PUENTE NEGRO

¿Más caldo de cultivo para el odio?

Por Guillermo Bañuelos

Caminar al amanecer por la orilla del río, cuando todos duermen, oxigena, resetea la mente, fortalece los pulmones y el propio sistema inmunológico. Pero está prohibido. Pero deambular a cualquier hora dentro del Costco, por ejemplo, se permite.

¿Cómo? Uno entra ‘protegido’ con cualquier cubre-bocas a un bodegón inmenso, cerrado herméticamente, con ventilación artificial, sin rutas o puertas de escape seguras… a un paraíso para el COVID-19, junto a cientos de personas que posan sus manos encima de miles de artículos. No cuadra.

Esta permisividad parece un error, según la apreciación arbitraria de un ciudadano semi enclaustrado desde hace 43 días, víctima del insomnio, esclavo del tiempo y asido a escasas herramientas útiles para evitar el desespero.

Quizá está divagación sea disruptiva en el contexto de un esquema de control sanitario rígido, basado en el aislamiento del individuo, quien debe acatar las reglas y no contribuir a empeorar la situación de una ciudad convertida ya en un foco rojo. 

FOCO ROJO

Una parte importante de la población nos quedamos en casa por miedo a la muerte o por un auténtico sentido de responsabilidad con quienes nos rodean en casa y con la ciudad misma.

Otros, no. Les vale. Muchos pululan por ahí recreando el ocio, víctimas de una debilidad de carácter que les impide sujetarse a la disciplina y no ser agentes de contagio. 

Otros continúan trabajando para llevar el alimento a casa -si no, ¿quién alimentará a sus hijos?- o para no ser despedidos, más un número indeterminado de hombres y mujeres desempleados, sin dinero y sin asistencia social de ningún tipo, que salen en búsqueda del pan diario. 

¿Hacen mal estas personas? Uno haría lo mismo.

¿Sabe usted que esto ocurre alrededor nuestro? Si no lo sabe, usted vive fuera de la realidad. 

Es difícil juzgar adecuadamente a este segmento de desprotegidos 

pues desconocemos sus motivos.

En lugar de la condena automática, sería justo voltear hacia ellos y pensar desde ahora qué haremos después de la ola de infecciones y de muertes y de una nueva crisis económica que, pronostican los que saben, se avecinan. 

Despertemos.

No veamos en esta tragedia 

-nuestra tragedia-  un nuevo caldo de cultivo para alimentar más la polarización y el odio cotidiano. 

PUENTE NEGRO

CULIACÁN/Niños bajo el fuego

Por Guillermo Bañuelos

Los niños de los 60 y los 70 éramos los dueños de las calles y de los parques. Por tanto, aprendimos muy temprano algunas reglas básicas para eludir peligros. ¿Balazos?, ¡al suelo!; si observan a alguien armado, ¡huye!; si te amenazan, ¡calla!

Este código de los 60, increíblemente, es útil aún hoy.

La ciudad se pobló aprisa después del boom que detonó la Presa Sanalona en los 40  y extendió sus límites con una telaraña de calles sobre lomas, arroyos y cauces de sus tres ríos, con absoluta falta de respeto al medio ambiente. 

Culiacán respiraba un aire con olor a estiércol de bestias que jalaban las Arañas y las carretas.

Sin una visión urbana definida y la mira inmediata de crecer,  los de Culiacán (como los de Chihuahua, Juárez, Tijuana, Hermosillo y otras urbes) soñábamos un sueño americanizado que arrasó de tajo en nuestra identidad un patrimonio arquitectónico que conocemos sólo por fotos.

Gobernantes, inversionistas y ciudadanos aspiraban a construir una ciudad tipo USA (¿Los Ángeles?), un modelo aún anhelado: la metrópoli extensa, autopistas urbanas, auto para cada persona, hacinamiento, rascacielos y otros elementos que sugerían progreso, placer y riqueza.

“¡Ah, cómo crece Culiacán, cuantos carros!”, nos solazamos.

La población de este pueblo aislado durante más de 400 años, de sólo 22 mil habitantes en 1940, creció a 48 mil en 1950, a 85 mil (1960), escaló a 167 mil (1970), a 304 mil (1980), a 415 mil (1990), a 540 mil (año 2,000), a 675 mil (2010) y a aproximadamente 850 mil en este momento, con lo que la concentración demográfica este día es 38.6 veces mayor a la de 1940.

Sin planeación, ni ordenamiento, ni recato, construimos una ciudad chata, horizontal e insaciable, que podría devorar pronto los lomeríos de Imala, los terrenos agrícolas irrigables del valle, Las Siete Gotas, El Tule y hasta el Cerro La Chiva.

La ciudad está atascada de autos y traumatizada también por expresiones de violencia común y de alto impacto aún peores que las del pasado, las que conocimos aquellos niños que ya vivíamos como hoy: bajo fuego.

Ya nos despertaba el estruendo de las metralletas con que remataban en el Ovalles a hombres heridos a cualquier hora.

Cómo olvidar la escena: engañado con el simulacro de un choque entre autos, salió a la calle Don Chicón Ochoa, caminó confiado y con paso lento hacia la muerte que esperaba por él a 35 metros de su casa,  y ¡pum-pum!, en dos segundos cayó inerme en la esquina de Guerrero y Escobedo.

Ingenuos, corríamos también a la cantina El Cuarto Bat a verificar que mataban a alguien. Nos familiarizamos con ver cómo muere la gente acribillada y supimos muy temprano que la vida escapa a bocanadas y a través de hemorragia.

Fuimos testigos de sucesos que incubaron la fama nuestra de ciudad violenta, mas no aprendimos qué hacer para frenar la decadencia.

A Culiacán llegaban tranvías  –camiones Tropicales-  de Los Altos con gente que venía a vender lo propio y a comprar manteca de puerco, cueros, petróleo, harina, hielo en aserrín, refrescos y otros básicos en los mercaditos Rafael Buelna y de Tierra Blanca.

En estos mercados se topaban personas “emproblemadas” y cobraban sus  venganzas.

Según los adultos, había de por medio latas mantequeras con goma de opio o los amores de una mujer.

En el Buelna funcionaba ya una terminal de camiones, y los pioneros de Líneas del Oriente tenían una propia –El Doradito- , de donde salían los primeros omnibuses de las rutas del sur, hasta Cosalá y San Ignacio, y del oriente, más allá de Tamazula.

De los altos de Sinaloa y de Durango bajaban los “buchones” auténticos: rancheros güeros y estirados con huarache de tres puntadas y cuello –Buchi, decimos aquí- pronunciado, afectados por la carencia de yodo en el agua que ingerían.

El crecimiento de la ciudad fue doloroso. Y después vendría la Cóndor.

PUENTE NEGRO

TOMAR LA CALLE/ ¿Quién contará la historia?

Por Guillermo Bañuelos

En México, aún vemos de reojo la Violencia Vial, un fenómeno global. Ante sus manifestaciones, apenas percibimos “un accidente”, “falta de cultura vial” o  “mala suerte”, aunque hablamos de seres que pierden la vida o sobreviven en condiciones de discapacidad permanente.

Víctimas de las prisas o de la sobrecarga laboral, muchos periodistas omitimos explorar el lado humano y advertir que la tragedia pudo no ser. ¿Quién contará la historia completa?

Todos hemos visto a alguien tendido en el suelo o prensado en un coche y pocos indagamos qué hay detrás de la tragedia.

En el reporteo, hay de fuentes a fuentes, aunque un investigador y redactor avezado es como el perico: donde sea es verde, y olfatea notas ‘de ocho’ en la calle o en fuentes secundarias, lo que otorga un valor agregado a su trabajo.

Gran parte de las desgracias que nos  enlutan pudieron evitarse con un dispositivo de seguridad, un señalamiento, respeto al límite de velocidad, una revisión mecánica o condiciones seguras para el peatón.

La Violencia Vial arroja saldos catastróficos. En el mundo provoca cada año un millón 240 mil muertes, pero para el 2030 podría elevarse la cifra a un millón 900 mil si no adoptamos otras formas de movilidad. En lo local, baste referir que Culiacán ha ocupado el primer lugar de muertes de niños y niñas por estas causas los últimos años (Inegi).

La buena nueva es que los culichis ya no hablamos sólo de beisbol, aguachiles, pisteadas o de dinero. Nuestra conversación incluye ya, frecuentemente, la problemática de Violencia Vial, y los periodistas quedamos entonces frente a la oportunidad de narrar una gran historia de cambio de paradigmas que podría culminar en un punto que parece lejano: el fin, o el descenso de las muertes en la calle.

Las fuentes de información acerca del fenómeno son abundantes y la percepción predominante, en el sentido de que estas historias “no interesan a nadie”, quedó atrás. Estamos metidos en el tema. ¿No cree? (revise las redes sociales).

Podríamos suponer que esto es cosa de locos, pero los resultados podrían ser enormes. Y así es esto: al iniciar otras ‘batallas de locos’ (¡ya ganadas!) ocurría lo mismo. Por ejemplo:

Hace tiempo era tolerado fumar en un restaurante, en casa o en un avión. Algunos soñadores decidieron luchar contra el tabaquismo mediante campañas que al final crearon conciencia sobre los perjuicios de este hábito nefasto. ¿Cómo limitar el derecho de un fumador a consumir un cigarrillo en donde le plazca? Qué insolencia. El reto era mayor que pedir a un culichi típico que baje la velocidad y dé el paso a un peatón.

Todo pintaba en contra. Nuestros propios padres nos dieron el mal ejemplo. El cine, con todo su poder de persuasión, indujo a millones de jóvenes a fumar. Los actores de Hollywood: Clint Eastwood, Marlon Brando, James Dean o Brad Pitt, mostraron que fumar distingue a personajes rudos, de éxito o sensuales. El proceso fue largo y, aunque “atentó” contra los intereses de una industria global multimillonaria, se va ganando.

RECUPERAR LAS CALLES, LA META

Años antes, otros “ilusos” declararon la guerra a la Violencia Vial en muchas ciudades. La lucha no es contra los autos. Va contra su uso indiscriminado, que contamina, exacerba la Violencia Vial y limita los espacios públicos para que la gente camine, conviva y juegue. La cruzada plantea alternativas claras: formas de transporte sustentables, sistemas integrales de transporte público, andadores y banquetas seguras, ciclovías e infraestructura amable para la gente, no sólo para al auto, Su Majestad desde hace más de un siglo.

El objetivo es tomar la calle y, como en el caso del tabaco, salvar vidas humanas. El proceso, aunque lento, camina.

Pero, ¿quién narrará la historia?