Las Sardinas con cebolla y limón: Mini crónica de un hambre bien pronunciada…

Víctor Javier Pérez Montes

¡Párale Chapo!, ¡Tú nunca me has matado el hambre!

Dialogo  de la película “Los Albañiles” 1976

Dirección Jorge Fons

Adaptada de la novela Los Albañiles de Vicente Leñero, 1964

Más que apetito… ¡Hambre!

¡En el bolsillo del pueblo la vieja herida!, ¡Y si!, ¡Que verdad tan más grande nos explican los Fabulosos Cadillacs en su canción Matador! Quizá usted no lo entiende, o jamás lo entenderá, quizá porque hubo Gente antes que usted, que sufrió o tuvo que sufrir ese horrible dolor de pegazón de tripas, que usted jamás tendrá. ¡Que envidia!, ¡Que afortunado!

Quizá su abuelo, quizá su padre, no lo sé. Lo que sí sé, es que si no agarro jale mañana, no sé qué vamos a tragar. El viejo refri que me regalaron de la última remodelación de una de las casonas, de por allá en Las Lomas, ya parece –como siempre ha parecido- coco tierno: ¡Pura agua, y  nada de carne!

Nomás volteo a verles las caritas a mis chamacos, que por cierto son 6, y se los presento: La Nicol Guadalupe, el Brayan José, la Melany Rosaura, el Yustin Guillermo, el Yosh Emigdio, y para que no digan que no somos nacionalistas, la más chica se llama Tamy Candelaria.

Cuando me preguntan, qué por qué les puse así a mis chamacos yo nomás les contesto: Una cosa es que sea albañil y otra muy diferente que sea inculto. Nomás se me quedan viendo y nada me dicen. ¡Ah! Y pobrecitos que me digan algo, les rompo el hocico, pos ni que estuviera yo cuestionando el nombre de sus pinches hijos pues!

Pero regresando a mi tragedia culinaria familiar. Les veo las caras a mis chamacos y la más grande –que por cierto tiene 9 años- me pregunta: ¡Pa!, ¿Qué vamos a comer?, ¡Mira!, ¡Se lo juro por la virgencita de la Lomita!, que no chillo enfrente de ellos, porque soy bien macho, pero en la primera descuidada, me voy corriendo al baño, que por cierto, no sé si llorar o vomitar en él, porque como tenemos fosa séptica, y como no he comparado el saco de cal para echárselo, pos ya sabrá cómo estará ese olor.

La idea…

En esos momentos de mayor angustia y por supuesto, cuando la tripa se empezaba a fusionar con el espinazo, de lo más recóndito de mi mente, me vino una idea, era eso o nada. Le dije a mis 6 chamacos y a la Chencha –Inocencia mi muy querida y escuálida compañera de vida-, que por cierto, los compas de la cuadra le apodaron Doña Conan – no por fortaleza sino porque parece que andaba siempre CON-ANEMIA -, que nos fuéramos a visitar a mi amá!

Todos mis chamacos empezaron a gritar de gusto, pero, la Chencha nomás me echó la mirada de ultratumba –y no por su aspecto escuálido decrépito- y me recordó viejas cuentas con mi madre:

-¡Falopio! –Ese es mi nombre por cierto-¿Ya le pagaste a Doña Eusebia, lo último que nos prestó? -Con voz de regaño y mirada de bulldog hambriento me cuestionaba la Chencha-

-¡Pos claro mija!, Pues, ¿Qué crees que soy? –Le replicaba con un tono envalentonado y jovial a la vez, más bien, sinvergüenza diría francamente

-Mira Falopio, la última vez, nos corrió tu mamá porque no le pagaste todo lo que nos compró de la comida y el pastel para la piñata del Yustin y la Nicol, así que no quiero otra corrida, como si fuéramos perros sarnosos, ¿Estás entendiendo?

Soltando la carcajada –pero de nervios- me planto y le digo a mi muñequita “Skinny style”: ¡Chencha! Todo está arreglado, nomás ésta vez se me atoró la carreta, pero a la próxima le vamos a llevar a mi amá unos 4 pollos rostizados estilo Sinaloa, ¡de esos del Puro Pollo! ¡Vas a ver!

Nomás se empezaba a divisar la casar de mi muy amada y bien reconocida progenitora, mis chamacos se empezaban a emocionar, no sé sí por el hambre o porque de plano si querían ver a su tierna abuela. Cuando de pronto se escuchan los gritos de mi adorada madre:

¡Celerino! ¡Guarda la comida! ¡Ahí vienen los perros del Falopio! ¡Se va a tragar todo si no nos ponemos truchas!, ¡Bola de golleteros muertos de hambre!, ¡Hijos de su china poblana, hambrientos roñozos!

El buen Celerino –el amante en turno de mi bien amada cabecita de algodón- de manera pronta y acelerada, guardaba todo vestigio de alimentos para negarlos a nuestro arribo, sí es que empezábamos a solicitarlos a mi santa y caritativa madre.

Al momento de querer abrir la puerta de la mansión de mi jefecita adorada, de manera abrupta, se abría la puerta y de manera clara y contundente mi madre adorada en tono retador y muy firme nos “casi” gritaba:

¡Mira Falopio!, ¡Serás muy mi hijo, pero eres un gorrón, palero, baquetón y mantenido, así que si vienes a querer darle de tragar a tu vieja la esqueletuda y a los perros muertos de hambre de tus hijos, te topaste con pared, hijo de tu madre y tu padre también. Así que: ¡Agüecando el ala!, ¡Que el pinchi gobierno los mantenga! ¡Baquetones!, ¡Todavía no me pagas lo de la piñata de los cuates, y vienes a querer que les dé de tragar!, ¡Oye me no! ¡Estás bien jodido!

La Chencha, con los ojos rojos del coraje y con un dolor agudo en la panza, ya no por hambre, si no por orgullo mal herido y sobre todo, por la tremenda humillación recibida, me aventaba una mirada al más puro estilo de “Teresa” – ¡La de la novela pues, pa´que entiendan!-, con la poca dignidad que había, le llamó a nuestros engendros bien amados y como el gran José Alfredo “se dio la media vuelta”. Los chamacos iban chille y chille, no por orgullo, ¡Era hambre!

Al ver el mal resultado de mi plan, le dije a mi bien amada y tierna madre: ¡Madre! ¡Esto no era necesario! Y con la poca vergüenza que me quedaba me retiré, ¡Ora sí!, ¡Con un problema de verdad!, ¿Cómo llenarles la panza a mis chamacos y contentar a mi flaquita?

De camino a la casa, nomás iba pateando cuanta piedra se me atravesaba en el camino, como queriendo hacer eterno el arribo a mi bien amada y acogedora mansión, de estilo “art recicle” –todo lo que tenía esa casa era de otros lugares, ya sabrán lo ecléctico que era la fachada-.

Pero de pronto, al pasar en frente del centro comercial gringo que estaba del otro lado de la avenida, se me ocurrió una idea: Ayudar a la gente a cargar sus bolsas de mandado a sus carros, y sacar alguna feria para la comida, ¡Eso voy a hacer!, y ¡Eso hice!

Las primeras 3 horas, nadie me dio ni las gracias, pero de pronto una doñita de esas que les llaman las copetonas, traía dos carritos copeteados de comida- ¡Híjole!, esos pudientes de las clases opresoras nomás nos pasan por el frente con la comida y no se mochan ni con las sobras, méndigos riquillos– y que me le acerco y que empieza a gritar la doñita: ¡Auxilio!, ¡Policía!, ¡Policía!, ¡Este mugroso me quiere robar!

Yo le empecé a decir de manera desesperada:

-¡No señora mía!, ¡Solo quiero ayudarle con sus compras!

-¡No es cierto!, ¡Tú tienes una pinta de maleante mugroso que no puedes con ella!, ¡Todos los que son como tú, son unos rateros muertos de hambre!

A lo lejos, pude divisar a unos guardias de la tienda, y como la famosa cesárea, ¡Parto sin dolor a tales calumnias!, y como perro de galgódromo, en menos lo que canta un gallo, dejo atrás a los guardias y el estacionamiento de dicho supermercado. ¡No te digo!, contra el destino no se puede. Tal parece que el destino marcaba que ese día y los siguientes serían marcados con el hambre.

¡Otra oportunidad!, ¡Otra oportunidad!

Ya de regreso a la casa, con el ánimo destrozado y con más hambre que nunca, veo un anuncio en una pescadería, la cartulina decía: “Solicito hombre fuerte, con ganas de trabajar”. Todo estaba bien, menos eso de las “ganas de trabajar”, pero, me tragué el pavor  al trabajo y me decidí a llegar al lugar.

Llegué al negocio y lo primero que dije fue:

¡Vengo por el puesto que ofrecen en el anuncio!, la persona en el mostrador con cara de gusto me respondió: ¡Qué bueno que viene por el trabajo!, ¡Ya no sabíamos cómo cubrir tal puesto!, de pronto, viene a mí una idea, más bien, una incógnita: ¿Cuál sería tal puesto?

Sale de la oficina del lugar, un hombre y con una botarga entre sus brazos, me cuestiona: ¿Le entras compa? O ¿No?, tú sabes: $80 diarios y 5 latas de sardinas, nomás aquí hay que aguantar el calorcito de la botarga.

En esos precisos momentos, solo tenía en la mente llevar de comer y llevar una lana, eso del dolor de espinazo pegado a la panza está bien canijo, y casi casi, sin pensarlo le dije: Si. Ni modo, la suerte estaba echada. Al principio, eso de acostumbrarse a las pestes de sudores ajenos está bien canijo, pero, a todo se acostumbra uno menos a no comer.

Pasó el tiempo, y no crean, me costó trabajo eso de la artisteada. Tuve que inventar mi rutina de baile y algunos pasos. Es más, hasta una de mis chamacas la Melany Rosaura, me tuvo que asesorar en algunos pasos de baile. Andaba de moda una rolita de los Maná, esa del Tiburón. ¡Ya sabrán que show me aventaba!

Después de mi rutina de baile del “Tiburón” –ese es el personaje de la botarga, un Tiburón muy alegre-, de repartir volantes en la calle y limpiar las vitrinas del pescado, llego a mi casa, con mis latas de sardinas, y en ocasiones de atún. A veces, el patrón me da pescado para un caldo, cuando anda de buenas hasta unos cuantos camarones, pero eso sí, que no falten las sardinas salvadoras en nuestra mesa.

Ya voy para 5 años en el jale. Ya ni me acuerdo de la construcción. Pero, lo que si me acuerdo es de esa tarde, en la que iba todo agüitado, sin ganas de nada, y que literalmente gracias a mis dotes artísticos y de performance, pude sacar adelante a mi tribu de chamacos. Ahora mi flaquita ya no sabe cómo preparar las sardinas de tantas veces que las hemos comido. A veces, pienso y digo: ¡Gracias oh gran Neptuno!, por mandarme algunos de tus más humildes servidores a nuestra sacrosanta mesa, y con limón y cebollita, mucho mejor.

El taller de Esposas  -Satisfaction guaranteed!-

I can´t get no…satisfaction

Rolling Stones, 1965

Nunca es suficiente para mí…porque siempre quiero más de ti…

Natalia La Fourcade

Victor J. Pérez Montes

En definitiva, ese fue un día de los que nada te sale bien. El día estaba frío, húmedo, totalmente nublado que apenas acababa de llover, la vieja lesión en mi rodilla izquierda, me estaba matando y los analgésicos que me había recetado mi médico de cabecera, parecía que ni cosquilla le hacían al dolor. Y para colmo, el viejo Renault modelo 1977 no quería encender.

Era finales del mes de enero,  y para coronar esa bendita mañana, en la esquina de  Andrade y  Ángel Flores –Zona Centro-, me habían asaltado, del susto ¡Les juro que ni me fijé quienes eran!, solo sentí el frío fierro de la pistola en la sien, y les dejé  -por supuesto- que se llevarán el portafolio, sin mayor resistencia de mi parte.

Por cierto, mi cobardía, era uno de los miles de defectos, que mi esposa por alrededor de 17 años de matrimonio, me lo había recordado hasta el cansancio; es más, recuerdo la vez que se metió una rata a la casa y que ella tuvo que sacarla porque yo no me animaba, ese detalle de recién casados, nunca se lo olvidó;  e inclusive, en fiestas familiares, reuniones de amigos, reuniones de café, ¡a quien fuera!, era la anécdota que engalanaba las platicas de susodichas reuniones. Era completamente humillante.

Pero aquí no terminaba mi gloriosa mañana, debido al asalto, mi llegada al trabajo había sido con un retraso de 25 minutos. Mi jefa, con actitud de gendarme “mal pagado”, me gritoneaba y con dedo de escarnio y entonación de advertencia autoritaria, se dirigía hacia mí con las siguientes palabras y entonación de advertencia: ¡Alberto!, ¡Para la próxima estás fuera! ¡Eeeeh!, ¿Me estás escuchando?

¡Pinche bruja! –Lo pensé, ¡más no lo dije!-, como si esa advertencia, fuera a resolver mis pinches pedos, y por si fuera poco, en mi casa, mi muy amada esposa y un servidor habíamos discutido amargamente por el maldito dinero –o Mercancía de mercancías, como me lo habían enseñado en la Facultad de Economía-. ¡Maldito dinero! Sí porque no hay, ¡hay pedo!, y sí hay, ¡pos también! En fin, como las esferas no tenía lado.

Pero la razón real, de susodicha discusión mañanera, era por las fuertes sospechas, que mi esposa tenía, por ciertos y bien fundados rumores chismográficos -algunas fotografías- que le habían llegado sobre mi relación con Susana Quintero –la Susy Kiu-, así como la canción de los Cridens-, una de las bellas y muy agraciadas –sobra decirlo- secretarias de la oficina.

Para ser muy honesto, yo no entendía cómo es que una chamaca así,  me había hecho caso, pero, ahí andábamos con nuestro tórrido romance con tintes ilícitos de sabrosura y muy elevados niveles de pasión. Como ya se habrán imaginado, nuestros encuentros eran breves, escondidos, intensos, pero muy, muy sabrosos.

En fin, dejaré de lado pequeñeces o detallitos sin importancia, pero, regresando a lo terrorífico de mi vida, aquello era parte de la maldita rutina matrimonial, 17 años soportando el mal humor de una persona que día a día, parecía que se hacía más y más agria, más pesada y sobre todo, más evidente la falta de afecto o amor por mi persona.

¿Y saben qué? No la culpo. Los niños nunca llegaron, bueno, en realidad nunca nos pusimos de acuerdo para tenerlos. Cuando ella quiso, yo no quise, y viceversa. Nunca nos pusimos de acuerdo ni para tener chamacos. ¡Era ridículo!, ¡Ni para ser padres, nos pusimos las pilas! Nunca quisimos encontrar ni el tiempo, ni el espacio.

Sin mucho afán, en ocasiones volteaba por la ventana que tenía en mi oficina, la cual daba una vista hermosa de forma panorámica hacia la calle principal, aquello parecía un caserío inmutable, una imagen de multicolores que engalanaba los techos de aquellos edificios y casas, cuyo paso del tiempo, no se dejaba esperar.

De pronto, cuando aquella panorámica parecía toda una monotonía policromada, un anuncio pequeño con letras discretas de color negro y rojo, el mensaje era claro: “Taller de esposas: Traiga a su vieja esposa, y llévesela nuevecita y funcional. Trabajos garantizados. 60 años de experiencia nos avalan”.

Por un momento pensé que era una broma, alguna tomada de pelo, para hacer reír a los transeúntes  que buscaban –al igual que yo- una tomada de pelo, para salir de la maldita rutina llena de mediocridad e infelicidad que consumía hasta los huesos, como un cáncer avanzado sin cura alguna posible. Cerré varias veces los ojos, y con gran intensidad los tallaba con mis manos, como si eso  hiciera desaparecer tal imagen, pero, para mi sorpresa y curiosidad, seguía tal anuncio y lo peor –o mejor- con más claridad y nitidez.

La curiosidad nunca había sido uno de mis defectos, sin embargo, aquella imagen no me dejó terminar los reportes que tenía que entregar, que por cierto, era una de las cosas que más odiaba de mi empleo. Era un papeleo espantoso, que cada mañana me esperaba para devorar mi paciencia, por lo menos me tardaba de 3 a 4 horas, para revisar cada uno de los reportes, cuya característica principal era lo brutalmente aburrido.

Marcar el “check list” sobre insumos de producción, que necesitaría la harinera para la producción del día siguiente; sin mencionar las llamadas a los proveedores y las proyecciones de gastos, aquello era por lo menos estar en el escritorio toda la mañana y no pararme hasta las 12:30 o 1:00 pm, y esto, porque necesitaba tomar mi hora de comida o tomarme un café con algunas galletas.

De pronto, me armé de valor y bajé rápidamente las escaleras, y con paso veloz –casi corriendo- me disponía a despejar esa duda, caminé unas cuantas cuadras y en una vieja casona al interior del viejo callejón, en efecto, ahí estaba el anuncio. La puerta estaba abierta, el viejo mostrador de madera y lámina galvanizada, mostraba vestigios de capas de diferentes manos de pintura, vislumbrando así los diferentes logotipos de Coca-Cola que fueron plasmados durante muchos años.

El olor de ese lugar, era una mezcla de humedad, madera añeja y felicidad, pero, era esa clase de felicidad que en ocasiones no puedes describir, pero, si sentir. El fuerte olor a café de olla, quitaba las inseguridades de aquellos que entraban en ese lúgubre y frío espacio, dando un sentimiento de paz y tranquilidad de viejos recuerdos familiares y de nostalgias pasadas.

De pronto, desde el fondo del local, como salido de la espesa penumbra, empezó a vislumbrarse la sombra de una persona, con forme se acercaba al mostrador, se hacía más y más nítida la imagen  de un hombre pequeño, que mostraba en su rostro los años, con actitud amistosa y un alto grado de bonhomía, me saludaba como sí hubiésemos tenido años de confianza y sobre todo de amistad.

¡Buenos días caballero!, ¿En qué le puedo servir? ¡Estaba atónito!, no podía articular palabra alguna, lo único que pude expresar entre balbuceos y de manera atropellada fue: ¿Puede usted arreglar a mi esposa? De forma inmediata, el viejo reparador de esposas no me dejó hablar y dijo:

 Ya sé exactamente lo que le pasa a su esposa. Siempre es el mismo diagnóstico: Mal humorada desde que amanece hasta que anochece, siempre puntualiza sus errores, nunca está contenta con lo que tú haces, es más, siempre minimiza tus logros, siempre eres el inútil de la relación, todos los problemas son tu culpa, nunca te agradece tus esfuerzos extras, siempre está enojada cuando llegas tarde del trabajo, o busca el mínimo detalle para sacar su infelicidad y culparte de ello… Así es el asunto.

De pronto, una idea entró en mi cabeza: Este viejo sabe exactamente lo que está pasando en mi vida. Sabe lo que tengo y quizá sepa cómo solucionarlo. Como si fuera un viejo adivino o mago antiguo, y con voz de afirmación y entonación de serenidad, me miraba a los ojos y me decía: Sé lo que pasa en tu matrimonio y yo te puedo ayudar.

Con sorpresivo denuedo le dije al viejo reparador: ¿Cuándo la traigo? El viejoreparador de esposas  bajaba las antiguas antiparras y con expresión y ademán de complacencia me respondía: ¡Cuando gustes! Aquí vivo, nunca salgo a ningún lugar. Este es mi mundo –al tiempo que señalaba con el índice derecho toda la habitación-, ¡Mañana mismo a primera hora! Le respondí con un ánimo exaltado de emoción.  La alegría irradiaba de mi rostro, por fin, mis problemas de carácter marital empezarían a desaparecer.

Regresaría con una enorme sonrisa a mi trabajo. Algo definitivamente se había movido en mi interior. Una esperanza real iluminaba mi existencia. Aquello de pronto se convirtió en un faro de esperanza, que iluminaba de manera total, la profunda oscuridad de infelicidad de tantísimos años, que jamás pensé que podría cambiar.

Nada importaba. Ni los regaños al regreso a mi trabajo por demorar tanto tiempo –y sin haber pedido el correspondiente permiso, que jamás me hubieran dado- y tampoco, que me cargaran la mano con un extra de papeleo – a manera de castigo por lo cometido-. Me valió madres.

En esos momentos, lo que importaba, era que tenía una oportunidad de ser feliz, y terminar de una vez por todas, con todas esas grandes y devastadoras peleas en mi matrimonio. ¡Eso era genial!

Sonó el reloj despertador. La rutina era exactamente igual. Levantarme, tomar una ducha, cambiarme de ropa, poner agua para el café, preparar los huevos estrellados con 2 rebanadas de pan tostado, ¡claro!, todo aquello preparado por un servidor, mi esposa, ni en sueños se levantaría para preparar el desayuno.

Cada vez, -de manera muy extraña y remota- que le pedía que me preparara el desayuno, debido a la premura del tiempo, me respondía de manera tajante –declarando a la vez una actitud de gran irritación y con un alto grado de orgullo feministoide-: ¡Yo no soy tu chacha, estúpido!, ¡sí no ganas lo suficiente para contratar una, conmigo ni cuentes!

Era verdaderamente frustrante, jamás sentir el apoyo de mi esposa. Ni en esas cosas tan “sin chiste” siempre era algo así, una contestación o reclamo de rencor, ya fuera por mi desempeño profesional o por mis ingresos. El pretexto era lo de menos, siempre era responder con odio enconado o terrible desprecio.

De pronto, me preguntó mi esposa: ¿Vas a pasar por el Centro? De manera inmediata, le contesté -de manera segura- con un –rotundo y entusiasmado- ¡sí!, y agregando un breve cuestionamiento, entremezclando una pisca de interés fingido con dos cucharadas de falsa muestra de cariño le dije: ¿Necesitas algo, mi amor?

Con una cara de sorpresa, pero, sin un interés real de indagar, -las genuinas intenciones- de la razón, de tan sospechosa pregunta, mi esposa solamente lanzaba la orden: ¡Llévame contigo!, necesito comprar unas cosas cerca de tu trabajo, de esa forma, aprovecho y me dejas cerca, ya sabes que me choca andar en taxi o en autobús colectivo.

En tales momentos, empecé a pensar –con gran entusiasmo- y a decir –en mi interior-: ¡Esto se pone, ni mandado a hacer!, en mi mente, todo se empezaba a aclarar y la idea de llevarla al Taller, era una realidad y no algo ficticio o irreal. Mi rostro se iluminaba otra vez, no sé si era obvio o si mi mujer se dio cuenta, pero yo estaba encantado con la idea.

De pronto, mi actitud y el trato hacia ella eran diferentes. Empezaba a sentir esa alegría de los primeros días de matrimonio, era una bocanada de aire fresco, ese ánimo que había desaparecido durante muchos años, de manera instantánea regresaba, y lo hacía con fuerza.

A dos cuadras de haber empezado a conducir el Renault del 77 –que de milagro encendió esa mañana al primer llavazo-, de manera sorpresiva y como sí se me hubiera olvidado algo, le comento a mi esposa –con un tono teatralizado a no más poder-: ¡Híjole!, ¡Que idiota soy!, ¡tengo que pasar por unas copias a 2 cuadras antes del Centro!, ¿Me acompañas Cecilia?

¡Ah caray!, ¡Se me estaba pasando un pequeño detalle! Y ese detallito es el nombre de mi esposa. Les presento a Cecilia – y ahí les ofrezco una disculpa, pero, como ustedes han de saber, está bien canijo por aquello de las invocaciones del más allá o del lado oscuro-, que por cierto, su nombre no está tan feo, pero lo demás ya se lo saben.

Pero regresando a la pregunta que le hice a mi señora esposa, ella de manera sorpresiva me respondió afirmativamente, con un rotundo ¡Sí! –por supuesto, que con la respectiva volteada de ojos y el clásico fruncimiento de ceño y mueca característica de mi bien amada compañera de vida-, entonces yo pensé: ¡Ya la hice!

Curiosamente, nos bajamos en frente del taller; al descender del auto, le tomé del brazo y con cierta firmeza, pero cariñosamente, la conduje al local –quizá ella pensó: ¿Qué le pasa a este loco idiota?, más sin embargo no lo expresó-. Al detenernos frente al viejo mostrador del taller, llamé al “reparador”, y con una mirada y guiño a la vez, le dije: Aquí le dejo a mi esposa para que le entregue las copias; éste por su parte, me hizo una señal chiquita – así como el Roberto Jordán- y con sus ojos de complicidad, afirmaba lo que parecía haber sido planificado y practicado por años.

Me despedí con un beso –cosa rarísima entre nosotros- y mientras me retiraba, le iba comentando de manera rápida y con un cierto ánimo de informalidad: En la tarde me entregas las copias, ¿Sale? ¡Muchas gracias por tu apoyo! Sin más, que pudiera agregar, me iba retirando, con un paso firme y acelerado, llegaba a la oficina. No sabía que pasaría, ni cómo pasaría, pero, de lo que estaba convencido era que algo bueno tenía que pasar.

El día se me fue volando. Toda aquella vorágine de sentimientos y pensamientos me tenían hecho un manojo de nervios. A menudo me preguntaba: ¿Qué va a pasar con Cecilia?, ¿Cómo la voy a encontrar?, ¿Qué irá a cambiar en ella? Cuando de pronto, las 6:30 pm, era la hora de salir, solamente sentía que se me salía el corazón, no sé si de gusto o de miedo.

Al llegar al local del  viejo reparador, sin mucho afán, como si fuera algo de lo cotidiano, el maestro me hizo una señal y con voz tranquila me dijo: ¡Aquí tiene a su esposa, reparada y rejuvenecida”. ¡La sorpresa enorme que me llevé!, en realidad era Cecilia, pero 20 años menos, su cuerpo era hermoso, como el que tenía como cuando la conocí, su piel blanca, rosada, aterciopelada, sin ninguna arruga.

Alta, delgada, de muslos y glúteos firmes, una cinturita marcada que terminaba en sus piernas torneadas, éstas eran algunas de las mejorías que había recibido de manera mágica y misteriosa.

Su carita, era la de un verdadero ángel, restaurada completamente, sus ojos eran hermosos, grandes, expresivos, sin maldad u odio, sin ninguna expresión del tiempo en sus ojos, las mejillas rosadas estaban tersas, suaves como si fueran de seda china, eran una hermosura mi esposa.

De pronto, cortando mi placentera sorpresa, con voz suave y muy  juvenil, Cecilia me tomaba la mano y con un toque de frescura me decía: ¡Vámonos a casa!, seguramente estás muy cansado y necesitas descansar y cenar muy rico.

Entre el desconcierto y la gran sorpresa estaba encantado por las mejoras visibles de mi esposa. Era mucho mejor de como cuando me casé con ella. Llegamos a casa, y en el transcurso del camino, no paró de decirme lo mucho que me había extrañado, las ganas que tenía de hacerme una cena especial y como postre, “juguetear intensamente”.

¡No lo podía creer!, ¡Era un sueño hecho realidad!, mi esposa estaba recuperada, rejuvenecida, locamente enamorada y sobre todo era mía. Aquello no podía estar mejor que nunca. ¿Qué más podía pedir? Eso de ir a ese taller definitivamente era la mejor decisión de toda mi vida.

¡Los primeros 4 meses fueron geniales!, todo era miel sobre hojuelas, pero no todo es eterno, y les diré el porqué. Aquel frenesí de sexo, locuras y aparente felicidad y complacencia total empezaba dar muestras de agotamiento, no por Cecilia, sino por mí.

El desayuno ya empezaba a ser  un ritual que me hostigaba, las muestras de amor y detalles eran obsequiosísimas a extremos bastantes incomodos, no me dejaba desayunar porque quería terminar en sexo todo el tiempo, sin importar la hora, el momento o el lugar, no había un momento para cada cosa, su apetito era voraz. 

Llegaba de mi trabajo, y quería que saliéramos a los lugares de moda: Restaurantes, cafés, cines, lugares para bailar, era cada día un verdadero derroche de ánimo y dinero, no había forma de platicar de manera tranquila porque ya quería estar encima de uno y peor, quería satisfacer sus más bajos instintos.

Parecía que entre más pasaba el tiempo, la energía o su vitalidad se fortalecían, a diferencia de la mía, empezó a haber días en que no podía levantarme de la cama de lo agotado de todo el ajetreo del día anterior, por lo que empecé a llegar tarde a mi trabajo, es más hubo días en que me ausenté del mismo.

De pronto, empecé a darme cuenta que había bajado 10 kilos en 5 meses, mis trajes ya no me quedaron, estaba la ropa bastante holgada, mucha de ella, ni siquiera me quedaba para nada, el cabello se me empezó a caer, algunas piezas dentales se me aflojaron y empecé a quedarme chimuelo, esto ya no estaba bien.

Y yo me preguntaba: ¿Pero, yo quería un cambio?, pero, ¡No tan drástico!, aquel ritmo matrimonial me estaba llevando a la tumba literalmente, pero, la cosa no terminaba aquí, vendrían más ternuritas que contar.

La gota que derramó el vaso, fue una noche. Cansado de la rutina laboral de ese día, solo quería un baño y acostarme, había sido un día difícil y la verdad no había mucho ánimo para nada más. Al llegar a casa, me sorprendió el no encontrar a Cecilia, y pensé: ¡Qué bueno!, así me baño y duermo rápidamente, y así fue.

Cuando estaba en plenitud de sueño, de pronto se enciende la luz de la recamara y Cecilia estaba encima de mí, basta mencionar que solo traía puesta una mascada en su cabeza, como desesperada, me decía al oído, al momento que me mordisqueaba la oreja: ¡Házmelo!, ¡Házmelo!

Súbitamente, me levanté y con ello, hice a un lado a Cecilia, de manera desesperada y con un tono firme –casi gritándole- le dije: ¡Ya estuvo bueno!, ¡Todo el tiempo es la misma!, ¡Puro sexo y sexo!, ¡No sabes de otra!, ¡No tienes llenadera!, ¡Por favor, ya cálmate mujer!, !No  me dejas descansar!

Cecilia con cara de desconcierto y con una mirada de desilusión, irrumpió en llanto desesperado y como toda buena mujer desquiciada me empezó a gritar –era la primera vez que me gritaba desde la reparación-: ¡Ya no te gusto!, ¡Ya no me quieres!, ¡Ya te cansaste de mí!, ¡Eres un desgraciado, ya te aburriste de mí y seguramente ya te agarraste a otra!, pero, eso lo voy a arreglar en este mismo instante!

Y de pronto, salió corriendo hacia la cocina,  y de manera tormentosa agarraba el cuchillo cebollero y con una mirada de odio regresaba a la recamara, y con solo un objetivo, empezaba a gritar lo siguiente:

¡Te voy a matar!, ¡Porque sí no eres para mí!, ¡No serás para nadie!, y empezó a corretearme, tirando cuchilladas a matar, tirándome con todo lo que encontraba a su paso, como si fuéramos unos verdaderos extraños o peor aún, unos verdaderos enemigos. Aquello era una verdadera locura, como si fuera una de esas películas de terror.

Como pude, salí del departamento, -menos mal que tenía una copia de la llave de mi auto en el tapete de la salida del departamento-. De manera desesperada salí manejando hacia el Centro, y solo tenía una idea clavada en mi mente, reclamarle al reparador de esposas por este trabajo, al parecer no era lo esperado.

De manera rápida llegaba al estacionamiento del negocio, de manera rápida me bajé del auto, dejando el auto encendido, llegaba golpeando la puerta del local de manera muy violenta y gritando al anciano que abriera, a los minutos se encendía la luz al interior del local, se empezaba a abrir la puerta.

La puerta al estar totalmente abierta, se aparecía el anciano reparador de esposas, y de manera muy serena y con un tono suave, me hacía la siguiente pregunta:

-¿En qué te puedo ayudar?

Con lágrimas en los ojos le respondí: ¿Ayudar?, ¡Sí me jodiste la vida!, Me  dijiste que todo iba a estar mejor, pero, mi nueva esposa está peor, ya no la aguanto, solo quiere sexo y sexo y sexo, y nunca está satisfecha, no me deja descansar. ¡Está loca! ¡No la quiero! , !Ya no! ¡Quiero a mi antigua esposa!, !Por favor! ¡Quiero a mi anterior esposa, a la  malhumorada, a la flácida, y nada cariñosa esposa que tenía hace algunos meses.

Estaba ahí desconsolado, llorando como un niño que se le había perdido su juguete preferido, de rodillas en actitud de derrota y con mis manos en la cara, descargaba mi frustración y dolor al saber que había perdido lo que nunca había valorado

Cuando de pronto, al quitar mis manos de mi cara y al abrir los ojos, me di cuenta que todo había sido un sueño, había estado dormido y mi esposa estaba acostada a mi lado, y me di cuenta que era la antigua y original esposa que por 17 años me había acompañado. Al momento, Cecilia se despertaba y me miraba con cara de extrañez, como si mi cara expresara una sorpresa inesperada,  ella con interés me preguntaba: ¿Qué tienes?

De manera sorpresiva le respondí: ¡Tengo muchas ganas de ti!, por cierto, ¡Amor nunca cambies!

Roberto “El Tito” Machorro : Célebre y triste crónica de una vida batallosa y muy aguerrida.

Víctor J. Pérez Montes

…ya no seas reaccionario, hazte revolucionario…Y que te bendiga Dios

Óscar Chávez

La Casita, 1975

Los orígenes…

Contaba mi abuelita “Doña Espiri”, -es decir, les comparto el nombre completo de mi bien e ilustre abuelita materna Doña Espiridiona Del Toro Machorro pues con ese nombrecito, ya se habrán dado cuenta quien partía el queso en la familia- que su hermano,  mi tío  Roberto alias “el Güero”, había estado involucrado en la famosa huelga de los trenes por allá a finales del 57 y principios del 58, del pasado siglo XX.

Mi tío Roberto era uno de esos líderes sindicales –según dicen las malas lenguas que no era “líder charro”, más bien era “líder chirrín”, porque le gustaba escuchar los discos de Piporro  El Taconazo,- que ayudó a organizar la huelga de los trenes con el famoso líder de los ferrocarrileros, el chaparrín Demetrio Vallejo.

 ¡Eso si es verdad!, es más hasta había fotos de mi tío con Vallejo. Pero, después de las soberanas madrinas que les metió el gobierno y el despido de todos los revoltosos, mi tío, como muchos otros, con la cola entre las patas salió huyendo de aquí. Es más, dicen que murió como mojado por allá en el gabacho, trabajando en una compañía de trenes en la reparación de rieles. Triste final para mi tío Roberto

Cuando me contó esta historia mi abuelita, dije entre mí: “¡Esto no quedará así!, yo voy a continuar en la lucha, así como mi tío, lucharé hasta vencer, que por cierto, en esos días andaba muy de moda, esa frase de: ¡Hasta la victoria!, bueno, ¿Qué querían que hiciera? Estaba muy chamaco y con un chorro de ideas para cambiar el mundo. Hasta en el nombre estaba mi destino unido con el de mi difunto antepasado. Era mi destino, tenía que luchar, no había vuelta atrás.

Los compas me llamaban Tito, por aquello de Robertito, pero, la verdad eso de Robertito ya se me hacía como que era muy ajotonado, por eso, les pedía que me dijeran “el Tito”, y el Tito se me quedó para la eternidad.

Las primeras revueltas…

Mis primeras luchas por la causa social del pueblo, se remiten a mis años de la secu, ¡Uf! ¡Qué tiempos!, los Bitles, los rolin estón, los animals, bueno,  a esos que le decían la invasión británica, era alucinante, sin ser malinchista, aquí teníamos a los Jiters, los Juligans, los hermanos Carreón, el Roberto Jordán, bueno, la verdad había buena música. Lo que no había era buena y sana voluntad con los profes de la Secu.

Recuerdo un recreo. Mi amigo el Vampi –por feo y chimuelo-, salió a comprarse una torta a la tiendita de la cooperativa escolar, cuyas ganancias monopólicas y muy jugosas estaban bajo poder de nuestro ilustre, canalla, corrupto y panzón director y de su extra voluptuosa, prieta, cacariza y mal humorada esposa la Seño Romina.

Para iniciar mi relato de tal aventura, les explicaré a detalle el móvil de mi lucha estudiantil de ese tiempo. La calidad de las tortas de la Secundaria federal 28, por allá ubicada en el histórico e insalubre Estero del Mapache, parafraseando al gran José Alfredo Jiménez: “…dónde su aroma era algo sin igual”

Estadísticamente hablando –como lo explicaría nuestro gran amigo Carlitos Marx en el Capirucho- la calidad de la tortuga era más o menos así: 90% repollo con olor a cloro, 1 % de crema corrientona del mercado de la López Rateros, 1% de jamón del barato –del mismo mercado claro está- pero con días antes de caducar, 2% de lechuga y tomate y el 1% de papel de baño –para envolver tal manjar-, y sin dejar de mencionar el torcido del día anterior, o sea, más duro que los virotes de 3 días. Sin dejar de lado el clásico Titán sabor de piña o naranja. Mmmm, ¡Que sabores, qué delicia!

Pues este tipo de manjares nos vendían en la tiendita de la cooperativa escolar, cuando el vampi se comió su respectiva torta, no pasaron ni 10 minutos cuando le empezó un dolor infernal de panza, que lo hizo pasársela en los baños de la secu. ¡Uff!, ya sabrán el dolor, para estar aguantando la higiene de los baños –que Don Carmelo, nuestro ilustre y bien ponderado intendente sindicalizado nunca iba a lavarlos, porque nomás se la llevaba enfermo, pero de cruda, ¡trinche el viejo borracho baquetón!-

¡Pobre Vampi! Nomás no se desmayó para no caer en los miados del piso de los baños. Recuerdo que entre 3 compañeros lo sacamos y lo llevamos a su casa. Doña Meme, se le salían las lagrimitas de ver a su hijo todo desguanzado como pollo de mercado. Aquello me dio una rabia, y dije entre mí: ¡Esto no se va a quedar así!

Al otro día, en mi salón de clases, convoqué a mis compañeros, y todos fuimos en bola a exigir al director, leí, -por no decir que lo grité- el manifiesto que había escrito, en el que expresaba las condiciones deplorables de los baños y de la falta de higiene y las cochinadas que nos vendían en la tiendita escolar. Denunciaba los altísimos precios de las tortas, los refrescos, los dulces y las galletas para la comunidad educativa. Así como, la prohibición de introducir nuestros propios “lonches” hechos por nuestras mamás. Como se estarán imaginando eso puso de neuras al dire y a su bien amada, pero espantosa esposa.

La respuesta represora no se dejó esperar. El “Botete” –como le decíamos al viejo panzón del dire-, haciendo gala de su poder, dio órdenes a todos los profes que nos cargaran la mano con tareas, quitándonos puntos y si era posible, reprobarnos para así corrernos de la escuela.

El móndrigo, –así le decíamos al profe de Deportes-, me hizo correr 4 vueltas más a las canchas y nos puso a levantar objetos pesados, disque para “fortalecernos más”, si empezábamos a quejarnos nos iba peor. Era lógico, empezaba a ser un apestado, pero los grupos del B, C y D se nos unieron a la causa. Empezaba a infundir cierta conciencia de nuestras condiciones tan chafas como comunidad educativa.

El Botete, al ver que nos fortalecíamos, inmediatamente y de manera muy perversa, reclutó a varios chavalos de las colonias alrededor de la secundaria, muchos de ellos obviamente eran mayores que nosotros, y algunos siempre nos esperaban en las puertas de la escuela para robarnos o golpearnos. Algunos otros les faltaban el respeto a nuestras compañeras, las intimidaban gritándoles mensadas –cochinadas diría mi abuela- o de plano, queriéndolas manosear.

Otros de los Changos –asi les pusimos a esos chavalos malosos y violentos-, de manera mágica y misteriosa –como dirían los Bitles– se convirtieron en los ayudantes de los 2 prefectos de la secundaria, nomás que estos si nos golpeaban con saña.

Éstos agarraban a los supuestos revoltosos –que los maestros denunciaban- y los llevaban atrás de los talleres de Mecánica y les metían unas patizas que los dejan todos guangos. Los regresaban a la dirección y mandaban llamar a los padres de familia, y el Botete argumentaba que habían estado golpeándose con otros estudiantes y justificaba de manera mentirosa las soberanas madrinas que ordenaba el muy desgraciado director.

En una de esas calentaditas, que me tocó la suerte de protagonizar, claro que del lado peor, es decir de los calentados, no de los que calentaron. Recuerdo que para defenderme y tratar de salir huyendo, les eché tierra en los ojos y patitas pa´que te quiero, uno de ellos me tiró una piedra, y con tal tino y precisión, me metió un descalabrón bien machín en la cabeza. Aquello parecía jalogüín gringo, por toda la sangre que me brotaba de la cabeza.

Como pude salté la barda de la escuela, y casi a desmayarme llegué a la casa. Mi abuela nomás gritaba preguntando que me habían hecho. A las horas desperté en la Cruz Roja. Mi abuela de manera indignada al otro día fue a la secundaria, ¡claro! El Botete, ni de chiste salió a recibir a Doña Espiri.

Solo la secretaria del susodicho director, salió de la oficina del mismo, y con una carpeta con unos papeles en su mano, le entregaba a Doña Espiri y con cierto tono envalentonado le decía a mi abuela: ¡Su nieto está fuera de la escuela por indisciplinado!

Mi abuela de manera súbita y muy inteligente le respondió y con tono alto para que escuchara el director que se escondía en su oficina decía: ¡Mi nieto no merece estar en una escuela como esta! ¡Cobarde!, ¡Pantalones caídos!, que no da la cara y manda a una vieja a que diga las cosas.

Después de expresar su sentir, mi abuela salió con paso firme. Llegando a casa, me dijo: Te voy a mandar con tu tía Lola a la ciudad de México. Allá vas a terminar la secundaria y será lo que Dios quiera. Mi abuela no sabía los alcances de tal decisión.

El movimiento…

Parecía que mis afanes revolucionarios y combativos de algunos años, se habían diluidos en esa mala experiencia. Había entrado a la Voca 5 del Poli, y como quien dice, ya me había hecho al estilo de la gran ciudad. Tenía novia, una güerita de Chihuahua, que al igual que  yo, sus padres la habían enviado a estudiar a la gran urbe.

Cuando de pronto a finales de julio del 68, se dio una serie de manifestaciones en contra del gobierno, por su represión a los estudiantes y maestros. De pronto, como si una luz se hubiera encendido en mí, el gusanito de la lucha volvió a estar presente. El Toño González y el Marcelo Íñiguez me invitaron a una reunión para organizarnos y manifestarnos a favor del Poli y de la Universidad, de volada me integré y empezamos a organizar manifestaciones, volanteo y algo novedoso el famoso boteo.

Manifestación que se dio, manifestación que estuve presente. Todos gritábamos: ¡Prensa vendida!, ¡Prensa vendida!, o ¡Por el Pueblo!, ¡Contra el Gobierno!, es más, hasta me tocó gritar con mis camaradas de la Voca 5 en una manifestación en el zócalo: ¡Sal al balcón, Chango hocicón!, aquello, verdaderamente era un derroche de libertad de expresión.

Pero no todo saldría como lo había planeado. En un mitin, al querer capturar un camión de transporte público, nos salió el tiro por la culata, ese camión era un camión de puros granaderos, nomás que estaba disfrazados de civiles para capturar estudiantes –que como yo- que andaban en la calle, manifestando nuestro repudio hacia el gobierno.

¡Ya sabrán!, nos agarraron de las greñas, nos metieron una soberana madrina de primera comunión, y como no había lugar en la delegación, nos mandaron a Lecumberri, ¡Ahí mamacita! ¡Ahí si estaba feo el asunto!, hombres y mujeres parejo nos encerraron como se pudo y como quisieron.

Recuerdo que de malosos, los celadores sacaron una manguera de chorro de presión, nos bañaron con todo y ropa, y así nos metieron a las crujías, solo nos tuvieron 2 días, que para nosotros fueron una eternidad. A como iban llegando los padres de nosotros, nos iban sacando. Como a mí no me reclamaron me dejaron 1 día más, ¡nombre! Como para olvidar esa experiencia.

Recuerdo que cuando llegué a la casa de mi tía Lola, la cara de espanto que puso, jamás se me ha olvidado. ¡Tito!, ¿Dónde andabas? Pensé lo peor… le conté lo que me había pasado, y que después de esta experiencia, no me iba a involucrar jamás en estos asuntos. Pero la verdad no fue así.

Pasaron unas semanas, y volví a las andadas. Pero esta vez, fue definitiva. Con mayor ánimo y valor continué en el movimiento. A pesar, de la represión que tuvimos. Creo que era finales de septiembre, y el movimiento ya empezaba a estar más debilitado. Cuando se nos convocó en Tlatelolco, ya habíamos tenido algunos mítines ahí y el lugar era muy agradable. La Gente de los multifamiliares nos apoyaba y parecía que el movimiento tomaría nuevos aires.

En uno de los mítines en Tlatelolco, me habían pedido tomar la palabra, en una impresionante muestra de espontaneidad tomé el megáfono, nomás me temblaban las piernas y las manos, pero cuando empecé a hablar, aquello fue como cubetazo de agua fría  y por supuesto que ese sentimiento de pánico escénico se disipó. Me aventé como nunca había imaginado que podía hablar a la multitud y algo así me salió:

¡Compañeras y compañeras!, ¡Pueblo en general, ¡Por convicción y amor a nuestro país estamos aquí reunidos!, ¡Sin miedos o ataduras de ninguna especie!, ¡Porque nuestras manos, se hacen cada vez más vigorosas!, ¡Para levantar en alto las banderas democráticas y revolucionarias por las que luchamos!, ¡Porque el gobierno en estos históricos momentos nos escucha y siente nuestra fortaleza organizada, disciplinada, combativa y entusiasta!

¡Por eso compañeras y compañeros! En este lugar y en estos precisos momentos ¡Les pedimos que no claudiquemos y continuemos en la lucha, porque aquí nadie se raja!, ¡Por el Pueblo y con el Pueblo!, ¡Venceremos!

Yo nunca supe porque dije eso o como lo dije, solo recuerdo que cuando hablaba una especie de nube oscura cubría a mi alrededor y con fuerzas del interior, solo me aferraba al megáfono que me habían prestado el Topo y la Nacha y al final de mis breves palabras, me recobraba de ese especie de transe, y empezaba a ver las caras de la multitud, todos con lágrimas y aplaudiéndome eufóricos me sorprendían. Los demás compañeros me palmeaban la espalda en signo de ánimo y aprobación.

Cuando el mitin se terminó, todo mundo se fue a sus casas, los que organizábamos todo, estábamos desenchufando el sonido y desconectándolo de uno de los departamentos, cuando unos tipos muy raros me tapaban la boca y poniéndomela la pistola en la sien,  con voz amenazante me decían:¡Gritas y te carga la chingada cabroncito!, ¡Con que muy revolucionario eh!, pues ahorita, ¡Te vamos a dar tu revolución pendejo!

Entre golpes y patadas, me subían a un carro negro, me obligaron a ponerme boca bajo en el piso del automóvil y estos dos tipos, poniéndome los pies en la cuello y en la espalda, no se cansaban de explicarme detenidamente la calentadita que me iban a meter llegando al sótano. Yo de inmediato pensé: ¡De la Federal de Seguridad no salgo vivo!

Y en efecto, llegando a la Federal de Seguridad, me metieron una patiza y con el respectivo interrogatorio correspondiente, me pedían nombres. Yo les contestaba, -no se si valiente o estúpidamente-: Agustín Melgar, Juan de la Barrera, Vicente Suárez, Juan Escutia y Francisco Márquez. De pronto, me callaban a bofetadas. Y uno de los agentes me gritaba: ¡Ahora te crees profe de Historia pendejo!, ¡Pues ahora vas al taller de Electricidad pinche puto!  Ya se imaginaran lo que pasó los siguientes minutos.

Después de varias horas, ya no sentía ni mis piernas, ni mis brazos, la vista toda nublada por la brutal golpiza hacía estragos en mí. Al tiempo, -y creo que eso fue un milagro- me metieron a otro auto o el mismo, no lo sé, después de tanto golpe ya no sabía de mí.

Esta vez, me metieron al maletero del auto, después de un cierto tiempo, no sé si fueron horas o minutos, para mi aquello ya había sido eterno, el auto se detuvo. De manera brusca abrieron el maletero y con mis ojos vendados y las manos atadas, me tiraron como si fuera una bolsa de basura en una curva a las afueras de la ciudad.

Escuché como rechinaron las llantas, solo esperé algunos minutos totalmente petrificado, esperando lo peor. Pasaron quizá algunos minutos a intentar moverme, el miedo me tenía paralizado, de pronto un señor y su esposa, me gritaron: ¡Ey chamaco!, ¿Qué andas haciendo?, ¿Qué tienes?

Temblando les empecé a rogar que no me hicieran nada. Empecé a llorar y suplicarles que por favor no dijeran que estaba aquí. No sé cuántas veces les supliqué entre llanto y grito de desesperación. La verdad ya ni supe.

La pareja eran unos viejos campesinos que tenían sus tierras al norte de la ciudad, eran buenas gentes. Me llevaron a su jacal, me dieron agua para bañarme y para curarme las heridas. Me dieron unas tortillas y algo de frijoles para mitigar el hambre. Pasé algunos días con ellos, Don Arnulfo –así se llamaba el campesino- me llevó a trabajar con él a su parcela, mientras me despejaba y ordenaba mis ideas.

Pasadas dos semanas, por fin me llené de valor. Les di las gracias a Don Arnulfo y Doña Eulalia por sus atenciones, de una lata vieja de leche, Don Arnulfo sacaba unos centavos, los enredaba en un viejo paliacate y me decía: De algo te han de servir, ya no te metas en problemas, los del gobierno son cabrones, ¡Cuídate!

Caminando me fui a la ciudad. Mientras avanzaba, mi mente hacía cálculos para saber con quién llegar o como llegar. Empezaba a ponerse la tarde, para esto desde que me habían detenido a este punto ya habían pasado 15 días. Al entrar a la ciudad, aquel ambiente era lúgubre, pesado, las calles estaban vacías. A una persona que me encontré en la calle, le pregunté qué día era, esta persona con cara de sorpresa me respondió 3 de octubre y con cierto tono de incredulidad me preguntó: ¿No supiste lo que pasó en Tlatelolco?

Yo más sorprendido le respondí: ¡No! ¿Qué pasó?, me respondió esta persona: ¡Los mataron a todos por revoltosos!, ¡Con el gobierno no se juega!, yo le dije a mi sobrino déjate de chingaderas al gobierno nunca le van a ganar y mira, dicho y hecho,… bueno chamaco ¡ahí te dejo!

Petrificado quedé en la calle, no sabía si agradecer a esos guaruras que me habían tirado a las afueras de la ciudad, o por  las condiciones en las que me habían dejado. No lo sé. Pero lo que si sabía, es que el movimiento había sido acallado de un golpe brutal y asesino.

A las semanas supe de algunos compañeros y compañeras que habían sido desaparecidos y otros más habían terminado en la cárcel. Aquello había sido un brutal despertar de un sueño que sentimos que pudo haber sido realidad Y sin embargo, el gobierno orgulloso pregonaba con su olimpiadita, que todo era posible en la paz.

¿Y qué fue de mí? Por casi 20 años me alejé de la política, repudié con todas mis ganas todo lo que fuera relacionado al gobierno, pero la frustración estaba aún presente,  hasta que nos volvieron hacer otro fraude electoral, y esa fue otra llamada a la lucha, pero esa es otra historia…