ZONA POLITEiA: La mañanera como instrumento de dominación política e ideológica.

03 de diciembre de 2021

César Velázquez Robles

He escrito en no pocas ocasiones que en la batalla por el espacio de lo público López Obrador ha ganado de calle a la oposición. La calle, la plaza, el ágora se han convertido en monopolio presidencial, y no se advierte, según pudimos constatarlo este martes con la multitudinaria concentración en el “Zócalo democrático” para celebrar los tres primeros años de gestión, que alguna fuerza pueda disputarle ese control. Pero hay mucho más. La columna de ayer, miércoles, de Raymundo Riva Palacio en El Financiero, “El rollo jala”, me suscitó algunas reflexiones que quiero compartir con mis lectores. Escribe el periodista: “Permítase una pregunta retórica: ¿qué habría pasado con el presidente Andrés Manuel López Obrador al finalizar el primer medio de su sexenio de no haber replicado la mañanera que inventó hace dos décadas como jefe de Gobierno de la Ciudad de México? La respuesta tiene que ser contrafactual. Habría naufragado desde el primer año de su administración. Incluso, habría arrancado su sexenio con rendimientos negativos.”

En efecto, este modelo de comunicación política ha resultado crucial, decisivo, como instrumento de dominación política e ideológica, sustituyendo los mecanismos de control que –se suponía— le garantizaría el movimiento. La narrativa que fue construyendo desde el principio de su mandato, la reiteración de sus dichos, el discurso polarizador, la deificación del pueblo, la demonización de los adversarios, la reafirmación de la esperanza del “pueblo bueno”, ha terminado por obnubilar la conciencia no solamente de millones de mexicanos que han vivido en el patio trasero de la modernidad, sino, lo que resulta difícilmente explicable, de muchos ciudadanos con estudios de grado y posgrado, que están convencidos –bueno, eso dicen—de haber asaltado el cielo con el triunfo obradorista hace ahora tres años. No es que López Obrador sea un fenómeno de comunicación política o que ejerza un liderazgo carismático: la clave ha estado en la reiteración de unas cuantas frases, muchos adjetivos calificativos. Lejos de contribuir a crear una cultura política democrática, el debate, el ejercicio de la crítica, la construcción de ciudadanía, gracias a ese discurso, lo que impera en un sector nada desdeñable de la vida pública, es una cultura política parroquial.

Así las cosas, comparto con Riva Palacio su conclusión: “El presidente tiene razones para estar contento al iniciar su cuarto año de gobierno. La retórica mañanera le ha funcionado. ¿Por cuánto tiempo más? No hay consenso entre los expertos si le durará todo el sexenio o la realidad terminará por alcanzarlo entre la opinión pública. Lo que sí se puede anticipar es que como van las cosas, igual sale muy bien en popularidad en 2024, pero el país quedará destrozado.”

Algunos analistas y especialistas en comunicación política, se han referido a este fenómeno de la vida pública nacional. Uno de ellos, Javier Esteinou, escribió hace tiempo en Nexos lo siguiente: “La ‘mañanera” dejó de ser un espacio de información y orientación cotidiana del gobierno ante la ciudadanía para transformarse en un arma mediática de propaganda que busca fijar diariamente su agenda política e ideológica.” La clave ha sido el control del espacio público: “desde principios de la nueva administración, el objetivo fue claro: dominar el espacio público simbólico mediante diversas estrategias ideológicas. Entre éstas destaco cinco que atañen en específico a la libertad de expresión y al ámbito de la cultura: desmantelar el sistema de comunicación y cultura heredados; negociar con los poderes fácticos ideológicoscentralizar y controlar la dinámica de la comunicación colectiva; crear un nuevo aparato ideológico morenista; y arrinconar a los medios de comunicación y cultura opositores.”

Dejo aquí estas reflexiones con el propósito de estimular un necesario debate en torno a las eventuales estrategias de comunicación política que puedan, no tanto contrarrestar el peso y la influencia con que el discurso lopezobradorista gravita en el espacio público, que esa tarea corresponde sobre todo a los partidos, sino formas alternativas que propicien  un espacio para un debate más informado, y para un ejercicio crítico de la autonomía e independencia política e intelectual de los ciudadanos.

ZONA POLITEiA: Un festejo con aire burocrático.

02 de noviembre de 2021

César Velázquez Robles

La llamada AMLOFest, la concentración en el “Zócalo democrático” para celebrar el tercer aniversario del ascenso al poder de López Obrador, demostró que el presidente sigue teniendo una enorme capacidad de convocatoria. Llenar la plaza pública más importante del país no es una tarea fácil, incluso para el poder, que se crea de inmediato esa burbuja que le separa del mundo real para vivir en la irrealidad, en la soledad. Pero lo hizo, y seguramente podrá seguir haciéndolo. Es decir, haciendo la tarea que la oposición no hace: ganar la plaza pública, el espacio natural de la protesta social, convertido ahora en el centro de las celebraciones y las realizaciones de lo que insiste en llamar un cambio de régimen. Pero la fiesta-informe tuvo un aire burocrático, apenas disimulado por algunas arengas dirigidas a la galería y una definición forzada de la adscripción de su gobierno a la corriente de izquierda, definida por su compromiso con los pobres, lo que resulta en verdad paradójico en un país en el cual varios millones de mexicanos han pasado a formar parte de la población excluida y marginada de la modernización.

El discurso de AMLO conduce a otro mundo. Un mundo ideal, de un país de libertades plenas, de economía en expansión que recupera todos los empleos perdidos y crea cientos de miles más; que crecerá a un ritmo acelerado, y con una enorme capacidad de atender los reclamos y demandas de bienestar y progreso de millones de mexicanos que ahora tienen esperanzas ciertas de la redención que las viejas élites les han negado a lo largo de la historia. No hay espacio para la autocrítica: México es otro país; se ha transformado en tres años, y la fortaleza moral, los valores culturales del pueblo bueno harán irreversibles los cambios operados en la vida pública nacional. Todo está bien hecho. La corrupción ya no carcome las estructuras espirituales de la sociedad mexicana, el país es ejemplo ante el mundo y tiene autoridad plena para orientar y proponer programas que acaben con la exclusión, la pobreza y la desigualdad. Es otro mundo el que dibuja López Obrador, aunque la realidad se empeñe en decirle lo contrario.

Me llamó especialmente la atención esa definición que hizo de su gobierno como de izquierda. He sostenido, en línea con lo que ha planteado Joel Ortega, que el gobierno de AMLO no encaja en ese perfil del espectro ideológico. El hecho de que en la administración, en el parlamento, en espacios de gobiernos nacionales y locales militantes de la izquierda ocupen posiciones más o menos relevantes, no define a un gobierno como de izquierda. Cito algunas frases de un interesante artículo publicado en la revista Siempre!: “Las ‘izquierdas’ que apoyan al gobierno de la llamada 4T, no tienen elementos sólidos o siquiera promesas de cambios sociales y políticos que ameriten su fanatismo pro AMLO”. “Optan por la nostalgia, la agrupación religiosa en cofradías marginales y en el caso mexicano, confunden su fracaso con la ilusión de haber ‘conquistado’ un ‘triunfo histórico’, con la votación obtenida por Morena y Andrés Manuel López Obrador. Con ello un pequeño grupo de ex marxistas justifican sus cargos secundarios en el gobierno de AMLO, sin condicionar su presencia a la aplicación de un programa mínimo de orientación popular”. (La Tremenda corte y me Canso Ganso, octubre 10, 2020).

AMLO  se define de izquierda sin ruborizarse

Pero en ese grupo y en esa idea López Obrador se ha montado sin rubor alguno para definirse de izquierda, aunque su tardo-echeverrismo es inocultable. Sin embargo, como ha escrito el historiador John Womack: “Mucha gente vio sus sueños izquierdistas realizados en el triunfo de López Obrador, pero lo que ahora llaman izquierda es una izquierda que, como tal, es muy pobre. No es la izquierda de Valentín Campa de los 50 y 60. Campa era comunista. Eso era la izquierda mexicana. Una izquierda marxista. ¿Qué es López Obrador en relación a eso? Para mí no hay izquierda fuera del marxismo. La izquierda no es izquierda a menos que sea marxista. El marxismo es crucial. El capitalismo es el punto central. O estás favor o estás en contra”. (“Con AMLO ganó la izquierda del PRI, y no la izquierda histórica, dice el historiador John Womack”, Sinembargo, 28 de julio de 2018).

Pero, a todo esto, ¿cómo lo dijo López? Helo aquí: “El noble oficio de la política exige autenticidad y definiciones. Ser de izquierda es anclarnos en nuestros ideales y principios, no desdibujarnos, no zigzaguear. Si somos auténticos, si hablamos con la verdad y nos pronunciamos por los pobres y por la justicia, mantendremos identidad. Y ello puede significar simpatía, no sólo de los de abajo, sino también de la gente lúcida y humana de la clase media y alta, y con eso basta para enfrentar a las fuerzas conservadoras, a los reaccionarios.”

¿Vende bien esa idea de izquierda que tiene López Obrador y que lanza sin rubor? Parece que sí, sobre todo en aquellos izquierdistas que sienten –y algunos están convencidos de ello— de que lograron el asalto al cielo. Esta coartada les permite transitar por su vida política sin cargos de conciencia, sin haber traicionado a la clase obrera, y viendo en López a la cabeza que necesitaba el proletariado. De pena ajena.

Pero no solo eso. López vende la idea de que la izquierda, la auténtica, la histórica, la que no transige ni pacta con el enemigo de clase, la que resume y condensa todas las grandes luchas que han ido transformando el mundo, no anda de “quedabien” con nadie ni hace concesiones graciosas que la desdibujan. No hay más camino que la izquierda, dice, y para que vean que lo dice en serio, se lanza contra el centro político, al que pondera como una veleidad pequeñoburguesa y reaccionaria. Eso le gusta a su galería, a sus fans, a sus seguidores y leales. Es la moda, además, en una fase en que frente a las evidentes debilidades del liberalismo político, parece imponerse el nacionalpopulismo, aunque aquí adornado con  guiños en busca de la clase media perdida y algunos sectores de la burguesía. Aquí va esa parte del discurso: “Nada se logra, y esto aplica en México y en todo el mundo, nada se logra con las medias tintas. Los publicistas del periodo neoliberal —que ya se fue, se está terminando esa pesadilla— los publicistas del periodo neoliberal, además de la risa fingida, el peinado engominado y la falsedad de la imagen, siempre recomiendan a los candidatos y gobernantes correrse al centro, es decir, quedar bien con todos. Pues no, eso es un error”.

Esa es la pobre idea de López. La búsqueda del centro político, la ubicación centrista en el espectro político, es una “recomendación de los publicistas neoliberales”. Lo dicho: López vive en  otro mundo.

ZONA POLITEiA: Tres años de una gestión trepidante.

01 de diciembre de 2021

César Velázquez Robles

López Obrador llega hoy, primero de diciembre al ecuador de su mandato. Tres años de una gestión trepidante que tenía como propósito no dejar piedra sobre piedra del viejo régimen. Sin embargo, el recuento indicaría que mucho de aquel pasado sigue teniendo vigencia plena, apenas encubierto por una retórica hueca, vacía, y que en el mejor de los casos, como escribió Juan Manuel Luque Rojas, en un excelente ensayo publicado por la revista POLITEiA, es un híbrido del modelo neoliberal y del viejo nacionalismo revolucionario. Llegados a la mitad del camino, empieza a producirse un fenómeno natural del poder: la declinación, la abreviación del tiempo histórico, la exigencia de acelerar la marcha para hacer irreversible las (contra)reformas y apurar los cambios pendientes. En la medida en que se presentan los obstáculos se pone en marcha una gestión emergente que hace caso omiso del Estado de derecho, que violenta los derechos de propiedad, que transgrede las normas más elementales de la transparencia y la rendición de cuentas, que rompe el equilibrio de poderes, que acentúa el centralismo, distorsiona el federalismo, subordina a las entidades federativas y lastima la vida republicana y democrática del país.

¿Por qué una sociedad que durante años libró una decidida lucha por la democratización de nuestra vida pública, que desarrolló un ejemplar espíritu crítico hoy acepta de manera acrítica, según puede advertirse por los resultados de las encuestas –a los que me referiré enseguida—esta situación? Algunos apuntan que ello se explica por el hecho de que López Obrador es un fenómeno de la comunicación política; otros señalan la naturaleza carismática de su liderazgo, que remite, obviamente, a un  lejano pasado predemocrático; unos más destacan el hartazgo político de años de dominación y control del priato y la docena panista, que generaron, por su naturaleza patrimonialista y perfil autoritario, una larga cadena de agravios, de los que hoy esa ciudadanía está pasando factura. Hay quienes señalan que, en el fondo, subyace la esperanza de que, por fin, ha llegado o llegará la redención social gracias al afán justiciero del nuevo poder. Seguramente estos y muchos otros factores definen la naturaleza del nuevo poder, que apenas ha experimentado la exuberancia de la juventud y ya empieza a mostrar los signos de la decrepitud.

Una encuesta mejor que las de López Obrador

Vayamos a la encuesta. Ayer, 30 de noviembre, se dio a conocer la encuesta de De las Heras Demotecnia, y ésta nos dice que el 71 por ciento de la población aprueba el desempeño de López Obrador, en tanto que solo el 21 por ciento lo desaprueba. Éste es el segundo mejor nivel de aprobación del presidente, tan solo superado por el 80 por ciento de aprobación que alcanzó en la luna de miel de los 100 primeros días de gestión, y es el mismo nivel de aceptación que tenía en septiembre de 2019, al presentar su primer informe de gobierno. También su calificación sigue siendo bastante alta: en una escala de 0 al 10, la encuesta le otorga una calificación de 7.6, muy buena, si se le compara con la calificación que alcanzó Peña Nieto al final de su mandato, un auténtico desastre político.

Creo que una parte importante de la explicación de los altos niveles de popularidad presidencial y la alta calificación, se explica por estos datos: el 55 por ciento de los encuestados afirmó que desde la llegada de López Obrador al poder, la situación personal y de sus familias es mejor que antes; 21 por ciento respondió que es peor, y el 17 por ciento que permanece igual. Al ser interrogados sobre lo que mejor ha hecho el presidente, el 32 por ciento señaló que “otorgar apoyos de los programas sociales”; 16 por ciento destacó el combate a la corrupción y acabar con privilegios; el nueve por ciento ayudar a los más necesitados y a la gente pobre , y siete por ciento su forma de gobernar. Así como no se necesita ser meteorólogo para saber de dónde sopla el viento, no es necesario ser muy perspicaz para entender las razones de ese apoyo masivo: programas sociales, combate a la corrupción, ayuda a grupos vulnerables y el estilo personal de gobernar. Ahí, en esos datos, se concentran las razones del enorme apoyo de que sigue disfrutando.

Y hoy va a celebrar en el Zócalo esos logros. Luego de la celebración esa estrella refulgente empezará a periclitar. Por decisión propia. Porque ha sido un ejercicio agotador. Porque ha decidido adelantar los tiempos sucesorios. Porque ha abierto un frente más de disputa que difícilmente puede controlar.

¿Y la oposición? Cómo he dicho, la oposición está más perdida que un machigüi después de cuatro días. Sin fuerza en las instituciones, debería hacer de la calle su trinchera. Pero también ahí está ausente. Si logra prender el Frente Cívico Nacional, si los frentes cívicos estatales logran concretarse, el país podrá contar con una alternativa. Pero diría que no habría que hacerse demasiadas ilusiones. Son muchos años, décadas, de control, dominación y autoritarismo. Las masas, como dicen los viejos manuales de marxismo, tienen que hacer su propia experiencia. Y eso no se hace de la noche a la mañana. ¿No es cierto?