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ANDO POR LA PLAZUELA

La estúpida liviandad jurídica de las entidades públicas.
Octavio Valdez

Hace algunas semanas se planteó por parte de algunos organismos públicos pasar en espacios comunes la transmisión de un capítulo de la serie animada Dragon Ball Super, a algunas personas les parece un asunto de mal gusto a otras una frivolidad, frente a las necesidades de la población general, y a otros tantos les ha caído en gracia.

Lo que me parece grave es que las instancias gubernamentales no consideren los detalles legales de dicha actividad, la caricatura está protegida por las leyes de derecho de autor, nacionales e internacionales ya que la trasmisión del capítulo que se pretende reproducir públicamente está disponible sólo a través de internet, su transmisión pública se llevará a cabo exclusivamente en Japón, hay que aclarar que las fuentes o páginas que tienen disponible el material lo ponen a disposición de manera ilegal. También habría que considerar que una empresa nacional, Televisa, es la que tiene los derechos en México del programa, por lo que se podría dar por aludida en cuanto a las pérdidas económicas que la acción de las instancias de estado le provocarían.

No hace mucho, en una plática el actual presidente municipal de Culiacán exponía la difícil situación financiera que tenía el ayuntamiento, de manera laboriosa se logran operar los servicios básicos para la población.

Una de la variables para esta situación que más llamó la atención en la charla, fue la de las deudas generadas por concepto de demandas en las que el ayuntamiento se tenía que hacer cargo de  indemnizaciones a  terceros, el monto que se comentó fue de alrededor de 200 millones de pesos, que para cualquiera que tenga una mínima idea de la dimensión de las finanzas de una entidad municipal, sabrá que es una cantidad comprometedora para el buen funcionamiento de muchos programas.

Estás demandas son de distinta índole; expropiaciones mal hechas, proyectos mal aplicados, despidos mal planteados… La mayoría de los casos de administraciones anteriores, algunos litigios incluso con más de 10 años, lo que por lógica acarrea montos cada vez mayores a resarcir. Algunos de los presentes de profesión y ejercicio abogados, indignados por la facilidad con la que se podía sacar dinero de las arcas públicas, le planteaban como camino prioritario fincar responsabilidades sobre los funcionarios que hubieran facilitado por omisión o complicidad el quebranto del erario.

La pregunta que me hago es para qué sirven las áreas jurídicas de las distintas entidades públicas, ¿será que los funcionarios encargados de tomar decisiones no consultan a sus asesores legales? ¿Estamos frente a una generación de abogados inútiles o analfabetas?

Los medios de comunicación tampoco ayudan, ya que tienden a vender como gracia el ganarle una lana a las autoridades, pero al final del día el que paga cada liviandad jurídica en la operación pública es el contribuyente. Usted y yo.

ANDO POR LA PLAZUELA

El arte es un acto fallido de mercadotecnia.
Por Octavio Valdez

El Zurdo se afanaba en la memoria, encorvándose más de lo que la edad le impone a un lado de la barra, trataba de hacer cuentas exactas de las mesas que atendía; ya un pollo, una cubeta de cerveza o la coca cola que algún remilgoso le pedía, antes de poderse conformar con las cuentas que anotaba en la libreta el gerente lo apuraba a atender alguna mesa: “Zurdo, Zurdo, te están hablando ¡chihuahua!”. Ensimismado en los números tardaba en reparar -¿Eh? ¡Ah! Sí, voy voy…- Mientras que el bullicio de las personas que exigían su atención crecía -¡Estamos bien secos, Zurdo!- uno de ellos mostraban una cubeta de aluminio vacía, -Pero dales de beber- apoyaba, tratando de entonar una canción de José José, algún vecino de dicha mesa que a diferencia de los ocupantes de esta sí empinaba una cerveza sobre la que se deslizaban gotas de la humedad condesadas por la temperatura helada. Y ahí iba la humanidad envuelta en ese blanco inmaculado que es su traje, tan característico del mesero, hasta que únicamente se identifica su cabellera escasa engominada al  perderse entre la muchedumbre.

El medio día de primavera siempre es propicio para que El Guayabo se encuentre lleno, qué mejor lugar que una palapa y una cerveza para refrescarse, pero ese sábado me llevó hasta ahí la avaricia, un amigo me cruzó una apuesta en el partido Real Madrid contra Atlético de Madrid, la final de la Champion´s, así que con la intención de embolsarme 200 pesos de forma sencilla (sabrán que se me cebó) pedí al Zurdo una bien fría y me senté en la primera silla que encontré desocupada en alguna mesa, el lugar estaba abarrotado, más de lo común.  Además de los parroquianos habituales, uno los reconoce por las canas, las ropas aunque casuales en el linde de las fachas  y el intercambio confianzudo que tienen con las meseras  –Entonces ahora sí se me va  a hacer-  -Ni que tuvieras tanta suerte, aparte te pegan-, también se encontraban los aficionados y fanáticos consumidores de ese espectáculo-deporte que es el futbol, estos se presentan más jóvenes, cabello engominado y aunque con playeras deportivas o la casaca del equipo preferido más arreglados para la ocasión.

El ambiente transcurría en placentero jolgorio, entre los gritos por el gol anotado, el júbilo convertido en frustración del tiro fallado, las puyas y burlas entre los compañeros de mesa por los yerros del equipo contrario en afectos, es de notar que los cronistas televisivos son borrados por las reacciones y voces en conjunto, el coro atonal del auditorio presente  que es la mejor lectura de los devenires del encuentro.

Entre el estruendo de aquel lugar, a la orilla de la palapa que conforma el principal espacio, laboriosos pero silentes se veía otro grupo con aspecto menos común para el lugar, parecía como si alguna tribu urbana hubiera decidido colonizar, expropiando, una pequeña parte del territorio de la cantina, el más bucólico por cierto, donde se encuentra el pequeño guayabo que le da nombre al lugar, en la pared de ese rincón colgando se encontraban, abigarrados, varios cuadros otros que parecían flotar pendiendo de una cuerda delgada y transparente que alguien había cruzado de un punto indefinido hacía el rumbo de la cocina (de donde, por cierto,  sale un pollo frito que algunos consideran obra de arte) el trayecto no sobrepasaba los cuatro metros, obras en varios formatos y técnicas, una foto por aquí un óleo por allá. La atención que se le ponía al partido había evitado que los parroquianos y futboleros pusieran mayor atención a lo que sucedía con todo y que algunas de las obras eran bastante llamativas, recuerdo una silueta de mujer creo que en técnica pastel que llamó mi atención aunque no tuve oportunidad de acercarme para confirmarlo, aun así hubo un momento en que el partido menguó en intensidad y permitió que los grupos fuera de las mismas personas que llevaban aquella actividad apreciaran el ejercicio tan poco común para el cotidiano de la cantina –Mira estamos en una cantina trendy-, dijo alguno.

Para ese momento en las mesas había ocurrido otra singularidad, en algunas de ellas se mezclaron integrantes de las tres concurrencias, fanáticos del deporte, consuetudinarios del lugar y representantes del arte, lo que hizo pulular pláticas muy disímbolas – ¡Ay! Lo qué hago por Norma, nunca pensé entrar en un lugar como este- escuché decir, en la mesa en la que yo estaba, a una señora con apariencia de ama de casa, un amigo que encontré me aclaró que la obra plástica que se presentaba se debía a un evento llamado Bienal del Guayabo que se lleva acabo cada dos años precisamente ahí y que está edición estaba dedicada a Norma Millán, que se había desarrollado como maestra de artes plásticas tanto en la Normal como en la Universidad de Sinaloa e incluso en   algún momento como periodista, fallecida el año pasado, por lo que comprendí que la señora que había escuchado muy probable fuera, por las formas, del gremio magisterial y fue amiga de la homenajeada. Por otro lado escuché, en la misma mesa, críticas a la museografía incidental  –Mi obra está en el baño- cuchicheaba, indignada, una adolescente con su novio, recordé a Marcel Duchamp y me hizo gracia el ejercicio inverso (no sé si consciente) que se hacía de llevar al baño el arte, pensé también en la probable reacción de más de un borracho al ver invadido el horizonte del mosaico blanco con un cuadro de arte abstracto cuando se pare a orinar.

El público en general de la cantina, los que no estaban inmiscuidos en la Bienal, empezó a observar, curioso, desde su lugar el rincón donde habían aparecido cuadros, esculturas, bustos y jóvenes con vestimenta donde predominaba el negro (color del uniforme de artista), las melenas y los cortes de pelo asimétrico. Al echar un vistazo más detallado a la concurrencia, noté la presencia de alguna funcionaria de comunicación del gobierno y la dueña de un periódico local que trataban de pasar desapercibidas, gente que sería más normal encontrar en un café donde lo importante es a quién se ve o lo que se paga y no lo que se consume, no las trajo el arte, ni el futbol, ni siquiera el pollo o el frescor de la palapa apenas las vi tomar un mustio refresco, por la edad y el oficio era evidente que habían hecho la concesión a nombre de Norma Millán, no se acercaron a observar obra alguna, no tomaron cerveza tan pronto se dio inaugurado el evento in memoriam, una un poco antes que la otra, se retiraron en absoluta cautela, supongo que ya habrían cumplido con la amiga.

En tanto en la televisión el partido estaba en su ocaso, con una serie cardiaca de penales que volvió a atraer la atención de los aficionados hacia el espectáculo deportivo, el evento artístico empezaba a tomar más fuerza con la llegada de personas en fachas, pero no como la de los parroquianos sino de esas más medidas, estilizadas; cabelleras en distintos colores, camisas sin manga que muestran tatuajes, lentes que hacen juego con el collar, tupidas y crecidas barbas de incipiente erudición. En el lugar se había amalgamado un caleidoscopio de personalidades la conjunción de la cotidianidad en una cantina, el espectáculo mediático deportivo, la intervención artística y el tino de dedicarla a alguien con el reconocimiento social de Norma Millán, hicieron que confluyera por un momento la más barroca diversidad y asumieran una convivencia cercana en la que uno se enteró de la existencia del otro, por lo que entiendo en esto uno de los mayores logros y objetivos del arte, también creo que a esto se refieren cuando se habla de sacar el quehacer cultural de los foros cotidianos y agotados a la calle, de acercarlos a la gente. Alcanzo a ver que no fue una circunstancia planeada en todos sus elementos, pero bueno la mayoría de las veces la cultura es un ámbito fortuito en el que se encuentra a ciegas, no sé a dónde derivaría al final esta festiva Babilonia, pero el momento logrado justifica cualquier esfuerzo.

Algún purista criticó que las obras no estuvieran beatífica y canónicamente instaladas en una aséptica galería,  se podrá cuestionar la presencia del alcohol para la apreciación de las piezas, o la ligereza de las observaciones de los neófitos que van con otro interés distinto al de la apreciación estética. Todo eso se compensa con la sensación de vitalidad de la exposición, los espectadores son espontáneos en sus reacciones  por tanto la obra se siente viva, le aseguro que nadie en El Guayabo, como sucedió recientemente en una galería de San Francisco, va a confundir unos lentes tirados con una obra de arte, se haría lo que dicta el sentido común: buscar al dueño o ponérselos.