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¿Qué esperar de las elecciones en Estados Unidos? (II)
César  Velázquez Robles

 

Concedamos, para no entrar en otro tipo de disquisiciones, que con un gobierno demócrata o republicano a México le ha ido más o menos en su relación con Estados Unidos. Ello no quita, sin embargo, que en la percepción de la sociedad mexicana, siempre es mejor tener en el vecino del norte a un aliado que a un enemigo. Al menos así lo refleja la encuesta citada en mi colaboración anterior. No conozco hasta hoy ninguna encuesta que mida el estado de ánimo en este lado de la frontera luego de la elección del pasado martes 6, pero casi tengo la certeza de que predominará un ánimo festivo en una inmensa mayoría de ciudadanos. Así las cosas, preguntémonos por el impacto que el resultado de esta elección tendrá en las relaciones México-Estados Unidos, cuál es la perspectiva del muro “grande y maravilloso” que desea Trump para cerrar el paso a  “delincuentes” y “criminales” que quieren cruzar la frontera en busca del “sueño americano”.

Trump ha venido exigiendo que en el presupuesto se asignen cuantiosos recursos para la construcción del muro, y ha encontrado la resistencia de los demócratas, pero también el indisimulado rechazo de un sector de legisladores republicanos,  tanto de los estados que forman parte del llamado “cinturón del óxido”,  de los estados que  forman parte de las grandes llanuras productoras de granos, así como de aquellos que en el sur son frontera con nuestro país. Estos dos últimos tienen una relación  muy estrecha con México, y de ellos proviene una parte fundamental del superávit de la balanza comercial  que tiene Estados Unidos, y sus productores y empresarios, así como representantes de la clase política, no quieren malquistarse con la parte mexicana. Se trata de una poderosa fuerza económica y política que gravitará sobre las decisiones que se puedan tomar en el Congreso sobre el tema del muro y, por supuesto, del destino del acuerdo comercial México-Estados Unidos-Canadá.

En consecuencia, con relación al muro, el escenario más previsible, luego de la configuración de una mayoría demócrata en la cámara de representantes –el equivalente a la cámara de diputados –, es que no habrá más recursos para continuarlo.  El muro, una de las grandes obsesiones trumpianas, tendrá que esperar mejores tiempos para la derecha estadounidense. Ya sabemos que al no contar con el respaldo de la cámara de representantes, no habrá manera de que fluyan medios económicos. Probablemente su construcción no sea suspendida, pero se ralentizará de modo inevitable, y si el Congreso saliente, con mayoría republicana, no se los aprobó, es impensable que lo pudiesen hacer los demócratas. Ese monumento a la estulticia y la barbarie, que condensa las peores visiones xenófobas y racistas, no va a pasar. Tenemos ahí por lo menos, si no un motivo de celebración, sí de satisfacción.

Sobre el nuevo acuerdo comercial, habría que asumir una actitud mucho más cautelosa. Recordemos que los principales impulsos para la firma del TLCAN provinieron en su momento  del lado republicano, con las reticencias de la parte demócrata, más empeñada en proteger y preservar clientelas, como las del sistema de transporte de carga, que se beneficiaban –y se siguen beneficiando—del control de las fronteras. Finalmente, ya bajo el gobierno demócrata de Clinton, accedieron a apoyar el tratado comercial añadiendo algunas cláusulas  relativas al medio ambiente y a las condiciones laborales en México. En otras palabras, la liberalización de los mercados y la flexibilización de las fronteras para la circulación de mercancías, ha sido más un rasgo distintivo de los gobiernos republicanos que de los demócratas.

Más allá de esto, los intercambios comerciales se han disparado en estos años en que ha estado en vigor el tratado. Quizá como señalan algunos de los críticos del tratado, quienes se han beneficiado de los crecientes intercambios hayan sido las élites, junto con el poco impacto que la liberalización comercial ha tenido en los ritmos de crecimiento de la economía mexicana. Pero las cosas han cambiado: el péndulo se ha movido al lado contrario. Hoy predominan en Estados Unidos los vientos en favor del cierre de fronteras, está en marcha una política aislacionista en materia comercial, y está en marcha también una formidable ofensiva cultural contra los mercados abiertos. El proteccionismo, todo parece indicar, ha llegado para instalarse con fuerza, a menos que esta política absurda e irracional sea frenada a tiempo, evitando lo que empieza ya a perfilarse como una nueva crisis del capitalismo, cuya extensión y profundidad no puede ahora ser visualizada en su justa dimensión.

Así que la posición republicana de rechazo al tratado multilateral en estos casi dos años de gestión trumpiana, pueda ser compartida, con todos los matices que se quiera,  por los demócratas que hoy hacen mayoría en la cámara de representantes, y que en los meses venideros podría traducirse en un bloqueo al acuerdo ya alcanzado con México y Canadá, y que podría firmarse en la Cumbre del G-20 en Buenos Aires en los próximos días, no por discrepancias de fondo con la letra y el espíritu del compromiso alcanzado, sino para demostrar que, en efecto, en su condición de nueva mayoría en la cámara baja, frenarán u obstaculizarán toda iniciativa proveniente de la Casa Blanca. Comparto en tal sentido, la idea planteada en estos por Sergio Sarmiento, quien escribió que “el nuevo cuerpo legislativo… no le aprobará a Trump su soñado muro en la frontera con México”, además de que “la nueva mayoría puede oponerse a la aprobación del nuevo tratado comercial con México y Canadá, lo cual tendría la ventaja de mantener en vigor, cuando menos de manera temporal, el actual, que es bastante mejor, pero generaría incertidumbre y reduciría la inversión de largo plazo”.

En suma, una vez disipado el humo de la pólvora que deja la elección intermedia en Estados Unidos, una incógnita se ha despejado: el muro no se construirá o, más claramente, no continuará construyéndose. No habrá recursos presupuestales, como era el propósito de Trump, y toda la retórica anti-inmigrantes podrá ser contenida por la mayoría demócrata. Como ha dicho recientemente James Petras, en materia de migración hay coincidencias entre republicanos y demócratas. En el fondo ambos coinciden. La diferencia está en que aquellos quieren un muro, y éstos quieren más policías para vigilar las fronteras y frenar la marea humana que viene del sur. El acuerdo comercial puede firmarse, con un sector moderno cuya inserción estructural en el desarrollo de la región norteamericana es altamente funcional a las  necesidades de reproducción del sistema en su conjunto. Sin embargo, es en este ámbito donde se advierte un panorama más incierto. Los condicionamientos que ha impuesto la parte estadounidense en la negociación y la ausencia de definiciones, más allá de una apasionada defensa de los intereses del país en el capítulo energético, junto con una declaración más reciente de que México ¡ya no exportará petróleo!, arrojan muchas dudas sobre los derroteros que habrán de marcar la relación económica, política y social con Estados Unidos.

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¿Qué esperar de las elecciones en Estados Unidos? (I)
César Velázquez Robles

 

Las elecciones intermedias en Estados Unidos de este martes 6 de noviembre han modificado el mapa de la distribución del poder político, pero sin llegar a constituirse un cambio que altere de manera radical la correlación de fuerzas entre demócratas y republicanos. Esta afirmación parecería contradictoria, pero no lo es: aquellos han ganado presencia –son ahora mayoría en la cámara de representantes–,  pero estos se han afianzado en la cámara de senadores, desde donde bloquearán muchas iniciativas que contra Trump y su política pudiesen poner en marcha los integrantes de la nueva mayoría demócrata. Se producirá una especie de bloque mutuo que evitará que avancen iniciativas de uno y otro signo, pero que no impedirán el funcionamiento de un modelo de relaciones y de reproducción del poder. Dicho en otras palabras: el diseño de la arquitectura institucional ha permitido que el sistema de pesos y contrapesos no paralice el sistema, pero si contribuya a limitar excesos y arbitrariedades en el ejercicio del poder.

Desde México, siempre observamos con atención e interés el desarrollo de la contienda por el poder en el vecino país del norte. Entiendo que, en principio, lo hacíamos porque las elecciones en nuestro país carecían de interés, al jugarse casi siempre con dados cargados. La disputa cerrada, sin las certidumbres mexicanas, nos hacían admirar el proceso en aquel país, y vivíamos con pasión e intensidad el desenlace electoral. En cierto modo, era expresión también de un proceso de colonización cultural, aspirando a imitar el modo de vida norteamericano, pero siempre mezclado con una especie de sentimiento anti-imperialista creado y recreado a partir de una visión acendrada del nacionalismo. Era y sigue siendo –aunque cada vez menos–, una visión contradictoria, pero real, de nuestra relación con el imperio.

Diría que así fue a lo largo de prácticamente todo el siglo XX. De mis recuerdos más remotos, está la elección a principios de los años 60 entre Richard M. Nixon y John F. Kennedy, quienes protagonizaron el primer debate televisado de la historia. Fue una elección cerrada entre el republicano y el demócrata, que recuerdo vívidamente fue seguida como si hubiese sido propia en gran parte del país. Más lo fue todavía la celebración por el triunfo de Kennedy, lo que confirmaba la vieja creencia de que la mayoría de los mexicanos simpatizaba con los demócratas. Si nos atenemos a las encuestas, esta percepción entroncaría con la realidad: los mexicanos tenemos más coincidencias con los demócratas que con los del símbolo del elefante. Si nos refiriésemos a la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos, según una encuesta levantada por el Gabinete de Comunicación Estratégica  para saber por quién votarían los mexicanos si pudieran hacerlo, el 82 por ciento señaló que apoyaría a la demócrata Hillary Clinton.

Tenemos la creencia de que a México le va mejor con presidentes y/o gobiernos demócratas. Pero hay datos duros de la realidad que parecen decir lo contrario. Uno de los especialistas mexicanos en materia de relaciones México-Estados Unidos, Jorge Bustamante, sostiene que a nuestro país “le ha ido mal con los dos”, es decir, con demócratas y republicanos. Otros analistas sostienen que “habría que ponderar”, y enlistan diversos asuntos que definirían el perfil de los vínculos entre los dos países:

“Desde los primeros años del siglo pasado los gobiernos del Partido Demócrata han tomados decisiones que afectan a su vecino del sur”, recoge la BBC Mundo en una investigación. Añade: “en los dos periodos de Barack Obama, unos tres millones de personas fueron deportadas, la mayoría originarias de México”. Frente a ello, “durante una administración republicana se estableció la única regularización migratoria que ha habido en Estados Unidos”, y ello fue en 1986 durante el mandato del republicano Ronald Reagan. En los años 90 del siglo pasado, los vínculos de México con Estados Unidos se intensificaron con las negociaciones tendientes a lograr un acuerdo de libre comercio, que para algunos no era sino “una integración silenciosa y subordinada al vecino del norte”, en tanto que para otros era la oportunidad de estimular la competitividad del país, atraer inversiones, mejorar el ingreso de la población y apurar el desarrollo de una sociedad moderna en una economía abierta y un mundo globalizado. El tratado tuvo siempre el respaldo de los republicanos, y la llegada del demócrata Bill Clinton al poder significó algunos condicionamientos a la parte mexicana para llegar a su firma. Sin embargo, habría que considerar también el apoyo de su gobierno para evitar que el famoso “error de diciembre” colapsara la economía mexicana. A propósito, hay una opinión bastante extendida de que, en el trato con los republicanos, a la población mexicana le ha ido mal, aunque a la élite le ha ido bastante bien, sobre todo a raíz de la profundización de los intercambios comerciales en los últimos cinco lustros.

Es en este marco en el que se han desarrollado estas elecciones de media gestión. También como nunca antes, éstas han sido seguidas con mucho interés por los mexicanos. El discurso endurecido, beligerante, xenófobo y racista de Donald Trump; las referencias sistemáticas a México y los mexicanos; su consideración de que la migración estaba constituida por criminales y traficantes de drogas; la convocatoria a construir un muro “grande y hermoso” para impedir que la marea humana proveniente del sur entrase a su país, y la exaltación de los peores sentimientos que puedan anidar en el ser humano, todos estos y muchos otros factores más, hicieron que los mexicanos pusiésemos atención especial a las elecciones de este martes 7 de noviembre.

¿Qué mapa político se ha configurado en Estados Unidos? ¿Qué nuevo equilibrio de poder ha surgido de las urnas? ¿Qué relevancia tienen estos resultados  para el futuro democrático en ese país y para el mundo entero? ¿Qué caminos pueden vislumbrarse para el acuerdo comercial entre México y Estados Unidos?

A tratar de responder a algunas de estas interrogantes dedicaré la siguiente colaboración.

7 de noviembre de 2018