La Ragazza

Con tutte le ragazze sono tremendo

Le lascio quando voglio e poi le ripendo

Rocky Roberts, Sono Tremendo, 1968

Víctor J. Pérez Montes

El movimiento de un lado a otro de los brazos del viejo Madroño, marcaba el ritmo de aquella calurosa tarde y casi inamovible, en el antiguo barrio de La Solitudine, a las afueras de aquella provinciana ciudad, que sin pensarlo, de manera lenta, pero firme, poco a poco devoraba los pocos reductos de la vida campirana de sus más antiguos habitantes.

Al final del antiguo camino vecinal, se encontraba la casucha de Antonello, uno de los más antiguos habitantes de la Solitudine. Era la típica casa de tejado terracota, ventanales de madera de encino, puertas de dos aguas, con un acabado totalmente rústico y con la chimenea humeante. El viejo horno de pan, casi derruido, no había sido usado desde la muerte de la esposa de nuestro viejo amigo.

El viejo granero, estaba cerrado desde hacía varios años. Quizá un poco más de quince años, ¡No lo sé!, lo que sí se sabe, es que desde la última visita de su único hijo, aquel almacén se había clausurado. No había más que hacer. Todo interés por producir, se había muerto junto a su esposa Constanzza. Definitivamente, aquello estaba clausurado.

Al frente de la puerta, permanece sentado sobre un banco de pino azul, nuestro longevo amigo Antonello. Con una mirada, que daba una sensación entre desesperanza y paciencia, pero sobre todo, una mirada de resignación. Los años habían llegado, y la condición de soledad no se hacía esperar.

En su mano, el viejo bordón que lo había acompañado, durante los últimos diez años, y como su sombra silenciosa, su fiel compañero Sergente, un sabueso viejo y semiciego, que llevaba un poco más de quince años viviendo en su propiedad, sin embargo, ladraba de vez en cuando, solo cuando escuchaba ruidos extraños por alguna ardilla o alguna zarigüeya, tratando de cazar alguna gallina que andaba alrededor de la propiedad.

Con mirada soñolienta y actitud casi inmutable, como si fuera una vieja estatua de jardín cívico, reflejaba el tiempo que pesaba y flagelaba, la humanidad de nuestro amigo. Los minutos y las horas parecían que de manera cruel, retrasaba la agonía en la existencia decrépita de Antonello. Aquella lentitud era cruel…muy cruel.

Sin embargo, a la distancia por el antiguo camino vecinal, se dejaba ver la sombra de una silueta, a los segundos de ser divisada, no sabía que era exactamente, pero, a medida que se acercaba aquella sombra difuminada -por el polvo y el calor- empezaba a tomar nitidez.

A medida que avanzaba y se acercaba a la casucha, la delicada y espigada figura femenina, hacía presencia en la vista de Antonello. El nombre de la joven era Mattia, la hija más joven de Luca, el molinero del pueblo. Ella salía todas las tardes a vender cagliata y formaggio, pero, esta tarde en especial, lucía diferente.

Súbitamente, y sin esperarlo, como un rayo de luz, como sí hubiera iluminado la mente, de forma inmediata nuestro amigo recordó a su esposa Constanzza. La recordó tan hermosa como en sus días de juventud. El deseo por estar con ella, y sentir el perfume natural de su cabello, empezó a penetrar profundamente en su mente.

¿Por qué aun la extrañaba tanto? Era la incógnita, que no tenía aun la respuesta. A los instantes, y como si se tratara de salir del trance existencial de ese momento, Mattia le pregunta:

-¿Compra cagliata?

Y como si fuera un reloj despertador, de inmediato respondía con inusitada vivez:

-¿Cuánto traes?

-¿Solo medio tanto?

En realidad la cagliata no era lo que interesaba. Lo que nuestro longevo amigo deseaba, era tener unos instantes de cercanía con Mattia, sus expresivos y bellos ojos y su espigada figura, daban ánimo a la aburrida existencia de Antonello.

Esos breves instantes daban una bocanada de aire fresco, a la solitaria existencia de nuestro antiguo provinciano de Teramo. Aquellos breves momentos de placer puro, avivaban ilusión muerta de nuestro protagonista.

De pronto, Sargente ladraba y Antonello abría los ojos, después de estar dormido, ¿Cuánto tiempo?, ¡Ni idea!, ¡Todo había sido un sueño! –uno de esos bellos sueños que por mucho tiempo no le habían hecho sentir de esa manera-, sin embargo, al estar recobrando la vista, a lo lejos,  aparecía misma sombra, y mientras se acercaba aún más, la figura tomaba forma. Para su sorpresa era Mattia. Ahora Antonello sabía lo que tenía que hacer y qué decir.

Una placentera sonrisa se dibujaba en el rostro de nuestro amigo. Volvía a sonreír y empezaban las ganas de vivir, como hace mucho tiempo…

Sweet child of mine… ( !Pero!, qué bonita infancia)

Víctor J. Pérez Montes

She´s got a smile, that it seems to me…reminds me of childhood memories…

Her hairreminds me of a warm, safe place where as a child I´d hide…

Sweet child of mine, 1987, Appetite of Destruction, Guns and Roses

Será que por mi memoria…

El Papalote, Silvio Rodríguez

Orejas de burro…

Ya que andamos en evocaciones de la bella infancia, recuerdo haber estado por allá, en el ya histórico 1987, en el tercer año de la Educación primaria, que por cierto, por un pelito de burro tordillo, recurso ese polémico, tortuoso y sobre todo poco académico año escolar –obviamente para un servidor-, dignas memorias en mi mente, que por cierto, aún no he podido borrar.

Definitivamente –pienso y aún lo creo fervientemente- la maestra Martina –como la rola de la Tigresa- me traía de bajada…descifrar aquellos números y tablas de multiplicar y divisiones, eran exclusivamente –y aún lo creo- de uso para los rusos o los gringos que trabajaban en la NASA, pero en fin.

La cosa es que era tan feliz en mi infancia, que lo que menos me importaba era aprender en esa escuela decrepita e inhóspita a la que asistía –por cierto, el nombre de la escuela evocaba al héroe de la famosa batalla del 5 de Mayo, el ilustre texano, el generalísimo Ignacio Zaragoza.

Por lo que, en una de esas románticas y educativas ocasiones escolares, la malvada e insensible profesora, al no recibir la respuesta que debí haber dicho, sacó unas orejas de “burro” y me obligó –con la tradicional bara en mano- a ponérmelas en la cabeza. ¡Caray!, pero lejos de tomarlo como una ofensa, en mis tiernos pensamientos de infante, y a pesar, de las risas burlonas de mis compañeros, les dije en voz alta:

-¡No le hace!, los burros son los animalitos más trabajadores y nobles que hay…

Y todavía reafirmé para que no quedara dudas de mi postura:

-¡No por nada un burrito llevó a la madre de Jesucristo antes de nacer!

Después de semejante afirmación, nomás recuerdo la cara de maestra, no sé si ella quería llorar o echarse a reír, pero, de que me pusieron las orejas de burro, me las pusieron.

Por cierto, ese Pinocho tuvo mucho que ver, con ese estereotipo estúpido de que las personas que no aprenden o no van a la escuela son burros, pero, ¡Y que culpa tiene el burro pues!

El niño perdido…

Entre mis memorias de chamaco, hubo una que la verdad, si me dejó impactado. En la cuadra vivíamos varios de la misma “camada”. ¡Éramos unos vagazos!, ¡Uuuy, muchas aventuras juntos!, y sobre todo, muchas travesuras, pero, la que les voy a contar fue una muy triste de a devis. Y así pasó:

Era una tarde veraniega del mes de Julio, yo estaba muy cómodo viendo la televisión, en el -ya histórico- canal Cinco, y por supuesto, viendo las caricaturas que proyectaban en ese canal, cuando de pronto, tocó a la puerta, mi camarada el Toño Loaiza –cabe mencionar que era un güerito muy travieso- y que me dijo:

-¡Vamos a ver al tren que se descarriló!, dicen que estaba lleno de maíz palomero, ¿Vamos?

De pronto me imaginé comiendo las famosas Pop corn y viendo mis caricaturas favoritas: los Tondercats, los Halcones galácticos, el Voltrón y el Robotec, y casi de manera instantánea le respondí:

-¡Simón Toño!

Y que nos lanzamos a la aventura. Sacamos las baikas y le dimos al pedalazo, yo nomás le dije a mi amá: ¡Ahorita vengo!, ¡Voy con el Toño!

Como verdaderos Choppers made in tercermundo, con el aire a nuestro favor, en tres patadas, estábamos en la meta de nuestro viaje suburbano, por fin, llegamos a las vías del tren.

¡Nombre loco! Hubieras visto, el gentío que había, señores y señoras, niños con cubetas y sacos de ixtle, acarreando maíz para sus casas. Aquel espectáculo era verdaderamente digno de una película titulada: “Nosotros los Pobres” o “El hambre histórica contrataca”.

¡Pero en fin! Lo importante era, que ya habíamos llegado. Recuerdo muy bien, que literalmente nos echábamos clavados en los vagones de maíz, sacamos nuestros respectivos costales de harina, que nos habíamos encontrado atrás de la extinta “CONASUPO”, y empezamos la acarreada –diría mi tío, que por cierto era albañil tranza-

Ya empezaba a pardear en la tarde, y le dije al Toño:

-¡Toño! Ya tenemos que regresar, mi amá se va a preocupar, si no llego temprano.

-¡Vete! Yo me quedo, estoy muy a gusto aquí.

Pues yo ni tardo, menos perezoso, emprendí la regresada a mi cantona, llegué y recuerdo que mi amá tenía maicena de chocolate y bolillos con mantequilla para la cena, la verdad, no estoy seguro si la cena estaba rica, lo único que sí sé, es que tenía mucha hambre.

Yo creo que serán las ocho pasadas, ya en la húmeda y calurosa noche del verano patasalada, cuando Doña Pola –en realidad se llamaba Apolonia- tocó a la puerta  de la casa. Mi mamá la atendió y con voz desesperada preguntó por su retoño –el gran Toñito- rápidamente mi amá volteó a verme y me preguntó por el chamaco.

De manera sincera, le respondí que andábamos juntos por allá en la vía del tren, pero que él se había querido quedar. ¿A qué?, ¡Ni idea!, simplemente el Toño no se quiso regresar conmigo.

Doña Pola, extremadamente preocupada, casi a las lágrimas, más que estar mortificada por el chamaco, estaba pensando en el marido. Don Chencho –Inocencio-, el clásico tipo primitivo y retrograda que gritaba y golpeaba –cinturón en mano- a todos en su casa, nomás no se hacía su sacrosanta voluntad. Por cierto, este gorila era oriundo de la Palma sola, un rancho perdido de la mano de Dios, pero cercano a Mazatlán.

Pasarían un par de horas más, y ya sabrán cómo estaban las cosas en la casa del Toño, Don Chencho, ya había cintareado a sus otros cinco hijos, y por supuesto, a Doña Pola, ya le había metido una de perro bailarín, y sin mencionar, la sarta de mentadas de madre y de  padre propinadas por su ineptitud, al no mantener a su hijo en la casa.

¡Por fin! Llegó el susodicho “niño perdido”, y nomás puso un pie en la “mansión del terror” y que empieza una persecución peor que la que pasó en la película “El resplandor” ¡Nombre! Aquellos gritos de dolor y de súplica eran para poner a cualquier con los pelos de punta.

Aquella masacre –quedó corta comparada a las que pasan en Texas, ya ven que cada rato se les bota la chaveta a los gringos y se matan en las escuelas -fue épica y pues así fue, como dijo el Divo de Juárez.

Mi amá nomás me decía cuando escuchábamos los reatazos contra el Toño:

-¡Aguas!, porque si tú me haces una de esas, te cuelgo del poste que está en el tendejón de Don Meme, ¿Entendiste cabrón?

¡Chale!, ¡Puras de esas!, pasaron los días, y el Toño ni a la calle salía, y menos a la escuela asistió. Como a la semana, se apareció a la escuela, que por cierto, parecía perro dálmata, todo lleno de moretones en todo el cuerpo, y con un vendaje en toda la chompa, ¡Obviamente ni le pregunté lo que le pasó! Y ni él me lo dijo.

Pero lo  que si me dijo, es que ya sabía dónde su apá –Don Chencho- tenía las revistas de viejas bicholas ¡Esa sí era buena noticia!, nomás que el detalle era que a Don Chencho le gustaban las revistas de viejas gordas, de esas de pura producción nacional, no como güeras export quality que salen en las revistas de mi apá.

El sueño robótico… (La “miada” atómica)

Recuerdo haber estado sentado en la Playa Norte, a un lado de los Monos bichis –por cierto, ahí había un enorme tubo de desagüe de aguas negras de la ciudad, directito al mar, y el peculiar olor natural, pero no agradable como se estarán imaginando, pero en fin, regreso a mi anécdota:

Yo tenía unos 6 años, estaba totalmente tranquilo conmigo mismo cuando de pronto, empecé a ver que el agua se agitaba terriblemente, era como si un maremoto –creo que ahora hasta en japonés les dicen Tsunamis- y que diviso a lo lejos algo muy raro, atrás de las tres islas que están enfrente de la ciudad.

Me tallaba los ojos, y por más que quería aguzar la mirada, no alcanzaba a ver con claridad, cuando de un de repente empecé a ver un terrible monstruo como de unos 100 metros de alto, era como una iguana gigante, pero mecánica, un robot terrible que tenía unos enormes colmillos, y garras y unos ojotes rojo brillante, que no tenía aspecto de “buena gente” diría mi amá.

Y de pronto, se me ocurre llamar a Mazinger Z, y que al igual que el Koji Kabuto –el que manejaba al Mazinger- salgo corriendo atrás del Pollo Loco –casualmente ya no existe ese restaurante en la esquina de Gutiérrez Nájera y Aquiles Serdán- y curiosamente, la cancha de Basquetbol que hay –todavía- se abrió a la mitad, y por arte de magia negra, y de un alucín bien fumado, estaba conduciendo el dron que manipulaba a Mazinger, y aunque no me lo crean, hasta estaba vestido con el traje y casco del mismito Koji Kabuto.

¡Híjole! Hubieran visto mi cara, cuando vi al Mazinger Z salir de la cancha del Martiniano Carvajal, hasta la música del intro de la caricatura escuché, de la emoción hasta ganas de hacer pipí me dieron, pero me las aguanté. Tenía que salvar a Mazatlán, y manipular al Mazinger era la prioridad.

Y por supuesto que iba gritar: ¡Mazinger!, ¡Listo!, en ese momento, ya estaba manejando a nuestro majestuoso e imponente defensor de acero.

Sin pensarlo más, inicié la maniobra. Aquel encuentro entre aquella iguanota mecánica y “mi” Mazinger fue épico, salieron chispas del encontronazo, entre los puños atómicos y los vientos huracanados que le aventé, aquella batalla en frente de los Monos bichis fue legendaria.

Lo único que les puedo decir, que a ese monstruo lo dejamos hecho una miseria, es más,  hasta los que recogen fierro viejo y cobre, nomás esperaron que terminara nuestro colosal encuentro, y empezaron a recoger todo el fierro viejo y los cables de cobre que habíamos dejado de ese robot.

¡Y claro! Las ovaciones de toda la gente de los alrededores, no se dejó esperar. Aquello era un carnaval de alegría, cuando de pronto una muchacha despampanante, y con mini falda “a go-go”, se me acerca y con tremendo beso en la frente me dice: ¡Eres mi héroe!

¡Ingaturroña!, ¡Era la mismita Sayaka!, -la novia del Koji Kabuto– ¡Hasta la morrita le bajé a ese compa! Aquello no era la victoria, era ¡La gloria misma! – Ni modo, era el héroe del momento.

¡Y que me armo de valor! Y que invito a la chamacona a dar un paseo en el dron, por toda la bahía, y lo mejor, ¡Que me aceptó la invitada!, pues ahí andábamos muy agustito, y entre “becho y becho” –en el cachete, porque acuérdense que era un chamaquito de seis añitos-, cuando de pronto el condenado dron empezó a fallar, y que nos vamos directito al mar.

Ya en el agua, empezó a hundirse el dron  y por arte de magia, la Sayajka me empezó a gritar auxilio con mi nombre: ¡Lucas!, ¡Lucas!, y por supuesto, que con un profundo sentimiento del deber, empecé a tratar de salir del dron para ayudar a “mi más recién conquista”.

Para ese entonces, el agua ya me llegaba arriba de la cintura, cuando de manera “mágica y misteriosa”, la dulce y seductora voz de la Sayaka, empezó a cambiar de tono y empecé a escuchar la “maléfica” voz de mi amá:

-¡Lucas!, ¡Lucas!, ¡Levántate chamaco baquetón!, ¡Ya se te hizo tarde para ir a la escuela!

-¡Condenado chamaco!, ¡Ya te volviste a miar!, ¡Chamaco cochino!, ¡Levántate a bañar!, ¡Chamaco mión!

¡Pues con razón!, durante toda mi aventura, nomás sentía cosquilleo en el pilín, y cuando andaba en el agua hasta la cintura, pues la sentía muy mojada. Y como, ya se habrán imaginado, a la hora del baño, no faltaron los chanclazos “atómicos” que mi progenitora me daría por ese pequeñito incidente de orinar el catre de lona en el que dormía –ya estaba la mancha muy amarillenta por cierto-.

¡Ah carambas!, ¡Que bonitos recuerdos! Aunque no me crean, yo salvé a Mazatlán de una inminente destrucción, que estaba más canija que la de Hiroshima y Nagasaki, ¡Claro que en la imaginación de un chamaco! y en ese sueño robótico entre Mazinger Z y yo… ¡por cierto!, más adelante, ya no tendría sueños robóticos, sino, sueños eróticos.

The old writer… (Al que se le fue la vida…)

It´s a dirty story about a dirty man…and his clean wife does´t understand!

Paperback writer, Revolver, The Beatles, 1966

Él Inició, pero nunca acabó…

Sobre el viejo escritorio de nogal, las marcas de los años, se hacían notar y sentir. El viejo barniz aparecía sobre la mesa, como pequeñas islas sobre ese mar de madera, cuyas vetas de madera se mostraban como sellos antiguos que adornaban junto a la vieja lámpara de escritorio, que iluminaba una débil y amarillenta luz.

El antiguo reloj de pared, marcaba las 3:25 de la madrugada, entre papeles y viejas libretas escritas, apilaban en el piso de manera desordenada, haciendo un concurso de incontables libros y antiguos periódicos.

Sentado sobre el escritorio, ahí estaba nuestro ilustre escritor, con el cabello cano y con barba copiosa. Su atuendo, no desentonaba con ese “look” de intelectual: Camisa clara, pluma en la bolsa de la camisa. Como si fuera un suéter, una camisa de franela vieja a cuadros –azueles, rojos y grises-, en el ambiente, se percibía un añejo olor, que se mezclaba con  el aroma  de la vieja cafetera.

Las incontables cajetillas de cigarro regadas sobre todo el piso –como si fuera intencionalmente- y por supuesto, el viejo cenicero de cristal, inundado por las colillas y la ceniza del tabaco de semanas atrás.

Los paquetes sin abrir, de las diferentes marcas de goma de mascar –para evitar fumar-, estaban regadas sobre el piso y sobre el escritorio, de aquella especie de oficina de nuestro nostálgico personaje.

¿Qué sí tenía una familia nuestro ilustre amigo? ¡Bueno!, Claro que tenía una familia. En la planta baja de la casa vivía su esposa e hijos. Ella era una mujer devota, católica, cuyos deberes tanto espirituales como familiares,  nunca pasaron de lado, y menos al finalizar el día.

Su devoción por ser una buena madre –cuyo deber religioso era una constante en su vida-no le permitía  que sus 2 hijos –uno de 6 años y otro de 8 años- estuvieran desaseados, o con hambre, menos que faltaran al colegio. Sin embargo, su relación con el esposo era distante. No mala, ni de faltas de respeto, solo y simplemente distante.

Los hijos habían llegado algo tarde. La esposa al igual que nuestro ilustre escribano, estaba a mediados de los cincuenta años, aquellos años sin hijos había dejado una huella profunda en el alma y más en su relación.

Toda la ausencia sombría de la relación conyugal, la trataba de llenar con la relación entre madre e hijos, el amor filial y la atención que ella brindaba a sus retoños, era casi a niveles de sobreprotección. Esos 2 niños eran la tabla de salvación del ahogamiento de la soledad y frustración de nuestra apreciable y muy atenta esposa.

La relación que existía entre marido y mujer, era casi exclusiva de subir con el desayuno, dejarlo sobre la mesa al lado del escritorio, mientras nuestro letrado amigo, mecanografiaba sin cesar, en actitud de completa concentración en su escritorio, como si nada fuera más importante que terminar el párrafo de tal o cual página.

En los viejos libreros, libros y libros y más libros organizados rigurosamente. Entre libros y notas de cuadernos de notas, una serie de estatuillas, y figuras de cristal, metal y algunas de madera, todas ellas formaban los premios y las distinciones por Best sellers, publicaciones o reconocimientos por su labor literaria.

Entre los cuadros de fotos familiares, algunas fotos de eventos o ferias de libros en las que presentaba alguna de sus obras.

En un espacio exclusivo de uno de los libreros, aparecían  cada uno de los ejemplares que nuestro amigo escritor tenía publicado. ¡38 obras literarias!, ¡Toda una colección!, toda una vida publicando los últimos 16 años, aquello era toda una vida literaria fructífera.

La casa editorial mandaba mensualmente su salario. Una suma nada despreciable, sin contar con las regalías correspondientes. El dinero no era el problema. El plan de trabajo, y los tiempos ya estaban pactados: 2 libros por año. Todo un esquema de trabajo para una celebridad editorial de altos vuelos.

Pero aquella tarde, algo sería distinto. De pronto, ninguna idea venía a la cabeza; los dedos como viejo mecanismo oxidado y con grandes dificultades para continuar dejaron mecanografiar.

El ceño fruncido, la mirada perdida, pero sobre todo, esa ráfaga que entraba de golpe llenado la cabeza con ausencia de ideas, se agolpaba y dejaba huella en la conciencia de nuestro excelso escritor.

Al inicio, no le dio importancia, dejó un par de horas el escritorio, y como si fuera un espíritu o fantasma  del inframundo, de manera sorpresiva bajaba a la cocina de la casa y se preparaba un café, y tomaba un polvorón del viejo tazón de pan de la cocina.

Aquel “break” no era usual. De hecho, llevaba años sin hacerlo. Aquella acción de salir de su refugio de la realidad, era algo bastante novedoso, no solo para él, sino, para todos en la familia. Sus hijos lo veían con ojos de extrañeza, su esposa no podía articular palabra alguna, debido a lo sorpresivo e inusual de su visita a otros espacios de la casa.

El tiempo corría y las ideas no llegaban. El problema no eran las ideas, era el maldito contrato de sacar 3 libros al año. Faltaban 2 meses y el último borrador aún no lo autorizaba la casa editorial. El tiempo estaba encima y de manera voraz.

La pérdida de un día de escritura, era verdaderamente algo significativo en el esquema de trabajo. ¡Maldita mente!, ¡No llegan las ideas! –decía nuestro amigo con angustia-. De pronto, su hijo más pequeño, llegaba a la cocina, su mirada sorpresiva, un poco triste, como con miedo, penetraba en los ojos del escritor.

Por más intentos que trató de hacer  nuestro amigo por evadir la simple, pero, penetrante mirada de su hijo, de plano no pudo contenerla. Sin embargo, en un desesperado intento por salir de ese instante casi hipnótico, sin pensarlo, casi de manera espontánea hizo una invitación maravillosa al pequeño:

-¿Quieres salir al parque a jugar?

El pequeño solo asintió con la cabeza, en una respuesta positiva a la invitación –rarísima- y con una sonrisa tímida, rápidamente le tomaba la mano a su padre, y éste sin tener un pretexto aparente, le respondía a su sonrisa con un beso en su mejilla y una afirmación muy significativa:

-¡Vamos hijo!

Aquella tarde sombría, con tonalidades grisáceas por el nublado de la tarde, con un alto grado de probabilidad de lluvia, en un ambiente frío y húmedo, de pronto se convertía en una cálida e iluminada tarde en aquel parque. Robin –el hijo del escritor- corría y reía sin parar. Nuestro ilustre amigo, tal cual fuera un viejo reloj oxidado, y sin movimiento, de manera torpe, pero, con ánimo seguía en los juegos a su hijo.

Los minutos pasaban, y aquellos se convirtieron en horas, el tiempo pasaba tan rápido. Aquel tiempo era un lapso fugaz. Aquello que tanta alegría había causado, por algunos momentos se pensaba que podía ser eterno.

De pronto, aquella tarde se había tornado en noche, el aire frío marcaba el final de aquella tarde tan especial. En la mente de nuestro escritor, había dejado una huella profunda, tanto en su mente como en su corazón, y se había hecho una promesa: “Todos los días saldría con sus hijos a disfrutar de la vida y del suave, pero a la vez, estridente ruido de sus risas.

Sin pensarlo, nuestro amigo subió entre sus hombros a su hijo. La sonrisa de Robin, hacía que valiera la pena de todo ese esfuerzo por establecer una relación cercana con su pequeño. En el camino, el escritor le contó a su hijo un breve cuento espontaneo, corto, pero que cautivaba a su pequeño. Era el final perfecto para esa tarde.

Llegó la hora de dormir, el sentimiento que tenía en su corazón era verdaderamente un sentimiento de paz con su alma. Años de abandono que había experimentado con su familia, al parecer había empezado a tratar de ser resarcidos.

Su esposa de manera tímida, se había acostado más cerca de lo que usualmente lo hacía. De un instante a otro, sin pensarlo, ella tomaba la iniciativa y le daba un tierno beso en la mejilla, y con una voz suave le decía: ¡Te amo!, ¡No lo olvides!, los dos en un acto de amor sincero, se abrazaban fuertemente, acurrucándose terminaban dormidos profundamente.

La rutina matutina empezaba en la madrugada. La madre de familia se había levantado desde muy temprano. El frío matutino era insoportable, encender la estufa y poner la vieja cafetera, era indispensable. Preparar los desayunos de cada uno de los hijos era el objetivo matutino. Así mismo, hacer el jugo de naranja, era todo un ritual culinario para la afanada y muy responsable esposa.

Llegaba la hora de subir el desayuno al viejo ático –convertido en estudio de escritor-, en donde de manera habitual, se encontraba a nuestro amigo tecleando sin parar. Sin embargo no estaba ahí.

Extrañez era el sentimiento de la esposa. ¡Albert!, ¡Albert!, al no contestar el llamado, pensó que estaría dormido aún. Y en efecto, nuestro ilustre escritor estaba recostado de lado sobre su cama. Daba la impresión de estar descansando de manera tranquila, en un profundo sueño, totalmente apacible, tal cual un neonato con una gran necesidad de sueño.

¡Albert!- volvió a llamarlo, ¡Amor!, ¡vas a iniciar tarde!, sin embargo, nuestro escritor no reaccionaba. Su esposa un poco intrigada, con suaves toques con sus dedos, trataba de despertarlo, pero al parecer, éste no reaccionaba. De pronto, y con un poco más de fuerza, la esposa empezaba a sacudirlo, pero, Albert no despertó.

La esposa solo pudo derramar sus lágrimas, y en actitud reverente y con sumo respeto al momento, de manera delicada tapaba su cabeza con la sábana de su cama. El momento nunca pensado había llegado, la existencia de Albert había llegado a su fin.

Era curioso, que todo lo que había logrado, había quedado atrás. Pareciera que sin querer o mejor dicho, sin pensarlo, había iniciado su camino a cambiar el curso de su existencia, lo que verdaderamente era lo importante o significativo  se había descubierto 1 día antes de su muerte, como quien dice: “Al que se le fue la vida, y no la vivió…”