mazurcas, que como La “Mazurca de la milpa” y “Mazurca de la mazorca”, con tema de protesta, no permearon al noroeste.   En Sinaloa, aquellas que cumplen con la estructura de mazurca son “La India Bonita”, “Perdón”, “Tu entre mis penas”, “Triste recuerdo” y “Llorar soñando”, que son las más tocadas por las bandas.

La maestra Carmen Espinoza ha montado coreografía a la emblemática “India Bonita”, que es un ícono musical de Sinaloa, como los es “El barzón”, curiosamente a ritmo de fox, del que hablaré enseguida.

Fox-Trot.

Al inicio de este texto anoté: “Resulta difícil establecer que ha sido primero, si la música o la coreografía.  Montar una melodía o ritmo a una serie de pasos de baile, como que resulta ilógico. …” Pues bien, las referencias filológicas consultadas para dar formato a este trabajo, si fue para la polca o la mazurca   o el chotis, y ahora el foxtrot, me encontré recurrentemente el   enunciado: “chotis, polca o foxtrot es una baile popular…” Tal parece que se ningunearan o se hiciera abstracción de lo otro, de lo sustantivo, es decir de la música, entendido como fusión de ritmo y melodía. Debo precisar que no es que rechace el enunciado, sino puntualizo como corolario: el ritmo induce el baile.

Pués si, el foxtrot es un baile popular que no surge en regiones rurales checas ni polacas.  Nace en el sur de los Estados Unidos, aludiendo su nombre literalmente “trote de zorro” como una alegoría a las danzas negras simbolizando o alegorizando pasos de animales, siendo su creador el bailarín Harry Fox (1882-1959), que le dio nombre. Musicalmente nace con las primitivas bandas de jazz y se vuelve baile de salón, adquiriendo gran popularidad en los años 20, apareciendo el Slow-fox (lento) y Quick-step (rápido). Este último rivalizó en los años 30 con el Charleston y después el Boogie Woogie; con este ritmo, en el pequeño salón de baile “Club Campestre” de Mocorito, en el mes de mayo de 1961, se estrena el Boogie Woogie “Estudiantes mocoritenses”, de la autoría de don José Rubio Quinónez, director de la legendaria Banda Los Rubio de Mocorito. El tema “Acapulco” con este ritmo se escuchó en los años sesentas: fue una grabación de la Banda del Recodo de Cruz Lizárraga, donde sobre sale el solo de clarinete del legendario clarinetista mejor conocido como “El viruchi”.

Por la cercanía de Sinaloa con la frontera con Estados Unidos y, el ir y venir de músicos, principalmente a Tijuana y Mexicali, Baja California, se constituyó en puente para el flujo de ritmos y temas de los años 40 en adelante. De los ritmos modernos interpretados por bandas de jazz y big band, llegó por ejemplo “Twelve Street” (Calle 12) y “El Charleston”, que para la creación de piezas bailables con ese ritmo, fueron pauta y modelo para compositores y arreglistas locales.

Temas instrumentales a ritmo de Fox, desde el lento al rápido, rosando con el de Charlestón y Boogie Woogie, sin llegar al Swing, en los años 40 y 50 se crearon localmente algunos, conteniendo su creatividad el bolero, el danzón, porros y cumbias caribeñas, que los acogió la “Banda sinaloense” cuando ésta pasó de los bailes populares y parrandas de comunidades rurales, a salones de las pueblos grandes y ciudades.

De la frontera de nogales traen el fox “La Mejer Eléctrica” la Banda Los Rubio de Mocorito. Desde mediados del siglo XX se escuchan los fox rápidos “Que se mueran los feos”, “Flor de San Ignacio”, “Viva la vida”, “Algún día”, “Dos y dos”, “Blanco y negro” y “Chile Blues”. Durante algún tiempo se escucharon y “De pueblo en pueblo”, a ritmo de Boogie Woogie, lo mismo “El duende negro” y “Perla azul”, popularizados por la Banda El Recodo. Pero “Tecateando”, de la autoría de Salvador “El Cachi Anaya” de Culiacán, popularizado por la Banda Tamazulas de Culiacán, es ícono musical, igual que  “Cinco de chicle”, divulgado por la grabación de la Banda del Recodo y su autor es Epifanio Páez (a) “El Tejano” y “El pariente”, composición de Germán Lizárraga.

Venido de Sonora el foxtrot “El costeño”, llegó y se quedó en Sinaloa y siendo a través de la “Banda Sinaloense” como se difunde por todos lados. Hoy es una pieza muy conocida, siendo su autor Silvestre Rodríguez (1877-1955), nacido en Michoacán, radicando en Sonora desde los 18, que por su talento y producción musical se le reconoce como insigne compositor sonorense. Sin duda “El costeño”, es un foxtrot extraordinario que lo ha inmortalizado. Buen tino el de la maestra Carmen Espinoza, en aferrarse por buscarle cuadros y círculos al reparto de la melodía y el ritmo de “El costeño”, montándole su coreografía.

Epílogo.

La música de banda es un género con potencial inagotable para bailes populares en escena y también para bailes de especulación, basta con solo anunciar   tal o cual “Banda” y sus vocalistas de moda, para que se abarroten estadios o parcelas de ejidos acondicionadas ex profeso, asistiendo miles seguidores. La versatilidad que da la dotación instrumental le acomoda a diversos ritmos y eso gusta, no sólo a gente de Sinaloa, sino de todo México, Centroamérica y Estados Unidos.

Sólo para cerrar, he de puntualizar que de estas tierras antiguamente de totorames, tahues y mayos, surge el ritmo del huapango que conforma los “Sones sinaloenses”, con estructura y ritmo diferenciado a las formas de huapango de otras regiones de México. También de estas tierras surge en los años 90 la danza acrobática, conocida como “La quebradita”, derivación de “El baile de caballito”, que hizo furor. En ocasiones se escucha el grito en los bailes… <Quiebra, quiébrala,…> Es entonces que en un momento de baile, el caballero sin soltar a su pareja, sujeto de mano derecha y cintura de la dama, arquean sus cuerpos tanto que ella de espaldas toca ligeramente el piso con su cabello, colgada del hombro izquierdo del caballero y ambos con piernas derecha e izquierda al aire, hacen giros de cuarto de luna rosando sensualmente sus pelvis.

Estas danzas, curiosamente no la recrea la “Música de viento”, sino la llamada “Tecnobanda”, dotada de instrumentos electrónicos con sintetizador que da el símil de instrumentos de la Banda Sinaloense. El aire es una cumbia-banda de compás binario y tempo de gran velocidad. Las parejas, además de bailar, realizan apuradas, vistosas y coordinadas acrobacias.  El territorio original de El baile de caballito” y de “La quebradita”, fue el sur de Sinaloa y el norte de Nayarit. El grupo impulsor de esto ritmos fue “Mi Banda El Mexicano” de Mazatlán”, dotado de bajo, teclado y batería.

Fin.

 

*Ingeniero Agrónomo, narrador, ensayista y musicólogo mocoritense. Radica en Culiacán, Sinaloa.