ZONA POLITEiA: Un sentimiento de indefensión frente a la pandemia.

18 de enero de 2022

César Velázquez Robles

Hay entre la población un muy extendido sentimiento de indefensión frente a la pandemia. Nos llaman desde el poder a no hacernos la prueba de antígenos covid, pues, nos dicen que si tenemos algunos síntomas, no hay que darle más vueltas al asunto: estamos contagiados. Luego, vemos, sabemos que los encumbrados se contagian y corren a hacerse la prueba. Entonces, ¿en qué quedamos? El presidente muy orondo, después de permanecer “aislado” por contagio unos días, aparece sin cubrebocas, lo cual considero que es ofensivo y humillante luego de las campañas para mantener la sana distancia, lavarse frecuentemente las manos, utilizar gel y ponerse el cubrebocas. En los días previos a su reaparición, nos anunció henchido de orgullo, que sus remedios habían sido unas pastillas de paracetamol, unas untadas de vaporub y unas caricias. Uno de nuestros mejores moneros locales lo describió magistralmente: mientras el presidente anuncia y promueve sus remedios, detrás de una mampara está un equipo de médicos, un quirófano, y todo el instrumental necesario para intervención en caso necesario. Lastima que no sea el caso de la gente común, que desesperada acude a las clínicas y hospitales públicos en busca de una prueba, tan solo una que permita acabar con la incertidumbre. Todos vivimos con el Jesús en la boca. El anunció de que en las próximas semanas más de la mitad de la población del país se contagiará, hace más dramática la situación.

Las pruebas, en este ambiente de desesperación, se han convertido en un negociazo de farmacéuticas, farmacias, establecimientos dedicados a la venta de equipo y productos médicos, y de no pocos vivales que están haciendo su agosto, como lo han hecho a lo largo de estos dos años con todo tipo de medicamentos, sobre todo con las mascarillas, a ciencia y paciencia de las autoridades, cuya ineptitud e incapacidad es ya proverbial no solo para definir una política pública en la materia, sino para poner un poco de orden frente a la actitud de avorazamiento de quienes se han dedicado a enriquecerse impunemente en estos tiempos. Resulta que en estos días una prueba rápida se está vendiendo en 300 pesos o más, y es previsible que, en un contexto de escasez –por supuesto artificial–, el precio se dispare a la estratósfera.  ¿Qué hacen el gobierno, las autoridades sanitarias? ¡Nada, absolutamente nada! Que cada quien se rasque con sus uñas. Aquí y ahora, ante la ineptitud del gobierno, ante un capitalismo salvaje y depredador, no queda otra más que encomendarse a la divina providencia, como decía el clásico.

El gobierno debería voltear a lo que está pasando en otras latitudes con el asunto de las pruebas rápidas. En varios países europeos las autoridades se han dedicado a poner orden y a impedir que los avorazados actúen de manera impune. Pongamos por caso España. Ahí, este sábado entró en vigor la disposición –publicada en el diario oficial— que establece un precio máximo para las pruebas rápidas. Ese precio es de 2.94 euros, poco más de 60 pesos al tipo de cambio actual, en realidad un precio bajo en un país en el que los mileuristas –esto es, los que ganan mil euros mensuales– forman una legión de marginados económica, política y socialmente. Esas pruebas no hace mucho llegaron a tener un precio de 15 euros. ¿Fue disposición o buena voluntad de las autoridades? No; la decisión llegó después de las protestas y reclamos de consumidores y expertos ante la escasez de pruebas frente a un claro acto de especulación contra la salud de las personas. ¿Pueden o no pueden las autoridades hacer algo? ¿No tienen fuerza ni capacidad de meter al orden a farmacéuticas, empresas distribuidoras y particulares que han montado sus negocitos con los que están obteniendo pingües ganancias? Es cierto que hace falta una asociación de consumidores con fuerza y capacidad de movilización para obligar a autoridades y particulares a actuar con mesura, sin excesos. Mientras, ajo y agua.

Bueno, dum spiro spero, mientras hay vida hay esperanza: recién se publicó un estudio del Instituto de Soluciones Globales, con sede en Barcelona, en el que establecen que la pandemia de Sars Cov-2, evolucionará hacia una situación endémica, aunque sin fijar plazos, en un esquema de evolución y desarrollo desigual. En el estudio titulado “¿Cuándo y cómo acabará la epidemia?”, se apunta: “… cada país o región probablemente hará su transición a una fase endémica en un momento diferente y de una forma distinta, pero la pandemia no será endémica hasta que todos los países hayan alcanzado esta fase”. Y añade: “la única forma de reducir este riesgo y acelerar la salida de la pandemia consiste en mantener ciertas intervenciones no farmacéuticas en vigor y garantizar un acceso verdaderamente global a vacunas y tratamientos… Las principales amenazas para la salud de esta pandemia llegarán a su fin, como ha sucedido con todas las pandemias anteriores. La cuestión es cuándo, cómo y después de cuántas muertes. El cuándo llegará probablemente en diferentes momentos en distintas partes del mundo”.

El asunto es que aquí entre nosotros no sabemos qué pasará. La intervención gubernamental es desastrosa; el responsable de la lucha contra la pandemia carece de autoridad científica y moral para orientar los esfuerzos institucionales y de la población; la población se siente indefensa y hace lo que puede para sobrellevar esta circunstancia que ha terminado por rebasar a todos; las autoridades –de todos los ámbitos, esferas o niveles—se regodean en la atención que se dispensan frente al contagio –ahí está el caso del presidente y su protegida— y, en resumidas cuentas, aquí, frente a la pandemia, no hay viento favorable porque no sabe a dónde va. Ese es el asunto.

ZONA POLITEiA: El modelo que AMLO iba a patentar.

17 de enero de 2022

César Velázquez Robles

Supongo que algo de pena debe sentir hoy el presidente López Obrador cuando recuerda sus palabras de que “patentaría” el modelo económico seguido por México para enfrentar la crisis económica, pues sin necesidad de recurrir a deuda –al contrario de lo que ocurrió con una gran cantidad de países—  según él, logró sortear los efectos más dramáticos de la caída de la actividad productiva, garantizar la estabilidad y mantener importantes expectativas de crecimiento sostenido. Resulta que no, que no habrá tal crecimiento, que las expectativas se están desinflando, que los factores endógenos no están alentando la expansión de la planta productiva, y que los factores exógenos, principalmente el dinamismo de la economía estadounidense, no están siendo los factores de arrastre de la economía nacional. Un hecho es revelador del fracaso del programa económico, del modelito a patentar: México será uno de los pocos países en el mundo cuyo producto interno bruto no recuperará este 2022 los niveles previos al estallido de la crisis económica y sanitaria estallada hace dos años.

La caída de 8.3 puntos porcentuales del PIB en 2020 no alcanzará a ser compensada con una recuperación del orden del cinco por ciento en 2021 y con un decepcionante máximo de dos puntos en 2022, según pronósticos de algunas entidades financieras. Así que habrá que esperar hasta 2023 para ver si se logra recomponer el rumbo y se cierra el ciclo sexenal en 2024 con algo de crecimiento. Es dudoso a estas alturas porque el gobierno, lejos de buscar convergencias estratégicas para gestionar de manera adecuada las interdependencias entre los agentes productivos, se ha dedicado con mucho empeño a destruir capital social, esto es, las relaciones de confianza y de cooperación en que se finca una parte importante de la expansión del aparato productivo. Así están las cosas: tanto que se criticó el magro crecimiento de la economía mexicana durante todo el periodo neoliberal, de apenas un dos por ciento, y que Rolando Cordera calificó como “estancamiento estabilizador”, para que ahora sea añorado,  visto con nostalgia ante la perspectiva sombría de un crecimiento cero a lo largo del sexenio.

Ojalá y no ocurra así. Nada me gustaría más que estar equivocado. El asunto está en que entidades financieras están revisando a la baja las expectativas de crecimiento de la economía mexicana para el cierre del 2021 y para este 2022. Bank of America Securities, por ejemplo, ha rebajado la expectativa de crecimiento para este año a 1.5 por ciento desde el 2.5 anterior, por una ralentización de la actividad económica, y para 2021 el crecimiento será de 5.2 por ciento, desde el 5.8 por ciento previo. Recordemos que a mitad del año la expectativa era elevada: la economía podría hasta el seis por ciento e, incluso, alcanzar un siete por ciento. Un dato adicional: cada punto porcentual del PIB equivale a 10 mil millones de dólares, tomando en consideración que el PIB mexicano tiene un valor de un billón de dólares. Otra entidad, Credit Suisse, establece el crecimiento de la economía mexicana en cinco por ciento para 2021, y crecerá tan solo 1.7 por ciento en 2022, retirado del 2.3 que se había estimado previamente.

¿Qué es lo que ha pasado para que estas –y otras entidades— reduzcan sus previsiones de crecimiento? Una contracción económica de 0.4 por ciento del PIB en el tercer trimestre de 2021, y una previsión de continuidad en la fase contraccionista en el cuarto trimestre. A ello, añádase la ola de covid-19 con la variante ómicron que estalló a mediados de noviembre, y que ha obligado a ralentizar varios sectores de actividad económica. Otro dato es la presencia de cuellos de botella en la cadena de suministros que afecta sobre todo al sector automotriz por la escasez de chips semiconductores. La moderación del crecimiento de la economía estadounidense, la clásica locomotora de arrastre de la economía mexicana, también impactará en las posibilidades de crecimiento, será un factor adicional que limitará en 2022 las potencialidades de crecimiento.

Veremos a fines de enero por dónde irán los acontecimientos cuando se haga público el contenido del tercer paquete de obras del Plan Nacional de Infraestructuras, que supone –solo eso, es un suponer— un acuerdo o compromiso entre los sectores público y privado para poner en marcha un amplio programa de obras para el mejoramiento de las condiciones para la expansión de la actividad económica y de inversiones productivas, esto es, inversiones con efecto acumulativo.  Es una posibilidad de recuperar algo del crecimiento perdido, pero si valoramos la expectativa por los resultados de los dos primeros paquetes, parece que no hay muchos motivos para el optimismo.

En fin, vamos a ver…

ZONA POLITEiA: Una propuesta de austeridad para exterminar al INE

14 de enero de 2022

César Velázquez Robles

El presidente López Obrador no ceja en su empeño de exterminar al INE. Recurre a todas las argucias legaloides para debilitar y arrinconar al árbitro electoral, reducir su capacidad de gestión y deslegitimar sus decisiones. La acusación sistemática de que el organismo con autonomía constitucional despilfarra los recursos públicos que recibe, que las elecciones que organiza son las más costosas del mundo, que los salarios de sus comisionados son de lujo y resultan humillantes y agraviantes para el ciudadano medio mexicano, han estado ahí, presentes de manera permanente en el espacio público, y ha permeado en la mente de un sector nada desdeñable del electorado, que también reclama con  furia mal disimulada, la destitución de Lorenzo Córdova y Ciro Murayama, así como de otros comisionados que defienden la autonomía e independencia de la institución electoral. Como he dicho en otras ocasiones, prácticamente todos estos exabruptos del poder carecen de peso. Si acaso, como he escrito en este espacio, el tema de los altos salarios si merece una reconsideración, aunque hay que decir que fueron los legisladores quienes lo decidieron, pero eso no justifica, en mi criterio, esa resistencia expresada en un amparo contra todo intento de disminuir sus percepciones. Pero volvamos al tema.

Desde un principio el INE presentó un presupuesto precautorio para el 2022 en la eventualidad de que saliese adelante la iniciativa de realización de revocación de mandato. Los casi cinco mil millones de pesos solicitados, no fueron considerados por los diputados, que además, para demostrar dónde está el poder, redujeron otras partidas. Se acudió entonces a la Suprema Corte de Justicia de la Nación y al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, en cumplimiento de los procedimientos establecidos en normas y leyes que rigen el Estado de derecho. Estas altas instancias, ante la decisión del INE de posponer el proceso, decidió en sentido contrario: que las tareas preparatorias debían continuar y que, en su momento, la Suprema Corte decidiría sobre la afectación presupuestal, núcleo duro de la controversia constitucional interpuesta por el INE.

En tanto todo esto ocurría, el INE en una muestra de flexibilidad, de compromiso con la institucionalidad democrática anunció algunas medidas tendientes a realizar ahorros y economías que permitieran liberar recursos para redireccionarlos hacia la realización del proceso de revocación de mandato. Así, informaron que se disponía de recursos del orden de 1 mil 500 millones de pesos, lo que abría un espacio para negociar con el Congreso, con las autoridades hacendarias o con el propio presidente de la República, mecanismos extraordinarios de apoyo para garantizar la revocación de mandato y la instalación de las más de 160 mil casillas, como ocurrió en la elección presidencial de 2018, y que es como justamente ordena la Ley de Revocación de Mandato. La solicitud de recursos ascendía a 1 mil 700 millones, cantidad que evidentemente permitía a las partes acercar posiciones y alcanzar una solución compartida por instituciones de Estado.

Lejos de atender este gesto de compromiso con la institucionalidad democrática, el gobierno y su bloque mayoritario en el Congreso endurecieron su discurso, y sus posiciones irreductibles cerraban toda posibilidad de alcanzar un acuerdo sobre la disposición de recursos financieros.

El presidente López anunció hace unos días, en un gesto de “generosidad” que presentaría al INE una propuesta de ahorros, de austeridad, lo que le permitiría disponer de los recursos necesarios para la revocación. Ayer, el secretario de Gobernación, que suple al presidente en las mañaneras mientras éste permanece “aislado”, hizo la presentación formal de la propuesta, que fue armada conjuntamente con altos funcionarios de la secretaría de Hacienda. He aquí algunos de elementos centrales de la propuesta:

Un ajuste presupuestario del orden de 2 mil millones de pesos, resultantes de reducir sueldos y salarios de los altos funcionarios del INE en poco más de 750 millones de pesos; reducir los gastos de operación en 1 mil 380 millones, en los que se incluye una cantidad superior a los 800 millones destinados a consulta popular y revocación de mandato y la cancelación de un par de fideicomisos que opera el INE. Todo ello, dijeron los voceros oficiales de Hacienda y de la SEFUNPU, en el mejor espíritu de la austeridad republicana, tal como actúa el gobierno federal. No solo dijeron que no había margen presupuestal para apoyar al INE, sino que el ajuste y el recorte propuesto supera en más de mil millones lo que solicita el órgano electoral para cumplir con lo que la ley le ordena.

Ayer mismo, el consejero Ciro Murayama respondió a la propuesta de austeridad del gobierno federal: “es una tomadura de pelo”, pues “piden que se afecte el fideicomiso con el que se compran los equipos de cómputo y cámaras fotográficas para emitir la credencial para votar; quieren que no se arrienden los locales donde tenemos los 800 módulos de atención ciudadana. ¿Qué pretenden? ¿Qué las computadoras están en la banqueta? Es decir, lo que estamos viendo de parte del gobierno es falta de seriedad”. Y añadió: “Lo que vimos hoy (por ayer) en la mañana es una declaración política de anticiparse a negar cualquier recurso al INE, incluso saltándose la Constitución, pretenden ellos decir cómo debe erogar sus recursos el Instituto Nacional Electoral, nos hacen propuestas que incluso violan suspensiones de la Corte, porque están proponiendo reducir prestaciones laborales que están protegidas por la Corte”.

Así están las cosas. Lejos de acercar posiciones y llegar a través del diálogo a un acuerdo, el gobierno ha decidido abiertamente apostar por la confrontación. Es un paso más en la estrategia de liquidación, de exterminio del Instituto Nacional Electoral. En el endurecimiento de un régimen que no acepta y reconoce el disenso, y que desea liquidar todo aquello que constituya un freno a un ejercicio autoritario del poder. Habrá que esperar ahora en los próximos días, en cuanto el INE informe oficialmente que se ha alcanzado la cantidad de firmas necesarias para solicitar la revocación de mandato, la decisión de la Suprema Corte sobre el reclamo presupuestario del INE. 

Diría que tampoco hay que hacerse muchas esperanzas. La Corte ha experimentado recortes en sus presupuestos recientes, y ha terminado por apechugar, es decir, no han rechistado. Quizá porque dinero es lo que les sobra; es el poder más rico de cuantos poderes hay. No es descartable entonces que diga al INE: “hágase la consulta con lo que tienen”. Darle la razón al INE, eso si que sería una auténtica sorpresa. Pero creo que eso no es posible.