ZONA POLITEIA: EL PRESIDENTE AMLO ESTÁ EN MODO IMPOSIBLE.

03 de febrero de 2022

César Velázquez Robles

El presidente AMLO parece estar en modo imposible. Refractario a toda crítica, ni por asomo acepta siquiera la más remota posibilidad de corregir, de variar el rumbo por el que conduce al país. Defiende sus posiciones y puntos de vista con férrea determinación, y los evidentes problemas estructurales y coyunturales que estresan ya su gestión, no tienen existencia objetiva: son tan solo deseos de sus adversarios.

El país, sostiene, marcha a buen ritmo, la economía crece, se generan empleos como nunca para un mes de enero; las inversiones siguen llegando al país, las remesas aumentan y alcanzan niveles históricos. Ese es el país que dibuja a diario el presidente en sus homilías matutinas, y está firmemente convencido de que las cosas se están haciendo bien: vivimos un tiempo histórico en que se condensa la voluntad de cambio del pueblo bueno y él es el sumo sacerdote que ha de llevarlos a la tierra prometida.

El caso que mejor ejemplifica esta disonancia cognitiva es el que se refiere al tema del crecimiento de la economía mexicana en tiempos recientes. Los datos indican que la economía encadena dos trimestres consecutivos (julio-septiembre y ocubre-diciembre) con crecimiento negativo de -0.4 y -0.1 por ciento, lo que técnicamente estaría dando cuenta de una recesión. Pero el presidente, inasequible al desaliento, dice que de eso nada, que la economía creció al cinco por ciento durante el 2021, lo cual nadie niega, pero omite que cayó 8.5 puntos porcentuales en 2020, de tal modo que el PIB no alcanza el nivel que tenía antes de la pandemia. Pero, en su lógica, que retuerce hasta hacerla coincidir con sus deseos, la economía crece y no crece más, no alcanzó el seis por ciento en 2021 por causa de la pandemia, que desaceleró el ritmo sostenido que había empezado a recuperar. La tal recesión es más un deseo de sus adversarios que una realidad.

Y argumenta con tal fuerza y determinación, con una convicción tan sincera y profunda que le sale del alma, que no necesita de los buenos argumentos del vicegobernador del Banco de México, para expresar su desacuerdo con quienes insisten en que estamos ya en la recesión. Recesión, si, quizá por la duración, pero no por la extensión y profundidad, lo que obligaría a matizar. El presidente no nada en esas profundidades; el se mueve como pez en aguas someras. Sus razones no son sólidas pero tienen el peso de la pasión. Por eso hace apuestas, que inevitablemente termina por perder. Sus pronósticos son fallidos, pero eso, al final, no importa. Veamos cómo lo dijo:

“Estamos creciendo, la perspectiva es de cinco por ciento (para este año) para que se enojen, porque los expertos, los especialistas, nos están dando cuando mucho 2.5 por ciento, y yo planteo cinco por ciento… Tengo información y además soy optimista, yo espero que nos vaya bien. Imagínense que un gobernante pesimista, no, cinco por ciento y de una vez lo digo, cinco por ciento para el 23 y cinco por ciento para el 24, y mi ideal es que a pesar de la pandemia, en promedio obtengamos más del dos por ciento”.

El caso es que no hay ninguna razón de peso, más que el optimismo y el deseo presidencial de que las cosas habrán de ocurrir como las pronostica. Los datos oficiales no cuentan, los análisis carecen de los asideros en el mundo real, que él si los tiene. Son los famosos “otros datos”, que tan buenos rendimientos le han dado desde sus tiempos de candidato, no se diga ya en la presidencia.

Y si el presidente se enroca en sus posiciones, no hay poder humano que le haga reconsiderar.

ZONA POLITEiA: EL SERVICIO EXTERIOR MEXICANO A DEBATE.

02 de febrero de 2022

César Velázquez Robles

La política exterior de México es mandato constitucional, es política de Estado, y es realizada en lo fundamental por diplomáticos de carrera, nos ha recordado Bernardo Méndez Lugo, miembro del Servicio Exterior Mexicano en situación de pre-retiro, y hoy al frente de la organización no gubernamental América Sin Fronteras. Diría que es política de Estado no solo en México, sino en varias otras democracias. Constituye el consenso de las fuerzas políticas, de las que gobiernan y de las que están en posibilidades de acceder al gobierno, lo que facilita, precisamente, el desempeño de los representantes de México en el exterior. La política exterior condensa principios, valores y tradiciones de un Estado, una nación o una sociedad en sus relaciones con el mundo y que le permiten ir al encuentro de otras tradiciones y culturas, con las cuales establece un diálogo esclarecedor del pasado, presente y futuro de los pueblos. Lo malo ocurre cuando estos altos propósitos civilizatorios son sustituidos por prosaicos intereses materiales para los cuales se recurre a la política exterior. Ahí se rompe todo consenso. Es el caso, por recordar uno, de España, donde un gobierno conservador hizo de su política exterior el instrumento no para acercar pueblos, sino para hacer negocios y promover las inversiones en hoteles.

En México la doctrina Estrada, bajo la cual nos formamos ideológicamente quienes fuimos parte de las generaciones que nos tocó vivir una parte importante de los regímenes (semi)autoritarios priistas, nos hacía repetir casi de manera mecánica los principios de soberanía, no intervención    y autodeterminación de los pueblos –puestos de moda otra vez en estos tiempos— y que era una excelente coartada para que los críticos del exterior del sistema político verticalista no metieran sus narices por aquí. Creo que esos postulados eran funcionales en sociedades cerradas, pero en una época en que predominan los mercados económicos y políticos abiertos, las coordenadas de la política exterior han cambiado. Para decirlo de otra manera: se han desnaturalizado. En el caso de México ocurrió durante la gestión de Fox, con Jorge Castañeda como secretario de Relaciones Exteriores, quien rompió con la ortodoxia en este campo e impuso, para el enojo del priismo, una visión heterodoxa en las relaciones con el mundo.

Méndez Lugo nos dice que la política exterior es realizada en lo fundamental por diplomáticos de carrera. Ciertamente, pero de unos años para acá, el servicio exterior ha sido colonizado por políticos, y las embajadas y consulados han sido destinos para cartuchos quemados, amigos del poder, adversarios del poder a quienes no se quiere cerca, u hombres de negocios, marginando de esos cargos a quienes se han formado en el servicio profesional de carrera. 

Es natural, entonces, que se genere un ánimo adverso y advierto que ese ánimo es el que impera en la Asociación del Servicio Exterior Mexicano. Las voces críticas que en estos días se han escuchado a propósito de algunos casos penosos, debería ser motivo de reflexión de nuestros políticos, cuyos despropósitos y desfiguros en nada ayudan a proteger y preservar el prestigio de nuestros diplomáticos.

El poder puede creer que con el mismo desparpajo con que ejerce su autoridad dentro del país, puede hacerlo donde lo desee. El retraso a la petición del plácet para Quirino fue la no respuesta en tiempos normales a los excesos verbales en demanda de que España reconociera que se pasó cuatro pueblos en la Conquista y durante el Virreinato. Pero el caso extremo lo constituye en estos días, el caso del historiador y académico Pedro Salmerón, de quien el presidente hizo una defensa numantina para que fuese nuestro embajador en Panamá.

Pues no. Resulta que siempre no. El gobierno de Panamá, a través de su secretaria de Relaciones Exteriores pidió al gobierno de México que no solicitara el beneplácito para Salmerón, sobre quien pesan acusaciones de acoso sexual en su paso por el ITAM, lo que provocó la molestia presidencial: “Lo propusimos para embajador en Panamá, y como si fuese la Santa Inquisición, la ministra o canciller se inconformó que porque no estaban de acuerdo”.

Bueno. Una mancha más al tigre. Pero no para nuestro Servicio Exterior. Más bien, para el poder que en su desmesura cree que puede hacer lo que le venga en gana.

ZONA POLITEIA: LOS MATICES DE JONATHAN HEATH.

01 de febrero de 2022

César Velázquez Robles

Ayer lunes, 31 de enero, se dio a conocer lo que ya más o menos todos los analistas económicos sabían: que en el último trimestre de 2021 tuvimos un crecimiento negativo (-0.1 por ciento) que, junto al decremento del trimestre precedente del orden de -0.4 por ciento, configuraba lo que desde el punto de vista técnico se asume como una recesión económica. Y esta recesión, para colmo de males, se empata con la inflación más alta vivida en los últimos 20 años, perfilando uno de los fenómenos más siniestros y destructivos para la estructura de producción, distribución y consumo: la temida estanflación. Frente a este escenario, que está ahí ya, que no se advierte en lontananza, sino que gravita ya sobre la vida cotidiana de millones de productores y consumidores, el gobierno no puede ni debe seguir emprendiendo una fuga hacia adelante ni abriendo cajas chinas para desviar la atención de nuestros problemas reales –de estructura y de coyuntura–, sino convocar a un pacto social de todos los actores productivos y sociales para diseñar e implementar una estrategia que evite seguir esta marcha hacia el abismo. Tal es el papel que corresponde a un auténtico liderazgo: una convocatoria amplia, abierta, pluralista, al margen de todo prejuicio político o ideológico, animado por una voluntad sincera de que necesitamos un consenso para salir del hoyo en el que hemos caído, y del cual el gobierno parece no darse cuenta.

Sobre esta información –ratificación de que se suman dos trimestres con crecimiento negativo— se pronunció el vicegobernador del Banco de México, Jonathan Heath, quien llamó a no sobredimensionar el hecho. Quizá tenga razón. Que se encadenen dos trimestres negativos no debiera ser motivo de alarma, pues la duración es solamente uno de los elementos a considerar en la determinación de una fase recesiva. Otros dos elementos son la profundidad y difusión. Por el momento solo se cumple con el criterio de duración, por lo que la recesión es más “mediática” que técnica. En cuanto a la profundidad, apuntó, debe ser una caída significativa y, con relación a su difusión, la caída de la actividad económica debe ser generalizada, y no concentrada en algunos sectores. De acuerdo con estos criterios, la caída no puede considerarse significativa, pues fue de tan ”solo” 0.1 por ciento, y su extensión no es generalizada, pues hubo sectores de actividad que tuvieron un crecimiento positivo.

Es cierto que hay que quitar filo a algunas visiones catastrofistas sobre el desempeño de la economía mexicana en estos tiempos de pandemia, pero en verdad que resulta muy difícil ofrecer una versión edulcorada de un aparato productivo que va dando tumbos, y que requiere un serio viraje para frenar esta caída imparable que coloca al país en los últimos lugares por su capacidad de recuperación entre las 50 economías más grandes del mundo. No digo que eso es lo que pretende el vicegobernador del Banco de México, y entiendo que sus declaraciones pretenden dar su justa dimensión a los datos que en este caso no son otros, sino justamente los datos oficiales. Y tiene razón cuando dice que “independientemente de recesión o no, prevalece un problema de falta de crecimiento”.

Sobre este tema, Heath nos mandó a estudiar. Revisen, dijo, la definición de recesión que ofrece la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER). Esto es lo que dice: “es una contracción apreciable de la actividad en toda la economía, que dura más de unos pocos meses, y que generalmente afecta la producción, el empleo, el ingreso real y otros indicadores. La recesión se inicia cuando la economía alcanza su punto máximo de actividad y termina cuando llega a su nivel más bajo”.

¿Cómo recuperar el crecimiento? Las políticas gubernamentales se han demostrado inviables. El propio presidente se mantiene en sus trece, y no hay poder humano de que lo convenza de la necesidad de un giro. Por lo visto, tendrá que ser un golpe de realidad lo que lo obligue a rectificar. Si así ocurre, ojalá que no sea demasiado tarde.