AMLO y las Virtudes

AMLO y las virtudes de “un empresariado nacional
dependiente del mercado interno”
César Velázquez Robles

 

La calidad de nuestra deliberación pública es bastante pobre. El espacio donde debían darse cita las diferentes visiones sobre la realidad política nacional y estatal, ha sido copado prácticamente desde mucho tiempo antes de la elección presidencial, por el discurso del odio. Ni siquiera podríamos decir que hay mucho “ruido retórico”. No. Para nada. Lo que domina el ambiente es la descalificación, la diatriba, el insulto abierto y descarado hacia quien expresa una opinión distinta sea en las redes sociales, en los medios o en cualquier conversación cotidiana. La acusación de “reaccionario” que se lanza frente a cualquier comentario que cuestiona las acciones, decisiones y medidas que está adoptando el presidente electo, no tiene nada de inocente. Se cree firmemente en esa presunta “superioridad moral” que da estar de lado de toda iniciativa proveniente de la Cuarta Transformación. Ahí no hay espacio para la crítica, para la duda, para el cuestionamiento. La lealtad es total y absoluta.

Por eso, cuando escuchamos o leemos intervenciones en el espacio de lo público que tratan de ir más allá del ambiente político enrarecido en que nos estamos moviendo, y busca esclarecer nuestra realidad o, al menos, interpretarla sin la mirada obtusa que domina nuestras reflexiones, creemos que, pese a todo, hay posibilidades de enriquecer el debate, estimular la libre circulación de las ideas y acercar posiciones a través del reconocimiento recíproco de nuestra diversidad.

Es el caso del artículo de Gibrán Ramírez Reyes, publicado en el diario Milenio del pasado 19 de noviembre, con el título “El empresariado en la disputa por la nación”. Encontramos ahí un enfoque interesante de interpretación de la realidad política, con el que se puede discrepar o estar de acuerdo pero que, desde un mirador de libertad y tolerancia intelectual, puede y debe ayudar y contribuir a oxigenar un poco este ambiente turbio.

Ramírez Reyes abre su artículo con una afirmación que difícilmente puede ser rebatida: “La distancia entre las interpretaciones (sobre la realidad del país, se entiende) es tan grande que parece que estuviéramos viendo procesos completamente ajenos”. Y en efecto, así está ocurriendo. Hay una especie de disonancia cognitiva entre los actores de la vida política del país, que hace que el diálogo sea sustituido por monólogos y soliloquiosque, como apunto al principio, no añade valor a nuestra reflexión colectiva. El artículo aspira a romper con esa dinámica y, al compartir con el autor ese propósito, quiero también hacer mi modesta contribución a este debate.

1.- Ramírez interpreta el momento actual que vive el país desde la famosa teoría del péndulo,  planteada ya desde hace varias décadas por Daniel Cosío Villegas, y que ha ganado carta de naturalización entre analistas, historiadores, teóricos de la economía y de la política. Visto en retrospectiva, la evolución histórica del país se aborda a través de sus ciclos largos, es decir, que cubren toda una época. Así, se ha producido históricamente “por lo menos desde 1808, una lucha política entre los sectores de las élites económicas ligados al mercado interno y aquellos de vocación externa”.

2.- Habría, así, un ciclo largo de nuestra modernidad que abarca, para utilizar la terminología que busca imponer el nuevo bloque gobernante, la llamada “Primera transformación”, esto es, los prolegómenos de la lucha independentista, los inicios de la construcción del Estado-nación, la disputa entre liberales y conservadores que derivó en un inestable equilibrio de fuerzas, las intervenciones extranjeras en México y los esfuerzos de recomposición de la vida política nacional. El país en esta época fue un desastre. Ni una ni otra fuerza fue capaz de hegemonizar un proyecto de nación. No puede decirse que pudo imponerse un modelo de desarrollo hacia adentro o un modelo de desarrollo hacia afuera. Sin infraestructura, sin aparato productivo, con relaciones económicas propias de un régimen de producción mercantil simple, el país ni siquiera se asemejó a un “castillo  feudal con fachada capitalista de cartón”. Digamos que, apenas forzando mucho los hechos para acomodarlos a la teoría, podemos decir que en esta época se impusieron “las élites ligadas al mercado interno” o las de  “vocación externa”.

3.- Un segundo ciclo, no tan largo por su duración, pero si por su extensión y profundidad, es el de la Reforma, que buscó precisamente organizar ese tránsito de la producción mercantil simple a la producción mercantil desarrollada, es decir, para la implantación del capitalismo. Las leyes de este periodo tuvieron precisamente ese propósito. Fue la etapa fundacional del capitalismo en México, y es precisamente en ese sentido que puede hablarse, para seguir con la terminología en boga, de la “Segunda transformación”. Y creo que esos esfuerzos de la generación de la Reforma, de tímidos no tuvieron nada: leyes como la desamortización de los bienes eclesiásticos o la liquidación de las tierras comunales buscaron precisamente ampliar las fronteras de un capitalismo seminal que pugnaba por abrirse paso en un país que no acertaba a romper con su visión precapitalista. Si, ciertamente, podemos decir que en esta etapa de la historia del país el péndulo se movió hacia el mercado interno.

4.- La larga etapa de la modernización autoritaria, significada por la derrota del movimiento reformista que buscaba instaurar y consolidar el capitalismo en México, representó un nuevo movimiento del péndulo. El sector externo se convirtió en la locomotora de arrastre del sistema, y de esa época data el sistema de ferrocarriles que permitía conectar los centros de producción con los mercados internacionales. Esta etapa de  desarrollo hacia afuera, que de acuerdo con una tipología muy extendida puede definirse como modelo agro-minero exportador, no propició el desarrollo y florecimiento de un capitalismo interno, sino la formación de economías de enclave basadas por lo general en la superexplotación del trabajo, de donde procedía una parte fundamental del excedente económico generado. Ciertamente: el péndulo viró hacia las oligarquías que descansaban en el sector externo.

5.- El movimiento social de principios del siglo XX representó una nuevafase en esta teoría pendular de la historia. El viejo modelo de desarrollo hacia afuera que prohijó una oligarquía económica depredadora y una élite política extractiva, hizo crisis y fue sustituido por un modelo de desarrollo hacia adentro, de mercados económicos cerrados a la competencia externa, por tanto con un mercado interno cautivo. Asimismo, por un mercado político monopolizado a través de las políticas de unidad nacional que inhibiría durante mucho tiempo toda competencia seria por el poder, primero por los consensos activos en que se fincó, y luego por los consensos pasivos en que se desenvolvió el sistema político mexicano hasta ya muy avanzado el siglo XX.

6.- Este nuevo movimiento pendular “para regresar a un proyecto nacionalista fincado en las élites dependientes del mercado interno en la posrevolución mexicana… duró hasta finales de la década de los 70, cuando comenzó a incubarse la dependencia financiera del exterior y la vuelta de un proyecto contrario”, nos dice Gibrán. Aceptando sin conceder, como dicen los abogados, y reconociendo que ese largo ciclo estuvo marcado por profundas transformaciones en el orden internacional e interno, las dos guerras mundiales, la redefinición de la arquitectura financiera global, la nueva inserción estructural de las economías dependientes en el capitalismo que emergió de la segunda posguerra, la crisis petrolera de los años 70, etc., etc., solo forzando mucho el esquema analítico, se puede decir que aquí no hubo otra hegemonía que la de “las élites dependientes del mercado interno”. El correlato político del periodo de “desarrollo hacia adentro”, de fronteras cuasi-cerradas, de ausencia de competitividad económica, fue un régimen con acentuados rasgos autoritarios, con una democracia controlada y dirigida, rasgos todos ellos que pueden reproducirse  y recrearse en el caso de que ahora, como presume Gibrán, el péndulo oscile hacia un régimen más inclinado al desarrollo del mercado interno respaldado por un consejo asesor empresarial “integrado por notables miembros de la oligarquía… (que) tienen en común que son parte del empresariado nacional dependiente del mercado interno”.

7.-  Quienes hemos compartido en sus líneas más gruesas la dicotomía de Carlos Tello y Rolando Cordera en “La disputa por la nación”, asumimos que, en efecto, está por un lado, un proyecto pro-empresarial, privatizador, que deifica al mercado, y que se convirtió en dominante desde los años 80 , y por otro, un proyecto de desarrollo que se propone corregir las profundas desigualdades económicas y sociales, así como la extendida pobreza que es el patio trasero de la modernidad excluyente y concentradora que ha dominado.

8.- Pero ni uno ni otro proyecto se encuentra en estado más o menos puro. Ni el consenso de Washington ocupa todos los espacios de la vida económica y social, ni el Consenso de Santiago es solo una vaga y difusa aspiración. Hay muchos espacios entre los que por diversas razones, sea para impedir una mayor conflictividad de la vida colectiva, sea porque la correlación de fuerzas impide a los grupos oligárquicos imponer políticas draconianas, o porque no pueden completar un proceso de captura del Estado, encontramos algunos equilibrios inestables en países y regiones del subcontinente.

9.- Por eso, sostener “que el proyecto nacionalista moderado, es el que triunfó en julio pasado”es bastante aventurado, para continuar en verso. Hay, en esta visión, una sobrevaloración  de una burguesía que se presume nacionalista, y que en oposición a una oligarquía que se vincula a los intercambios  comerciales de los grandes bloques, está más interesada en ampliar el mercado interno, en reformas económicas y sociales que propicien la  integración, y aseguren una mayor presencia del estado en la vida colectiva.

10.- Según Gibrán, esta burguesía es la que se ha aliado a López Obrador, a través de este consejo asesor empresarial. Estos “notables miembros de la oligarquía”, esta “élite empresarial dependiente del mercado interno”, “unido al respaldo popular hipermayoritario del gobierno entrante, formará parte del bloque histórico triunfante”. ¡Cuánta virtud de los defensores y promotores del mercado interno! ¡Esa burguesía “nacionalista” que tantos ejemplos de entrega a los más altos intereses de la patria ha dado en estos años! He aquí algunos de sus nombres: Ricardo Salinas Pliego, Bernardo Gómez, Olegario Vázquez, Carlos Hank González, Miguel Alemán Magnani.

Esos “notables miembros de la oligarquía” buscan redefinir, como siempre, al amparo del poder político, las condiciones de su nueva reinserción en el modelo de control y dominación política, para asegurar las condiciones de reproducción ampliada de sus capitales.

POLITEIA

¿Qué esperar de las elecciones en Estados Unidos? (II)
César  Velázquez Robles

 

Concedamos, para no entrar en otro tipo de disquisiciones, que con un gobierno demócrata o republicano a México le ha ido más o menos en su relación con Estados Unidos. Ello no quita, sin embargo, que en la percepción de la sociedad mexicana, siempre es mejor tener en el vecino del norte a un aliado que a un enemigo. Al menos así lo refleja la encuesta citada en mi colaboración anterior. No conozco hasta hoy ninguna encuesta que mida el estado de ánimo en este lado de la frontera luego de la elección del pasado martes 6, pero casi tengo la certeza de que predominará un ánimo festivo en una inmensa mayoría de ciudadanos. Así las cosas, preguntémonos por el impacto que el resultado de esta elección tendrá en las relaciones México-Estados Unidos, cuál es la perspectiva del muro “grande y maravilloso” que desea Trump para cerrar el paso a  “delincuentes” y “criminales” que quieren cruzar la frontera en busca del “sueño americano”.

Trump ha venido exigiendo que en el presupuesto se asignen cuantiosos recursos para la construcción del muro, y ha encontrado la resistencia de los demócratas, pero también el indisimulado rechazo de un sector de legisladores republicanos,  tanto de los estados que forman parte del llamado “cinturón del óxido”,  de los estados que  forman parte de las grandes llanuras productoras de granos, así como de aquellos que en el sur son frontera con nuestro país. Estos dos últimos tienen una relación  muy estrecha con México, y de ellos proviene una parte fundamental del superávit de la balanza comercial  que tiene Estados Unidos, y sus productores y empresarios, así como representantes de la clase política, no quieren malquistarse con la parte mexicana. Se trata de una poderosa fuerza económica y política que gravitará sobre las decisiones que se puedan tomar en el Congreso sobre el tema del muro y, por supuesto, del destino del acuerdo comercial México-Estados Unidos-Canadá.

En consecuencia, con relación al muro, el escenario más previsible, luego de la configuración de una mayoría demócrata en la cámara de representantes –el equivalente a la cámara de diputados –, es que no habrá más recursos para continuarlo.  El muro, una de las grandes obsesiones trumpianas, tendrá que esperar mejores tiempos para la derecha estadounidense. Ya sabemos que al no contar con el respaldo de la cámara de representantes, no habrá manera de que fluyan medios económicos. Probablemente su construcción no sea suspendida, pero se ralentizará de modo inevitable, y si el Congreso saliente, con mayoría republicana, no se los aprobó, es impensable que lo pudiesen hacer los demócratas. Ese monumento a la estulticia y la barbarie, que condensa las peores visiones xenófobas y racistas, no va a pasar. Tenemos ahí por lo menos, si no un motivo de celebración, sí de satisfacción.

Sobre el nuevo acuerdo comercial, habría que asumir una actitud mucho más cautelosa. Recordemos que los principales impulsos para la firma del TLCAN provinieron en su momento  del lado republicano, con las reticencias de la parte demócrata, más empeñada en proteger y preservar clientelas, como las del sistema de transporte de carga, que se beneficiaban –y se siguen beneficiando—del control de las fronteras. Finalmente, ya bajo el gobierno demócrata de Clinton, accedieron a apoyar el tratado comercial añadiendo algunas cláusulas  relativas al medio ambiente y a las condiciones laborales en México. En otras palabras, la liberalización de los mercados y la flexibilización de las fronteras para la circulación de mercancías, ha sido más un rasgo distintivo de los gobiernos republicanos que de los demócratas.

Más allá de esto, los intercambios comerciales se han disparado en estos años en que ha estado en vigor el tratado. Quizá como señalan algunos de los críticos del tratado, quienes se han beneficiado de los crecientes intercambios hayan sido las élites, junto con el poco impacto que la liberalización comercial ha tenido en los ritmos de crecimiento de la economía mexicana. Pero las cosas han cambiado: el péndulo se ha movido al lado contrario. Hoy predominan en Estados Unidos los vientos en favor del cierre de fronteras, está en marcha una política aislacionista en materia comercial, y está en marcha también una formidable ofensiva cultural contra los mercados abiertos. El proteccionismo, todo parece indicar, ha llegado para instalarse con fuerza, a menos que esta política absurda e irracional sea frenada a tiempo, evitando lo que empieza ya a perfilarse como una nueva crisis del capitalismo, cuya extensión y profundidad no puede ahora ser visualizada en su justa dimensión.

Así que la posición republicana de rechazo al tratado multilateral en estos casi dos años de gestión trumpiana, pueda ser compartida, con todos los matices que se quiera,  por los demócratas que hoy hacen mayoría en la cámara de representantes, y que en los meses venideros podría traducirse en un bloqueo al acuerdo ya alcanzado con México y Canadá, y que podría firmarse en la Cumbre del G-20 en Buenos Aires en los próximos días, no por discrepancias de fondo con la letra y el espíritu del compromiso alcanzado, sino para demostrar que, en efecto, en su condición de nueva mayoría en la cámara baja, frenarán u obstaculizarán toda iniciativa proveniente de la Casa Blanca. Comparto en tal sentido, la idea planteada en estos por Sergio Sarmiento, quien escribió que “el nuevo cuerpo legislativo… no le aprobará a Trump su soñado muro en la frontera con México”, además de que “la nueva mayoría puede oponerse a la aprobación del nuevo tratado comercial con México y Canadá, lo cual tendría la ventaja de mantener en vigor, cuando menos de manera temporal, el actual, que es bastante mejor, pero generaría incertidumbre y reduciría la inversión de largo plazo”.

En suma, una vez disipado el humo de la pólvora que deja la elección intermedia en Estados Unidos, una incógnita se ha despejado: el muro no se construirá o, más claramente, no continuará construyéndose. No habrá recursos presupuestales, como era el propósito de Trump, y toda la retórica anti-inmigrantes podrá ser contenida por la mayoría demócrata. Como ha dicho recientemente James Petras, en materia de migración hay coincidencias entre republicanos y demócratas. En el fondo ambos coinciden. La diferencia está en que aquellos quieren un muro, y éstos quieren más policías para vigilar las fronteras y frenar la marea humana que viene del sur. El acuerdo comercial puede firmarse, con un sector moderno cuya inserción estructural en el desarrollo de la región norteamericana es altamente funcional a las  necesidades de reproducción del sistema en su conjunto. Sin embargo, es en este ámbito donde se advierte un panorama más incierto. Los condicionamientos que ha impuesto la parte estadounidense en la negociación y la ausencia de definiciones, más allá de una apasionada defensa de los intereses del país en el capítulo energético, junto con una declaración más reciente de que México ¡ya no exportará petróleo!, arrojan muchas dudas sobre los derroteros que habrán de marcar la relación económica, política y social con Estados Unidos.

¿Qué esperar de las elecciones en Estados Unidos? (I)

César Velázquez Robles

 

Las elecciones intermedias en Estados Unidos de este martes 6 de noviembre han modificado el mapa de la distribución del poder político, pero sin llegar a constituirse un cambio que altere de manera radical la correlación de fuerzas entre demócratas y republicanos. Esta afirmación parecería contradictoria, pero no lo es: aquellos han ganado presencia –son ahora mayoría en la cámara de representantes–,  pero estos se han afianzado en la cámara de senadores, desde donde bloquearán muchas iniciativas que contra Trump y su política pudiesen poner en marcha los integrantes de la nueva mayoría demócrata. Se producirá una especie de bloque mutuo que evitará que avancen iniciativas de uno y otro signo, pero que no impedirán el funcionamiento de un modelo de relaciones y de reproducción del poder. Dicho en otras palabras: el diseño de la arquitectura institucional ha permitido que el sistema de pesos y contrapesos no paralice el sistema, pero si contribuya a limitar excesos y arbitrariedades en el ejercicio del poder.

Desde México, siempre observamos con atención e interés el desarrollo de la contienda por el poder en el vecino país del norte. Entiendo que, en principio, lo hacíamos porque las elecciones en nuestro país carecían de interés, al jugarse casi siempre con dados cargados. La disputa cerrada, sin las certidumbres mexicanas, nos hacían admirar el proceso en aquel país, y vivíamos con pasión e intensidad el desenlace electoral. En cierto modo, era expresión también de un proceso de colonización cultural, aspirando a imitar el modo de vida norteamericano, pero siempre mezclado con una especie de sentimiento anti-imperialista creado y recreado a partir de una visión acendrada del nacionalismo. Era y sigue siendo –aunque cada vez menos–, una visión contradictoria, pero real, de nuestra relación con el imperio.

Diría que así fue a lo largo de prácticamente todo el siglo XX. De mis recuerdos más remotos, está la elección a principios de los años 60 entre Richard M. Nixon y John F. Kennedy, quienes protagonizaron el primer debate televisado de la historia. Fue una elección cerrada entre el republicano y el demócrata, que recuerdo vívidamente fue seguida como si hubiese sido propia en gran parte del país. Más lo fue todavía la celebración por el triunfo de Kennedy, lo que confirmaba la vieja creencia de que la mayoría de los mexicanos simpatizaba con los demócratas. Si nos atenemos a las encuestas, esta percepción entroncaría con la realidad: los mexicanos tenemos más coincidencias con los demócratas que con los del símbolo del elefante. Si nos refiriésemos a la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos, según una encuesta levantada por el Gabinete de Comunicación Estratégica  para saber por quién votarían los mexicanos si pudieran hacerlo, el 82 por ciento señaló que apoyaría a la demócrata Hillary Clinton.

Tenemos la creencia de que a México le va mejor con presidentes y/o gobiernos demócratas. Pero hay datos duros de la realidad que parecen decir lo contrario. Uno de los especialistas mexicanos en materia de relaciones México-Estados Unidos, Jorge Bustamante, sostiene que a nuestro país “le ha ido mal con los dos”, es decir, con demócratas y republicanos. Otros analistas sostienen que “habría que ponderar”, y enlistan diversos asuntos que definirían el perfil de los vínculos entre los dos países:

“Desde los primeros años del siglo pasado los gobiernos del Partido Demócrata han tomados decisiones que afectan a su vecino del sur”, recoge la BBC Mundo en una investigación. Añade: “en los dos periodos de Barack Obama, unos tres millones de personas fueron deportadas, la mayoría originarias de México”. Frente a ello, “durante una administración republicana se estableció la única regularización migratoria que ha habido en Estados Unidos”, y ello fue en 1986 durante el mandato del republicano Ronald Reagan. En los años 90 del siglo pasado, los vínculos de México con Estados Unidos se intensificaron con las negociaciones tendientes a lograr un acuerdo de libre comercio, que para algunos no era sino “una integración silenciosa y subordinada al vecino del norte”, en tanto que para otros era la oportunidad de estimular la competitividad del país, atraer inversiones, mejorar el ingreso de la población y apurar el desarrollo de una sociedad moderna en una economía abierta y un mundo globalizado. El tratado tuvo siempre el respaldo de los republicanos, y la llegada del demócrata Bill Clinton al poder significó algunos condicionamientos a la parte mexicana para llegar a su firma. Sin embargo, habría que considerar también el apoyo de su gobierno para evitar que el famoso “error de diciembre” colapsara la economía mexicana. A propósito, hay una opinión bastante extendida de que, en el trato con los republicanos, a la población mexicana le ha ido mal, aunque a la élite le ha ido bastante bien, sobre todo a raíz de la profundización de los intercambios comerciales en los últimos cinco lustros.

Es en este marco en el que se han desarrollado estas elecciones de media gestión. También como nunca antes, éstas han sido seguidas con mucho interés por los mexicanos. El discurso endurecido, beligerante, xenófobo y racista de Donald Trump; las referencias sistemáticas a México y los mexicanos; su consideración de que la migración estaba constituida por criminales y traficantes de drogas; la convocatoria a construir un muro “grande y hermoso” para impedir que la marea humana proveniente del sur entrase a su país, y la exaltación de los peores sentimientos que puedan anidar en el ser humano, todos estos y muchos otros factores más, hicieron que los mexicanos pusiésemos atención especial a las elecciones de este martes 7 de noviembre.

¿Qué mapa político se ha configurado en Estados Unidos? ¿Qué nuevo equilibrio de poder ha surgido de las urnas? ¿Qué relevancia tienen estos resultados  para el futuro democrático en ese país y para el mundo entero? ¿Qué caminos pueden vislumbrarse para el acuerdo comercial entre México y Estados Unidos?

A tratar de responder a algunas de estas interrogantes dedicaré la siguiente colaboración.

7 de noviembre de 2018