Víctor Pérez Montes
Memorias del Vergel: Un lugar que ni la revolución pudo cambiar

…nuestras chozas y jacales, siempre llenos de tristeza, viviendo como animales en medio de la riqueza.
Corrido del agrarista
Víctor Javier Pérez Montes
Derribado estaba el viejo Sauce que servía como referencia desde la carretera que obligaba a desviarse a la izquierda, apenas un anuncio oxidado con letras tenues hacía mención del poblado a llegar, el poblado del Vergel. Era la primera vez que regresaba, ya habían pasado bastantes años, un poco de nervios, un poco de nostalgia, un poco o mucho de miedo sentía que corría en mi cuerpo, las memorias iniciaban el retorno a mi mente, algunas buenas, algunas malas, pero se iniciaba la resurrección de los muertos que ya habían partido, mis memorias iniciaban ese proceso.
La carretera había cambiado, quizá un poco, quizá nada, sólo que ahora era chapopote y con líneas blancas. La antigua tranvía o trenecito que había mandado poner el general Cañedo ya era historia. Me había contado mi abuelo que él mismo había trabajado en el tendido del ferrocarril o mejor dicho en el “riel de la burra”, así le decían al trenecito con dos vagones para gente, sin mencionar de los cochis, las gallinas y hasta los burros que subían con rumbo a la bahía de Altata.
La vía ya no era de fierro, ahora era negra y blanca, la “Burra” se había convertido en la “guajolotera”, y así le llamaban porque Cuco Guzmán, un viejo panzón vecino del lugar, oriundo de Lagos, por allá en Jalisco, decía que en su pueblo había un camioncito igualito, nomás que como allá la gente criaba mas guajolotes que gallinas, pos por eso le llamaban la “guajolotera”, y así se le quedó. Los pedazos de fierro quedaron de lado de la angosta carretera de dos carriles, como testigos fieles del cambio que los años habían hecho en esos rumbos sinaloenses.
Pero de pronto el tiempo se detuvo, es más, me atrevo a decir que regresó. Apenas me bajé del camión y mis recuerdos resucitaron como viejas ánimas que salían del panteón de mi mente. Hasta aquellos recuerdos que ya no tenía en la mente de manera fresca, según yo los tenía totalmente olvidados, mejor dicho aquellos que no quería recordar.
Mi padre siempre solía decir en sus platicas de borracho con sus amigos: “este pinche pueblo tiene una maldición, te jala como las ánimas que te jalan las patas, por que por más que haces el intento de no volver a este pueblo, siempre hay algo que te hace regresar…”. Y así era la frase profética de mi padre, había algo que me hacía regresar.
Era una mañana fría de enero en 1943, una maleta vieja de cuero color marrón en mi mano, la chaqueta negra estilo aviador en mi hombro, a pesar de que el aire era frío y pegaba directo en mi cara resecando mis labios, en mi mente se repetía la frase a manera de sermón dominical “En Fort Collins cae nieve y nunca te quejaste”, las palabras de mi padre se cumplían, regresaba de mi largo exilio en el otro lado. Como todos los chamacos de mi rancho, nomás juntaban uno cuantos pesos y se iban para el paso del norte, lo que ahora se conoce como Ciudad Juárez, de ahí se iban para Nuevo México, decían que siempre te contrataban en Alburquerque, pero mentiras, solo te quería para ser casi un esclavo, por eso cuando tuve la oportunidad me fui mas al norte casi en la frontera de Colorado y Wyoming, bueno, es ahí donde me alcanzó el dinero, en Fort Collins.
Mi amigo de toda la vida, el güero Chevo Cota, me había animado y hasta Denver había parado, trabajó 5 años en un criadero de caballos para un Derby, algo así, lo que en el rancho le decíamos un taste de carreras, pero él se había enfadado y juntó unos dólares, se regresó y puso un criadero de cochis, y bueno, no se quejaba. Algunos días antes de regresarme, Mr Wells, Benjamin Wells, el dueño del aserradero en donde trabajaba me había comentado: “ don´t go to Mexico, no irse a México, aquí comer bien, tu ser buen trabajador, the goverment is going to support for the war, we need more people like you…”, lo cierto es que no me quedé, el terruño me llamó.
El camino al poblado era el mismo, lleno de tierra suelta y piedras de río, en él se veían las huellas de caballos o burros del lugar, las ruedas de algunas carretas hacían un zurco que a lo lejos perdía la continuidad por lo suelta de la tierra. El único cambio que notaba de manera significativa era un anuncio de “Coca-Cola”, tenía algunas manchas de óxido, al parecer la vieja tienda de “Fermín el Vasco” se incorporaba a la modernidad de los tiempos, los pocos sauces y algunos tamarindos se mecían de manera serena, como si de alguna manera, marcaran el tiempo que parecía no pasar por ese lugar.
De repente, ahí estaba la vieja casa de adobe y techo de palma, semidestruida, la puerta de palo tenía carcomida los bordes, parecía un testigo mudo de sucesos que habían marcado mi existencia. Esa puerta era una especie de representación física de todo aquello que había olvidado y que de pronto volvían a mi mente, las imágenes claras de los años de la revolución, bueno, así es como le llaman los políticos a la rapiña, los asesinatos, las violaciones y los abusos de autoridad que pueblos como el Vergel habían sufrido por tal acontecimiento. En el rancho le llamábamos la “Bola”
… la “Bola” caía sobre los pueblos, algunos llegaban y tomaban lo que podían, ya fueran gallinas, vacas, maíz, frijol, pulque y por supuesto los cochis más gordos de los ranchos cercanos al pueblo en el que vivíamos, El Vergel; es más, algunos mejor se quedaban en el pueblo como el indio Odilón, un indio mayo que algunos decían era Yaqui, pero que, en fin, terminó por quedarse y fundar la zona “de diversión y vicio” que a los años se volvió una pulquería, disfrazada de billar, para congregar a los hombres del pueblo después de sus faenas del campo.
A los años, este indio se juntó con la Macaria, una prostituta que nunca se supo de dónde vino, pero que después sería la “Madam” del pueblo y dueña del burdel mas importante de la región, obviamente entre Odilón y la Macaria se conformaría una especie de “mafia” de vicio y diversión en el Vergel, obteniendo como resultado importantes ganancias que se dejarían ver a los años con la adquisición de un automóvil (el primero en ser visto en el pueblo), todo gracias a los esfuerzos realizados en el seno del burdel disfrazado de billar llamado “La Cuicha”, redefinido por mi abuela como “un nido de borrachos y pajuelas”.
Las chamacas del pueblo no serían la excepción de ser tomadas por los de la Bola, recuerdo que a mi prima la Juliana la teníamos que esconder con los burros y las gallinas o a veces en lo mas lejano de la parcela ¡Y pos como no! Estaba bien desarrollada la chamaca y apenas tenía 14 años, aparte que era huérfana la pobre, ya que a su único hermano se lo habían llevado para Guaymas desde Altata en un barco, que unos villistas habían capturado, pero andando entre la bola y sin gobierno, al chamaco lo mandaron matar por robarle a un maestro el saco y los zapatos, y pues, como eran gringos, tenía que pagarlos bien caro, todo esto ocurrido en un poblado cercano a Empalme, por allá por Sonora. A los meses de haber ocurrido el infortunio nos dijeron, recuerdo a la Juliana, nomás se le llenaron los ojitos claros de lágrimas, y pues como no, se había quedado solita, lo bueno que mis abuelos siempre tuvieron un lugarcito para ella en la casa.
Por acá en el rumbo, llegaron algunos obregonistas, gonzalistas, villistas y hasta los buenos de la Bola, los carrancistas… todos eran unos hijos de la chingada, pinches asesinos y violadores…unos bandidos con nombre de revolucionarios. Recuerdo muy bien la noche que llegaron al rancho, eran unos quince, todos borrachos, algunos arrasaron con lo que podían, es más, hasta la ropa y las mulas de mi tata se llevaron.
Recuerdo muy bien esa noche en especial, venía de moler el nixtamal con doña Eufrosina, comadre de mi abuela, traía el morral lleno de masa, mi padre y mi tata Macario estaban discutiendo con uno de los líderes de la tropa, mi tío arrempujó a ese señor y sin mas que más, este le tiro 3 plomazos a mi padre, a mi tata lo agarraron a cachazos y le dieron 2 balazos, el alegato era porque querían obligar a mi tío a irse con ellos y la verdad fue que se lo llevaron, pero ¡entre las patas! Por suerte mis hermanas se fueron para la parcela y no las pudieron encontrar estos “revolucionarios”, si no las hubieran deshonrado como marranos en celo.
Sólo recuerdo el charco de sangre que dejaron los dos cuerpos tirados en la entrada de la casa, este hombre ordenó a sus hombres que registraran el interior, si había algo de valor lo tomaban, si no, se desquitaban con las mujeres, yo tenía unos once años, aún recuerdo como caían al suelo mi padre y mi tata y como mi nanita los lloraba. Durante mucho tiempo me asaltaron aquellos gritos de desesperación de mi nanita, también el recuerdo de la forma como los llevamos a enterrar y el olor a cera quemada y los rezos, que me ponían en un tipo de trance del que hasta hoy sigo sin poderme liberar.
Pasó la ventolera revolucionaria, pasaron los años y las demandas de la Revolución nunca llegaron, venían los sonorenses y sus allegados y pues nomás no se veía el progreso. Se echaron a Obregón y se quedó con el hueso el jefe máximo de la Revolución, el general Plutarco Elías Calles, quien, como decía el maestrito de la escuela rural del rancho la Colorada, “era la misma gata, corriente y apestosa, pero nomás con otro pelaje”, fuimos como decían los del PNR, “la carne de cañón, la cargada de búfalos, la gasolina del carro revolucionario”. Todas las tierras que el “tata Cárdenas” y el “buchón” de Ávila Camacho entregaron en el pueblo, eran marismas que de lo saladas no permitían producir ni mangles. Las tierras que se encontraban en el valle y rendían con buenos cultivos, por tener a la vera los canales o drenes para riego, eran dadas a los amigos de los políticos, curiosamente algunos extranjeros como chinos, alemanes y algunos griegos.
De pronto, alguien gritó mi nombre ¡Martín! Fue como salir del trance en el que mi mente había entrado, entre recuerdos que reaparecían y las viejas imágenes deshaciéndose en la memoria: estaba yo ahí, parado frente a la puerta donde mi abuelo y mi padre habían sido muertos. No era como recordar tragedias, era como vivir lo pasado; era el único asistente, un solitario testigo en la exhumación de las memorias del Vergel.
Roberto “El Tito” Machorro : Célebre y triste crónica de una vida batallosa y muy aguerrida.
Víctor J. Pérez Montes
…ya no seas reaccionario, hazte revolucionario…Y que te bendiga Dios
Óscar Chávez
La Casita, 1975
Los orígenes…
Contaba mi abuelita “Doña Espiri”, -es decir, les comparto el nombre completo de mi bien e ilustre abuelita materna Doña Espiridiona Del Toro Machorro pues con ese nombrecito, ya se habrán dado cuenta quien partía el queso en la familia- que su hermano, mi tío Roberto alias “el Güero”, había estado involucrado en la famosa huelga de los trenes por allá a finales del 57 y principios del 58, del pasado siglo XX.
Mi tío Roberto era uno de esos líderes sindicales –según dicen las malas lenguas que no era “líder charro”, más bien era “líder chirrín”, porque le gustaba escuchar los discos de Piporro El Taconazo,- que ayudó a organizar la huelga de los trenes con el famoso líder de los ferrocarrileros, el chaparrín Demetrio Vallejo.
¡Eso si es verdad!, es más hasta había fotos de mi tío con Vallejo. Pero, después de las soberanas madrinas que les metió el gobierno y el despido de todos los revoltosos, mi tío, como muchos otros, con la cola entre las patas salió huyendo de aquí. Es más, dicen que murió como mojado por allá en el gabacho, trabajando en una compañía de trenes en la reparación de rieles. Triste final para mi tío Roberto
Cuando me contó esta historia mi abuelita, dije entre mí: “¡Esto no quedará así!, yo voy a continuar en la lucha, así como mi tío, lucharé hasta vencer, que por cierto, en esos días andaba muy de moda, esa frase de: ¡Hasta la victoria!, bueno, ¿Qué querían que hiciera? Estaba muy chamaco y con un chorro de ideas para cambiar el mundo. Hasta en el nombre estaba mi destino unido con el de mi difunto antepasado. Era mi destino, tenía que luchar, no había vuelta atrás.
Los compas me llamaban Tito, por aquello de Robertito, pero, la verdad eso de Robertito ya se me hacía como que era muy ajotonado, por eso, les pedía que me dijeran “el Tito”, y el Tito se me quedó para la eternidad.
Las primeras revueltas…
Mis primeras luchas por la causa social del pueblo, se remiten a mis años de la secu, ¡Uf! ¡Qué tiempos!, los Bitles, los rolin estón, los animals, bueno, a esos que le decían la invasión británica, era alucinante, sin ser malinchista, aquí teníamos a los Jiters, los Juligans, los hermanos Carreón, el Roberto Jordán, bueno, la verdad había buena música. Lo que no había era buena y sana voluntad con los profes de la Secu.
Recuerdo un recreo. Mi amigo el Vampi –por feo y chimuelo-, salió a comprarse una torta a la tiendita de la cooperativa escolar, cuyas ganancias monopólicas y muy jugosas estaban bajo poder de nuestro ilustre, canalla, corrupto y panzón director y de su extra voluptuosa, prieta, cacariza y mal humorada esposa la Seño Romina.
Para iniciar mi relato de tal aventura, les explicaré a detalle el móvil de mi lucha estudiantil de ese tiempo. La calidad de las tortas de la Secundaria federal 28, por allá ubicada en el histórico e insalubre Estero del Mapache, parafraseando al gran José Alfredo Jiménez: “…dónde su aroma era algo sin igual”
Estadísticamente hablando –como lo explicaría nuestro gran amigo Carlitos Marx en el Capirucho- la calidad de la tortuga era más o menos así: 90% repollo con olor a cloro, 1 % de crema corrientona del mercado de la López Rateros, 1% de jamón del barato –del mismo mercado claro está- pero con días antes de caducar, 2% de lechuga y tomate y el 1% de papel de baño –para envolver tal manjar-, y sin dejar de mencionar el torcido del día anterior, o sea, más duro que los virotes de 3 días. Sin dejar de lado el clásico Titán sabor de piña o naranja. Mmmm, ¡Que sabores, qué delicia!
Pues este tipo de manjares nos vendían en la tiendita de la cooperativa escolar, cuando el vampi se comió su respectiva torta, no pasaron ni 10 minutos cuando le empezó un dolor infernal de panza, que lo hizo pasársela en los baños de la secu. ¡Uff!, ya sabrán el dolor, para estar aguantando la higiene de los baños –que Don Carmelo, nuestro ilustre y bien ponderado intendente sindicalizado nunca iba a lavarlos, porque nomás se la llevaba enfermo, pero de cruda, ¡trinche el viejo borracho baquetón!-
¡Pobre Vampi! Nomás no se desmayó para no caer en los miados del piso de los baños. Recuerdo que entre 3 compañeros lo sacamos y lo llevamos a su casa. Doña Meme, se le salían las lagrimitas de ver a su hijo todo desguanzado como pollo de mercado. Aquello me dio una rabia, y dije entre mí: ¡Esto no se va a quedar así!
Al otro día, en mi salón de clases, convoqué a mis compañeros, y todos fuimos en bola a exigir al director, leí, -por no decir que lo grité- el manifiesto que había escrito, en el que expresaba las condiciones deplorables de los baños y de la falta de higiene y las cochinadas que nos vendían en la tiendita escolar. Denunciaba los altísimos precios de las tortas, los refrescos, los dulces y las galletas para la comunidad educativa. Así como, la prohibición de introducir nuestros propios “lonches” hechos por nuestras mamás. Como se estarán imaginando eso puso de neuras al dire y a su bien amada, pero espantosa esposa.
La respuesta represora no se dejó esperar. El “Botete” –como le decíamos al viejo panzón del dire-, haciendo gala de su poder, dio órdenes a todos los profes que nos cargaran la mano con tareas, quitándonos puntos y si era posible, reprobarnos para así corrernos de la escuela.
El móndrigo, –así le decíamos al profe de Deportes-, me hizo correr 4 vueltas más a las canchas y nos puso a levantar objetos pesados, disque para “fortalecernos más”, si empezábamos a quejarnos nos iba peor. Era lógico, empezaba a ser un apestado, pero los grupos del B, C y D se nos unieron a la causa. Empezaba a infundir cierta conciencia de nuestras condiciones tan chafas como comunidad educativa.
El Botete, al ver que nos fortalecíamos, inmediatamente y de manera muy perversa, reclutó a varios chavalos de las colonias alrededor de la secundaria, muchos de ellos obviamente eran mayores que nosotros, y algunos siempre nos esperaban en las puertas de la escuela para robarnos o golpearnos. Algunos otros les faltaban el respeto a nuestras compañeras, las intimidaban gritándoles mensadas –cochinadas diría mi abuela- o de plano, queriéndolas manosear.
Otros de los Changos –asi les pusimos a esos chavalos malosos y violentos-, de manera mágica y misteriosa –como dirían los Bitles– se convirtieron en los ayudantes de los 2 prefectos de la secundaria, nomás que estos si nos golpeaban con saña.
Éstos agarraban a los supuestos revoltosos –que los maestros denunciaban- y los llevaban atrás de los talleres de Mecánica y les metían unas patizas que los dejan todos guangos. Los regresaban a la dirección y mandaban llamar a los padres de familia, y el Botete argumentaba que habían estado golpeándose con otros estudiantes y justificaba de manera mentirosa las soberanas madrinas que ordenaba el muy desgraciado director.
En una de esas calentaditas, que me tocó la suerte de protagonizar, claro que del lado peor, es decir de los calentados, no de los que calentaron. Recuerdo que para defenderme y tratar de salir huyendo, les eché tierra en los ojos y patitas pa´que te quiero, uno de ellos me tiró una piedra, y con tal tino y precisión, me metió un descalabrón bien machín en la cabeza. Aquello parecía jalogüín gringo, por toda la sangre que me brotaba de la cabeza.
Como pude salté la barda de la escuela, y casi a desmayarme llegué a la casa. Mi abuela nomás gritaba preguntando que me habían hecho. A las horas desperté en la Cruz Roja. Mi abuela de manera indignada al otro día fue a la secundaria, ¡claro! El Botete, ni de chiste salió a recibir a Doña Espiri.
Solo la secretaria del susodicho director, salió de la oficina del mismo, y con una carpeta con unos papeles en su mano, le entregaba a Doña Espiri y con cierto tono envalentonado le decía a mi abuela: ¡Su nieto está fuera de la escuela por indisciplinado!
Mi abuela de manera súbita y muy inteligente le respondió y con tono alto para que escuchara el director que se escondía en su oficina decía: ¡Mi nieto no merece estar en una escuela como esta! ¡Cobarde!, ¡Pantalones caídos!, que no da la cara y manda a una vieja a que diga las cosas.
Después de expresar su sentir, mi abuela salió con paso firme. Llegando a casa, me dijo: Te voy a mandar con tu tía Lola a la ciudad de México. Allá vas a terminar la secundaria y será lo que Dios quiera. Mi abuela no sabía los alcances de tal decisión.
El movimiento…
Parecía que mis afanes revolucionarios y combativos de algunos años, se habían diluidos en esa mala experiencia. Había entrado a la Voca 5 del Poli, y como quien dice, ya me había hecho al estilo de la gran ciudad. Tenía novia, una güerita de Chihuahua, que al igual que yo, sus padres la habían enviado a estudiar a la gran urbe.
Cuando de pronto a finales de julio del 68, se dio una serie de manifestaciones en contra del gobierno, por su represión a los estudiantes y maestros. De pronto, como si una luz se hubiera encendido en mí, el gusanito de la lucha volvió a estar presente. El Toño González y el Marcelo Íñiguez me invitaron a una reunión para organizarnos y manifestarnos a favor del Poli y de la Universidad, de volada me integré y empezamos a organizar manifestaciones, volanteo y algo novedoso el famoso boteo.
Manifestación que se dio, manifestación que estuve presente. Todos gritábamos: ¡Prensa vendida!, ¡Prensa vendida!, o ¡Por el Pueblo!, ¡Contra el Gobierno!, es más, hasta me tocó gritar con mis camaradas de la Voca 5 en una manifestación en el zócalo: ¡Sal al balcón, Chango hocicón!, aquello, verdaderamente era un derroche de libertad de expresión.
Pero no todo saldría como lo había planeado. En un mitin, al querer capturar un camión de transporte público, nos salió el tiro por la culata, ese camión era un camión de puros granaderos, nomás que estaba disfrazados de civiles para capturar estudiantes –que como yo- que andaban en la calle, manifestando nuestro repudio hacia el gobierno.
¡Ya sabrán!, nos agarraron de las greñas, nos metieron una soberana madrina de primera comunión, y como no había lugar en la delegación, nos mandaron a Lecumberri, ¡Ahí mamacita! ¡Ahí si estaba feo el asunto!, hombres y mujeres parejo nos encerraron como se pudo y como quisieron.
Recuerdo que de malosos, los celadores sacaron una manguera de chorro de presión, nos bañaron con todo y ropa, y así nos metieron a las crujías, solo nos tuvieron 2 días, que para nosotros fueron una eternidad. A como iban llegando los padres de nosotros, nos iban sacando. Como a mí no me reclamaron me dejaron 1 día más, ¡nombre! Como para olvidar esa experiencia.
Recuerdo que cuando llegué a la casa de mi tía Lola, la cara de espanto que puso, jamás se me ha olvidado. ¡Tito!, ¿Dónde andabas? Pensé lo peor… le conté lo que me había pasado, y que después de esta experiencia, no me iba a involucrar jamás en estos asuntos. Pero la verdad no fue así.
Pasaron unas semanas, y volví a las andadas. Pero esta vez, fue definitiva. Con mayor ánimo y valor continué en el movimiento. A pesar, de la represión que tuvimos. Creo que era finales de septiembre, y el movimiento ya empezaba a estar más debilitado. Cuando se nos convocó en Tlatelolco, ya habíamos tenido algunos mítines ahí y el lugar era muy agradable. La Gente de los multifamiliares nos apoyaba y parecía que el movimiento tomaría nuevos aires.
En uno de los mítines en Tlatelolco, me habían pedido tomar la palabra, en una impresionante muestra de espontaneidad tomé el megáfono, nomás me temblaban las piernas y las manos, pero cuando empecé a hablar, aquello fue como cubetazo de agua fría y por supuesto que ese sentimiento de pánico escénico se disipó. Me aventé como nunca había imaginado que podía hablar a la multitud y algo así me salió:
¡Compañeras y compañeras!, ¡Pueblo en general, ¡Por convicción y amor a nuestro país estamos aquí reunidos!, ¡Sin miedos o ataduras de ninguna especie!, ¡Porque nuestras manos, se hacen cada vez más vigorosas!, ¡Para levantar en alto las banderas democráticas y revolucionarias por las que luchamos!, ¡Porque el gobierno en estos históricos momentos nos escucha y siente nuestra fortaleza organizada, disciplinada, combativa y entusiasta!
¡Por eso compañeras y compañeros! En este lugar y en estos precisos momentos ¡Les pedimos que no claudiquemos y continuemos en la lucha, porque aquí nadie se raja!, ¡Por el Pueblo y con el Pueblo!, ¡Venceremos!
Yo nunca supe porque dije eso o como lo dije, solo recuerdo que cuando hablaba una especie de nube oscura cubría a mi alrededor y con fuerzas del interior, solo me aferraba al megáfono que me habían prestado el Topo y la Nacha y al final de mis breves palabras, me recobraba de ese especie de transe, y empezaba a ver las caras de la multitud, todos con lágrimas y aplaudiéndome eufóricos me sorprendían. Los demás compañeros me palmeaban la espalda en signo de ánimo y aprobación.
Cuando el mitin se terminó, todo mundo se fue a sus casas, los que organizábamos todo, estábamos desenchufando el sonido y desconectándolo de uno de los departamentos, cuando unos tipos muy raros me tapaban la boca y poniéndomela la pistola en la sien, con voz amenazante me decían:¡Gritas y te carga la chingada cabroncito!, ¡Con que muy revolucionario eh!, pues ahorita, ¡Te vamos a dar tu revolución pendejo!
Entre golpes y patadas, me subían a un carro negro, me obligaron a ponerme boca bajo en el piso del automóvil y estos dos tipos, poniéndome los pies en la cuello y en la espalda, no se cansaban de explicarme detenidamente la calentadita que me iban a meter llegando al sótano. Yo de inmediato pensé: ¡De la Federal de Seguridad no salgo vivo!
Y en efecto, llegando a la Federal de Seguridad, me metieron una patiza y con el respectivo interrogatorio correspondiente, me pedían nombres. Yo les contestaba, -no se si valiente o estúpidamente-: Agustín Melgar, Juan de la Barrera, Vicente Suárez, Juan Escutia y Francisco Márquez. De pronto, me callaban a bofetadas. Y uno de los agentes me gritaba: ¡Ahora te crees profe de Historia pendejo!, ¡Pues ahora vas al taller de Electricidad pinche puto! Ya se imaginaran lo que pasó los siguientes minutos.
Después de varias horas, ya no sentía ni mis piernas, ni mis brazos, la vista toda nublada por la brutal golpiza hacía estragos en mí. Al tiempo, -y creo que eso fue un milagro- me metieron a otro auto o el mismo, no lo sé, después de tanto golpe ya no sabía de mí.
Esta vez, me metieron al maletero del auto, después de un cierto tiempo, no sé si fueron horas o minutos, para mi aquello ya había sido eterno, el auto se detuvo. De manera brusca abrieron el maletero y con mis ojos vendados y las manos atadas, me tiraron como si fuera una bolsa de basura en una curva a las afueras de la ciudad.
Escuché como rechinaron las llantas, solo esperé algunos minutos totalmente petrificado, esperando lo peor. Pasaron quizá algunos minutos a intentar moverme, el miedo me tenía paralizado, de pronto un señor y su esposa, me gritaron: ¡Ey chamaco!, ¿Qué andas haciendo?, ¿Qué tienes?
Temblando les empecé a rogar que no me hicieran nada. Empecé a llorar y suplicarles que por favor no dijeran que estaba aquí. No sé cuántas veces les supliqué entre llanto y grito de desesperación. La verdad ya ni supe.
La pareja eran unos viejos campesinos que tenían sus tierras al norte de la ciudad, eran buenas gentes. Me llevaron a su jacal, me dieron agua para bañarme y para curarme las heridas. Me dieron unas tortillas y algo de frijoles para mitigar el hambre. Pasé algunos días con ellos, Don Arnulfo –así se llamaba el campesino- me llevó a trabajar con él a su parcela, mientras me despejaba y ordenaba mis ideas.
Pasadas dos semanas, por fin me llené de valor. Les di las gracias a Don Arnulfo y Doña Eulalia por sus atenciones, de una lata vieja de leche, Don Arnulfo sacaba unos centavos, los enredaba en un viejo paliacate y me decía: De algo te han de servir, ya no te metas en problemas, los del gobierno son cabrones, ¡Cuídate!
Caminando me fui a la ciudad. Mientras avanzaba, mi mente hacía cálculos para saber con quién llegar o como llegar. Empezaba a ponerse la tarde, para esto desde que me habían detenido a este punto ya habían pasado 15 días. Al entrar a la ciudad, aquel ambiente era lúgubre, pesado, las calles estaban vacías. A una persona que me encontré en la calle, le pregunté qué día era, esta persona con cara de sorpresa me respondió 3 de octubre y con cierto tono de incredulidad me preguntó: ¿No supiste lo que pasó en Tlatelolco?
Yo más sorprendido le respondí: ¡No! ¿Qué pasó?, me respondió esta persona: ¡Los mataron a todos por revoltosos!, ¡Con el gobierno no se juega!, yo le dije a mi sobrino déjate de chingaderas al gobierno nunca le van a ganar y mira, dicho y hecho,… bueno chamaco ¡ahí te dejo!
Petrificado quedé en la calle, no sabía si agradecer a esos guaruras que me habían tirado a las afueras de la ciudad, o por las condiciones en las que me habían dejado. No lo sé. Pero lo que si sabía, es que el movimiento había sido acallado de un golpe brutal y asesino.
A las semanas supe de algunos compañeros y compañeras que habían sido desaparecidos y otros más habían terminado en la cárcel. Aquello había sido un brutal despertar de un sueño que sentimos que pudo haber sido realidad Y sin embargo, el gobierno orgulloso pregonaba con su olimpiadita, que todo era posible en la paz.
¿Y qué fue de mí? Por casi 20 años me alejé de la política, repudié con todas mis ganas todo lo que fuera relacionado al gobierno, pero la frustración estaba aún presente, hasta que nos volvieron hacer otro fraude electoral, y esa fue otra llamada a la lucha, pero esa es otra historia…