
Víctor Pérez
Pobres poetas a quienes la vida y la muerte
Persiguieron con la misma tenacidad sombría…
Cien sonetos de amor, LIX, Pobres poetas a quienes…Pablo Neruda
-¡Dichosos nosotros los poetas pobres!, ¡Porque de ellos será el reino de los suelos!, ¡Dichos los que luchan por la poesía!, ¡Benditos los pies de quienes proclaman la estética de las palabras!, ¡Dejad la inmundicia de la televisión y sus perversas imágenes!, ¡Arrepentíos todos vosotros que no leen y que pervierten su mente!
Así comenzaba nuestro buen amigo Zamarripa, arengando en las calles de Plateros y Donceles en el centro de la Ciudad de México, aquello era todo un espectáculo, sin importar el frío y la lluvia, el sol, la contaminación, los automóviles, la indiferencia de la Gente, él en su profética misión y fiel a sus convicciones literarias, diariamente entre las 5 y las 6 de la tarde, salía a pregonar el Evangelio de las bellas letras:
¡Desnuda eres tan simple como una de tus manos, lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente, tienes líneas de luna, caminos de manzana, desnuda eres delgada como el trigo desnudo!
Continuabanuestro poeta desgarbado, con gestos exagerados de trágico apasionado, su cara delgada, cuyos pómulos profundos denotaban sus fuertes y alargados desvelos, recitaba de memoria prodigiosa la poesía de Pablo Neruda, como si fuera la sagrada Escritura a pregonar por las calles de la caótica ciudad.
En su mano izquierda llevaba unas rosas marchitas, cuya intención era venderlas para conseguir algo de comer. Aquello era una misión imposible, puesto que nadie estaba resuelto a comprar esas rosas marchitas, que simbolizaban su muy fatídica y lastimosa ruina de ser humano.
De pronto, se dirige directamente a una pareja de novios y con más ahínco, empieza recitar de manera apasionada y voz ronca, otro poema de Neruda:
Aquí te amo. En los oscuros pinos se desenreda el viento. Fosforece la luna sobre las aguas errantes. Andan días iguales persiguiéndose.
Se desciñe la niebla en danzantes figuras. Una gaviota de plata se descuelga del ocaso. A veces una vela. Altas, altas estrellas.
Pero, antes de que iniciara el siguiente verso, nuestro amigo es interrumpido por el joven de la pareja y le da un billete de cincuenta pesos, y de manera rápida se alejan del mal oliente y desaliñado poeta, de inmediato su faz cambia y entre sentimientos de alivio y desconcierto, sale del lugar y camina directamente a la cantina “La Cotorra” en la siguiente cuadra.
Solo para dos tragos de brandy, le pueden alcanzar los cincuenta pesos. La mesera de la cantina, al verlo llegar al lugar, se pone de muy mal humor y con voz fuerte e irritante le dice: ¡Zamarripa!, sí no traes dinero, ¡mejor lárgate!
Nuestro poeta y amigo, pero, humillado al fin, de manera tímida, saca el billete y se lo da a la mesera. Ésta de manera sarcástica, le arrebata el billete de la mano y con un todo más suave, pero burlón le dice: ¡Vaya! Hasta que traes dinero, pinche borracho piojoso.
Sale de la cantina nuestro alcoholizado amigo, con los ojos rojizos y con su figura desbaratándose, por los efectos del alcohol, como puede, pero con mucha dificultad, camina por toda la calle, agarrándose de las paredes de los viejos edificios del antiguo barrio del centro de la ciudad.
Por fin, llega a una banca, bajo una lámpara de luz tenue, amarilla, cuya sereno de la noche se puede observar como cae sobre la humanidad de Zamarripa, unos periódicos viejos fungen la función de cobijas, esto no es novedad, más bien, es la terrible, pero aceptada rutina nocturna de nuestro poeta pobre.
Por fin, el cansancio y el alcohol hacen su parte para que Zamarripa sea vencido y caiga como muerto sobre esa banca del parque central. Solo sus ronquidos y flatulencias anuncian que aquella humanidad continúa con vida.
Solo la suerte o la mala fortuna saben cuándo, cómo y dónde, nuestro poeta pobre del centro de la ciudad dejara su existencia temporal, para mutar a la Eternidad, solo la providencia divina sabe cuándo cesará el castigo de los dioses del Olimpo hacia la golpeada humanidad de nuestro amigo Zamarripa.