It shook me all night long… O sea, ¡Que machín quemón me di esa noche!

El Borracho Enamel Pin – Spacedust

Víctor Javier Pérez Montes

-¿Otra vez a peregrinar, Pito Pérez?

-¡Qué quiere usted que haga! Soy un pito inquieto, que no encontrará jamás acomodo

La vida inútil de Pito Pérez

José Rubén Romero

A menudo me pregunto, sí es bueno o malo estar muerto. Creo que una de las ventajas de estar en estado occiso, es que tienes  mucho tiempo, pero mucho tiempo para pensar y meditar sobre la vida, y que ironía, ya que estás muerto, piensas en la vida que ya no tienes. Algo así me pasó, y les diré por qué.

Desde chamaco era uno de esos niños de la calle. Bastante inquieto, bastante preguntón, bastante curioso, creo que me faltaron o ¡me sobraron! fregazos. En casa de mis abuelos, todo mundo me decía y opinaban de mí, ¡Y claro!, todos menos los grandes ausentes de mi vida, por supuesto que me estoy refiriendo a mis padres.

Mi padre era un borrachales de primera, que solo trabajaba  -y es mucho decir que trabajaba- solo pa´ sacar pa´ las caguamas, por cierto, en el bajo mundo de las cantinas y bares de la colonia, lo conocían como el Macaco –por aquello de estar siempre pedo en las esquinas-. De mi madre nunca supe, o mejor aún, nunca me quisieron decir.

Siempre que preguntaba a mi abuela Chencha, siempre me daba un fregazo en la boca, y con gesto y mirada de odio, me decía de inmediato: ¡Aquí no se habla de pirujas, chamaco cabrón! Definitivamente, ese tema estaba vetado en mis incógnitas de chamaco preguntón. En fin. Cosas de familia.

¡Por cierto! Ni me acordaba, me presento ante usted mi respetable: Mi nombre es Ronaldo Peraza, pero, los compas me pusieron el “Rony Roñas”, es que como nunca fui muy bañador, y ustedes dirán – y con toda razón-, ¡Que cochino!, pero no prejuzgue mi amigo o amiga, resulta ser que en la colonia siempre se nos iba el agua y a parte que mis abuelos nunca la pagaban, pos ya sabrán; y como siempre me andaba rascando la cabeza y la cola, pos me pusieron  el “Rony Roñas”, ¡Ya saben! Cosas de la infancia y de los compas de la cuadra. Pero la neta, nunca me agüité.

Siempre viví en las primeras, y ustedes dirán: ¿Qué es eso?, ¡Pos fácil!, la primera vez de todo. La primera vez que me mostraron una revista con chamacas sin calzones, la primera vez que me aventé una cervatana bien Elodia, la primera vez que fui famoso…Eso si fue una hazaña, y ¡Cómo no! Se las comparto todas.

Tenía un grupo de amigos de la cuadra: El Fumangshu, el Cocoyol, el Grillo, el Transilvano y el Canifú. Todos con los mismos broncas familiares, el que no era hijo de un alcohólico, era hijo de madre ausente o de arrimados con algún familiar que nomás no nos ponía atención. Así que, éramos un grupo muy de características similares.

Pero no nos importó en su momento. Toda aquella problemática se disolvía en nuestras épicas andanzas. Una de ellas la recuerdo muy bien. Estábamos en una especie de basurero, atrás de unos multifamiliares –los primeros en la ciudad por aquellos años-, como nos habían dicho que si recogíamos cartón y fierro viejo, nos daban algunos centavos, pues, en esas andanzas pro-empresariales andábamos bien metidos.

Ya metidos en el “paper and metal bussiness”, que hacemos chuza un día de esos. Nos encontramos unas revistas viejas del “Caballero”, o más bien, unas revistas de “viejas”, pero todas encueraditas, ¡Ingezu!, ¡Pero, qué cosas Señor!, la verdad nunca había visto algo así. Yo decía: ¿Eso tienen las señoras?, ¡Qué barbaro!, ¡Qué bonito!

Yo debí haber tenido unos 10 años. Lo único que recuerdo, es que me subía un calorcito desde los pies hasta la cabeza, y se me estacionaba ahí en donde uno hace pipí. A qué recuerdos, pero, qué recuerdos.

El Cocoyol y el Transilvano nomás me decían: ¡Órale Roñas!, ¡No seas cochino!, ¡Ya se te paraguas el pilín! El Canifú y el Grillo eran los más aventados, esos agarraron una revista y nomás veíamos que se iban atrás de unos matorrales y ¿Quién sabe qué harían allá atrás? En fin, intimidades de tiempos mozos.

¡Ay caray! -Como diría el divo de Juárez-, ¿Pos que se iba a esperar?, solo y en la calle, toda una combinación mortal. También recuerdo una fiesta, de esas que había piñata, y pastel y comida, con todo y tamales, era como a 2 cuadras de la casa, era en la casa del Coke y la Lola, los riquillos de la colonia.

El papá de estos riquillos era agente aduanal, y pos siempre, se la llevaba fuera de su casa, ¡Eso sí!, mandaba a doña Cuca, todas las cosas que se transeaba, ¡digo!, que “confiscaba” de fayuca, por eso el Coke, siempre traía camisas de la marca OP y con tenis Converse o Vans, y los pantalones de mezclilla 501, eso sí, todo original, todo gringo.

La casa del Coke era el “cinito” de la cuadra, ellos siempre estaban a la vanguardia de la tecnología, nos cobraba veinte centavos para ver Don Gato, los Picapiedra, los Supersónicos, también para ver el Box o la Lucha libre, ¡No te digo!, ese Coke iba que corría para empresario.

Pasaron algunos años,  y bueno, las cosas o el llamado “home stablishment” continuarían, -las cosas en la casa y en la cuadra, ¡pos nunca cambiaron!-  o tuvieron continuidad como decía un politiquero de la tele.

Pero, entre esas cosas que tuvieron la continuidad, las pachangas que organizaba el Coke y su carnala la Lola, -que por cierto tenía un cuerpecito de sirenita, que nomás te dejaba pensando cochinadas, sobre todo cuando se ponía unos “hot pants” celestiales, a jijos, pa que más les cuento- se ponían esa “partys” siniestras, recuerdo que para esas fechas, la mota y el alcohol eran parte de los dulcecitos de sus fiestas y del buen degenere.

Para esos años, el corruptazo – y drogísimo- de su papá, ya era jefe en una de las aduanas en alguna de las ciudades al norte de país, y como buen padre de familia, seguía surtiendo a su sacrosanta familia de juguetitos y de repente, algunos dulcecitos para el Coke. ¡Qué padre tan padre! Decíamos todos en la cuadra.

Una tarde estábamos en la azotea de la casa del Coke, aventándonos unos chorros muy sabrosos de mota calidad de exportación, o como diría el Transilvano “puro lima limón quality export” y entre esa nubesota que andábamos de alucine y realidades mochas que sentíamos o que supuestamente veíamos, el Coke se paró y empezó a llorar y me dijo:

¡Pinche Roñas! ¡Eres un cabrón muy a todo dar güey!, Tu eres mi único amigo, que me busca por mi amistad, y no por mi lana, y nomás por eso, te voy a regalar algo bien chilo loco!

Claro que todo lo que me había dicho el Coke era la neta, pero, en realidad andaba muy amiguito del Coke porque andaba muy sobres la Lola, es que esa Lola era alucinante! ¡Era un cuerazo con una carita de angelito! ¡Aaaah Dioooos!

De pronto, el Coke sacaba de un cuarto de la azotea, un estuche con una guitarra eléctrica Rickenbacker, nuevecita, y al momento que me la entregaba, me advertía: ¡Cabrón! Tienes que hacer algo con esta pinche guitarra, así que, mínimo tienes que cantar en la hora municipal o algo así!, ¡No me defraudes! –a los años entendí, que quizá ese regalo no le había dolido tanto al Coke, talvez porque no sabía tocar la lira y ni sabía de marcas de guitarra, de lo contario, pura madre Teresa de Calcuta me la regala, aunque anduviera en ese alucine bien machín-.

En ese preciso instante, vino a mí, una idea genial, algo cósmica. Haría un concierto más grande que el los Beagles, como cuando tocaron en la azotea de un edificio viejo, allá en Inglaterra, ¿En dónde?, ni me pregunten, yo nomás sé que fue en Inglaterra, ¿Qué en dónde está eso? ¡Sepa! Yo nomas digo lo que me dijo el Coke, cuando veíamos en la tele los videos de esos greñudos. Y de una noche alucinante, la leyenda nació.

Me agarré nuevos amigos. Otros locos que les gustaba la música, igualitos a mí. Nomás que estos si comían las 3 veces en el día y sus papás si les compraban cosas. En fin, a estos loquitos entre “hippitecas y exis –existencialistas versión tercermundo-” los encontré en la escuela regional de música, allá por el centro histórico de la ciudad. Cuando todavía no estaba llena de bares y cantinas para los gringos borrachos, que se mean en las calles.

El Checo era el guitarrista y cantante –como yo-, el Pánfilo, tocaba las maracas y la batería, por cierto, el Pánfilo era niño fresa, vivía en la zona “popof” de la ciudad, su papá tenía unos almacenes de ropa, por eso quizá, podía comprarse una batería y aparte nos prestaba un departamento para ensayar todas las tardes.

Y sin olvidar al Lalo, que en realidad tocaba de manera magistral el piano, el cello, el violín y hasta la harmónica. Era un excelente músico, educado como todo un catrín y señorito de las buenas familias de descendencia alemana que había radicado en este puerto desde tiempos de Don José de la Cruz Mori, pero, al estar harto de ser el niño bonito de la familia, se nos unió a una bola de andrajosos y empezó a vivir la vida. Es más, con decirles que nunca había comido tacos dorados de marlín y Tonicol en el mercado.

Pero después de darles el resumen de vida del Lalo, nuestro ilustre amigo se integraría al grupo como el bajista estelar, en realidad, él quería ser guitarrista, pero no muy bueno, así que lo convencimos que tocara el bajo para ser parte de la banda. Al final el werever –asi le decíamos porque se apellidaba Webber-Holsstein- estaba muy “Agustín Melgar” con el bajo, y le gustaba su posición como futuro “rock star” y cari-boy del grupo.

Empezamos a tocar en las cantinas de mala muerte de la zona del centro, donde estaban los billares y demás centros de perdición. Aquello era alucinante, nadie nos pelaba, nuestro público eran albañiles, pescadores, marineros de paso, alijadores, y de pronto, uno que otro estudiante que se colaba para alcoholizarse en aquellos tugurios.

Tocábamos viejas melodías del rock and roll de antaño –eso sí, sólo música en inglés-, y cada día más nuestro repertorio era más variado y más heavy. El volumen de nuestras guitarras y la batería estaba siempre al máximo, como todos estaban bien borrachos y también nosotros, ¡pos!, ya sabrán que show nos aventábamos.

 ¡Eso sí!, El bar “El Gato querendón” –nuestro escenario y primer centro de trabajo- empezó a llenarse y el dueño empezó a estar encantado con nosotros, es más, ya no sólo ganábamos lo de las propinas, hasta nos empezó a pagar un sueldo y comisión del alcohol y la mota que rolaba en el lugar. Era nuestro gran éxito.

Pero no todo es dulzura, y las broncas no se dejaron venir. Una noche el “wereber” se puso a coquetearle a una de las chamacas que andaban en la cantina, resultó la novia de un policía de la Federal de Seguridad, al final de la tocada, y cuando ya estábamos subiendo los instrumentos a la camioneta, que nos caen 6 tipos armados, y con unas manoplas estilo y marca “llorarás”, que asi nos tocó la de perder.

Al Checo y al Pánfilo les quebraron las manos, y ahí empezó a valer churro el asunto. Al Lalo le metieron unos patines en las costillas y se las quebraron, de él, por cierto, ya no supimos nada. Sus padres después de sacarlo de un sanatorio, lo mandaron a Inglaterra, para que continuara sus estudios de músico de cámara.

Y a mí, ¡Aaay Diooos! Me dejaron como Santo Cristo. Por cierto, nuestros bien intencionados cuidadores de la integridad y el orden de nuestra sociedad, es decir, los agentes de la Federal de Seguridad, se clavaron los instrumentos. Y ese fue el fin de nuestra efímera carrera musical.

Pero, ¡no me rendí!, al tiempo de estar trabajando en uno de los bares del dueño del “Gato querendón”, como mesero respectivamente, me volví a comprar una guitarra –no como la primera, ésta era de segunda mano, pero jalaba bien- y cuando pude, llamé al Checo y al Pánfilo, para ese tiempo, sus manos ya estaban curadas y podían rascarle a la lira.

 El Pánfilo invitó a otro baterista, al Charly, éste era de la misma escuela que ellos, nomás que ya traía otras mañas, bien mañosas. Como baterista era un genio, le decía el “Bongo Starr” de la ciudad, pero era bien mariguano y le hacía al cocada –a la cocaína para que entiendan ¡pues!-. Pero tocaba bien chilo y nos hacía buenos solos en las presentaciones.

Ya empezábamos a agarrar vuelo otra vez. Un día se presentó un joven muy elegante, trajeado, con dinero. De esos caballeros que solo veías en las películas con la Sivia Pinal, por cierto era un próspero mueblero y tenía una tienda de discos. Su nombre era Carlos Kelly. Al final de nuestra presentación, se presentó con nosotros, nos dijo que éramos muy buenos y que nos quería promocionar.

Todos nos quedamos pasmados, jamás habíamos pensado en ser representados y menos por tan elegante señor. Recuerdo que nos dijo: Sí confían en mí, yo los llevaré a las estrellas, brillarán mucho y muy  en lo alto. Y vaya que se cumplió.

Empezamos a presentarnos en donde se podía. Fiestas privadas, festivales, mítines políticos, donde fuera. Don Kelly –como le llamábamos a nuestro manager- dedicaba todos sus esfuerzos y dinero para hacernos más populares. Es más, hasta en la televisora local nos llevó. La cosa iba en serio.

Un día el Checo, trajo a uno de sus compañeros de escuela, era un estudiante de cine, nos dijo que para una tarea, necesitaba hacer una pequeña película de algo, y quería filmarnos de cómo ensayábamos en nuestro local. Nos pareció genial esa idea. Y accedimos a eso. Ya nos sentíamos unos rock stars de a devis.

En esas andábamos, tratando de ver la locación y el escenario perfecto, cuando se me ocurrió la magnífica idea de hacer un gran concierto, y éste, para que se escuchara y viera por toda la colonia, nos subimos a la azotea de uno de los multifamiliares, donde vivía el Charly. Era un edificio de 4 pisos, muy alto.

Ya sabrán como estuvieron las cosas. Con cuerdas y sábanas subimos la batería y los amplificadores, una de las guitarras quedó hecha pedazos, porque al Pánfilo se le resbaló cuando la tratábamos de subirla por una de las ventanas. En fin, lo bueno que había otra más.

Después de la proeza de subir todos los cachivaches y los cables, nos fuimos a tomar un cafecito con galletas de animalitos, porque ya hacía algo de frío y de pronto pegaban algunas llovedizas. El ambiente se daba perfectamente para esa película, definitivamente nos convertiríamos en estrellas, en especial yo, que tanto anhelaba el estrellato y dar de que hablar.

Después del Coffee and cookies time, y con una fuerza renovada, y sintiendo una libertad de espíritu que nos haría llegar al estrellato, empezamos a subir a la azotea. Las cámaras para la grabación estaban listas, la llovizna y el cielo nublado, oscuro, nostálgico, daba el aspecto ideal para este documental de nuestra banda, como no teníamos nombre, en ese momento se me ocurrió bautizarnos como The Big Foot, el nombre era excelente, y todos estuvimos de acuerdo. Un documental, un gran nombre para la banda, excelentes compañeros, nada podía fallar.

Por cierto, ¿Recuerdan a la Lola?, bueno, estaba embarazada, 2 días antes me había dado la noticia, y por supuesto, que le dije: ¡Lola nos casamos! y con gusto reconozco al chamaco, ¿Qué culpa tiene la criaturita?, yo no iba a hacer lo que mis padres hicieron conmigo, yo si lo iba a criar. Ese chamaco o chamaca iba a tener a sus padres. ¡Faltaba más!

Asi que, la motivación era grande, me sentía inspiradísimo. Pero, hay caray, no se puede tener todo en esta canija vida, al momento de subir todos los cables que necesitábamos para las guitarras, micrófonos y amplificadores, nunca nos percatamos, que uno que iba directamente a la toma de la corriente estaba medio pelón, y el Pánfilo –quien también le hacía al inge de sonido- no lo había arreglado.

Y para amolarla más, que a mí se me ocurre, quitarme los zapatos, porque se me habían mojado completamente con la lluvia, y yo les decía a los demás: ¡Mejor! Asi totalmente descalzo, como uno de los cantantes de los Beagles en su último disco, donde salían caminando en la calle. ¡No si les digo!, andaba en plan de Rock star.

En ese preciso instante en el que empezaba a grabar nuestro ilustre futuro cineasta, y nosotros acomodándonos para iniciar el Show, al momento de dar la primera rasgada a mi guitarra, sentí literalmente que sacaba chispas de mí, todo mi cuerpo empezó a sacudirse completamente, sentía como una fuerza recorría desde mis pies hasta la cabeza, engarrotándome completamente.

Los demás se quedaron atónitos, no sabían que estaba pasando,  si era mi éxtasis de pasión musical o que estaba pasando en realidad, de pronto, empezaron a ver que sacaba humo de mi cuerpo, mi mirada estaba totalmente perdida, hasta que al baboso del Pánfilo, le cayó el veinte, y empezó a gritar: ¡Cabrones! Se está electrocutando!, ¡El pinche Roñas se está electrocutando!, ¡Desconecta todo!, pues ¡Así fue!, me electrocuté toditito, entre la fuerte impresión y la lenta reacción de mis camaradas, que no hallaban la puerta, o más bien, no sabían cómo bajar rápido para desconectar de la corriente eléctrica, ahí terminé, ahora si, que en estado de carbonización pura.

Y ya sabrán, de aquí a que llamaron a la Cruz Roja, y de aquí a que subieron los paramédicos, pues yo nomás recuerdo a ver visto mi cuerpo acostado, como un pedazo de carne recién asado, mi mirada era una expresión entre dolor, pero satisfacción. ¡Aquello fue un notición!, salí en la radio, la televisión local y nacional, en el Gallo mañanero- el periódico de la ciudad- a 8 columnas, en la meritita portada decía: ¡Concierto Mortal!

¡Nombre! Por primera vez en mi existencia me sentí realizado, lo había logrado, le había cumplido a mi compa el Coke, había hecho algo grande, de lo que todo el mundo podría hablar, había salido del barrio, y literalmente, había dejado huella y sobre todo sacado chispas de mi existencia.

Lo único que me pesa, es que no pude ver a mi hijo. La pobre de la Lola, me lloró mucho, pero, la muy canija, al tiempo, embabucó a otro baboso, y le dijo que estaba embarazada de él, mira que canija, no te digo, pero en fin, como decía mi abuela, el vivo al gozo y el murido al pozo.

¡Y si!, llevo mucho tiempo reflexionando de mi vida, más o menos como unos 45 años, paradójicamente ya que se me fue, y la verdad no me arrepiento de nada, no tuve mucho, así que extrañar lo que no tuve, ¡pos nomás no!, tampoco sentí la presión de ser alguien, y sin querer lo logré, pero eso sí, lo bailado nadie me lo quita, o mejor dicho: ¡Qué machín y mortal quemón me di esa noche!

¡Andy panda! Pa´que sepas quien manda: Breves y tristes crónicas del “macho power” guachicoleado.

Víctor J. Pérez Montes

¡Yo no soy la abusadora!

¡Yo no soy!Laura León¡

Vamos a ver, cómo es… el reino del revés!

Chabelo, circa 1148 A.C

…bien canijo con la Carmela.

En plenitud de fastuosa tarde de verano, cuando la mente y el cuerpo buscan el reposo anhelado -que bien me lo tenía merecido- después de una ardua semana de trabajo, tráfico y presiones cotidianas de la rutina laboral,- ¡ah! Porque eso de ser chofer de los camiones de la Coca, ¡está bien canijo!-.

¡Por fin!, unas horas de sagrado descanso para el macho alfa del hogar, sin faltar las habituales cervezoskys bien helodias, con la botanita de camarones y callito de hacha “a la imaginación” –o sea, salchichas con chile, limón y sal, porque no hay para más– la pantallita de 90 pulgadas – sacada fiada  a 98 mil meses con un 559% de interés en la Coppel- y ¡por supuesto!, el clásico del balompié nacional: Guadalajara vs América, -porque no me  alcanza para contratar los canales deportivos del cablevisión-.

En plena degustación de las mieles del triunfo, de mi condición de macho alfa  de mi reino llamado hogar;  y en el máximo momento en el que el partido de la guerra civil futbolera nacional hacía de sus mayores galas, como invocada del más allá, mi voluptuosa, morenaza y redondeada esposa- por no decirle choncha, prieta y fodonga vieja- aparecía a escena y con su melódica vocecita de ultratumba:

¡Casiano! ¿Cuándo vas a ponerte a pintar la cocina?, ¡Eh! ¡Ya llevas como 3 domingos con la misma cantaleta!, ¡Nomas te la llevas haciéndote menso!, así que en este momento ¡Apagas esa televisión y me pintas la cocina, pero de ya! Panzón vaquetón y mentiroso.

Después de tales palabras ofensivas a mi persona, por supuesto que no me iba a quedar sin replicarle algo a mi bien amada bodoquito de azúcar moscabado:

¡Carmela!, ¡Ya te dije que voy a pintar la cocina después del juego de futbol!, así que ¡Deja de fregarme y vete a ver qué haces! ¡Estoy viendo mi partido y te esperas!, ¿Entediste?

¡Ay nanitas! Nunca me imaginé, el resultado de mis imprudentes palabras y lo que me iba a pasar. Les cuento: Sin más, ni más, en fracciones de segundo, la Carmela desconecta la tele de manera violenta, me agarra de las greñas y que me pone en la cocina y como arte de magia, misteriosamente la cubeta de pintura ya estaba lista para empezar con los brochazos colorinos.

De la desgreñada cósmica que me aplicó, quedé todo mariado, que ni supe dónde quedó la botana y menos las chelas, lo único que alcancé a ver, fue la cara de la Carmela, con mirada de tiburón blanco al acecho, nomás se la llevó dando vueltas a la cocina y preguntando que como iba.

Las lagrimitas nomás me salían escuchando al vecino –que por cierto, ése si controlaba a su fiera- gritando y festejando los goles del clásico nacional, como niño regañado y con una recién pela de perro bailarín, pintaba la cocina, imaginándome cómo hubiera sido el disfrute de ese juego de futbol, acompañado de unas refrescantes cervezoskys y esa romántica botanita de callito y camarones a la imaginación. Y me decía asi mismo: ¡Pero nadie me dijo que me casara!, porque  está canijo, bien canijo con la Carmela!

Pánfilo Casiano: ¡Murió por la patria!

Pánfilo Otilio López Rateros, descansa en su máximo nivel morfístico, cuando de manera súbita y tempestuosamente, un zumbido diabólico va sacando poco a poco de su plácido y reconfortante sueño hacia esa realidad tirana –y que se ríe a carcajadas de nuestro ilustre amigo-.

De pronto, un grito desesperado –igualito como el Woltz, cuando gritaba  desesperada y aterradamente por su caballo, decapitado por los secuaces de Don Vitto Corleone-, nuestro buen amigo Pánfilo, empieza a llamar a su esposa Rutilia, entre llanto de terror y sorpresa demoniaca y exclama desde lo más profundo de su pecho: ¡Vieja pútrida, hija de la tiznada!, ¡Engendra  de tu Harry Putter!, ¿Qué me hiciste vieja loca? Preguntaba nuestro buen amigo, víctima de las habilidades estéticas  de su bien amada compañera de vida, que a la vez, veía como estaba inundado el suelo de cabello negro crespo –así como las canciones de la Guzmán-

En eso, la susodicha, aún con las tijeras en la mano y con una mirada entre loca y asesina de Halloween gringo, abre su bella y sensual boquita y dice: ¿Te lo dije o no te lo dije?, pelafustán bueno para nada! ¡Que quede claro que yo te di la opción!, ¡O te ibas a cortar las greñas con la Yuyis o yo te las cortaba!, ¡Sobre aviso no hay engaño!…así que: ¡Ahora te aguantas chiquito!, ¡Y ni modo!, porque ya te la sabes, y sí no te gusta… ¡La puerta está muy ancha, y todavía te cabe muy bien la panzota por ahí! ¡Inútil mantenido! ¡Y ahoritita te me pones a barrer tus cochinas greñas!

Nuestro buen amigo Pánfilo, solo bajó la cabeza, tomó la escoba y con gesto y actitud de perro regañado, infravalorado, apabullado y sobajado, con breves, pero efectivos movimientos “barreatorios”, recogía sus greñitas, al tiempo que las lagrimitas de coraje o de miedo –ve tú a saber cuál fue la razón- caían de su rostro y se mezclaban con sus cabellos mutilados.

Pero, ¿Cuál fue el resultado de ese detallito marital? Nuestro ilustre Pánfilo iba derechito y de manera religiosa, a la estética de la Yuyis, cada 15 días, y por supuesto Doña Rutilia encantada, porque su marido ya no era un inútil greñudo, ahora era un inútil con corte de cabellera formal. ¡Tan tan!

Maximino alias el ex “Barbas”

¿Qué sí que me pasó?, ¡Pos ya me rasuré!, me obligó mi vieja y de manera arbitraria y en contra de mi sacrosanta voluntad accedí, y les cuento como fue… Me dijo: ¡Me cae gorda tu barba fea!, ¡Pareces perro lanudo de la calle!, ¡Estás bien feo! Y con pelos en la cara, ¡Peor!, en estos precisos momentos, te me largas a la tienda de don Toya y te me compras un rastrillo y ¡Te arrancas esos pelos horribles imitación de jipi mariguano!, ¿Entendiste?

Y yo, con el alma enamorada dentro de mi corazón –como diría el buen Chalino Sánchez– y tratando de hacer valer mi masculinidad y hombría del macho alfa pecho peludo máximo jefe del clan familiar, me levanté y con voz firme y poderosa como trueno, como los que salían de la espada del He-Man, le dije: ¡Vieja! Yo me voy a cortar la barba cuando se me dé la rechiflada y regalada y soberana gana, ¿Entendiste mija?

En ese preciso instante, un vacío de silencio penumbral sofocó el ambiente, aquella atmósfera se tornó tétrica, infernal, como sí estuvieras en una de las películas del Exorcista y con presentimiento de que el tiburón te va a comer…

Aproximadamente, a los 18 minutos, 23 segundos para ser exactos, salí con mi dignidad de macho alfa pecho peludo máximo jefe del clan familiar “guachicoleado” ¡Hasta el mismísimo averno!, y por supuesto, ¡Con los cachetes como nalguita de neonato! Y sólo, con una mirada de satisfacción y orgullo –como de cazador de leones-, y por sobre todas las cosas, y lo más sorprendente, es que sin una sola palabra me mandó un mensaje claro y contundente: ¡Andy Panda!, ¡Pa´que sepas quien parte el queso en este clan familiar!”

Ramona y Romino: El dúo dinámico.

Sería algo así como las 7:44 am. El viejo portón del estacionamiento, hacía el acostumbrado ruido de la entrada y salida de automóviles de los vecinos del edificio. A los minutos, la puerta del departamento se abre de una manera estrepitosa, y la bella, escultural y elegante dama que entra por esa puerta, de pronto, y sin esperarlo, fue sorpresivamente interceptada por su abnegado y desvelado esposo. E inicia la épica y acalorada conversación:

-¡Buenas madrugadas Señora de este hogar! ¡Vaya! Hasta que se aparece la reina de esta su humilde morada, ¿Ya se acordó que tiene hijas y marido la Señora?

-¡Romino! ¡No estoy para estos espectáculos tan temprano!

-¡Claro!, pues si nunca estás para nada en este hogar, aquí me dejas solo todo el santo día y la santa noche, con mi alma en un hilo de mortificación, piense que piense que te habrá pasado, o con quien habrás estado en la noche.

-¡Romino! ¡No empieces con tus celos ridículos!

-¡Pero si no son celos! Son un sentido reclamo porque me tienes aquí abandonado, sin preocuparte de mí, nunca me sacas, siempre aquí entre pañales, barriendo, trapiando, de mercado en mercado, para hacerte gastar menos, y ni siquiera soy merecedor de una salidita o un pantalón o camisa nueva.

-¡Ya me hartaste Romino! ¡Siempre con esa cantaleta! Eso pasa por que eres un mantenido, que no hace nada de su vida y que siempre te la llevas encerrado aquí. Esperando recibir el dinero del gasto y pasártela viendo futbol en la televisión.

-¡Claro! Ahora la señora elegante y fina, me va a venir a reclamar que mis únicos momentos de distracción son malos, ¿Tu crees que no me doy cuenta que ya me perdiste el interés como hombre?, ¿En qué te convertiste Ramona?, ¡Tu que me hablabas de amores y buena vida!

Al momento, que Ramona levanta la mano en ademán para dar una bofetada a Romino, pero se detiene y le contesta al sufrido y amnegado marido:

-¡Me convertí en la esposa de un hombre que aumentó como 20 kilos de peso, gordo, panzón, siempre con las manos descuidadas, despeinado y con la ropa con manchas, porque desde que nos casamos, te la pasas queje y queje, además de apestoso a sal y pimienta. ¡Ya estoy harta! ¡Me largo con el otro!

-¡Si ándale vete con el otro!, ¿Crees que no sé qué te entiendes con el secretario de tu despacho?, ¿Crees que no me han contado que los ven saliendo juntos muy felices del cine?, y de otros lugares, que no voy a mencionar para no manchar la santa memoria de nuestras tres niñas, que en las noches preguntan por su madre!

Al tiempo que las niñas –de 5, 3 y 1 años respectivamente- empiezan a llorar por los gritos violentos de sus progenitores.

-¡Me avergüenzo de estar casada contigo Romino!, ¡Me largo para siempre!, ¡Quítate mugroso panzón!

-¡Si vete!, ¡Y nunca vuelvas!, pero eso si te digo, que a mis niñas, no te las llevas, porque ellas no son hijas tuyas, son solo mías, porque yo las hice solo, en 3 deslices que cometí porque tú nunca me has querido. ¡Mala esposa!, que como todas, ¡Eres brillo de la calle, pero, tinieblas de su propio hogar!

Y ahí quedaba tendido sobre el suelo, nuestro buen amigo Romino, llorando a grito abierto, desconsolado, y parafraseando al Divo de Juárez, quedaba solo, triste y abandonado. Y así fue.

Huextengo de todos los Santos: Un camino al cielo o al infierno.

Víctor Javier Pérez Montes

Desde el cielo una hermosa mañana

La Guadalupana bajó al Tepeyac…

La Guadalupana, cántico religioso popular

-¡Córrele López!, ¡Éstos están bien locos!, ¡Y no entienden razones!

Sólo se podía escuchar la respiración agitada, la visión se había centrado en un plano frontal, en el que sólo se percibía el humo que salía de la boca y las fosas nasales. El frío de la madrugada hacía gala de un entumecimiento en las piernas de ambos misioneros, que por más que se esforzaban, sentían que no podían avanzar y escapar de la turba enfurecida.

-¡Delgado!, ¡No puedo respirar!, ¡No me dejes!, al momento que era víctima de un obseso terrible y asfixiante de tos, provocado por su condición de asmático que llevaba toda su vida, 19 años para ser exactos. Cuando de pronto, el Elder López, era jalado de manera tempestuosa, por su compañero el Elder Delgado, en un esfuerzo por no ser alcanzado.

-¿Dónde está el maldito inhalador?, ¿Dónde fregados lo metiste? Cuando terminaba de preguntar el Elder Delgado a su compañero, una piedra se estrellaba sobre su frente, de inmediato la sangre brotaba a chorros y caía inconsciente, por el fuerte impacto de la pedrada recibida en la sien derecha.

De pronto, una sombra de terror se apoderó del Elder López, y sin mayores fuerzas, pero, con una cara de espanto hacía movimientos con sus brazos, con actitud de súplica ante tales circunstancias, pero la muchedumbre no entendía y menos le importaba. La turba enardecida, solo quería vengar la afrenta recibida, al tiempo que le propinaban golpes con palos y piedras, puntapiés e insultos entre gritos maldicientes.

-¡Con qué odias  a la virgencita cabrón!, ¡Pos ora te vamos a enseñar a que la ames, hijo de la chingada!, ¡Hereje!, ¡Pinche hijo de Satanás!, ¿Por qué la odias?, ¡Si es tu madre, desgraciado cabrón!

Siete horas antes…

-¡Oye Delgado! Entonces mañana, ¿A qué horas tenemos que levantarnos para ir a tomar el camión a Tantoyuca?

-¡Pos yo creo que a las tres de la madrugada!, ¡Nomás hay que llegar temprano, para descansar! Mañana será un día pesado. Vamos a tener que cruzar todo el pueblo, para llegar hasta la parada de los camiones en la pura entrada de Huextengo.

Mientras estos dos misioneros iban camino a su departamento, iban planeando la forma más eficaz de aprovechar su tiempo y las actividades que realizarían como parte de su propia rutina. De pronto Elder Delgado entre broma y advertencia le decía a su compañero Elder López:

-¡López! , vale más que arregles tus cosas, no te vaya a pasar como la vez pasada, que se te olvidó tu inhalador, y andes con tu tos de perro y no puedas ni chambear, ¡eh!

-¡No! ¿Qué pasó Delgado?, ya aprendí la lección, se siente horrible no poder respirar y más con este clima que cala los huesos y más en la madrugada.

En efecto, esos dos misioneros llegaban a su departamento a las 09:00 pm, y como rutina exacta, al momento de entrar al departamento, se arrodillaban, oraban, terminaban su oración, uno de ellos empezaba a preparar la cena, el otro se metía a la regadera, terminaba de bañarse, salía de la regadera y el otro se metía a bañar.

A las 09:30 pm, empezaban a cenar, al terminar de cenar a las 09:45 pm iniciaban su actividad de planeamiento del día siguiente. A las 10:00 pm, cada uno hacía su oración personal y con las luces ya apagadas dormían. Solo el viejo poste de iluminación pública, reflejaba su tenue luz sobre la ventana del departamento de estos dos jóvenes misioneros.

Era exactamente las 03:00 de la madrugada, el despertador de manera intempestiva  cortaba de manera cruel el descanso de ambos jóvenes, que en el frío de la madrugada iniciaban su ritual de preparación para salir a la calle. Calentar un poco de agua para lavar sus caras y sus respectivas axilas, aplicarse el desodorante, afeitarse, poner un poco de loción y peinarse.

Ponerse los pantalones y la icónica camisa blanca y la corbata de color sobrio, eran la culminación de la rutina, que entre despiertos y medio dormidos realizaban día con día. Salían por fin del departamento a las 3:28, previo a ello, se arrodillaban en la puerta y ambos ofrecían una oración de gratitud y protección.

Ambos misioneros salían de su departamento, con paso firme y veloz. El frío intenso de la madrugada avivaba los sentidos. No había mucho que hablar. Las mandíbulas empezaban a estar un poco adoloridas, el viento frío que golpeaba las mejillas de manera contundente, dejaba en ambos jóvenes un pequeño tic de temblor en la boca. En esos primeros minutos de caminata, sólo había un deseo de permanecer acostados en sus propias camas.

De pronto, el Elder Delgado, le hace una pregunta a su compañero Elder López: ¡Oye López!, ¿Nos vamos por el puente o por el lado del Viejo Barrio?, Elder López sin pensarlo le contestó: ¡Por el puente Delgado! Nos vamos a ahorrar como 20 minutos de caminata!

Aquella pareja de misioneros tomaron la decisión de irse por el camino del puente. No era nada extraño que durante todo el mes de diciembre, todo el pueblo tuviera música con banda y ruido de cohetes. La peregrinación de la Virgen de Todos los Santos era un ritual que se mezclaba con las obligaciones de tipo comunal que tenían los pobladores del lugar y de los pueblos de alrededor del mismo.

Dos días antes, hubo un incidente grave, entre un grupo de católicos  y un grupo de evangelistas. El motivo fue – y como siempre había sido- un desacuerdo de tierras, y como si fuera poco, la cuestión religiosa era un ingrediente más que abonaba a viejas rencillas, que iban desde insultos hasta machetazos. Aquella ocasión habían resultado 7 muertos y 13 heridos.

Era  algo muy común, que las diferentes comunidades alrededor del antiguo pueblo de Huextengo, se tuvieran dificultades durante todo el año, pero, iniciando el mes de diciembre, esta situación se volvía aún más caótica. Intolerante  era el adjetivo que más se apegaba a la realidad existente en aquellas comunidades, especialmente en ese mes.

Esos días eran algo muy raro. El ambiente era tenso. Aquellas procesiones eran literalmente unas bombas de tiempo, que con la más mínima provocación, la violencia estallaba de inmediato, sacando a relucir los más profundos resentimientos de esa gente hacia quienes pensaban de manera diferente. Por lo que se convertían en los enemigos jurados, y había que castigarlos o exterminarlos.

De pronto, el Elder López le preguntaba al Elder Delgado: ¡Oye Delgado!, ¿Por qué habría tanto alboroto para el lado del Barrio Antiguo hace 2 días? Elder Delgado  solo contestaría con una cara de ignorancia, y sin dar mucha importancia, casi rayando en la indiferencia, le respondería: ¡Sabe! ¡Aquí la Gente es muy rara!, reacciona muy diferente de cómo estamos acostumbrados.

Ambos misioneros eran oriundos del estado de Chihuahua. Elder López era de Delicias y Elder Delgado de Ciudad Juárez. Las diferencias de orden cultural y religioso, de sus lugares de origen en comparación con al lugar en que estaban asignados, -como lo era éste estado del centro del país-, tanto para vivir como predicar otro tipo de cristianismo, -diferente al catolicismo-, literalmente hacía de aquella experiencia todo un reto de vida.

Aquellos dos jóvenes misioneros, empezaron a cruzar el camino del puente viejo, a medida que avanzaban se podía sentir que algo muy raro podría pasar. A unos 20 metros se podía ver la muchedumbre de la procesión, entre músicos y demás acarreados. Muchos de éstos estaban evidentemente alcoholizados y desvelados. Aquello era una bomba de tiempo.

De pronto, y sin motivo aparente, algunas personas de la procesión empezaron a murmurar:

¡Ésos no quieren a la madre de Dios!, ¡Ésos son los que mataron  a los de San Vicente!, ¡Ellos son los que nos quieren quitar nuestra religión!”. De pronto, uno de ellos empezó a gritar: ¡Mátenlos a pedradas!, ¡Nos quieren robar a nuestra Madre!

Como si esto hubiera sido esperado por toda la muchedumbre, de inmediato, todos los hombres y las mujeres, empezaron a agarrar piedras y palos, y como una cascada de pedernal, empezaron a lanzarla sobre los jóvenes misioneros. Inmediatamente, éstos empezaron a correr, impregnados de horror en sus rostros, sin tener una idea exacta de lo que había ocurrido.

En un intento desesperado, uno de los misioneros gritó, tratando de razonar con la enardecida turba: ¡Amigos!, ¡Nosotros les respetamos sus creencias!, ¡No queremos ofenderlos! En esos momentos críticos, y con una tensión infernal, Elder Delgado le gritó al Elder López:

-¡Córrele López!, ¡Éstos están bien locos!, ¡Y no entienden razones!

Sólo se podía escuchar la respiración agitada, la visión se había centrado en un plano frontal, en el que sólo se percibía el humo que salía de la boca y las fosas nasales. El frío de la madrugada hacía gala de un entumecimiento en las piernas de ambos misioneros, que por más que se esforzaban, sentían que no podían avanzar y escapar de la turba enfurecida.

-¡Delgado!, ¡No puedo respirar!, ¡No me dejes!, al momento que era víctima de un obseso terrible y asfixiante de tos, provocado por su condición de asmático que llevaba toda su vida, 19 años para ser exactos. Cuando de pronto, el Elder López, era jalado de manera tempestuosa, por su compañero el Elder Delgado, en un esfuerzo por no ser alcanzado.

-¿Dónde está el maldito inhalador?, ¿Dónde fregados lo metiste? Cuando terminaba de preguntar el Elder Delgado a su compañero, una piedra se estrellaba sobre su frente, de inmediato la sangre brotaba a chorros y caía inconsciente, por el fuerte impacto de la pedrada recibida en la sien derecha.

De pronto, una sombra de terror se apoderó del Elder López, y sin mayores fuerzas, pero, con una cara de espanto hacía movimientos con sus brazos, con actitud de súplica ante tales circunstancias, pero la muchedumbre no entendía y menos le importaba. La turba enardecida, solo quería vengar la afrenta recibida, al tiempo que le propinaban golpes con palos y piedras, puntapiés e insultos entre gritos maldicientes.

-¡Con qué odias  a la virgencita cabrón!, ¡Pos ora te vamos a enseñar a que la ames, hijo de la chingada!, ¡Hereje!, ¡Pinche hijo de Satanás!, ¿Por qué la odias?, ¡Si es tu madre, desgraciado cabrón!

La muchedumbre enloquecida los hicieron sus presas. Los golpes, las patadas, los escupitajos, insultos y gritos, ahogaban los intentos de súplicas de sus víctimas. De pronto, uno de los hombres sacó una cuerda y empezó a atarlos de las manos y de los tobillos, otro empezaba de manera espontánea  a quemar unas tablas y cartones, iniciando una hoguera.

Unas mujeres empezaron a gritar al unísono: ¡Quemen a esos cabrones infieles!, ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos! De repente, toda la muchedumbre inició a coro en repetición contundente y siniestra: ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos!

A la distancia se empezó a escuchar un sonido de sirenas: ¡Ahí viene la policía!, de inmediato la turba desapareció, en cuestión de segundos. La Policía nunca llegó, era el sonido de una ambulancia, que había cruzado a unas cuadras del puente.

Los cuerpos de ambos misioneros estaban en el piso húmedo y frío. Los rayos matutinos del alba mostrarían las diferentes heridas producidas por los violentos golpes de apenas unas horas previas. El reloj marcaría las 06:46 de la mañana, cuando uno de los vecinos del lugar, llamaría a la Cruz roja.

A los 15 minutos aproximadamente, una de las ambulancias llegaría a levantar los cuerpos de ambos jóvenes, cuya humanidad violentada era totalmente irreconocible. En la clínica local serían estabilizados, pero ambos jóvenes serían trasladados inmediatamente a la capital del estado.

Nadie hablaba del incidente. Increíblemente, la apatía mezclada con el fanatismo, eran otra vez los ingredientes de tales sucesos. Era como si hubiera sido un mal sueño, algo tan real, pero a la vez inimaginable, que lo mejor era olvidar.

Esa misma mañana, en la misa de las 8:00 am, el sacerdote en la antigua parroquia colonial del lugar, cuya permanencia marcaba el antiguo centro del pueblo de Huextengo, oficiaba la misa y en su sermón matutino decía las siguientes palabras:

-Sé que algunos de ustedes son buenos cristianos. Sé que darían la vida por nuestra Santa Madre Iglesia, ¡Hijitos míos!, ¡Éstos son tiempos peligrosos!, y el Diablo y sus servidores, anda entre nosotros para destruir nuestras sagradas creencias, y quieren violar  y desacralizar a nuestra Madre eterna, ¡Nuestra Señora de todos los Santos!

-Yo los absuelvo ¡No del pecado!, porque no hicieron ningún pecado al castigar a esos servidores del Diablo, sino de la imprudencia de haber corregido un poco violento a esos hijos de Mahoma, del Infierno, que enseñan en contra de nuestra Santa Madre Iglesia.

Y el sacerdote continuaba con su sermón:

-¡Ellos labraron su castigo, y su castigo es real!, ¡Defendamos a nuestra Madre Iglesia!, ¡Defendamos a nuestra Madre de todos los Santos!, ¡Defendamos a Dios Nuestro Señor!, ahora hijitos míos…Recemos por esas dos almas descarriadas, esclavos del Diablo y sus lujuriosas pasiones.

Al tiempo de terminar su sermón, un silencio apenas disfrazado por el rezo comunitario del “Padre nuestro”,  inundaba  aquella parroquia con un sentimiento de complicidad impune. Entre el humo de los cirios y la penumbra que apenas dejaba vislumbrar la figura encorvada del sacerdote, que al tiempo de perdía entre las sombras del atrio de la Iglesia, y que jamás se investigó sobre el penoso asunto.