Gaturroñas: Una tragicomedia felina

…ese gato ya no entiende,  pues se ha vuelto muy rabero, se metió con una gata… y ésta le quitó lo fiero…

Los Hoolligans, 1966

Víctor Pérez

Con una mirada fija y penetrante, cualquier alma podía ser desnudada de inmediato, súmale un leve aire de altivez y de desprecio,  eso reflejaban ambos ojos color marrón, cuyos pensamientos daban un tono indescifrable, es decir, todo un misterio.

Esa mirada penetrante, no daba espacio para la reflexión, menos para el intercambio de ideas. Era como si algún poder extraño, fuera de la realidad, mandara señales de hipnotismo o una fuerza maligna –del mundo invisible- tomara cautiva mi mirada y no dejara tiempo para la reacción ante tal situación.

De pronto, toda quietud, todo sigilo, toda calma, cambiaba a la cautela de los movimientos propios. Había sido sorprendido. Sus reflejos daban gala de experiencia en situaciones tensas –como ésta- en las cuales iniciaba de manera astuta y con rapidez a la anhelada –en estos momentos-huida.

Nadie conoce sus pensamientos y menos sus intenciones. Solo estaba parado frente a mí, como toda una verdadera e imponente esfinge, con una fuerza y energía contenida, tan solo esperando el momento preciso, para escapar sin mayor esfuerzo. Solo necesitaba decidir hacerlo.

Por otro lado, la elegancia en el porte, jamás perdió. De hecho, creo que jamás mi presencia le perturbó. Éramos dos extraños que en un punto del tiempo eterno coincidieron, pero, que ni Él ni yo decidimos o lo deseamos.

Fueron quizá instantes, o quizá minutos, ¡No lo sé!, pero, lo que si era seguro, es que ese lapso de tiempo, es un tiempo que pareció suspendido en el aire, como de un viejo sueño que perdía las dimensiones entre la realidad y la fantasía. Como si alguna idea llegara a la mente de modo intempestiva, y de igual manera se iba. Algo verdaderamente fugaz.

Quizá estaba soñando o quizá solo fue una visita fugaz. Entre tinieblas nocturnas, con un sigilo temerario, y movimientos finos, pero intrépidos,  finalmente salía por la ventana. Solo las huellas dejadas sobre una mesa antigua de nogal color marrón, dejaban como testimonio o vestigio de esa visita nocturna.

Nuestro visitante nocturno, simplemente salía del escenario. De un aparente salto desaparecía entre las sombras nocturnas, con un alto grado de sigilo, pero con una elegancia digna de los reyes. Aquel encuentro parecía que podía darse el reencuentro entre los sentidos animales y las habilidades intelectuales. Pero, no fue así.

Pasaron algunos días, y aquel encuentro casi queda olvidado. Y de manera accidentada, descubrí cual era el nombre de nuestro felón y muy ágil amigo: “El Gaturroñas”, pero, ¿Quién era este felino?

El Gaturroñas era un gato callejero con una profunda, y larga estirpe de antepasados felinos, todos ellos basurientos, cazadores nocturnos y por si fuera poco, malolientes y eternamente hambrientos, que engalanaban la escenografía urbana de noche. ¡Eso sí!, pocos seres vivos podrían presumir de haber tenido tan largo y rancio linaje.

Fiel a su espíritu de búsqueda, y de alimentar esa hambre histórica, que desde que nació la ha caracterizado –y seguido-, nuestro abandonado y huérfano amigo, busca y arrebata –literalmente- con garras y colmillos todo aquello que se le ha negado siempre, un poco de alimento y comodidad que nunca tuvo.

Él nunca ha sido –ni será- como el gato “fresilla” de los vecinos, que jamás ha tenido que preocuparse por su alimento, o tener que buscar entre la basura y tener que entrar a casas ajenas y arrebatar las mugrosas sobras del alimento que los humanos desechan de manera indiferente.

Él nunca supo del amor y de los mimos de la mano cariñosa de algún dueño, que con ternura y compasión, limpiara y sanara las heridas –casi-mortales de los épicos pleitos callejeros en defensa del honor o del territorio conquistado a sangre y garras.

Jamás supo de la aventura de ser llevado al veterinario, y de ser tratado con medicamento para algún mal “gatuno”. Nuestro felino y muy mal querido amigo, nunca desistió en la búsqueda constante de ese amor que nunca llegó. Siempre buscó las caricias en manos extrañas, que quizá se apiadaban, y en ocasiones lanzaban con cierto grado de desprecio las sobras de comida de días pasados.

Pasaron algunas semanas, aquel encuentro había quedado casi extinto en mi memoria. Un día, en las afueras inmediatas de mi hogar, a unos cuantos pasos de la entrada principal, lo encontré tendido inerme, sobre un pequeño charco de sangre, su rostro describía de manera exacta el impacto y la sorpresa que daría fin a su existencia.

Su pequeño y peludo cuerpo, manifestaba el clásico rigor mortis. No había duda, la existencia de nuestro amigo felino y siempre alerta guardián nocturno de la colonia, había llegado a su fin. La razón nunca la supe. Hay muchas hipótesis al respecto.

Entre las mismas, está el hecho de que el vecino del lado fue un sospechoso, quizá lo pudo haber matado de un golpe – siempre estaba renegando por el desorden que los gatos hacían en su basura-. Otra explicación – y creo que es la más acertada- es que un automóvil lo atropelló, culminando así su existencia.

Otros dicen, que fue la loca de la cuadra que le dio veneno con unas salchichas- , pero yo no lo creo, bueno, sí creo que la señora esté loca, pero, que lo haya envenenado eso sí que no, curiosamente, un gato no se le envenena tan fácilmente y más con la experiencia de vida de nuestro gatuno amigo.

Lo que sí sé, es que estaba ahí, tirado como si eso simbolizara su existencia entera. Como cerrando de manera miserable, pero a la vez con mucha dignidad el ciclo se su vida: El gran Gaturroñas nació, creció, vivió y por supuesto, murió en la calle como los grandes, alejado de la pútrida e hipócrita sociedad.

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