ZONA POLITEiA: LA GUERRA EN UCRANIA SEGÚN KISSINGER.

25 de febrero de 2022

César Velázquez Robles

La guerra en Ucrania ha comenzado. O reiniciado, según se vea. Para algunos, lleva ya ocho años y alrededor de 15 mil muertos. Para otros, es la respuesta rusa al acoso y el cerco que, según Putin y sus estrategas, Occidente les ha impuesto con la expansión de la OTAN hasta sus fronteras mismas. Los juegos de guerra no han terminado en fuegos de artificio, sino en fuego real, con una brutal ofensiva que en tan solo unas horas de ataque, según los medios rusos, ha dejado una parte de la infraestructura militar ucraniana inutilizada. Parafraseando al poeta-profeta, Luis F. González, podría decirse que “la herida está fresca y el viejo oso soviético agazapado”.

Su reacción es violenta y plantea un abierto pulso a las democracias europeas, al modelo liberal occidental, al poderío militar de los Estados Unidos y en general a todos aquellos que en distintas partes del mundo combaten a la economía capitalista de casino que se ha instaurado en Rusia. Porque eso es lo que ahora representa Rusia para el mundo: miseria, hambre, injusticia, represión, ausencia de libertades. Ese es el modelo que defienden dictadores como los de Venezuela, Nicaragua o Cuba.

Esta lógica de destrucción y muerte debe ser frenada. Y desde nuestro espacio vital, desde donde hacemos nuestra convivencia cotidiana, debemos movilizarnos en defensa de la vida, en contra de la muerte y de quienes quieren llevar al mundo al borde de un nuevo cataclismo. Podemos y debemos hacerlo como parte de nuestro compromiso ético como ciudadanos que aspiramos a una convivencia civilizada. Recuerdo cómo todavía en mis años juveniles, salíamos desde las aulas universitarias a expresar nuestro rechazo a la guerra de Viet Nam, la solidaridad con la revolución cubana, la demanda de libertad de Nelson Mandela, todo ello organizado siempre por una combativa Federación de Estudiantes Universitarios de Sinaloa, con figuras como Liberato Terán, Rito Terán, Jesús Michel Jacobo, entre muchos otros. ¿No podemos ahora hacer lo mismo? Es una iniciativa que ahora, en estos momentos difíciles para el mundo, propongo a representaciones de la sociedad civil, a estudiantes, a sindicatos y organizar una acción que muestre el compromiso de los sinaloenses con la libertad, la justicia, la democracia y por la vida.

¿Que lo que pase en Ucrania es ajeno para nosotros? No lo creo. Como dice el lugar común: vivimos en una aldea global. El de hoy es un mundo interdependiente, y gestionar esta relación compleja demanda empatar las prácticas locales con una visión de conjunto de lo que pasa en las más diversas latitudes. Pongo un solo ejemplo: ha iniciado la guerra y de inmediato el precio del petróleo se ha disparado por encima de los 100 dólares por barril. En México, que exporta petróleo por cerca de 25 mil millones de dólares, las finanzas públicas experimentarán un efecto positivo, pero las finanzas del sector privado experimentarán un efecto negativo, ya que se encarecerán muchos de los insumos que requieren los procesos productivos, además de que los consumidores, como consecuencia del efecto inflacionario, experimentarán una severa merma en sus ingresos.

Mientras sigo con atención el aluvión informativo sobre la violencia que se ceba sobre Ucrania –confirmando que mucha información no significa estar mejor informado—leo un artículo de Henry Kissinger, el ex secretario de Estado de los Estados Unidos en los años 70 del siglo pasado, publicado en el The Washington Post, cuya lectura es muy recomendable para entender las raíces del conflicto y algunos escenarios de solución. Recuerda Kissinger que Ucrania ha sido parte de Rusia durante siglos, y sus historias han estado entrelazadas; ha sido parte integral de la historia rusa, y la parte occidental del país fue incorporada a la Unión Soviética en 1939, cuando Hitler y Stalin dividieron su territorio. Un dato central, clave, decisivo, para entender la fuerza, influencia y poderío ruso, que recuerda el estratega estadounidense, es que, Crimea, 60 por ciento de cuya población es rusa, se convirtió en parte de Ucrania sólo en 1954, cuando Nikita Kruschev –ucraniano de nacimiento—y en ese tiempo jefe del partido, jefe del Estado y de todo cuanto se movía en la Unión Soviética, se la otorgó como parte de la celebración del tercer centenario del acuerdo de Rusia con los cosacos.

Además están como parte de este coctel explosivo asuntos del idioma y cuestiones religiosas. La parte occidental habla ucraniano; la parte del este habla ruso; la parte occidental es ampliamente católica, y la contraparte está muy identificada con la iglesia ortodoxa rusa. En tales condiciones, tratar de controlar a una de las partes conduciría eventualmente a una guerra civil o a una ruptura. Además, Ucrania ha sido independiente por solo 23 años, y previamente había estado bajo algún tipo de dominio extranjero desde el siglo XIV de ahí que sus líderes, dice Kissinger, no hayan aprendido el arte del compromiso: La política post-independentista de Ucrania demuestra claramente que la raíz del problema subyace en los esfuerzos de los políticos ucranianos por imponer su voluntad sobre las partes rebeldes del país, sean de una facción o de la otra.

No me extiendo más sobre el tema, pero los elementos apuntados dan cuenta de la naturaleza compleja del conflicto que, en los momentos actuales, expresa la férrea determinación de los rusos de impedir a costa de lo que sea que la OTAN se instale en territorio ucraniano. Este es el fondo de la especie de “blitzkrieg” que ha puesto en marcha la Rusia que nunca ha renunciado a sus pretensiones de gran potencia.

ZONA POLITEiA ¿El caso de la “casa gris” está prácticamente concluido?

24 de febrero de 2022

César Velázquez Robles

Lo que fue un tema de la agenda pública que rápidamente pudo haberse atendido y resuelto con disposición y buena voluntad presidencial para que a través de las investigaciones pertinentes se esclareciera este affaire, escaló rápidamente, contribuyendo a la polarización política que, a estas alturas, ha penetrado ya por todos los intersticios de nuestra convivencia.

Desde que estalló el caso, hace poco más de tres semanas, algunos especialistas advirtieron que el presunto caso de conflicto de interés que significaba la casa de Houston, no constituía per se un delito, y que abrir el asunto al escrutinio permitiría resolverlo sin desdoro para las partes. En esa línea, escribí mi colaboración para Punto Crítico Sinaloa Digi TV el 16 de febrero, en el que planteé: “Un asunto aparentemente sencillo, que según los entendidos no configura un delito, el de conflicto de interés, se ha convertido en una enorme bola de nieve que pone gravemente en entredicho el discurso anticorrupción del presidente. Pero lo suyo es no retroceder. Aceptarlo sería el fin del mito.

En su lugar, ha imperado un discurso de excesos verbales, planteando el asunto como una gran disputa por la nación entre “buenos” y “malos”, y haciendo chuza con todos los periodistas, analistas y comentaristas que, a juicio del poder, están al servicio de los peores intereses injerencistas o golpistas. Esto es, un lenguaje endurecido, que excluye, y que se inscribe en una lógica de guerra con todo lo que ello significa.

Pero volviendo al tema: ayer, en El Financiero, Raymundo Riva Palacio abordó el asunto, y apuntó que la auditoría para saber si hubo o no conflicto de interés, fue realizada por un prestigiado despacho de abogados “que entre sus especialidades está el cumplimiento corporativo de normas éticas”. “En la auditoría no se encontró ninguna implicación con el hijo del presidente, ni comportamiento inapropiado por parte de Baker Hughes en la operación de arrendamiento”.

Dada nuestra cultura y la inveterada costumbre de hacer investigaciones y auditorías a modo para exculpar a figuras del poder económico y político de sus eventuales responsabilidades, es natural, dice Riva Palacio, que se homologuen las acciones para cumplir con normas éticas que se llevan a cabo en México y Estados Unidos. Sin embargo, en el país vecino, “individuos y empresas saben que si cometen un delito pueden ser descubiertos y pagar con multas y cárcel su ilegalidad”.

El asunto es que aquí no se corre ese riesgo: se violenta la legalidad, se transgrede la ley, se asumen los asuntos públicos como si fuesen una extensión de los asuntos particulares, y se premia la corrupción. No ocurre así en Estados Unidos, donde, dice Riva Palacio, “el cumplimiento de las normas éticas se ha vuelto un instrumento de gobierno corporativo fundamental desde principios de este siglo”, y después de escándalos de corrupción de grandes conglomerados y consorcios, “la ley busca la protección de los accionistas, los empleados y el público en general de las malas prácticas, con previsiones que vigilan los conflictos de interés, castigando la opacidad, exigiendo la transparencia y obligando a que las empresas tengan auditores externos”.

Así las cosas. Ocurre, sin embargo, que los discursos excluyentes en este y en casi todos los temas, dominan la conversación pública. Quienes están convencidos desde el principio de que estamos ante un caso de corrupción del poder o de que la auditoría ha sido un procedimiento a modo para ocultar los malos manejos entre la empresa y el gobierno mexicano, no cambiarán de parecer. A su vez, quienes están convencidos de que todo fue un tinglado armado por la mafia del poder, refirmarán su discurso beligerante y sentirán que tienen ahora más motivos para perseguir y castigar a quienes pusieron en entredicho la prístina y acrisolada honradez del presidente.

ZONA POLITEiA Exigencia ética: corregir el despropósito verbal

23 de febrero de 2022

César Velázquez Robles

Cuando los despropósitos verbales empiezan a aparecer y apoderarse de nuestra vida pública, eso significa, como se titularía en español uno de los excelentes textos de Tony Judt, que “algo va mal”. Me refiero al documento suscrito por los senadores de morena en apoyo al presidente López Obrador, que flaco servicio le hace a la democracia, al señalar que el primer mandatario es la viva encarnación del pueblo, la nación y la patria, y que quienes se oponen a la gesta transformadora en curso, son una cáfila de traidores. En consecuencia, ya se sabe qué se hace con los traidores: se les persigue, se les encarcela, se les reprime y si todo eso no bastara, se les pasa por las armas.

Creo que este exceso verbal lo metió de contrabando el redactor del texto de marras, y es un autogol al equipo morenista. Por supuesto que entre los senadores –de eso estoy seguro— más de alguno se dio cuenta de este lenguaje de madera que llama al exterminio, pero que decidió pasar por alto el asunto, en un momento en que hay una férrea competencia entre seguidores y aduladores por ver quién es el que es capaz de llevar más lejos la abyección. Creo que hasta el presidente, al que se ve que le gusta la desmesura en los elogios, se debe haber ruborizado un poco al leer esa parrafada del texto senatorial que ha pasado ya a la historia como una de las grandes infamias de esta convulsa fase de la vida política del país.

El pasado 17 de febrero, abordé en este espacio de Punto Crítico Sinaloa Digi TV este penoso asunto, y escribí lo siguiente: Quisiera pensar que fue el desaseo de la redacción de la proclama incendiaria de los senadores, y no que ese es su verdadero pensamiento. Si fuese lo primero es imperdonable entre los miembros de la cámara alta, y si es lo segundo, es de una gravedad extrema, que debe llamar nuestra atención y entender que ahora sí, como nunca antes, están en grave riesgo las conquistas democráticas de estos años. Hasta hoy no he sabido de ningún senador que haya hecho alguna crítica, así sea superficial, de este documento y de este lenguaje. Los propios senadores de la oposición, tampoco han dicho algo parecido al enojo y la irritación. Nada. Han sido los comentaristas, esos que llaman pomposamente la comentocracia, pero que no tienen más poder que el del saber y el ejercicio responsable de la crítica, los que han asumido la tarea de la oposición y han dicho algo.

Es el caso de José Woldenberg, quien en su artículo de ayer en El Universal, titulado “A declaración de parte…” apunta, a propósito del horroroso texto, lo siguiente: “Es un dislate por supuesto. Pero no solo es eso. Es el extremo al que puede llevar la sumisión ciega, la defensa ‘incondicional’ (lo dicen ellos) de su jefe, las ganas de no reconocer legitimidad a sus adversarios, que deriva en un espacio público asfixiante que imposibilita siquiera un mínimo debate en términos racionales. Se sabe o deberían saberlo por lo menos los senadores de la república: las palabras nunca son anodinas, y hace tiempo que empezaron a utilizar un lenguaje que quizá a ellos los cohesiona, pero a muchos nos aterra.”

Coincido plenamente. Por lo que a Sinaloa respecta, tenemos dos senadores de mayoría, uno de ellos es Imelda Castro, a quien conocí como militante y dirigente del Partido de la Revolución Democrática, desde donde defendió con toda dignidad el régimen de libertades que entre todos hemos construido en estos años azarosos de la transición. No sé si firmó ese desplegado o no, pero si lo firmó, sería un formidable gesto de su parte, no retirar su firma, aunque sí reconocer que hay un exceso que lastima, que daña nuestra vida democrática y dificulta nuestra convivencia civilizada.

Bueno. Veremos…