
¿ES POSIBLE UNA PAZ PARA CULIACÁN?
Jorge E. Aragón Campos
Por supuesto que no es posible una paz para nuestra ciudad, esa intención de aglutinar a la ciudadanía en torno a semejante logro, no es más que otra muestra de la arraigada costumbre que padecemos desde quién sabe cuánto tiempo atrás, consistente en responder siempre con tonteras a los problemas reales.
No, no estoy exagerando ni inventando nada. Va un ejemplo: Por supuesto ustedes ya no recuerdan que la pandemia, en su inicio, se cebó sobre Europa, en particular sobre España e Italia; ante el inminente arribo de la enfermedad a nuestro suelo, y ya conociendo los saldos tan cruentos que arrojaba en esos dos países que cultural e históricamente nos son tan cercanos, la reacción pública fue dárselas de muy machitos, con expresiones del tipo “¡Les vamos a enseñar a los españoles…! ¡Los italianos no nos llegan ni a los talones…! ¡Los mexicanos somos chingones! ¡Y los de Sinaloa somos los mejores!”
Apantalladón que les pegamos ¿O no?
Frente a la brutal impunidad con que actúan nuestros amigos/paisanos/casi hermanos/o si cuñados tantito mejor/narcotraficantes, no podíamos discurrir nada más chilo que la deslumbrante idea de pugnar por una paz para Culiacán. Sí: paz. Porque somos las víctimas inocentes de una guerra atroz, y merecemos una paz verdadera y duradera. Ya es hora de desenmascarar a esos chantajistas baratos ucranianos y gazatís: para pueblo mártir, nosotros.
No somos melodramáticos, somos ridículos.
No, no es posible una paz para Culiacán. Ahora la buena noticia: no la necesitamos. Ahora la mala noticia: lo que ocupamos es seguridad y eso se obtiene con policías ¿Cuántos policías ocupamos? No lo sé, el único dato firme que poseo es el de cuantos policías tenemos: ninguno. Tenemos cuicos… un chingo; o chotas, si les suena menos discriminatorio. Pero policías, lo que se dice policías… ninguno. No con esos sueldos: no con esas prestaciones; no con ese trato; no con ese esquema.
Aquí en Culiacán no ocupamos paz, lo que ocupamos es hablar claro, decir sin cortapisas qué queremos y por qué lo queremos para de ahí pasar a cómo lograrlo. Lo primero es separar la paja del grano y de una vez les aviso: olvídense de una recuperación económica si primero no resolvemos ¡Bien! el asunto de la inseguridad: Los robos de vehículos, casas, asaltos e incluso cobros de piso, balaceras en las calles a cualquier hora del día… eso no se resuelve con llamados a misa ni liberando globos blancos hacia el cielo, eso se resuelve con policías. Policías de verdad, no como estos, que son los que andan robando vehículos, casas, asaltando, cobrando piso, echándose bala en las calles, porque forman parte de lo que deben combatir.
¿Y por qué no seguir igual, si ya va para 150 años que venimos haciéndolo así?
Ya está por concluir el primer cuarto del siglo XXI y para efectos prácticos, los tendidos ferroviarios en México siguen siendo los que dejó Porfirio Díaz; vamos a tener que agregar a esa lista la seguridad interior. La piedra angular de la pax porfirista era sus cuerpos de seguridad, creados bajo la premisa de “para que la cuña apriete, debe ser del mismo palo”. Los Bandidos de Río Frío es una buena novela que es famosa por eso, por retratar la manera como el Estado hace borrar la gruesa línea que lo separa del crimen a secas y lo convierte en “organizado”. Desde entonces, así estamos y no porque nos hayan obligado: esta es una ciudad que nunca ha tenido orden, porque su ciudadanía siempre ha sido deplorable y hoy, ausente el dinero sucio que medio mantenía lubricado a nuestro remedo de sociedad civilizada, para que funcionara en conjunto, nos exhibe como la excelente réplica del Cosmos que somos; me refiero al fenómeno de la expansión universal, ese que aleja a todas las galaxias entre sí.
La pregunta de oro: ¿Esto tiene solución?
Sí, lamentablemente Esto sí tiene solución.