César Velázquez Robles
Quiero agradecer a mi amigo Jorge Aragón, “Maripas”, la oportunidad que me brinda en esta página para entablar una conversación colectiva sobre futbol y otras cosas. Para evitar malos entendidos, una aclaración pertinente: no sé nada de dispositivos tácticos, así que el balompié será un pretexto para hablar de muchas otras cosas, entre ellas la política, la cultura, los espectáculos y asuntos por el estilo.
Hace ya algunos años, cuando era corresponsal de Notimex en Madrid, a través de mi hermano David Velázquez, otro apasionado del deporte, empecé a escribir una página en la sección de deportes de Noroeste. Era una columna titulada Eurofutbol, un repaso semanal de lo que ocurría en el Viejo Continente, aderezada con comentarios de actualidad política, notas sobre novedades literarias, anécdotas de jugadores y directivos, e intentos, casi siempre fallidos, de contribuir a la interpretación sociológica del que sin duda es el deporte más popular en el mundo.
Luego, empecé a escribir una columna para Notimex, El Larguero, con el mismo propósito. Se publicaba en varios diarios del país –formaba parte de los servicios informativos que la Agencia Mexicana de Noticias proveía a centenares de diarios en México— y ello me permitía mantener el contacto con muchos aficionados al deporte, pero también interesados en otros asuntos de la vida pública.
Una vez concluido mi largo periplo europeo, y ya instalado en Culiacán, recibí una invitación a escribir en una página electrónica, Tiro de Esquina. Coincidió en el tiempo con la participación de los Dorados en la división superior del futbol mexicano. Desafortunadamente, la aventura no pudo sostenerse y por angas o mangas ya no hubo modo de mantener la continuidad de este diálogo.
Ahora lo retomo gracias a la generosidad de mi amigo. He decidido recuperar el título de mi colaboración para Notimex, El Larguero, sin ninguna segunda intención, y sólo con el propósito de ampliar, ensanchar el espacio de diálogo sobre un tema que gravita no sólo sobre nuestras vidas personales, sino que modula, moldea nuestra convivencia colectiva, define una parte de nuestra cultura y condiciona cada fin de semana, según nos vaya en los campos de futbol o les vaya a nuestros equipos, el estado de ánimo con el que enfrentamos los desafíos del mundo real.
Todo lo que he dicho es para apelar a la indulgencia de mis eventuales lectores y amigos. Reitero que en materia de estrategias, tácticas y dispositivos soy un auténtico diletante. Pero por este espacio desfilarán filósofos, futbolistas, escritores, artistas, y la variopinta gama de figuras, figurillas, figuritas y figurones que nos entretienen y nos hacen más llevadera la existencia. Así que empezamos.
El futbol, la política y la vida
Tal es el título de un excelente ensayo escrito por el chileno Fernando Mires, que me permito recomendar a mis lectores. Ahí hay materia para la conversación, para la reflexión y el análisis. Nos ayuda a dar un paso más allá de lo obvio, del lugar común, e intentar otras interpretaciones que ayuden a nuestra cosmovisión, a nuestra visión del mundo y de la naturaleza.
Dice Mires lo siguiente: Se considera “como inusual que el fútbol, un deporte, un simple juego, pueda ser comparado con la política que no es un juego (de lo que no estoy muy seguro) o con la vida, pues con la vida no se juega. ¿Qué tiene que ver el fútbol con algo tan serio como la política? Y, aparte de que el mundo del fútbol pertenece a los vivos ¿qué tiene que ver con la vida? Mi respuesta es la siguiente: todo lo que hacemos es una proyección de la tragedia humana: la de sostenernos en esta vida a través de la búsqueda de un significado que le dé un sentido que nunca sabremos cual es. Pero ¿no es ésa acaso una tarea que corresponde a la filosofía o a la religión? En lo que tiene que ver con la filosofía sólo atino a responder: efectivamente, es una tarea de la filosofía, pero -convengamos en algo- no existe una filosofía “en sí” y si existiera, sólo sería una filosofía de la filosofía. Algo bastante absurdo, por lo demás.
La filosofía -que es el amor por el saber- busca siempre al objeto de “su” deseo. Así, hay una filosofía del amor, una filosofía de la existencia, una filosofía de la sociedad y, por cierto, puede haber –no hay nada que contradiga esa posibilidad- una filosofía del fútbol. Y en lo que tiene que ver con religión, yo sostengo la tesis de que muchas de las actividades que consumen nuestros días, provienen de la religión o, lo que es casi igual: de un ambiente impregnado por la religión. El fútbol también. Más todavía: pienso que el fútbol es una actividad que se encuentra -aún más que la política- impregnado por la religión o, por lo menos, por un sentido religioso de la vida.”
Y añade: “el mundo del neurótico es muy religioso. Y el mundo del religioso es muy neurótico. Tan neurótico como el mundo del fútbol. Debo quizás agregar que no estoy hablando de la neurosis en sentido clínico sino en el sentido a-clínico de Freud, a saber: como una propiedad de la condición humana orientada a distraer nuestra atención de esa mortalidad que escondida como un tigre en el fondo de una caverna nos aguarda a todos.
En fin, la religión es una práctica que asegura nuestras identidades frente a los nos-otros y frente a los vos-otros. En la creencia, en cambio, perdemos nuestra identidad en ese todo sin comienzo ni fin que es Dios. Visto el tema desde esa perspectiva, el fútbol contiene en sí más elementos religiosos que la política. Me explicaré a continuación.
Los seres humanos buscan siempre su identidad (ser iguales a sí mismos), y cuando no la encontramos, nos inventamos una. Sin embargo, y de acuerdo a Michael Walzer, hay identidades “ligeras” e identidades “duras”. Estas últimas son las identidades nacionales, religiosas y –agrego yo- las futbolísticas. A las primeras pertenecen, o deben pertenecer, las políticas. Pero hay un problema: el ser humano –de eso estoy convencido- es un animal religioso, quiera o no, ya que si no seguimos una religión terminamos por rendir culto a cualquier cosa. Puede ser un artista, un cantante, un prójimo, un político, un auto o un futbolista. Sin embargo, las identificaciones “duras” no son intercambiables.
No cambiamos de religión y de nacionalidad todos los días. De las misma manera, un hincha de Boca nunca será de River, ni uno del F. C. Barcelona jamás del Real Madrid. Esa es la razón, opina Michael Walzer (“Thick and Thin”, Indiana 1996), por la cual los antagonismos religiosos y étnicos son tan difíciles de resolver pues no son intercambiables. Los futbolísticos tampoco. En cambio, los conflictos políticos deben ser, por su propia naturaleza, intercambiables, ya que si no fuera así la política no funcionaría. En el caso de que no fueran intercambiables, las elecciones –y sin elecciones no hay política- estarían de más ya que de antemano sabríamos quienes van a ganar. Esa es la razón por la cual es tan difícil implantar usos políticos en países que se rigen por la norma religiosa. En Irak, por ejemplo, sólo hay dos “partidos”: los chiítas que conforman algo así como el 80% de la población y los sunitas que constituyen el 10%; y el resto, otras confesiones. En cada elección los “chiítas” están condenados a ganar y los sunitas a perder. No hay lucha por la mayoría, y esa es la sal de la política.
Por supuesto, hay personas que hacen de la política una práctica sacrosanta. Pertenecen a la misma organización casi desde que nacen, adscriben a una ideología sin dudar jamás, adoran con devoción a determinados dirigentes, incluso a malvados dictadores, y aunque la historia los contradiga, serán fieles a su partido hasta que la muerte los separe. El mismo vocabulario que usan es religioso. Quienes disienten, serán llamados “renegados” Quienes cambian de posición política, serán “traidores”. En fin, ellos no “están” en un partido; “son” de un partido.
De más está decir que vivir la política como religión lleva a la destrucción de la política. Porque la política la inventamos para resolver nuestros antagonismos discutiendo y argumentando en un juego de posiciones que cada vez es, y debe ser, distinto al anterior. En el fondo, los devotos de la religión política son seres radicalmente frustrados pues intentan encontrar en la política lo que la política nunca les dará a menos que la política deje de ser política. No ocurre así con el fútbol. Yo -para ponerme como mal ejemplo- “soy” del ColoColo y lo seré hasta la muerte y más allá de la muerte también. Mas, jamás “seré” de una ideología o de un partido, y mucho menos de un líder, “para siempre”. El fútbol, en ese sentido, es un sustituto de la religión. Pero no nos olvidemos: no es más que un juego. La política en cambio, si es también un juego, no tiene nada que ver con la eternidad. La política es presente, siempre presente, y nunca el presente de hoy será el del mañana. A diferencias de la religión que fue hecha de una vez y para siempre -a nadie se le va a ocurrir cambiar un mandamiento por otro- la política se hizo para comenzar cada cierto tiempo de nuevo, ajustando cuentas con la historia para poner al día nuestros ideales e intereses. O permítaseme expresarme de un modo algo metonímico: la religión viene del cielo, el fútbol del Olimpo, y la política, del centro de la tierra.”
Bueno, ahí lo dejo. Es un ensayo mucho más largo e, insisto, digno de lectura y, por supuesto, de muchas disquisiciones y reflexiones. El texto completo lo puede encontrar en internet.
Luego de este marco teórico (tallado a mano, diría Monsiváis) que he pedido prestado a Mires para darle contexto a esta caldera de pasiones, pasemos a valorar lo ocurrido en los rectángulos del mundo.
Chelsea-BayernMunich
Una larga batalla que se prolongó a tiempos extras y que concluyó con el lanzamiento de penalties, es la que escenificaron Chelsea y BayernMunich. Fue un partido trepidante de principio a fin, que se saldó con la victoria del conjunto inglés, pero que mereció ganar el equipo alemán, que fue el que hizo el mayor esfuerzo.
Para el Chelsea es su primera “orejona”, y el Bayern sigue con tres. Dos modos de entender el futbol, dos visiones y dos modelos de gestión: el del derroche, el dispendio, que caracteriza al equipo del oligarca ruso RomanAbrmovich, y un estricto control del gasto que permite que las cuentas del conjunto bávaro estén saneadas. “Casi como si Milton Friedman y John Maynard Keynes se vistiesen de corto en Munich”, escribió el comentarista del ABC español.
Bueno, no ganaron los alemanes. Son ya tres lustros que no obtienen un título relevante ni como selección ni como clubes. Con muchas selecciones altamente competitivas y con una gran cantidad de clubes que disputan los títulos continentales, la vieja hegemonía de los alemanes parece cosa del pasado, y el fallido intento del Bayern de abrir una nueva época dorada para el futbol alemán tendrá que esperar mejores tiempos y otros torneos europeos.
Hace ya algunos años, el ex delantero inglés, Gary Lineker, constatando el dominio de los clubes y la selección alemana en los torneos europeos, dijo algo así como que “el futbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan 11 contra 11, y siempre ganan los alemanes”. Ni modo, en esta ocasión no ganaron los alemanes.
Santos-Monterrey
Comparado con el juego del sábado en el Allianz Arena, el partido de vuelta de la final del futbol mexicano en Territorio Santos Modelo este domingo, fue más bien mediocrón. Santos y Monterrey mostraron muchos más defectos que virtudes, carecieron de una propuesta discursiva, y poco hicieron por mostrarse generosos con el esférico. Fue un partido trabado, sordo, con muchas faltas y equivocaciones que daban cuenta del nerviosismo generalizado.
Arrancó el Santos en tromba y a los cinco minutos ya se había colocado al frente en el marcador. Parecía que sería una tarde de coser y cantar para los verdiblancos, pero no, después del gol se tiraron a la hamaca, y por ahí a partir del minuto 30 el Monterrey dispuso de oportunidades para igualar los cartones. No pudo y casi al 65 los llamados guerreros ampliaron el marcador con un gol de buena manufactura, una jugada bien elaborada que culminó Peralta.
Trató de despertar el Monterrey con un remate de cabeza de DeNigris que detuvo muy bien el arquero, pero era el anuncio de lo que venía: apenas dos o tres minutos después, el propio De Nigris habría de poner la tensión en el ambiente que ya empezaba a ser de celebración, con un gol que devolvía la vida al conjunto regio, y sólo faltaba saber si tendría el suficiente oxígeno para remontar y darle la vuelta al marcador.
Pero ya no hubo más: el Santos-Laguna resistió bien los embates, las arremetidas finales de su adversario que decidió morir jugando. Así sumó su cuarto título en el futbol mexicano.