PUENTE NEGRO

RUTINA BÍCEPS Y TRÍCEPS EN BISERIE: LA MEJOR MANERA DE HACERLO :: Rs-fitness

¿Quién lo tiene más grande? (el pie)
•Guillermo Bañuelos

La polarización política y social -como la pandemia- no amaina. En consecuencia, la calidad del debate político se ha estancado en un nivel similar al de aquel duelo entre chamacos que discuten acalorados quién tiene el ‘gato’ (bíceps) más pronunciado, quién lo tiene más grande (el pie) o quién lo llega más lejos (el escupitajo). La competencia descrita es clásica de la adolescencia, del proceso de crecimiento y de cambios que todos cruzamos y que nos prepara para llegar a la edad adulta, cuando al fin somos responsables de lo que hacemos, y aptos para discutir y adoptar decisiones sensatas. Con las personas, ordinariamente, tal progreso se cumple de manera natural, a diferencia de lo que pasa ahora en la vida pública, donde apreciamos algunos signos propios de la adolescencia con políticos dedicados a medir sus potencialidades particulares sin atender a sus obligaciones.La Consulta Popular celebrada el 1 de agosto, ordenada por la Constitución, dejó ver claras deficiencias en su ejecución, por un lado, pero también ofrece la oportunidad de disponer en México de una herramienta que propicie la participación de los ciudadanos en temas comunes y de importancia nacional. La primera Consulta reflejó con nitidez la baja calidad del debate político. El primer ejercicio de Consulta, que debería ser motivo de orgullo para todos, se convierte de pronto en un nuevo motivo de confrontacion entre “nosotros” y “los otros”. Así cómo. Hagamos votos para que la Consulta Popular no solo se quede, sino se perfeccione. El instrumento puede dar valor -mediante el voto libre y secreto- a la voluntad individual y colectiva en un país en el que los  gobernantes asumen poderes ‘superiores’ y suelen tomar decisiones de manera vertical,  personalizada y en lo oscuro. De estos hay mil ejemplos en el pasado y aún en el presente (…habrá clases presenciales, llueve, truene o relampaguee).Ante la dificultad para entendernos, tenemos pocos recursos, pero nos queda perfeccionar la figura de la Consulta como medio para llegar a acuerdos sustanciales. Para lograrlo, sin embargo, no es útil una visión romántica sobre este ordenamiento, sino, de inicio, un diagnóstico para precisar errores fundamentales del proceso celebrado el 1 de agosto, que habrá que corregir a fin de que el resultado sea confiable para todos.Como en cualquier duelo deportivo de buen nivel, empecemos por aclarar las reglas y empoderar al árbitro para que cumpla su papel con libertad y eficiencia. ¿Cómo cumplirá éste su rol si a las mentadas de madre de las tribunas sumamos las zancadillas de los dueños de los equipos y de los mismos jugadores? Elementalmente, también, las consultas próximas deberán ser sobre temas específicos, de interés nacional, con preguntas claras: concisas, macizas y precisas. Adiós al estilo cantinflesco pues ya va siendo hora de entendernos, mi Chato, que este país se nos puede deshacer entre las manos.  

PUENTE NEGRO

¿Más caldo de cultivo para el odio?

Por Guillermo Bañuelos

Caminar al amanecer por la orilla del río, cuando todos duermen, oxigena, resetea la mente, fortalece los pulmones y el propio sistema inmunológico. Pero está prohibido. Pero deambular a cualquier hora dentro del Costco, por ejemplo, se permite.

¿Cómo? Uno entra ‘protegido’ con cualquier cubre-bocas a un bodegón inmenso, cerrado herméticamente, con ventilación artificial, sin rutas o puertas de escape seguras… a un paraíso para el COVID-19, junto a cientos de personas que posan sus manos encima de miles de artículos. No cuadra.

Esta permisividad parece un error, según la apreciación arbitraria de un ciudadano semi enclaustrado desde hace 43 días, víctima del insomnio, esclavo del tiempo y asido a escasas herramientas útiles para evitar el desespero.

Quizá está divagación sea disruptiva en el contexto de un esquema de control sanitario rígido, basado en el aislamiento del individuo, quien debe acatar las reglas y no contribuir a empeorar la situación de una ciudad convertida ya en un foco rojo. 

FOCO ROJO

Una parte importante de la población nos quedamos en casa por miedo a la muerte o por un auténtico sentido de responsabilidad con quienes nos rodean en casa y con la ciudad misma.

Otros, no. Les vale. Muchos pululan por ahí recreando el ocio, víctimas de una debilidad de carácter que les impide sujetarse a la disciplina y no ser agentes de contagio. 

Otros continúan trabajando para llevar el alimento a casa -si no, ¿quién alimentará a sus hijos?- o para no ser despedidos, más un número indeterminado de hombres y mujeres desempleados, sin dinero y sin asistencia social de ningún tipo, que salen en búsqueda del pan diario. 

¿Hacen mal estas personas? Uno haría lo mismo.

¿Sabe usted que esto ocurre alrededor nuestro? Si no lo sabe, usted vive fuera de la realidad. 

Es difícil juzgar adecuadamente a este segmento de desprotegidos 

pues desconocemos sus motivos.

En lugar de la condena automática, sería justo voltear hacia ellos y pensar desde ahora qué haremos después de la ola de infecciones y de muertes y de una nueva crisis económica que, pronostican los que saben, se avecinan. 

Despertemos.

No veamos en esta tragedia 

-nuestra tragedia-  un nuevo caldo de cultivo para alimentar más la polarización y el odio cotidiano. 

PUENTE NEGRO

CULIACÁN/Niños bajo el fuego

Por Guillermo Bañuelos

Los niños de los 60 y los 70 éramos los dueños de las calles y de los parques. Por tanto, aprendimos muy temprano algunas reglas básicas para eludir peligros. ¿Balazos?, ¡al suelo!; si observan a alguien armado, ¡huye!; si te amenazan, ¡calla!

Este código de los 60, increíblemente, es útil aún hoy.

La ciudad se pobló aprisa después del boom que detonó la Presa Sanalona en los 40  y extendió sus límites con una telaraña de calles sobre lomas, arroyos y cauces de sus tres ríos, con absoluta falta de respeto al medio ambiente. 

Culiacán respiraba un aire con olor a estiércol de bestias que jalaban las Arañas y las carretas.

Sin una visión urbana definida y la mira inmediata de crecer,  los de Culiacán (como los de Chihuahua, Juárez, Tijuana, Hermosillo y otras urbes) soñábamos un sueño americanizado que arrasó de tajo en nuestra identidad un patrimonio arquitectónico que conocemos sólo por fotos.

Gobernantes, inversionistas y ciudadanos aspiraban a construir una ciudad tipo USA (¿Los Ángeles?), un modelo aún anhelado: la metrópoli extensa, autopistas urbanas, auto para cada persona, hacinamiento, rascacielos y otros elementos que sugerían progreso, placer y riqueza.

“¡Ah, cómo crece Culiacán, cuantos carros!”, nos solazamos.

La población de este pueblo aislado durante más de 400 años, de sólo 22 mil habitantes en 1940, creció a 48 mil en 1950, a 85 mil (1960), escaló a 167 mil (1970), a 304 mil (1980), a 415 mil (1990), a 540 mil (año 2,000), a 675 mil (2010) y a aproximadamente 850 mil en este momento, con lo que la concentración demográfica este día es 38.6 veces mayor a la de 1940.

Sin planeación, ni ordenamiento, ni recato, construimos una ciudad chata, horizontal e insaciable, que podría devorar pronto los lomeríos de Imala, los terrenos agrícolas irrigables del valle, Las Siete Gotas, El Tule y hasta el Cerro La Chiva.

La ciudad está atascada de autos y traumatizada también por expresiones de violencia común y de alto impacto aún peores que las del pasado, las que conocimos aquellos niños que ya vivíamos como hoy: bajo fuego.

Ya nos despertaba el estruendo de las metralletas con que remataban en el Ovalles a hombres heridos a cualquier hora.

Cómo olvidar la escena: engañado con el simulacro de un choque entre autos, salió a la calle Don Chicón Ochoa, caminó confiado y con paso lento hacia la muerte que esperaba por él a 35 metros de su casa,  y ¡pum-pum!, en dos segundos cayó inerme en la esquina de Guerrero y Escobedo.

Ingenuos, corríamos también a la cantina El Cuarto Bat a verificar que mataban a alguien. Nos familiarizamos con ver cómo muere la gente acribillada y supimos muy temprano que la vida escapa a bocanadas y a través de hemorragia.

Fuimos testigos de sucesos que incubaron la fama nuestra de ciudad violenta, mas no aprendimos qué hacer para frenar la decadencia.

A Culiacán llegaban tranvías  –camiones Tropicales-  de Los Altos con gente que venía a vender lo propio y a comprar manteca de puerco, cueros, petróleo, harina, hielo en aserrín, refrescos y otros básicos en los mercaditos Rafael Buelna y de Tierra Blanca.

En estos mercados se topaban personas “emproblemadas” y cobraban sus  venganzas.

Según los adultos, había de por medio latas mantequeras con goma de opio o los amores de una mujer.

En el Buelna funcionaba ya una terminal de camiones, y los pioneros de Líneas del Oriente tenían una propia –El Doradito- , de donde salían los primeros omnibuses de las rutas del sur, hasta Cosalá y San Ignacio, y del oriente, más allá de Tamazula.

De los altos de Sinaloa y de Durango bajaban los “buchones” auténticos: rancheros güeros y estirados con huarache de tres puntadas y cuello –Buchi, decimos aquí- pronunciado, afectados por la carencia de yodo en el agua que ingerían.

El crecimiento de la ciudad fue doloroso. Y después vendría la Cóndor.