PUENTE NEGRO

TOMAR LA CALLE/ ¿Quién contará la historia?

Por Guillermo Bañuelos

En México, aún vemos de reojo la Violencia Vial, un fenómeno global. Ante sus manifestaciones, apenas percibimos “un accidente”, “falta de cultura vial” o  “mala suerte”, aunque hablamos de seres que pierden la vida o sobreviven en condiciones de discapacidad permanente.

Víctimas de las prisas o de la sobrecarga laboral, muchos periodistas omitimos explorar el lado humano y advertir que la tragedia pudo no ser. ¿Quién contará la historia completa?

Todos hemos visto a alguien tendido en el suelo o prensado en un coche y pocos indagamos qué hay detrás de la tragedia.

En el reporteo, hay de fuentes a fuentes, aunque un investigador y redactor avezado es como el perico: donde sea es verde, y olfatea notas ‘de ocho’ en la calle o en fuentes secundarias, lo que otorga un valor agregado a su trabajo.

Gran parte de las desgracias que nos  enlutan pudieron evitarse con un dispositivo de seguridad, un señalamiento, respeto al límite de velocidad, una revisión mecánica o condiciones seguras para el peatón.

La Violencia Vial arroja saldos catastróficos. En el mundo provoca cada año un millón 240 mil muertes, pero para el 2030 podría elevarse la cifra a un millón 900 mil si no adoptamos otras formas de movilidad. En lo local, baste referir que Culiacán ha ocupado el primer lugar de muertes de niños y niñas por estas causas los últimos años (Inegi).

La buena nueva es que los culichis ya no hablamos sólo de beisbol, aguachiles, pisteadas o de dinero. Nuestra conversación incluye ya, frecuentemente, la problemática de Violencia Vial, y los periodistas quedamos entonces frente a la oportunidad de narrar una gran historia de cambio de paradigmas que podría culminar en un punto que parece lejano: el fin, o el descenso de las muertes en la calle.

Las fuentes de información acerca del fenómeno son abundantes y la percepción predominante, en el sentido de que estas historias “no interesan a nadie”, quedó atrás. Estamos metidos en el tema. ¿No cree? (revise las redes sociales).

Podríamos suponer que esto es cosa de locos, pero los resultados podrían ser enormes. Y así es esto: al iniciar otras ‘batallas de locos’ (¡ya ganadas!) ocurría lo mismo. Por ejemplo:

Hace tiempo era tolerado fumar en un restaurante, en casa o en un avión. Algunos soñadores decidieron luchar contra el tabaquismo mediante campañas que al final crearon conciencia sobre los perjuicios de este hábito nefasto. ¿Cómo limitar el derecho de un fumador a consumir un cigarrillo en donde le plazca? Qué insolencia. El reto era mayor que pedir a un culichi típico que baje la velocidad y dé el paso a un peatón.

Todo pintaba en contra. Nuestros propios padres nos dieron el mal ejemplo. El cine, con todo su poder de persuasión, indujo a millones de jóvenes a fumar. Los actores de Hollywood: Clint Eastwood, Marlon Brando, James Dean o Brad Pitt, mostraron que fumar distingue a personajes rudos, de éxito o sensuales. El proceso fue largo y, aunque “atentó” contra los intereses de una industria global multimillonaria, se va ganando.

RECUPERAR LAS CALLES, LA META

Años antes, otros “ilusos” declararon la guerra a la Violencia Vial en muchas ciudades. La lucha no es contra los autos. Va contra su uso indiscriminado, que contamina, exacerba la Violencia Vial y limita los espacios públicos para que la gente camine, conviva y juegue. La cruzada plantea alternativas claras: formas de transporte sustentables, sistemas integrales de transporte público, andadores y banquetas seguras, ciclovías e infraestructura amable para la gente, no sólo para al auto, Su Majestad desde hace más de un siglo.

El objetivo es tomar la calle y, como en el caso del tabaco, salvar vidas humanas. El proceso, aunque lento, camina.

Pero, ¿quién narrará la historia?

El Peligro de Caminar

¿Qué hace que tantos miembros de esta comunidad conduzcamos de manera tan irresponsable? No respetamos límites de velocidad, proyectamos los vehículos como obuses contra quienes osan cruzar una calle (una conducta equiparable a intento de homicidio), y reaccionamos de manera desquiciada ante cualquier incidente.

Sucedió en Culiacán: hace unos años, alguien bajó de su auto y asesinó a balazos al conductor de una unidad que esperaba al verde del semáforo delante de sí. La víctima retrocedió accidentalmente y tocó apenas la defensa delantera del carro del responsable del crimen. Pagó el error con su vida. Pero, pese a la indignación social, todo siguió igual.

¿Cómo explicamos esto los habitantes de Culiacán? “Es cultural, así somos y esto no va a cambiar” (¿en serio?), escuchamos decir a no pocos paisanos.

De manera inaudita, desde unas semanas, la altísima vulnerabilidad de los peatones en Culiacán es tema de discusión en los foros de las redes sociales, a partir de la conmoción que causó la muerte de una joven estudiante de la Facultad de Arquitectura hace unos pocos días. Con este hecho, quedó en relieve el peligro de caminar.

Entre miles de opiniones, leemos las de ciudadanos sensatos que defienden el derecho de todos a caminar con seguridad y piden la construcción de infraestructura urbana incluyente (no puentes). De la manera más absurda (o en broma, de plano), otros proponen hasta la cárcel contra peatones que no usen esas estructuras aberrantes (los puentes), útiles sólo vender esdpacios de publicidad y para segregar a grandes grupos sociales: ancianos, mujeres, niños y enfermos, para quienes es imposible trepar esos armatostes únicamente para no obligar a los conductores a pisar el pedal del freno unos segundos.

El evento aceleró la decisión del alcalde Jesús Estrada Ferreiro para construir pasos peatonales seguros, sobre todo en el entorno de hospitales y escuelas. De hecho, inauguró ya uno de estos pasos frente al Hospital del ISSSTE, lo que le acarreó tanto aplausos como críticas, sin que esto altere su decisión: hay que proteger a los peatones.

La neta, hay que respaldar a Estrada en este empeño.

De persistir, la autoridad no quedaría sola frente al reto que significa corregir el gran desorden que persiste en la vía y el espacio público.

Desde hace unos años, decenas o cientos de ciudadanos se ocupan en observar esta problemática, de denunciar anomalías y proponer soluciones, principalmente desde organismos como ProCiudad y MAPASIN.

El resto es enorme: las calles de Culiacán están cada día más atascadas de autos, sin banquetas adecuadas y suficientes.

No hay  árboles suficientes que protejan a los peatones de la inclemencia del clima (infernalmente bochornoso).

Por si fuera poco, la ciudad registra las tasas más altas de accidentes de tránsito, de lesionados y muertes de todo México. 

Mientras, el parque vehicular creció diez veces entre 1980 y el 2015: de 41,050 vehículos registrados, 454,160. Si sumamos los autos importados sin registro, quizá la cifra supere el medio millón de unidades que circulan en una ciudad de alrededor de 850 mil habitantes.

La normalización de la tragedia

-Entre la utopía y la ficción-

Por Guillermo Bañuelos

La condolencia ante la desgracia ajena distingue a los de Culiacán. En algunas comunidades rurales vecinas y en los barrios viejos, cuando la desgracia o la muerte toca a la puerta de algún vecino, calla la música y cesa la algarabía. Solidaria, la gente suspende el baile o los festejos porque “hay cuerpo” (velación).

Este rasgo, que enaltece a un pueblo sojuzgado y afamado por la presencia del narco y la violencia crónica, parece estar en peligro de extinción.  

Con el cada vez más socorrido “cada quien su pedo”, los culichis disculpamos nuestra indiferencia e, inconscientes, normalizamos lo trágico y el horror.

Sin respeto a las familias, tratándose de un asesinato, por ejemplo, en Culiacán es común escuchar una sentencia inmediata y expedita: “¡andaba mal!”. Sin conocer  a la víctima, ni su pasado, ni sus actividades, clavamos la estaca sin misericordia: “se lo buscó”.

Hace días, cientos de usuarios de las redes sociales reaccionaron con desdén y hasta mofa ante la muerte de una joven estudiante de Arquitectura y de un joven motociclista.

El evento fue ocasión para pretexto para juzgar con furia y determinar que los atropellamientos de personas son consecuencia no de la infraestructura urbana inadecuada, ni de las altas velocidades y la pésima conducción que distingue a una gran parte de los conductores, sino, en pocas palabras, de la irresponsabilidad de las propias víctimas al cruzar las calles.

Aprisa, éstos sentenciaron que estos deben obligar a los diputados a hacer leyes con multas fuertes y cárcel contra los peatones que no usen el espacio público “debidamente”.

El suceso, por supuesto, causó dolor en ciudadanos que lamentaron la pérdida de estas vidas y la falta de infraestructura para el cruce seguro de miles de peatones entre CU y el Jardín Botánico y produjo una reacción inmediata del rector Juan Eulogio Guerra, quien anunció que la UAS y el Ayuntamiento de Culiacán efectuarán una intervención urbana en el entorno de Ciudad Universitaria para prevenir y corregir riesgos.

Estas tragedias convierten a Culiacán en uno de los municipios de México –INEGI- con mayor número de accidentes viales y de muertes en choques o por atropellamiento. Asómbrese (si usted conserva capacidad de asmbro): en 2015 ocupamos el primer lugar nacional por número de niños fallecidos en las calles en este tipo de siniestros.   

Con los nuevos modos implacables de enjuiciar a los otros, ¿podremos satanizar “el descuido” de estos niños que ya no viven y solapar que los conductores culichis seamos tan irresponsables, si no es que criminales? 

En Culiacán se libra una batalla despiadada entre los peatones y medio millón de vehículos manejados por los peores conductores del país (dicho por nosotros mismos con jactancia).  En esta lucha, estamos en desventaja plena ante miles de autos convertidos en armas mortales.

En Culiacán se asoman características propias de urbes caóticas, donde el ser humano es amenazado por la pobreza, la segregación social y la indiferencia de miles de personas que no vemos ni entendemos las necesidades de ‘otros’.

Sin más opción, desde hace muchas décadas, Culiacán adoptó una cultura global generada por el boom de la industria automotriz en los albores del siglo pasado, según la cual el diseño de las ciudades  debe obedecer a las exigencias de los automovilistas.

Así, en las ciudades olvidamos al peatón, aunque muchas urbes han reconvertido esta tendencia y son ejemplo ahora de sustentabilidad.

Parece inalcanzable, pero soñemos.  Algún día, cuando el futuro nos alcance, quedaremos obligados a hacer lo mismo que aquéllos, aunque a un costo cada día mayor en la medida que dilatemos el momento de arranque o del grado de complicación que alcance este problema de salud pública.

¿Qué ocurrirá si la expansión de la mancha urbana sigue sin control, ni planificación, y si perseveramos en el abuso de los autos como modo casi único de transporte?

Aunque parece utópico esperar que suceda un cambio en las formas de diseñar y de utilizar el espacio público, la buena nueva es que otros pueblos lo han conseguido.