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En las próximas horas serán depositado los 100 Millones de Pesos adeudados por SHCP a la UAS desde el 2014; comentó el Rector de la UAS Dr. Juan Eulogio Guerra Lier

Culiacán, Sin. Es cuestión de horas para que a la Universidad Autónoma de Sinaloa  le sean erradicado los 100 millones de pesos que la Secretaria de Hacienda y Crédito Publico tenía pendientes  en entregar desde el 2014, así lo dio a conocer el Rector Dr. Juan Eulogio Guerra Liera.

“Ya llegaron los 100 millones, solo estamos en la espera que se transfieran a la Universidad Autónoma de Sinaloa. Esto representa una gran satisfacción porque el Gobernador Lic. Mario López Valdez siempre mostró una gran preocupación y apoyo fuertemente a la gestión, con esto se nos quita un peso de encima al finiquitar este adeudo con la banca, con la cual a su vez estamos muy agradecidos porque nos permitió mantener la estabilidad en la institución y también la estabilidad en el estado y que la institución pudiera cumplir con el pago de las quincenas y prestaciones, hoy se cierra un capítulo muy intenso de mucha presión e incierto, y esto  gracias al apoyo mancomunado de la gestión de la institución con la del Gobernador Lic. Mario López Valdez y, por supuesto la confianza de la Banca” Comentó el Rector Dr. Guerra Liera

Así mismo subrayó el Rector Dr. Guerra Liera, que técnicamente  se está cerrando financieramente  el 2014 a solo 3 meses de culminar este 2015, el cual esperan poder  hacerlo de la mejor manera,  garantizando la estabilidad financiera de la Institución así como  no iniciar  el año con un préstamo  sobre sus finanzas  y poder  cumplir con los pagos salariales y  las prestaciones a los trabajadores universitarios para lo cual se requieren 550 millones de pesos.

Liberato Terán: honestidad y leyenda

Jorge Medina Viedas

12 de abril de 2013

Coloquio sobre Liberato Terán en la UAS

 

Escribe Marcel Proust lo siguiente:”…los hombres que producen obras geniales no son los que viven en las más delicadas de las atmósferas, cuya conversación es la más brillante o su cultura la más extensa, sino aquellos que han poseído el poder, cesando repentinamente de vivir sólo para vivir para sí mismos, de transformar su personalidad en una suerte de espejo, de manera tal que su vida, por más mediocre que pueda ser socialmente y, en cierto sentido, intelectualmente, se vea reflejada en él, puesto que el genio consiste en la capacidad de reflejar y no en la calidad intrínseca de la escena reflejada”.

 

Los que conocemos a Liberato Terán compartimos la opinión de que es un universitario que merece este y muchos reconocimientos. Pero también puedo asegurar que cada uno tenemos una diferente y hasta contradictoria forma de pensar y de hablar de las razones que nos hacen respetarlo y admirarlo.

 

Algunos, es posible, le debamos algo más que este homenaje. De ello será lo principal de mi intervención y lo haré más adelante.

 

Empiezo por precisar que ya no sabré lo que piensa el mismo Liberato de esto que voy a decir, no por la situación en que se encuentra, sino porque asumo que ya lo sabe y nunca lo hemos comentado, y tal vez porque no consideramos importante saberlo.

 

Ahora sí lo es; es el momento de hacer algunos recuentos. De hacer memoria y de rescatar de los hechos, parte de lo que nos permitió vivir juntos una etapa fundamental de nuestras vidas.

 

Al situar a Liberato en el centro del  movimiento estudiantil  de Sinaloa, el lugar donde está y estará siempre,  todos sabemos que se abren las puertas a una de las etapas más ricas de la historia de las luchas políticas reformistas del país, y que se produjeron a partir de los años sesenta en la Universidad Autónoma de Sinaloa.

 

El movimiento universitario de Sinaloa pulsó sus fuerzas con el autoritarismo,  la imposición y el intervencionismo estatal. Se batió en defensa de la democracia, la autonomía y la reforma universitaria.

 

Es ahí, de 1966 a 1973, en la etapa revolucionaria de la lucha por la reforma universitaria, cuando Liberato, como una de las figuras principales del movimiento, forjó su personalidad de leyenda.

 

Lo vemos en 1966 en el balcón del edificio central de la UAS haciendo sus primeros ejercicios discursivos, se le oye pronunciar palabras cultas, demasiado elevadas para su rostro imberbe, de joven  precoz.

 

Pronto, fue líder de la FEUS sin la rivalidad de nadie; se echó sobre sus hombros el movimiento, ocupó todos los espacios y las responsabilidades, desarrollo su vocación de escritor y de periodista.

 

Él, personalmente, lo mismo elaboraba los oficios para gestionar un apoyo a un estudiante o para una convocatoria a una reunión, que los documentos fundamentales del movimiento y hasta los volantes.

 

Alguien me recordaba que su libro Sinaloa, estudiantes en lucha había sido su libro de cabecera, su libro espiritual. Va a los países socialistas y produce un pequeño folleto del aquel mundo de horrores, pero se niega a verlo, todo se lo imagina, nunca pierde su “inocencia” ni su “visión seráfica” del socialismo.

 

En un verano se traslada a Cuba con un grupo. El grupo regresa y él no. Pasan días, semanas, más de dos meses. Temíamos lo peor, o estaba enfermo o  preso o ya saben ustedes.  Es presidente de la FEUS y aquí suceden cosas. ¡Hablé por teléfono con él! Pese a que habló con palabras cifradas que no entendí, algo nos tranquilizamos.

 

No recuerdo que explicación dio a su regreso.

 

Con su hermano Rito, formaban una pareja de dirigentes intachables. Éste era implacable, duro, sin matices. Liberato es el líder. Es la honestidad y la ética de la política personificada del movimiento. Es el símbolo. Pasa todas las pruebas y vertebra su posición política en medio de tormentas y ciclones de revolucionarios que lo buscan llevar a la aventura. No cede. En respuesta, Los enfermos hicieron un ensayo de muerte y lo golpearon hasta dejarlo inerte frente a la Prepa Central, entonces refugio de matones en formación.

 

Liberato es firme, cerebral pero de modos suaves. Difícil es verlo alterado: “el corazón en llamas, el cerebro en hielo”.

 

Pero él usa la máscara. Es la máscara de su pasión, de su alegría, de su extraordinaria inteligencia, pero sobre todo de un sentido del humor que explota en risas contagiosas. (Yo inventaba anécdotas para provocar su risa. Hasta la fecha. Ríe con lágrimas en los ojos.

 

Melchor Inzunza, siempre ha dicho que Liberato es el alma de la fiesta de nosotros, de aquel entourage al que Eduardo Franco llamaba, los “intelectuales”, lo que decía en tono de afecto, respeto y burla. Al  modo de ese gran hombre que fue Eduardo. Otros, desde la arrogancia del saberse más “comunistas” que nosotros -cosa que era absolutamente cierto, por fortuna- nos tachaban  de  “demócratas”).

 

En aquel grupo que formábamos  César Velázquez,  Melchor Inzunza, Rubén Burgos, con  Liberato, entraban y salían decenas de amigos, siempre atraídos por el mito de la figura de Liberato.

 

Nunca atrofiamos nuestra relación con cultos a la personalidad. La de nadie. Hasta su figura de leyenda era objeto de irreverencia. Lo nuestro era los libros nuevos de los escritores del boom latinoamericano, Vietnam, Cuba, la suerte de las guerrillas colombianas, el padre Camilo Torres, el movimiento de 1968, los presos políticos. Todo en un solo territorio: la Universidad Autónoma de Sinaloa.

 

Contra lo que se puede pensar, en aquellos tiempos de conspiraciones, nosotros no teníamos ni secrecías ni mucho menos conspirábamos. Lo nuestro era la alegría de estar juntos, de oír música, de hablar de libros, de reírnos de la solemnidad. Leíamos en voz alta a García Márquez hasta que nos cansábamos.

 

Las cartas del Che nos la sabíamos de memoria, las recitábamos. En la casa de los papas de Lolis, nos encerrábamos a oír, (¡tres horas!) los discursos de Fidel en un disco de 33 revoluciones y en un tocadiscos portátil que llevábamos a todos lados.

 

No recuerdo una sola vez que nos hayamos reunido para discutir un punto sobre la teoría y la práctica del socialismo. Ni una. La única vez que “conspiramos”, fue en un cuarto improvisado de la calle Juárez donde vivía, para pedirles permiso para pugnar para ser rector.

 

Somos y hemos sido siempre los amigos de Liberato; simplemente, amigos, los somos hasta hoy con las cargas naturales de algún resentimiento o la cicatriz de un golpe mal dado;  pero eso fuimos entonces, eso somos ahora, amigos.

 

Hace unos días le mandé un mensaje a Melchor, dime le dije, quién es ése Liberato que me soñó ….

 

Permítanme, voy a abusar de su posición silente y les voy a leer aquel sueño de Liberato.

 

MELCHOR: Te adjunto la narración de un sueño terrible, aunque tal vez mal contado de mi parte, que tuve la noche del lunes pasado.

 

El centro del mismo, como ves, es el Licenciado Medina. Ojalá no sea premonición de nada fatal. Por eso que me interese darlo a conocer cuanto antes.

 

EL SUEÑO

 

Fue la noche del lunes para amanecer martes.

 

Estábamos en un campo todo violencia; lodoso, lluvioso, de un  nublado permanente. Era como al final de un combate sangriento, luego de haber pasado por allí, arrasándolo todo, una gentuza infame entre matones a sueldo, “enfermos” y/o ligosos de la 23 de Septiembre.

 

Había terminado el desastre, como una degollina de la Noche de San Bartolomé. En la orilla de un campo minado y fangoso aparecen -lejos unos de otros-, Audómar, Rocha y Jorge Medina Viedas. A mí, sorprendentemente, no me pasa nada más allá de un sentimiento turbado frente al escenario de horror. Los tres, heridos de gravedad, manan sangre por todo el cuerpo. Preocupado, aunque al mismo tiempo apacible e impasible, me fijo en el tercero.

 

Transcurre un tiempo indeterminado, días y noches que no se perciben.

 

Por la tarde llegan, provenientes de lejos, Lolis, Jorgito y Vanessa de una edad de hace veinte años; observo a todos, pero me sobrecoge la niña que llora sobremanera alarmada mientras corre al encuentro de su padre. Ellos supieron del acontecimiento por aviso de mi o de alguien y apresuraron  su arribo. Soy testigo de que Lolis dispone de inmediato tomar providencias. A Jorge se lo llevan, desaparece.

 

Al día siguiente salgo temprano de mi casa y camino bajo la lluvia, pero en plan de un recorrido mañanero, de ejercicio. El tiempo y los lugares, ahora, son precisos.

A la altura del puente del Oxxo decido pasar por donde Jorge. Quién quite esté y yo  pueda saber cómo sigue o si lo trasladaron a otra parte.

 

Llego hasta la casa de los Medina Armienta y encuentro un inusitado movimiento de dos que tres mujeres que salen a dejar basura y entran súbitamente. A la casa se llega por un plano inclinado, no como siempre, lo cual me sorprende. Subo, me asomo como por una ventana que hace las veces de puerta y pregunto por Jorge.

 

Diviso a Lolis hacia la derecha, cabizbaja, que prepara cosas, como en la cocina; y a Jorgito al fondo, de pie, mirando atento hacia una cama.

Entiendo que puedo pasar.

 

Me acerco y veo a Jorge semi recostado sobre la cama, con la cara cubierta. Pregunto y platico algo con Jorgito, quien me responde con sorprendente naturalidad. En eso Jorge se incorpora. Sin pronunciar palabras, habla con la mirada. Muestra tantas heridas como el primer día, pero viste ropa normal  y le cubren vendas brazos, pies y piernas. Completo, camina unos pasos dando tumbos entre una cama y otra, en la recámara aquella.

 

Jorge cae de pronto a consecuencia de un tropiezo. Se derrumba y adivinamos que, más que las heridas, le duele un sentimiento de ánimo interior. Para él algo ha terminado. Sigue sin pronunciar palabra y mira a todos.

 

En eso Arturo Guevara, quien ha entrado de repente, se inclina, levanta y carga a Jorge sin dificultad llevándolo hasta un sofá cercano. Nos explicamos: Jorge tiene cercenadas ambas piernas y nada volverá a ser igual para él.

 

Un aire de resignación nos invadía. Nadie hablaba; todos parecíamos admitir la fatalidad. Salí y seguí caminando desolado.

 

Repasar cada pasaje, personajes y cambios bruscos del propio sueño me sorprende, a la vez que me da escalofrío. Entre dormido y despierto me repetí  que aquello no fuera cierto, que nunca suceda.

 

El sueño, la pesadilla de Libe, fue en 2002. La verdad es que pareciera que fue ayer. La carta se la envía Libe a Melchor. Melchor es su otra parte, una parte fundamental de su rostro enmascarado. Es su cómplice. Me explico. Liberato reconoce el talento de Melchor. Lo sabe capaz de apreciar las cosas. Pese a su vida de desorden perfectamente planeado, (perdón por el oxímoron, que aquí es válido),  sabe que conserva y entiende el significado de sus mensajes. Melchor es su mensajero. A él le cuenta lo que a nadie.

 

Todos tenemos secretos. Libe los tiene. Muchos de sus secretos los guarda Melchor. Esta carta la conservó 11 años y dejo de serla para esta ocasión especial.

 

Pero lo que no quiero dejar de decir que  me quedaré siempre con la inquietud: ¿No hay en Liberato todas las evidencias de un narrador extraordinario? Leo de nuevo la carta y me convenzo de que tiene algo de Jorge Semprún.

 

“Había terminado el desastre, como una degollina de la Noche de San Bartolomé. En la orilla de un campo minado y fangoso aparecen -lejos unos de otros-, Audómar, Rocha y Jorge Medina Viedas. A mí, sorprendentemente, no me pasa nada más allá de un sentimiento turbado frente al escenario de horror. Los tres, heridos de gravedad, manan sangre por todo el cuerpo. Preocupado, aunque al mismo tiempo apacible e impasible, me fijo en el tercero”.

 

Algunas veces en el “grupo” nos hacíamos cuestionamientos sobre el significado de las palabras. Todas las sabía. Leyendo en algunas  tardes en silencio, le preguntaba por una desconocida para mí, y me respondía preciso y rápido; no había necesidad de consultar el diccionario.

 

Muchas veces leí y firmé sus escritos. Éramos lo mismo. Pensábamos igual en la política y respecto de los demás; raras veces discutíamos; conversábamos sobre lo sabido y entendido; seguramente como nuestros críticos lo hacían, nosotros también nos reíamos de ellos. Es algo conocido que les dedicamos aforismos ácidos en las reuniones del partido, los que nos pasábamos en sordina en pequeñas hojas de papel.

 

Era nuestra pírrica venganza contra la burocracia y su omnipotencia cínica.

 

Aquí me podría perder. Me detengo en dos hechos que quiero compartirles.

 

El 30 de marzo de 1970, nos detiene la policía en la lucha contra Armienta Calderón. Liberato al brincar de un primer piso, se quiebra el tobillo. Pasa casi dos semanas con el pie inflamado y con el dolor intenso. Nunca se queja, nunca reclama atención médica. Lo hacemos por él. Un día, ya en la cárcel, aparece con muletas, aseado, con ropa limpia, camisas desfajada manga larga y una bien definida barba de candado. Es Libe el preso de los tres hermanos Terán. Lorenzo y Rito, “peligrosos delincuentes”, dijo un policía cuando los llevaban detenidos.

 

Salíamos de comer de un restaurante chino de la calle Colón al poniente de la ciudad. Bajo de la banqueta y de repente un auto negro con vidrios ahumados se me echa encima, siento en mi brazo y hombro el jalón de Liberato y evado el golpe por un  milímetro.

 

Nos vimos a los ojos y caminamos en silencio por mucho rato. Era la lucha del Frente de Defensa Popular en  1969.

 

Liberato Terán, como muchos de nosotros,  no ha perdido su “visión seráfica” de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

 

Creemos en su porvenir con la fuerza irreductible de la juventud.

 

Perdura en él como la forma sublime de expresión de la capacidad de cambio, de transformar, de hacer el bien por los demás.

 

Esa ha sido su lucha. Construir un mundo nuevo,  justo, solidario, la Universidad como escudo y como adarga.

 

Esa lucha del movimiento de reforma hizo posible mantener de pie a la Universidad de los Buelna, de Monjaráz, de Liberato Terán.

 

Hoy, estos actos, este memorial de su obra profundamente humana y progresista, es la demostración de la razón superior de su lucha, de que nadie podrá hacer que por decreto autoritario se borre una historia luminosa sobre la que descansan el presente y el futuro de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

 

Liberato cabalga de nuevo, aquí está con nosotros para reivindicar al movimiento universitario, con su talento, con su honor de combatiente y con su sonrisa franca y  eterna.

 

¡Viva Liberato Terán!