ZONA POLITEiA: ¿Irá López por la reelección?

07 de diciembre de 2021

César Velázquez Robles

Decía ayer que la fractura o la ruptura en morena es una posibilidad real en la perspectiva de la designación del candidato a la presidencia para la elección de 2024. El mismo Porfirio Muñoz Ledo enfatizaba este domingo en un acto de Movimiento Ciudadano esta posibilidad, al pronosticar que la fuerza hoy gobernante empezará a desgajarse en dos años. Apuntaba, por mi parte, en esta misma línea, que la ausencia de democracia en la vida interna para designar candidatos y dirigentes, el predominio de las encuestas unidigitales orquestadas por el gran elector, la incapacidad para organizar un debate serio y responsable sobre el partido que se tiene y el partido que se quiere para luchar por el poder o para mantenerlo, empezaría pronto a activar las tendencias centrífugas, al perderse los valores políticos que cohesionan y dan sentido a una auténtica vida partidista. Lejos de la democracia, impera la antidemocracia y el autoritarismo, el verticalismo y la exclusión de quienes reclaman espacio para la crítica. Sin el más mínimo sonrojo, se juega con dados cargados en favor de la jefa de gobierno de la Ciudad de México, y a la exigencia de primarias abiertas se contrapone el método de las encuestas.

Y las encuestas, por cierto, empiezan a mostrar resultados sorprendentes. La de Reforma, la semana pasada, coloca por delante en intención de voto al secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, y relega al segundo lugar a Claudia Sheinbaum. Hace su aparición Luis Donaldo Colosio, apenas tres puntos porcentuales por detrás del puntero, lo que seguramente prenderá luces de alarma en Palacio Nacional, y le puede obligar a pensar en un eventual plan B con otro candidato que garantice continuidad aunque sea crítica y no ruptura, u otra alternativa, sobre la que volveré adelante. Este lunes se conoció otra encuesta, de C&EResearch, que coloca a Ebrard ocho puntos por delante de Sheinbaum, en las preferencias sobre el candidato de morena; a Ricardo Anaya muy por delante del resto de figuras del panismo; a Enrique de la Madrid, Osorio Chong y Manlio Fabio Beltrones como eventuales candidatos del priismo, y a Luis Donaldo Colosio como candidato indiscutible de movimiento ciudadano. Y ante la pregunta “Si por las alianzas, los candidatos solo fueran dos, Colosio y Sheinbaum, ¿por cuál de ellos votaría?, 52 por ciento votaría por Colosio y 48 por ciento por la jefa de gobierno de CDMX. Quiero hacer notar, con estos datos, que las cosas empiezan a tomar su verdadero nivel, y que los gritos en los actos públicos de “pre-si-denta, pre-si-denta”, no son sino orquestados; no son espontáneos, sino preparados.

En este escenario, y ante la posibilidad de que la candidatura de Sheinmbaum se desfonde, como parecen indicar las encuestas que ahora estamos conociendo, por supuesto que el presidente tendría que empezar a pensar muy seriamente en un plan B, que puede ser Ebrard pero bajo ninguna circunstancia Monreal, quien desde ahora deberá recordar siempre la inscripción que está en la puerta del infierno: Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate (“Abandonar toda esperanza, quienes aquí entráis”). ¿Puede haber otro plan para preservar el poder político? Mi compañero en la mesa de análisis de Punto Crítico Sinaloa Digi TV, Arturo López Flores, ha insistido en que el plan central es la reelección de López Obrador. En favor de esta hipótesis están –sostiene— la fragmentación del sistema de partidos, el impulso de una nueva hegemonía partidista, las tendencias a mantenerse en el poder de las corrientes de izquierda que llegan al poder, y las orientaciones políticas derivadas del Foro de Sao Paulo. El planteamiento no parece descabellado, sobre todo si tomamos en cuenta que una vez alcanzado el ecuador de su mandato, el presidente mantiene un muy alto nivel de popularidad, que bien le puede servir como una extraordinaria plataforma para la continuidad en el poder.

Hay otra encuesta, de Planning Quant, levantada el 21 de noviembre, que da cuenta de cómo va cambiando la percepción ciudadana sobre el gobierno de López. He aquí algunos datos: el presidente tiene una aprobación del 59 por ciento, aunque 47 por ciento afirma que ha cumplido menos de lo que se esperaba, mientras que 21 por ciento está satisfecho con lo alcanzado; solo 12 por ciento sostiene que su principal acierto es el combate a la corrupción, en tanto que 15 por ciento dice que no se ha logrado nada en este campo, y 69 por ciento afirma que es falso que ya no hay corrupción. Se nota el desencanto ciudadano por la inflación de expectativas que, como se ve, no se han cumplido. Pero aquí viene lo bueno. En la nota de Enrique Muñoz, publicada en el Heraldo de México, puede leerse lo siguiente: “Lo más preocupante de este estudio es que según la muestra consultada, el 57% considera que EL PRESIDENTE BUSCARÁ REELEGIRSE en 2024, contra un 43% que respondió negativamente. Preocupante desde donde se le vea. Vía Sheinbaum o Adán Augusto, el mandatario estaría buscando seguir con su fallido proyecto, pero Marcelo y Monreal tienen otro plan. Si cualquiera de estos últimos dos no es el bueno de Morena, lo serán por otro partido y la oferta les llegará meses antes de la elección de 2024.”

La hipótesis de Arturo López Flores es coincidente con el planteamiento de Enrique Muñoz. Si éstas encontraran el espacio, el ambiente o las condiciones para materializarse, el país podría entrar en una dinámica de choque y confrontación que pondría en riesgo la estabilidad política y la gobernabilidad democrática. Se rompería el frágil equilibrio que el sistema político ha logrado conservar a lo largo de décadas, y que la clase política ha tenido la sensibilidad de preservar al no tocar el tema de la reelección presidencial, pero sí darle curso en el caso de los senadores, diputados federales y presidentes municipales. López seguramente tendría el respaldo incondicional de una parte considerable de su feligresía, pero, como empieza a advertirse, hay ya un desencanto de esa base social de apoyo. Se expresó en las elecciones de junio pasado. Es probable que, dado el desastre que es hoy la oposición, los casi seguros triunfos que obtendrá en las elecciones locales del año próximo sean considerados como el repunte necesario para ir por la reelección en 2024, pero ello significaría por el ambiente de polarización que se ha instalado en nuestra vida pública, una fractura política y social irreversible.

ZONA POLITEiA: Un orden en permanente demolición.

06 de diciembre de 2021


César Velázquez Robles



En el caso mexicano, la democracia no es un orden en permanente construcción. Durante un buen tiempo, fuimos muchos los que pensamos que las conquistas en la construcción de una mejor vida democrática, eran irreversibles, y que nuestra larga transición dejaba ya la suficiente experiencia y cultura para impedir el despliegue de tentaciones autoritarias. Y es que, ciertamente, las preocupaciones para romper con el viejo modelo político se relacionaban con el Estado de derecho, la necesidad de un sistema de pesos y contrapesos para limitar el ejercicio arbitrario del poder, la conformación de organismos con autonomía constitucional, las exigencias de transparencia y rendición de cuentas, pero poco tenían que ver con el mundo real de las necesidades y aspiraciones de millones de ciudadanos cuyas depauperadas condiciones de vida los convertían en habitantes permanentes de los patios traseros de la modernidad.
Quienes desde los años 80 del siglo pasado vendieron en nuestros países la idea de que el advenimiento de la democracia resolvería los problemas de pobreza y desigualdad, y asegurarían el acceso de todos a los bienes básicos de la modernidad, tenían razón: una democracia que no atiende los problemas estructurales de la pobreza y la desigualdad, de la exclusión y la marginación, es una democracia frágil, débil, sin una base social de apoyo sólida, y, consecuencia, presa relativamente fácil de charlatanes, demagogos, redentores, iluminados y populistas. De todo hemos tenido en estos años y en todas las latitudes: Orban en Hungría, Trump en Estados Unidos, Chávez en Venezuela, Bukele en El Salvador y López Obrador en México.


Eso es lo que está pasando en México: un orden democrático en permanente destrucción; una política sistemática de demolición de la institucionalidad democrática construida por el esfuerzo colectivo a lo largo de cuatro décadas, y que nos lleva a constatar que muchas de nuestras conquistas son reversibles. Algunas de las instituciones de la sociedad democrática sobreviven a los impulsos autoritarios, pero otras han sido desmanteladas o colonizadas por el poder político. La decisión de someter a control una de las pocas que quedan en pie, el Banco de México, da cuenta del futuro ominoso que se cierne sobre la vida democrática del país y los riesgos de una restauración autoritaria.
Los resultados de la elección de medio término, sin embargo, dieron cuenta de cómo se está configurando un ánimo social dispuesto a la defensa de las conquistas que han sido muy caras a la democracia. Las cantidades similares de votos obtenidos por los partidos del bloque gobernante y los obtenidos por las oposiciones aliadas o en solitario, dan cuenta de que pese a todo hay un equilibrio inestable si se quiere, pero que ha impedido en el Congreso la conformación de un partido hegemónico y la construcción de mayorías calificadas para reformar el texto constitucional.
Los riesgos de ruptura en morena
Ha iniciado la segunda mitad de la gestión presidencial y es inevitable que todo se vea en clave de la elección de 2024, con sus estaciones intermedias en las elecciones locales en seis estados en 2022, y las cruciales elecciones de 2023 en el Estado de México. El presidente entiende que en esa perspectiva, tiene que poner desde ya en tensión todos los resortes institucionales y para-institucionales que le permitan garantizar la continuidad de su proyecto de cambio de régimen. Las dificultades para sacar adelante las reformas constitucionales que abonarían a su propósito, han creado un estado de ánimo presidencial poco proclive al respeto, no solo a sus adversarios, sino a quienes desde sus propias filas, aspiran a representar a morena en la contienda presidencial del 2024. ¿Qué ha traído ello como consecuencia? Que ante la ausencia de democracia interna en morena, y la decisión de jugar con dados cargados en favor de Sheinbaum, empieza a romperse el espíritu de cuerpo, a generarse una ruptura que pone desde ahora en peligro la posibilidad de continuidad del poder, más allá del horizonte temporal del actual sexenio.
Esta idea ya ha sido planteada de diversas formas en estos días. La planteó ayer Porfirio Muñoz Ledo en los siguientes términos: “Algo teme (López Obrador), y lo lamento, yo creo que está sintiendo el vacío del abandono del poder, sabiendo además que el nivel de concentración de poder que existe en México no es eterno, que, por fuerza de la economía, de la política, de la sociedad, y de las ambiciones, este régimen tenderá a desgajarse en los próximos años”.


Este desgajamiento del que habla Muñoz Ledo es lo que en otros términos puede denominarse la activación de tendencias centrífugas en el morenismo. Se activan por la ausencia de democracia interna, por la falta de debate, por la obturación de los canales de movilidad y ascenso político basados en el mérito y las capacidades de los militantes, por la imposición de métodos de designación de candidatos y dirigentes a través de encuestas unidigitales orquestadas por el gran elector. En esas condiciones, se enrarece el ambiente interno, las ideas no circulan libremente, y no hay ambiente ni condiciones para la crítica y confrontación de proyectos y propuestas. Todo está ocurriendo en morena. Hay una transgresión de su propia legalidad interna, un código de valores que no se respeta, lo que estimula procesos de exclusión y autoexclusión, que pueden conducir a fracturas, divisiones y disensos que, de continuar, pueden conducir a la derrota al ahora partido gobernante.
Tiene a su favor, sin embargo, que en las oposiciones las cosas están igual o peor. Es cierto que hasta hoy no aparece en los partidos ninguna figura política capaz de concitar consensos, ni se advierte imaginación ni talento para pensar una propuesta alternativa. La iniciativa de creación del Frente Cívico Nacional es, así, esperanzadora de que pueda finalmente construirse un polo opositor con la suficiente fuerza para entrar en serio, con posibilidades reales de triunfo, a la competencia por el poder político.
Veremos.

ZONA POLITEiA: La mañanera como instrumento de dominación política e ideológica.

03 de diciembre de 2021

César Velázquez Robles

He escrito en no pocas ocasiones que en la batalla por el espacio de lo público López Obrador ha ganado de calle a la oposición. La calle, la plaza, el ágora se han convertido en monopolio presidencial, y no se advierte, según pudimos constatarlo este martes con la multitudinaria concentración en el “Zócalo democrático” para celebrar los tres primeros años de gestión, que alguna fuerza pueda disputarle ese control. Pero hay mucho más. La columna de ayer, miércoles, de Raymundo Riva Palacio en El Financiero, “El rollo jala”, me suscitó algunas reflexiones que quiero compartir con mis lectores. Escribe el periodista: “Permítase una pregunta retórica: ¿qué habría pasado con el presidente Andrés Manuel López Obrador al finalizar el primer medio de su sexenio de no haber replicado la mañanera que inventó hace dos décadas como jefe de Gobierno de la Ciudad de México? La respuesta tiene que ser contrafactual. Habría naufragado desde el primer año de su administración. Incluso, habría arrancado su sexenio con rendimientos negativos.”

En efecto, este modelo de comunicación política ha resultado crucial, decisivo, como instrumento de dominación política e ideológica, sustituyendo los mecanismos de control que –se suponía— le garantizaría el movimiento. La narrativa que fue construyendo desde el principio de su mandato, la reiteración de sus dichos, el discurso polarizador, la deificación del pueblo, la demonización de los adversarios, la reafirmación de la esperanza del “pueblo bueno”, ha terminado por obnubilar la conciencia no solamente de millones de mexicanos que han vivido en el patio trasero de la modernidad, sino, lo que resulta difícilmente explicable, de muchos ciudadanos con estudios de grado y posgrado, que están convencidos –bueno, eso dicen—de haber asaltado el cielo con el triunfo obradorista hace ahora tres años. No es que López Obrador sea un fenómeno de comunicación política o que ejerza un liderazgo carismático: la clave ha estado en la reiteración de unas cuantas frases, muchos adjetivos calificativos. Lejos de contribuir a crear una cultura política democrática, el debate, el ejercicio de la crítica, la construcción de ciudadanía, gracias a ese discurso, lo que impera en un sector nada desdeñable de la vida pública, es una cultura política parroquial.

Así las cosas, comparto con Riva Palacio su conclusión: “El presidente tiene razones para estar contento al iniciar su cuarto año de gobierno. La retórica mañanera le ha funcionado. ¿Por cuánto tiempo más? No hay consenso entre los expertos si le durará todo el sexenio o la realidad terminará por alcanzarlo entre la opinión pública. Lo que sí se puede anticipar es que como van las cosas, igual sale muy bien en popularidad en 2024, pero el país quedará destrozado.”

Algunos analistas y especialistas en comunicación política, se han referido a este fenómeno de la vida pública nacional. Uno de ellos, Javier Esteinou, escribió hace tiempo en Nexos lo siguiente: “La ‘mañanera” dejó de ser un espacio de información y orientación cotidiana del gobierno ante la ciudadanía para transformarse en un arma mediática de propaganda que busca fijar diariamente su agenda política e ideológica.” La clave ha sido el control del espacio público: “desde principios de la nueva administración, el objetivo fue claro: dominar el espacio público simbólico mediante diversas estrategias ideológicas. Entre éstas destaco cinco que atañen en específico a la libertad de expresión y al ámbito de la cultura: desmantelar el sistema de comunicación y cultura heredados; negociar con los poderes fácticos ideológicoscentralizar y controlar la dinámica de la comunicación colectiva; crear un nuevo aparato ideológico morenista; y arrinconar a los medios de comunicación y cultura opositores.”

Dejo aquí estas reflexiones con el propósito de estimular un necesario debate en torno a las eventuales estrategias de comunicación política que puedan, no tanto contrarrestar el peso y la influencia con que el discurso lopezobradorista gravita en el espacio público, que esa tarea corresponde sobre todo a los partidos, sino formas alternativas que propicien  un espacio para un debate más informado, y para un ejercicio crítico de la autonomía e independencia política e intelectual de los ciudadanos.