¿POR QUÉ LA REFORMA ELECTORAL ESTÁ DESTINADA AL FRACASO?

07 de febrero de 2022

César Velázquez Robles

Exagerando un poco el argumento, Norberto Bobbio decía que en democracia puede haber disenso en todo, pero tiene que haber un consenso fundamental: el relacionado con las reglas del juego. Si todos los actores que participan en la competencia por el poder político las comparten, si todos se sienten respaldados y protegidos por los mecanismos que aseguran imparcialidad, objetividad y certeza, del proceso, y convencidos de la independencia y autonomía del responsable de aplicar las reglas, del árbitro electoral, la lucha política discurrirá en un ambiente civilizado y respetuoso. Si hay confianza, componente capital en una disputa por el voto en un mercado abierto, se asume, en consecuencia, que la política tiene un horizonte temporal, y que quien hoy gana o pierde, tiene también la posibilidad real de cambiar de posición en la siguiente oportunidad. Cuando el movimiento social en nuestro país arrebató de manos del gobierno el control electoral, se experimentó un enorme avance en la democratización de la vida política nacional, y ese primer consejo ciudadano encargado de los procesos electorales, tuvo una enorme legitimidad: habían pasado a la historia los procesos en los que votaba hasta el 130 por ciento del padrón y en que los muertos llenaban las urnas, aunque persistían los viejos vicios del acarreo, el ratón loco, los carruseles, componentes estructurales de un modo de hacer y entender la política mexicana.

Pero la desconfianza no tardó mucho en instalarse en las relaciones interpartidarias. La legislación electoral empezó a llenarse de candados, la autoridad electoral a encargarse cada vez de más y más tareas, y la composición de un consejo ciudadanizado empezó a desdibujarse para trocarse en un consejo que expresaba más bien la fuerza con que cada partido gravitaba en las decisiones parlamentarias. A partir de esos hechos –entre muchos otros— empezó a deteriorarse la legitimidad del árbitro, acaso matizada por la presencia de figuras y personajes que al frente de ese órgano, han hecho mucho para garantizar la autonomía e independencia electoral. Sin embargo, los empeños por desmantelar el ahora Instituto Nacional Electoral, no han cejado. Es penoso que desde el poder político mismo, se escuchen voces de la desmesura que llaman a su exterminio, y que no esconden el evidente interés de recuperar para el gobierno el control de las elecciones. En ese propósito se inscribe la propuesta de reforma constitucional en materia electoral –que aunque no se ha conocido, ya se sabe por dónde va— que el presidente López Obrador insiste en que se discuta en el futuro inmediato para que, como dijo ayer en Querétaro, “tengamos jueces, autoridades imparciales en lo electoral, que no haya fraudes, que las elecciones sean limpias, sean libres. No consejeros, magistrados, empleados del presidente o de los partidos.”

Es cierto que el INE tiene defectos, y como todas las instituciones de la democracia, es perfectible, porque la democracia misma es un orden en permanente construcción. El INE es también una de las instituciones que mayor aprecio merece los ciudadanos, porque su contribución a la conformación y consolidación de un régimen de libertades y que garantiza una competencia por el poder político apegada a normas y reglas de consenso, forman parte de nuestro patrimonio como sociedad abierta y democrática. Si realmente se tiene el propósito de reformar las condiciones en que se disputa el poder político, pues justamente lo primero que hay que hacer es buscar el consenso de todos los actores que participan en esa competencia, de tal modo que todos se sientan protagonistas y parte de ese juego. De otra manera, la reforma, en caso de aprobarse, lo que veo en estos momentos sumamente difícil, pues requiere mayoría calificada, esto es, dos tercios de la Cámara, indicaría de manera simultánea la necesidad de otro cambio para desmontar la contrarreforma que ahora se apruebe.

El propósito de romper la autonomía e independencia del INE, sea por exterminio, colonización o captura, está condenado al fracaso. Significaría una regresión autoritaria y la cancelación de logros y conquistas en una larga y azarosa transición democrática que ha marcado nuestro camino hacia una sociedad cada vez más libre, moderna y abierta. Comparto plenamente lo que a este propósito escribe Francisco Valdés Ugalde: “De acuerdo con los principios de mayoría e igualdad que regulan el equilibrio democrático, cualquier reforma del sistema electoral debe evitar absolutamente su control por la mayoría gobernante y mantener su autonomía. Esta es la única garantía de que responde solo a la ciudadanía y esa es la lucha que se dará una vez pasado el ‘revo-confirmatorio’ para conjurar el peligro de instauración de una nueva hegemonía autoritaria”.

ZONA POLITEiA: EL SERVICIO EXTERIOR MEXICANO A DEBATE.

02 de febrero de 2022

César Velázquez Robles

La política exterior de México es mandato constitucional, es política de Estado, y es realizada en lo fundamental por diplomáticos de carrera, nos ha recordado Bernardo Méndez Lugo, miembro del Servicio Exterior Mexicano en situación de pre-retiro, y hoy al frente de la organización no gubernamental América Sin Fronteras. Diría que es política de Estado no solo en México, sino en varias otras democracias. Constituye el consenso de las fuerzas políticas, de las que gobiernan y de las que están en posibilidades de acceder al gobierno, lo que facilita, precisamente, el desempeño de los representantes de México en el exterior. La política exterior condensa principios, valores y tradiciones de un Estado, una nación o una sociedad en sus relaciones con el mundo y que le permiten ir al encuentro de otras tradiciones y culturas, con las cuales establece un diálogo esclarecedor del pasado, presente y futuro de los pueblos. Lo malo ocurre cuando estos altos propósitos civilizatorios son sustituidos por prosaicos intereses materiales para los cuales se recurre a la política exterior. Ahí se rompe todo consenso. Es el caso, por recordar uno, de España, donde un gobierno conservador hizo de su política exterior el instrumento no para acercar pueblos, sino para hacer negocios y promover las inversiones en hoteles.

En México la doctrina Estrada, bajo la cual nos formamos ideológicamente quienes fuimos parte de las generaciones que nos tocó vivir una parte importante de los regímenes (semi)autoritarios priistas, nos hacía repetir casi de manera mecánica los principios de soberanía, no intervención    y autodeterminación de los pueblos –puestos de moda otra vez en estos tiempos— y que era una excelente coartada para que los críticos del exterior del sistema político verticalista no metieran sus narices por aquí. Creo que esos postulados eran funcionales en sociedades cerradas, pero en una época en que predominan los mercados económicos y políticos abiertos, las coordenadas de la política exterior han cambiado. Para decirlo de otra manera: se han desnaturalizado. En el caso de México ocurrió durante la gestión de Fox, con Jorge Castañeda como secretario de Relaciones Exteriores, quien rompió con la ortodoxia en este campo e impuso, para el enojo del priismo, una visión heterodoxa en las relaciones con el mundo.

Méndez Lugo nos dice que la política exterior es realizada en lo fundamental por diplomáticos de carrera. Ciertamente, pero de unos años para acá, el servicio exterior ha sido colonizado por políticos, y las embajadas y consulados han sido destinos para cartuchos quemados, amigos del poder, adversarios del poder a quienes no se quiere cerca, u hombres de negocios, marginando de esos cargos a quienes se han formado en el servicio profesional de carrera. 

Es natural, entonces, que se genere un ánimo adverso y advierto que ese ánimo es el que impera en la Asociación del Servicio Exterior Mexicano. Las voces críticas que en estos días se han escuchado a propósito de algunos casos penosos, debería ser motivo de reflexión de nuestros políticos, cuyos despropósitos y desfiguros en nada ayudan a proteger y preservar el prestigio de nuestros diplomáticos.

El poder puede creer que con el mismo desparpajo con que ejerce su autoridad dentro del país, puede hacerlo donde lo desee. El retraso a la petición del plácet para Quirino fue la no respuesta en tiempos normales a los excesos verbales en demanda de que España reconociera que se pasó cuatro pueblos en la Conquista y durante el Virreinato. Pero el caso extremo lo constituye en estos días, el caso del historiador y académico Pedro Salmerón, de quien el presidente hizo una defensa numantina para que fuese nuestro embajador en Panamá.

Pues no. Resulta que siempre no. El gobierno de Panamá, a través de su secretaria de Relaciones Exteriores pidió al gobierno de México que no solicitara el beneplácito para Salmerón, sobre quien pesan acusaciones de acoso sexual en su paso por el ITAM, lo que provocó la molestia presidencial: “Lo propusimos para embajador en Panamá, y como si fuese la Santa Inquisición, la ministra o canciller se inconformó que porque no estaban de acuerdo”.

Bueno. Una mancha más al tigre. Pero no para nuestro Servicio Exterior. Más bien, para el poder que en su desmesura cree que puede hacer lo que le venga en gana.

ZONA POLITEiA: Revocan una ley que nunca entró en vigor.

20 de enero de 2022

César Velázquez Robles

En el ámbito nacional, todos los gobernantes tienen la tentación autoritaria de limitar los controles que impiden el ejercicio arbitrario del poder. El PRI no perdía oportunidad de amenazar con iniciativas de reforma electoral que contenían, casi siempre, la intención de reducir la cantidad de diputados tanto de mayoría relativa como de representación proporcional. Desde la tienda de en frente, las oposiciones, el PAN y el PRD, primero, y después morena, hacían una defensa numantina del tamaño del Congreso y, sobre todo, de los diputados de representación proporcional con el argumento central –a mi juicio correcto– de que su existencia era la mejor garantía de corregir las distorsiones de la representación. La llegada al poder de morena no modificó mucho los argumentos: simplemente se invirtieron los términos de la ecuación. Morena pasó a defender el recorte de parlamentarios, mientras que el PRI, ahora en la oposición, enarboló los argumentos que antes eran la bandera de las minorías. Por allá a mediados del año pasado, el presidente López, por ejemplo, en una reunión con empresarios en la que abordó el tema de la reforma electoral, (se) preguntó: “¿Para qué tantos diputados? ¿Por qué no nada más se quedan los de mayoría? ¿Por qué no se quitan las 200 plurinominales, pero no solo en la Cámara de Diputados, también en la de Senadores? Vamos a reformar la ley, la Constitución, para que haya democracia plena”, Claro, como siempre estaba la salvedad presente: “Si no quieren los legisladores, nada por la fuerza”.

En los estados, réplicas de los gobiernos federal, los gobiernos estatales seguían –siguen ahora más que nunca— las  directrices de la Federación. Cada gobierno subnacional, claro, por supuesto, con el control de su poder legislativo, asumía como propia la política diseñada por su partido. Sinaloa no fue la excepción. Apenas iniciado el gobierno de Quirino Ordaz Coppel, envió al Congreso una iniciativa de reforma electoral para reducir el tamaño del poder legislativo, recortando la cantidad de diputados de mayoría relativa y de representación proporcional. Fue una iniciativa que no estuvo precedida de una discusión amplia en la sociedad, tan apresurada que sorprendió a todo mundo, pues no estaba en la agenda de asuntos públicos relevantes. Un Congreso de clara mayoría priista sacó adelante sin problemas de la reforma, que reducía el Congreso a 30 diputados –20 de mayoría relativa y 10 de representación proporcional— y disminuía también el tamaño de los 18 cabildos. La reforma entraría en vigor para las elecciones de 2021. Pero hete aquí que para 2021 el PRI ya no era la mayoría en el Congreso, sino morena. Unos y otros dejaron en suspenso la ley, de tal modo que para las elecciones de junio de 2021 se votó por 24 diputados de mayoría relativa y los correspondientes 16 plurinominales. Se esperarían mejores tiempos para revocar esa ley que nunca entró en vigor, al menos en loque se refiere a diputados. Ese momento llegó esta semana: se vuelve a lo que nunca se cambió.

En realidad la reforma quirinista no tenía motivación política, mejorar la representación, facilitar el desempeño y productividad de los legisladores o responder a un sentido reclamo ciudadano. Simplemente se aprovechó del desprestigio de un poder que funcionaba como oficialía de partes del poder ejecutivo, y de unas figuras políticas poco dispuestas a expresar su autonomía e independencia política. El argumento era más bien el prosaico asunto económico: disminuir el costo de un poder y reorientar los recursos hacia la atención de las más sentidas demandas populares.

Ni la reforma ni la contrarreforma se hicieron con el consenso ciudadano. Simplemente fueron decisiones del poder para materializar ideas malas (disminuir el espacio de la representación) que parecen buenas (reducir el parasitismo político y el carácter oneroso de un poder ineficiente que no representa un contrapeso real, según una muy extendida percepción ciudadana). Los argumentos mismos de sus señorías son bastante pobres, según los recoge Alejandro Sicairos en su columna Observatorio: “de haberse llevado a cabo la reducción de diputaciones, hubiese provocado que el Congreso del Estado pierda representatividad por lo que respecta a los habitantes del estado, toda vez que mientras menos legisladores se tengan, menor será la capacidad de atención por cada legislador a sus representados”. O este: “las 75 mil 674 personas que representa cada diputado pasarían a ser más, haciendo más difícil la labor de cada representante popular en abarcar y atender las necesidades de sus representados”.

Si acaso, una referencia que debería haber sido el hilo conductor de toda la trama argumental: “reducir el número de diputaciones locales de 40 a 30 implica que la voluntad ciudadana, garantizada precisamente en que cada voto cuente con el mismo valor, se vería afectada en relación a las diputadas y los diputados electos por el Principio de Representación Proporcional, al eliminar espacios que pudieran ser asignados de acuerdo a la totalidad de sufragios obtenidos por un partido político en una elección, independientemente de las curules alcanzadas de acuerdo a los resultados en los Distritos Electorales Uninominales”.

¿Y este argumento no lo vieron en su momento los diputados del PRI que habían aprobado sin discusión la ley reduccionista?

Pero me parece que no hay que exagerar ni sacar las cosas de quicio: dice Sicairos que en el propósito de restablecer su estatus, los diputados “no calcularon las consecuencias que ello tiene para finanzas públicas devastadas y la decaída capacidad contributiva de la población que no soportan mayores cargas de estructuras burocráticas que en nada benefician a los gobernados.”  El asunto no es económico-financiero; es político. Diez diputados más, diez diputados menos, no significan carga para el erario, no modifican de manera sustancial el presupuesto de este poder. El asunto está en la calidad de la deliberación, del debate. En un ejercicio ético que dignifique la calidad de nuestra democracia. Eso es lo que hay que exigirle al Congreso. Ahí nos salen debiendo. Eso sí tiene consecuencias para nuestra convivencia.