Capítulo 5

Víctor J. Pérez Montes

¿Qué debiera decir?, ¿Qué fronteras debo respetar?

Sí alguien roba comida, y después da la vida, ¿Qué hacer?

¿Hasta dónde debemos, practicar las verdades?

Playa Girón

Silvio Rodríguez

Capítulo V

Era algo así como las 6:45 p.m., una de esas tardes porteñas lluviosas. Estaba muy nublado, con un aire de frescura del mes de noviembre. Las calles del Centro, como siempre se inundaban, y claro, el caos en esa parte de la ciudad no se dejaba sentir.

Por la calle Leandro Valle, hacia el antiguo Barrio de las Calaveras, se divisaba una antigua bodega de color entre azul y verde turquesa, con tonalidades blanquizcas, que daban muestras del salitre propio del puerto, que en sus partes más al ras del suelo, se podía observar el desgaste de las grandes paredes.

Al interior de dicha bodega, se podían observar viejos camiones de transporte de material y algunas lanchas en proceso de reparación. En la entrada del portón de la misma, había un viejo letrero que decía. “Cooperativa del Pacífico, S.A. de C.V., alrededor del lugar, había algunas cantinas viejas y no podía faltar el clásico billar “Montecarlo Pool Club”, un especie de cementerio viejo del proletariado porteño, entre los camaradas se hacían llamar “los de la vieja guardia”.

Al interior del billar, el ambiente era algo diferente. El aroma era el resultado de una mezcla de sal, cerveza, un toque de tabaco, con su respectivo olor a sudor añejo. Mi primera impresión de esos lugares, nunca fue la más grata, pero, el pinche Chale era un topo, que se metía –y sabía- dónde encontrar lo inesperado, o como él decía “el Diamante en bruto”. Y definitivamente, él tenía un gran talento para ello.

Entre la bodega, las cantinas ruidosas y el viejo billar, existía una marcha muy activa de gente de todo tipo: desde los clásicos albañiles, los pescadores, trabajadores de los muelles – o el “muey” como ellos le decían-, soldadores, alijadores y demás oficiales de los astilleros, si dejar de mencionar, a las meseras y prostitutas que rondaban la zona.

Una mezcla de risotadas, gritos ahogados por el alcohol, el choque de las botellas y los vasos de cristal, eran parte del sonido que ambientaba todo aquel espectáculo de humanidad y deseos. De pronto, el ruido de unas botellas que se estrellaban en el suelo. Los gemidos de dolor y del aparatoso ruido de las puertas que se abrían de par en par, de la Cantina “El Tigre ahogado”. Con gran gusto y asombro, pero, a la vez con cierto temor, el Chale exclamaba: “¡Ahí está!, ¡Ya lo encontramos!

En el piso, en el medio de un charco de aguas negras, estaba semi inconsciente un hombre, con su pómulo abierto, la sangre le brotaba a chorros. Ésta se mezclaba con el agua estancada y el olor fétido del drenaje de la zona, y como un tigre sobre la presa, ahí estaba como una máquina de lanzar golpes, nuestro hombre: Adolfo “Fito” Osuna.

Las meseras gritaban desesperadas, histéricas al ver tal espectáculo. Unos hombres se apresuraron a apartarlo. La mirada del “Fito” era una mezcla muy rara entre odio, orgullo, satisfacción, pero sobre todo, se podía ver que no era sólo por el dinero, o por hacerles ver que era el mejor, había un sentimiento de rabia que no entendíamos en ese momento; después lo entenderíamos.

El Chale le agarría la mano derecha y levantándola en el mismo instante y con voz de anunciador de la cancha “German Evers”, anunciaba el contundente triunfo, con voz triunfal, como si hubiese ganado el campeonato mundial de boxeo. A los segundos, llegaría Refugio “Cuco” Lizárraga, y con una cara de desagrado, o más bien, de amargura, llegaba con los billetes en la mano y le diría al “Fito”:

-Aquí están tus pinches cuarenta pesos ¡Cabrón!, ¡ni pa´ joto lo dejaste güey!, y ahora ¿Cómo le voy a hacer pa´ sacar pa´ las apuestas, ¿eh? ¡Ya ni la chingas, pinche Fito cabrón!

-¡Ya te dije pinche panzón! Sigue apostándole a los putetes y vas a perder hasta el culo, pinche gordo joto! ¡Pero ahí tu sabes!, ¡Si te gustan esas puterías!

-¡Pinche Fito!, ¡No tienes madres güey! Replicó Cuco Lizárraga, y así como llegó, se regresó a la cantina, entre maldiciones y ademanes con sus brazos, en fin, era muy obvia la frustración que este hombre sentía en esos momentos.

¡Eres un cabrón! Dijo el Chale, expresando en su cara satisfacción y gran orgullo por la amistad que tenían.

-¡Órale pinche Chale!, ¿Onde te habías metido cabrón?

-¡Pos nada güey! Aquí visitando a los “Champions” del futuro

-¡Aaah, no seas mamón!, ¿Qué jais güey?, ¿Qué quieres?, ¿En qué tranza andas pinche joto?

-¡Uuuy! ¿Qué no puede uno venir a saludar, y pistear con nuestra joven promesa del pugilismo  patasalada?

-¡No pos!, ¡Eso si!  Y al unísono, soltaron ambos la carcajada.

-¡Ándale pinche Chale!,¡Vente!,¡Vámonos a chingar unas Pacíficos, con unas mojarras bien frititas con salsita picosa, ¡ Y ahí me dices, qué tranzas me propones cabrón!

De pronto, esa cantina era el escenario perfecto. El reencuentro de años de distanciamiento, de malos entendidos y rencores. Era tiempo de fortalecer la hermandad y  hacer las paces. Nunca hubo tanta calidez y  tranquilidad una cantina para estos dos tipos, que no sabían encontrar la serenidad y confianza en un mudo que solo les había enseñado a maltratar y dar lo peor. Pero, ¿Cómo se habían conocido estos dos hombres?, la respuesta a continuación:

Iba a toda velocidad, la respiración era agitada, corría por toda la calle 21 de Marzo cuesta arriba, en la mano llevaba un pollo, el botin de un puesto del mercado “Pino Suárez”. Unos policías corrían tras del ladrón, era un chamaco de diez años, descalzo, sucio, pelirrojo con el pelo largo, descuidado totalmente.

Su vestimenta era una camiseta percudida color azul, con un dibujo del “Snoopy” en el pecho -ya bastante desgastado-. Los pantalones de mezclilla totalmente deslavados, rotos especialmente en las rodillas. Era flaco, pecoso, de color claro, llevaba una mueca de satisfacción, sus sentidos estaban avivados, era como un lince con su presa en el hocico.

¡Párate pinche chamaco cabrón! Gritaban los policías, unos tipos panzones que lejos de alcanzarlo, cada media cuadra se tenían que detener a tomar aire con la boca, y que a la vez, vociferaban maldiciones a ese niño, que era como un personaje salido de una novela de Charles Dickens, -que por cierto Doña Eufrosina me puso a leerlos cuando vivía con ella en Acaponeta-.

Corría como buscando la libertad. Sus mejillas coloradas por el extenuante esfuerzo, era testigos de la habilidad y condición de ese chamaco. A lo lejos, se alcazaba a divisar una casucha de madera, con una luz tenue. Al interior estaba sentada una anciana, su nombre Doña Toñita Peraza, todo mundo pensaba que era su abuelita, ¡Pero no!, era una señora que lo había recogido de la calle cuando tenía 3 años.

Lo había encontrado buscando algo que comer, entre la basura de los puestos del mercado “Pino Suárez”. Ella nunca había tenido hijos y nunca se había casado. Algunas personas decían, que cuando era joven vivió un tiempo en Nogales y que se había dedicado a la “vida galante” y que cuando había regresado a Mazatlán, ya no le interesaba el matrimonio.

Sin embargo, Doña Toñita, siempre mencionó que cuando lo vio buscando entre la basura y desperdicios del mercado algo para comer, sintió una ternura que jamás había experimentado en su vida. Supo en ese instante que al fin, Dios le había concedido a un hijo. Los rezos que por mucho tiempo había brindado en la Catedral -de la Inmaculada Concepción-, en el puro Centro de la ciudad, habían sido escuchados al fin.

A partir de ahí, Doña Toñita se convirtió en la abuelita Toñita.  Aquel “güerito” pecoso, ya no andaría solo. Durante los siguientes 13 años, esa señora fue su madre, pero sobre todo, el apoyo incondicional a todas las ideas locas que éste chamaco se le irían ocurriendo de vez en cuando.

-¡Abuela!, ¡Ya conseguí pa´ tragar!

-¿Y ahora qué hiciste  mijo?

-¡Pos nada abue! Lo que pasa es que el pollo, ya llevaba 3 días, y pos me dio cosa que se echara a perder, ¡Y pos lo agarré! Y me vine pa´ la casa. Al rato le traigo unas papas y zanahorias. Usted no se preocupe abue, todo va a estar bien.

-¡Ay chamaco del demonio! ¿Te lo robaste chamaco cabrón?

-¿Qué pachó abue?, ¿Cómo que me lo robé? ¡No viejita!, lo que pasó es que cambió de dueño, es más, pobre pájaro, se iba a engusanar, y de que se engusane y lo tiren, mejor nos lo comemos y nadie sale perdiendo.

Salió el Fito de aquel cuartucho. Doña Toñita solo se quedó pensando, y diciendo para sus adentros: ¿De quién sacaría este chamaco lo cabrón que es?, pero a la vez, la cara daba muestras de satisfacción y ternura, con un leve movimiento de negativa por parte de Doña Toñita.

Sin embargo, era solo una manera de dar la amplia aprobación a los “actos ilícitos” de ese chamaco, que solo el destino diría el final de esa carrera delictiva, que con los años se iría formando, no solo por gusto, en ocasiones por que no había otra forma de salir adelante y otras por el gusto de la aventura, por lo que el Fito siempre decía: La vida mala, no siempre era tan mala.

Doña Toñita siempre comentaba: A veces, este chamaco llegaba con fruta, carne o pescado, a veces con comida preparada, a veces con dinero. Yo le decía: ¡Fito!, ¡No quiero que le andes  robando a la Gente! Fito solo bajaba la cabeza, y con expresión de devoción y respeto decía: ¡No se preocupe abue!, ¡Todo va a salir bien!

Un día al Fito se le ocurrió ir a robar a un viejo gimnasio por la calle Antonio Rosales. El resultado de aquella fechoría malograda, fue que el dueño del gimnasio, le metió una friega de “perro bailarín” a puro manguerazo limpio. Una verdadera “pela” con tintes dramáticos e inolvidables. De esas “chingas” que dejan huella.

Nomás se escuchaban los gritos y llanto de terror. El Fito suplicaba que lo soltara y ya no lo golpeara: ¡Aaaaay!, ¡Ya no por favor!, ¡Ya no me pegue!, ¡Le prometo que ya nunca me va a ver por acá!, ¡Ya no le voy a robar jamás!

El profe “Chano” Beltrán, solo le decía: ¡A ver si después de esta pinche chinga, te vuelves a meter chamaco pendejo!, ¡No llore como maricón!, ¡Aguante como los machos!, ¡Pinche chamaco cabrón!, y al mismo tiempo, las súplicas esforzadas y repetidas de Fito para detener tal calvario, que al parecer, se perdían en un vacío dentro de aquel viejo y sucio gimnasio.

A lo lejos, se podía observar los muchachos que iban a entrenar. Algunos apáticos seguían sin menor interés a lo que sucedía. Algunos otros, solo externaban con muecas de desagrado, tal espectáculo de dolor; los menos, sólo hacían gestos de gusto y risas de burla ante el dolor de aquel imprudente chamaco de escasos 12 años.

Cuando de pronto, uno de aquellos jóvenes le gritó al profe Chano: ¡Épale!, ¡Ya pérele!, ¿No?, ¡Ya estuvo bueno!,¡Pinche viejo culero y abusivo!, ¡Sí nomás agarró el chamaco, dos pinches peras más viejas que la chingada y una cuerda pa´saltar!, ¡Ni que se hubiera robado el pinche ring! ¡Pinche viejo cabrón!

-¡No te metas pinche Mota!, ¡Este pinche chamaco cabrón va a aprender! Replicaba de manera violenta el profe Chano Beltrán, mientras seguía sosteniéndolo del cuello de la camiseta y el Fito lloraba ya sin muchas fuerzas y esperanzas de zafarse de su verdugo.

De pronto, el profe soltó al Fito,  y de inmediato, éste corría y se ponía a espaldas de Mota. Ya teniendo bajo su protección al muchacho golpeado, Mota de manera retadora, apuntándolo con el dedo, le advertía de la siguiente manera: ¡Ya me chingaste la vida, pinche viejo culero, no te voy a permitir, que se la chingues a este chamaco, ¡Escuchaste!

El profe Chano Beltrán, solo guardó silencio, se dio la media vuelta y se encerró en su oficina, había algo que todo mundo sabía, pero, que nunca lo hablaban. ¿Cómo era posible, que el mejor pupilo del profe Chano, le hablara de esa forma y lo odiara tanto? Después sabríamos la respuesta.

El nombre de ese benefactor –anónimo hasta en esos tortuosos momentos- era Julián Mota Zúñiga, por alguna rara razón, expresaba un resentimiento muy fuerte hacia su entrenador, el mismísimo profe Chano Beltrán. Y las razones no eran pocas. Algunos decían que el profe Chano, fue para el Mota un padre. Lo cuidó, lo alimentó y lo entrenó como nunca había entrenado a otro pupilo.

Este sentimiento de odio y mucho rencor, no era espontaneo. Un año atrás, el Mota había sido clasificado, para pelear por el título en los pesos Welter, pero, la historia –ese maldito fantasma llamado historia, que surge como monstruo voraz, y que destroza con sus fauces, los sueños y anhelos de lo que los mortales consideramos justo- se repetiría en el Mota.

Se necesitaba subir a otro, y el Mota, no sería ese “otro”. El Mota, sólo sería un trampolín, para que el “Guacho” Romo pudiera ser campeón. La pelea estaba arreglada. El tercer round era lo convenido para que de manera sorpresiva y con un “uppercut” quedara tendido en la lona. –Por supuesto que toda esa información se le daría a nuestra joven promesa del pugilismo patasalada, unos minutos antes de subir al ring-.

-¡Ni madres!, ¡Yo no soy su pinche títere! Le gritaba el Mota al profe Chano Beltrán. ¡Usted sabe profe, lo que me he partido la madre, para tener una oportunidad como ésta!, ¿Y  para qué me salga con esta chingadera? ¡No tienes madres pinche Chano!

Serio y con el rostro desencajado, el profe Chano Beltrán, con la voz entrecortada y con lágrimas en los ojos, le daba sus razones: ¡Julián!, ¡Tú sabes que te quiero como a un hijo!, ¡Pero entiende!, ¡No hay otra alternativa!, Tú eres un campeón nato, naciste para esto, pero, al Guacho lo respalda la Comisión de Boxeo. Ellos son los que mandan, pero, dicen que te esperes el próximo año y chance te clasifican y peleas por el título, pero en Hermosillo, ¿Cómo la ves?

-¿Y tú crees que el próximo año me van a dar la chance?, ¡Ni madres!, ¿Cuánto te dieron para que yo me deje pegar por ese pendejo?,¡Dime cuánto! El Mota hacía el cuestionamiento directo, pero a la vez,  con ganas de no saber. El profe Chano, solo bajó la mirada, no hacía falta ser tan explícito, la pelea estaba vendida.

Afuera de los vestidores, el ruido era ensordecedor. El pasillo entre vestidores y el ring, parecía un pequeño manicomio; entre rechiflas, aplausos, gritos de ánimo, palabras malsonantes, todo aquello era la réplica del carnaval del puerto. Había confeti, papeles de colores, las cornetas sonaban, bueno era una verdadera fiesta alrededor de la pelea.

Todo mundo quería estrechar el puño del “próximo campeón”. Algunos gritaban: “¡Chíngatelo pinche Mota!” otros gritaban: ¡Cabrón, eres nuestro campeón!, ¡Gánale al joto del Guacho! Aquella algarabía era literalmente un carnaval en la cancha Germán Evers.

El Mota empezaba a caminar. Atrás de él, estaba el profe Chano y su ayudante. Parecía que la mente del Mota estaba en un trance total. Todo aquel alboroto, no lo distraía. Su mirada reflejaba una ausencia en el momento y el lugar. Todos los que podían acercarse, lo palmeaban por la espalda y le daban ánimo.

Toda la barriada de la famosa “Ciudad Perdida” estaba en la cancha. Literalmente la colonia entera se había volcado a apoyar a su campeón. Era la noche de Julián Mota, era por lo que había trabajado tan duro toda su vida. Lástima que toda esa Gente no lo sabía.

Al finalizar la presentación del Guacho había sido escueta, pero, la verdadera ovación fue monumental cuando el presentador  inició diciendo: Esta noche presentamos a un verdadero hijo del pueblo, un mazatleco de corazón, con 64 kiloooos, invicto con  23 peleas, 20 por knock out y 3 por decisión: Juliaaan “eeel Motaaa” Zúñigaaa. Y el volcán explotó. Aquello solo era júbilo y gran alegría. Al fondo la Banda tocaba el corrido a Mazatlán, los corazones parecía salirse del pecho.

Se iniciaba la contienda. El Mota tomaba la iniciativa, con fuerte combinación de rectos en el primer asalto. La cara del Guacho empezaba a dar muestras de que el titulo era algo de seriedad y no sería tan fácil, ni menos por “de fault”. El primer round culminaba, y la fanaticada gritaba de emoción, su héroe parecía acariciar el título de campeón.

Era una fiesta anunciada. Por fin, alguien de quien sentirse orgulloso, salido de aquel cinturón de miseria, de aquella barriada en la que solo había violencia y mugre. Al fin poder decir, que un hijo de la Ciudad perdida, era u triunfador, pero, todo parecía que eso no iba a suceder.

El segundo asalto iniciaba. El Mota salía como un tigre sobre su presa. Aquel asalto parecía que definiría todo. Era impresionante la forma como se movía, definitivamente aquello era muy obvio. El triunfo estaba en su bolsa. Sospechosamente Don Chano Beltrán, no gritaba las indicaciones, o el cambio de golpes o algo que necesitara su pupilo en el cuadrilátero para finiquitar la contienda.

Pero más extraño, parecía que el Mota, no conectara ningún golpe contundente. Siempre faltaba un golpe certero que definiera con júbilo la victoria merecida para él, y para todos. Y de pronto, el golpe de la campana anunciaba el final del segundo asalto.

Inmediatamente subía la guapa edecán, anunciando el inicio del tercer round. A la vez, que ella miraba con ojos de deseo y guiñándole su ojo izquierdo, le anunciaba al Mota, que algo más habría para el final de la contienda, pero, eso nunca iba a pasar.

Se iniciaba el tercer round. Aquello era inimaginable. La condición física y anímica del Mota era superior al del Guacho. El baile de piernas y el cabeceo defensivo eran verdaderamente espectaculares de un gran peleador. Cuando de un instante a otro, el Guacho iniciaba su ataque, el Mota quedaba atorado en una de las esquinas, en donde el intercambio era intenso.

Aquello era un intenso intercambio de golpes, ambos peleadores externaban que se les dañaban la integridad física. Cuando sorpresivamente, un “upper cut” para bien o para mal, asestaba contra la mandíbula izquierda del Mota. Aquello parecía lo imposible. De inmediato, nuestro frustrado campeón Julián Mota Zúñiga se desplomaba sobre la lona de inmediato.

Los gritos de sorpresa y horror no se dejaron esperar. Desde las tribunas más altas de la cancha, empezaron los insultos y las rechiflas. Las mentadas de madre y el tirar cuanto objeto se tenía a la mano, por parte de los espectadores, inició de inmediato.

Todo mundo empezó a gritar “fraude”, “vendido”, “pelea vendida”. Otro grupo de aficionados, empezaron a correr hacia la taquilla, y con palos empezaron a romper los cristales y exigían la devolución de las entradas. Aquello empezó a ser un caos total.

Llegaron unos policías, y no pudieron contener aquella vorágine de odios y resentimientos acumulados. Era un verdadero zafarrancho. Volaban las sillas plegables, las botellas volaban de un lado a otro. Había Gente descalabradas, había sangre por muchos lugares. Aquello era espantoso.

Mientras tanto sobre el ring, la humanidad del Mota estaba tendida sobre la lona. Sus lágrimas de rabia e impotencia, se entremezclaban con el sudor de su frente. El referí iniciaba la maldita cuenta: 5, 6, 7, 8, 9, ¡Fuera! Sonaba la campana y el sueño se esfumaba dolorosa y cruelmente.

Al profe Chano sólo se le veía con los ojos rojos y húmedos, vociferando en voz baja: ¡Valió madres! El Mota, poco a poco se recuperaría, y con la ayuda del aguador, lo llevarían a los vestidores. Los fanáticos le gritaban de todo: ¡Vete a la mierda pinche rajón!”, “rata vendida”, “maricón rajado”, “pinche Mota puto”, en fin, aquello era un concierto de improperios digno del infierno.

Salir de aquella marejada tempestuosa de humanidad fue toda una hazaña. Llegó la policía con más elementos, y con la clásica macana en mano y gas lacrimógeno, empezaron a dispersar a la multitud. Llegaron 3 ambulancias de la Cruz roja, listas para llevar y ayudar a los heridos. Julián tuvo que salir en camilla –fingiendo desmayo- para no ser víctima del linchamiento al que seguramente le esperaba. El profe Chano recibiría un botellazo que le partiría la ceja y sería atendido por los paramédicos a las afueras de la cancha Germán Evers.

Aquella noche de ser una fiesta y pura alegría, se convirtió en dolor, llanto y rabia ante la impotencia de ver frustrado el sueño, de coronar como campeón a Julián Mota. Un verdadero campeón sin corona.

Pasaron los días y los meses. Todo mundo veía a Mota con repudio. Aquellos que lo saludaban con gusto, dejaron de hacerlo. Su novia misteriosamente “consiguió”  un nuevo trabajo en la ciudad de Guadalajara. Mucha gente pensó que se regresaría a su pueblo natal, por allá en Chacala en el estado de Durango, pero, para su sorpresa, el amor al boxeo era mayor.

Julián, terminó como ayudante del profe Chano Beltrán. Él se encargaba de limpiar los baños, ordenar el equipo de entrenamiento, y de formar a los más jóvenes. Verdaderamente era una lástima ver como aquel “campeón sin corona”,  y sin título que ostentar, terminaba su carrera de invicto en los bastidores de un viejo gimnasio, solo, humillado y olvidado por los suyos.

El dolor que expresaba el Mota, era por no haber salido de la ratonera, y no haber tomado el camino de la gloria en el pugilismo, y retribuir algo al gimnasio que lo vio nacer, a la gente que lo había formado. Pero, así son las cosas, y ese era el por qué de la enorme rabia de Julián hacia su entrenador el profe Chano Beltrán.

Aquella tarde no sería casualidad, que el Mota, “salvara” al Fito, Julián veía al Fito como el pretexto ideal para redimir su culpa, y la forma era entrenando a ese chamaco pelirrojo con una gran determinación, pero ahora sí, se tenía que formar a un campeón. Desgraciadamente eso tampoco sucedió. Nuestro amigo Fito usaría los puños para otros fines y no los deportivos. Simple y tristemente así sucedió.

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Capitulo IV

Era sábado, día de paga. Las filas eran larguísimas, nunca había sentido tanta angustia por cuidar dinero ajeno. Los obreros que de manera forzosa delineaban largas filas para recibir su pago semanal, empezaban a desesperarse. La picaresca obrera no se dejaba esperar. No había quien contuviera esa turba de humanos exigiendo su pago.

A lo lejos, se observaba una nube de polvo de la que salía el lenguaje soez, las rechiflas, los pleitos por el lugar más cercano,  las mentadas de madre, pero, sobre todo el reniego por la espera –que aunque la entrega era de manera rápida y eficiente-, se expresaban de manera violenta con las famosas pedradas, que solo se hacían sentir, de manera contundente sobre el techo y las paredes de la caseta de pago, localizada en la entrada de la amplia explanada previa a la termoeléctrica.

Sin dejar de mencionar, que en algunas raras ocasiones – y que bueno que eran las menos frecuentes- algunos trabajadores hacían sentir su desespero, al mover de un lado a otro la caseta de cobro. Verdaderamente, era toda una experiencia pagar a este ejército de obreros de la construcción.

Este extraño y peculiar ritual para  finalizar la jornada laboral, que iniciaba con exactitud cada sábado a las 2:00 pm y culminaba a las 3:22 pm, verdaderamente era impresionante. Cualquier espectador pudiera haber afirmado que era un desorden bien ordenado.

Sin embargo, era increíble ver cómo iban desapareciendo  las multitudes de aquel ejército de canteros, electricistas, pailadores, soldadores, plomeros, maquinistas, y albañiles, en tan poco tiempo, y  sobre todo, con aquella puntualidad que rallaba  en la disciplina militar.

Entre semana todo era tranquilidad. Ordenar papeleo, redactar documentos, archivar las facturas de gastos, hacer las llamadas a la sucursal de la constructora en la Ciudad de México, registrar gastos, solicitar los materiales de oficina a Guadalajara. Y por supuesto, tomar café como si estuviera en un velorio.

Es más, hasta chance tenía de echar el “novio” con la Lupita Zataraín, -una de las secres de contabilidad- una güerita  bien “piernuda” de contabilidad, que le encantaba usar unas minifaldas muy sabrosonas a la vista, que había conocido en mis ires y venires entre uno y otro departamento. Sin embargo, tengo que admitir, que tal relación no duró mucho, y no porque la Concha me haya cachado, más bien, fue porque un ingeniero que venía de Monterrey, me la bajó a la buena.

¡Era lógico!, lo tengo que admitir. Se fue con el que tenía automóvil, cartera llena y siempre vestido con traje de 3 piezas, pero, para ser honesto, eso no me dolió. Lo que me caló de verdad, fue que ni adiós me dijo la desgraciada, ni el besito de despedida, nada, en fin, supongo que en estas cuestiones de abandonamiento amoroso, lo mejor en callarse y seguir adelante.

Los días pasaron y la rutina parecía no tener mayor variación. Sentía que la monotonía manchaba el aire, y que el tiempo no tenía avance. Lo que provocó en mí, un sentimiento de seducción, que empezaba a adormecer mis sentidos y ganas de hacer algo más. Justamente cuando empezaba a sentir esa comodidad y conformidad, llegaba el Chale con un camarada que había conocido en la planta número 2, y eso, cambiaría de manera radical nuestro destino.

¡Quiubo pinche Johnny!, ¿Qué haces?, ¡Ya me dijeron que la Lupita te cambió por ese pinche inge!, ¡Ah mira que cabrona! Pero, ¿Sabes qué?, ¡Las viejas ya se la saben güey! Ven uno mejor, ¡Y te mandan mucho a la chingada!, ¡Por eso! Te traigo a mi compa  “El Cano”, este güey  nos trae una propuesta muy chingona.

Ambrosio Cano Gomís alias “El Cano”, era el nombre de este hombre 7 años mayor. Hombre alto, de tez morena oscura, cicatriz en su mejilla izquierda, de cabello crecido negro encanecido, anteojos grandes estilo aviador, siempre vestido con una cazadora de piel estilo Jim Morrison, pero, sobre todas esas características, tenía una actitud carismática, que seducía, caía muy bien. Era un tipo alivianado, el clásico tipo que caía muy bien, es más, se ganó de inmediato mi confianza.

Oriundo de la Ciudad de México, nacido y criado en la famosa –y turbulenta- colonia Guerrero, era el quinto hijo de trece. Sobra mencionar que su familia, siempre estaba en la “quinta pregunta” para sobrevivir. Su padre, era un alcohólico determinado y bien convencido, que acabó muerto en la entrada de una de las pulquerías de la colonia.

La mamá de nuestro singular amigo, “Doña Cholita”, era una señora que se dedicaba a lavar y planchar ajeno, y por si fuera poco, durante las noches, atendía un puesto de memelas en la banqueta de enfrente de la vecindad donde vivían. Por supuesto que, nunca sabía de sus hijos. O mejor dicho, no podía atenderlos y darles de comer a la vez.

Ambrosio nunca terminó la escuela primaria, es más, nunca terminó el tercer año. El director de su escuela lo corrió, porque se robó los dineros de la cooperativa escolar. Desde ahí se le veía el carácter y “recursos” que “el Cano” desarrollaría con los años. Ya en las calles, se involucraría con “los Spikes” -una de las pandillas que controlaban la Colonia Guerrero-. Los “Spikes” serían para él, una familia y a la vez, una escuela del delito. De esa manera, se iniciaría como carterista y como “goleador” –el que te vende cobre por oro-.

A los años, un amigo lo invitaría a trabajar para el departamento de Aseo y limpia, en el departamento del Distrito federal, como barrendero, que en realidad era una pantalla para de verdad desempeñarse como golpeador o máuser, durante los meses que duró el movimiento estudiantil del verano de 1968.

Como si fuera una hazaña de orgullo, Ambrosio relataba con lujo de detalle como hacía su trabajo de “limpieza” en el centro de la Ciudad de México: “…siempre traía en mi carrito de basura, una macana con alambre de púas retorcido en la punta, las mismas que nos daban los policías, y si veía a un chavo o grupo de ellos, la orden era golpearlo y amarrarlo para los policías, esa era la orden y yo la acataba, al pie de la letra”.

Siempre contaba entre risotadas y guiños vulgares, sus acciones inmorales e inhumanas realizadas a diferentes estudiantes durante los meses que duró el movimiento estudiantil, y en especial, contaba una anécdota sobre uno de los jefes policiacos, sobre un tal  general Cuétara y como lo había conocido:

En la esquina de Donceles y República de Brasil, había agarrado de las greñas, a unos chamacos cabrones de 15 o 16 años cada uno, que me suplicaban como maricas que los soltaran. En eso se bajó de un auto negro, muy lujoso, el general Luis Cuétara Rodríguez, y  me preguntó: ¿Qué estaban haciendo?, yo le respondí: Mi general, los agarré repartiendo papeles de su pinche huelguita y haciendo pintas contra nuestro gobierno.

El general Cuétara les dijo: ¡Muy bonito cabrones! ¡Que se los lleven a la delegación! y ahí les damos su calentadita, para que nos digan, qué más están planeando para esta chingadera. ¿Cómo se llama usted? Me preguntó el general. De manera solemne me enderecé, y le respondí: Ambrosio Cano Gomís, mi general.

¡Bien hecho Ambrosio! Más mexicanos como usted necesitamos en la policía, que puedan ayudar a resguardar el orden. En eso, que sacaba de su bolsa de la camisa, una tarjeta y a la vez, me dio la orden: Va ir a la comandancia de policía, le das esta tarjeta al teniente Gómez Ramírez, y le dice que va de mi parte y que le integre en el cuerpo de seguridad “Olimpia”, ahí le darán más instrucciones.

De esa experiencia, nuestro ilustre amigo, pasaría a formar el heroico cuerpo paramilitar llamado “Batallón Olimpia”, y con tono de burla y risotadas, siempre diría: “De la escoba pasé a la escuadra cromada” –continuaba contándonos, como si fuera una película policiaca-:

En los diferentes operativos en contra de los estudiantes, en los que estuve involucrado hasta lo de Tlatelolco, fue lo que me permitió ganar la confianza de mis superiores. Estaba muy cabrón  pasármela en vela varios días, ahí es donde conocí esta chingadera que vengo a presentarles. Al tiempo que sacaba del bolsillo de su camisa, unos sobres de papel con un polvo blanco. El Chale y yo le preguntamos al unísono: ¿Qué es esa onda güey? El Cano con risa burlona y entonación sarcástica nos respondió con risotadas cortadas: ¡Medicina para pendejos!

Después de su “profunda” explicación sobre el contenido de los misteriosos sobres, nos contaba cuáles eran sus planes para nosotros, iniciando con una pregunta muy rara para nosotros:

¿Supieron lo que pasó hace 4 años en el casco de Santo Tomás? El Chale de inmediato contestó de manera negativa con su cabeza, y volteando a ver con una cara de extrañeza y franca ignorancia, recibía de mi parte, la misma contestación con una cara de mezcla de ignorancia y sorpresa, expresando mi cara de desconocimiento.

¡Ah que mis cuadernos tan güeyes y analgapetos!, ¡El Halconazo pendejos!, ¡Yo estuve ahí! A mí me tocó echar bala a esa bola de tarugos insurrectos, que porque leen un chingo de pendejadas del Che y del Marx, quieren arreglar el mundo.

¡El operativo estuvo bien chingón!, fue todo un éxito, y a mí me premiaron. Me dieron la comisión de seguridad de Obras públicas del gobierno federal, y por eso estoy aquí, “cuidadando” que no haya más de esos pinches rojillos saboteadores del progreso de la nación. ¡Y pos claro!, sacar una feria con esta chingadera –al tiempo que agitaba los sobres de papel con su mano derecha-

De inmediato le dije al Chale: ¡Chale esto no está bien!, sí saben que andamos en estas fregaderas, ¡nos chingan cabrón!, no quiero perder la chamba. En cambio, el Chale emocionado y con una cara de excitación me respondió: ¡No seas joto güey!, ¡Todo está arreglado con el inge!, ¡El Cano y el inge ya se pusieron de acuerdo! Además, tú lo único que tienes que hacer es entregar un sobrecito, cuando te lo pidan a la hora de la paga semanal. Los pinches albañiles son los más “recocoyoles”, les encanta la “cocada”, y verás como ahora si la hacemos en grande.

¡No Chale!, ¡Yo no le entro!, hasta ahorita se están poniendo las cosas más o menos estables con la Concha y con el niño, ¡Y tú me sales con ésta chingadera!, ¡No mames Chale!, yo nomás no le entro. El Chale con cara de sorpresa, pero a la vez con un odio y rencor guardado me respondió: ¡Mira pinche Juan!, ¡El horno no está para bollos en este momento cabrón!, ¡No seas pendejo!, ¡Tu bien sabes lo que debemos en todos lados! El ultimo negocio de fayuca de la Paz, valió madres por tus pinches ideas de fiar las televisiones, y ¡porque a tu vieja agarró lo más caro! Además, tú me debes muchas cabrón, todos mis ahorros se me fueron en tus pendejaditas mal logradas. Así que, ¡Te la rifas conmigo cabrón o a ver cómo te va!

Ambrosio se nos quedó viendo y con un ademán de “me importa poco sus broncas”, nos decía a ambos: ¡Bueno mis chavos!, ¡Ahí ustedes sabrán cómo se arreglan sus bronquitas. Yo solo les vengo a ofrecer un “bisnis” que puede alivianarlos, pero, si no quieren no hay pedo.

Me quedé por unos instantes como pasmado en el tiempo, pensativo, la mirada por un momento perdida, y de pronto, salió en mi boca, y sin pensarlo más, la frase de aceptación, pero, sin mucho ánimo: ¡Ni modo!, ¡A ver qué chingados sale, pues!

No pasaría una semana completa, cuando la noticia se extendería como pólvora. La dificultad del negocio era nula. No había necesidad de buscar los clientes, ellos puntualmente y sin faltar, cada sábado solicitaban su “polvito mágico”, sobre todo los albañiles y los soldadores eran los más “solicitadores”, por no decir “los más viciosos”.

¡Y claro! Los resultados monetarios empezaron a salir a la luz, la Concha y yo nos fuimos a un nuevo fraccionamiento que en esos años iniciaba su construcción, el fraccionamiento Villa Galaxia era el nuevo destino. Recuerdo aún el olor a cemento recién fraguado. El lugar estaba perfectamente pavimentado, limpio, áreas verdes, había agua entubada y luz eléctrica, es más, hasta teléfono teníamos.

El Chale y yo compramos un auto usado, era un Chevrolet Caprice del 72. Nos lo vendió uno de los ingenieros de la obra, porque según se iba a comprar uno nuevo, así que la llegada a la chamba, ya nunca fue un problema.

Recuerdo muy bien un sábado por la tarde, llagaba a la casa con una cama, estufa, refrigerador, lavadora y comedor nuevecitos, sin faltar un televisor a colores marca Zonda –para ver el box por las tardes-, curiosamente la tele venía con un tocadiscos integrado, era todo un monstruo ese aparato.

Por si fuera poco, enfrente de la mueblería estaba una tienda de discos llamada “Discolandia”, ahí me compré 5 LPs de José José y a la Concha le compré 2 de Nelson Ned, -le encantaba como cantaba el enanito-. ¡Eso sí!, todo eso pagado al contado en la Casa Grande, recuerdo que el gerente hasta me regaló unos sartenes de peltre azul y un juego de sábanas por ser tan buen cliente.

También llegué con 6 vestidos y con 4 pares de zapatos para la Concha y por supuesto con un montón de ropa para el niño. Hasta ese momento, todo parecía estar resuelto. Es más, hasta contratamos una señora para que ayudara con las compras en el mercado de la Juárez, para cocinar, lavar y planchar ropa. La Concha ya empezaba a tener tiempo para ir al salón de belleza. Pero, el negocio necesitaba y tomaría otros vuelos.

Una tarde llegó a la casa nuestro amigo, socio y proveedor “El Cano” y nos dijo al Chale y a mí lo siguiente: Mis chavales, la chamba de la Termo ya casi se termina, y necesitamos buscar nuevos clientes, pero, no se preocupen, ¡como siempre mis cuadernos!, ya lo tengo bien planeado. Mis contactos me informaron que después de la inauguración de la Termo, que por cierto, vendrá el presidente López del Portillo. Habrá un recorte y los primeros serán los administrativos y en esa “polla” vamos nosotros.

Rápidamente el Chale, con sorpresa, pero, a la vez de manera intuitiva le preguntó al Cano: ¿Qué se te ha ocurrido pinche Cano? Ambrosio sin mayor preocupación y sin mostrar algún sentimiento de sorpresa o pesar, nos respondió: ¡Nos vamos a las colonias! Nos vamos con los pandilleros, esos chavos serán nuestros clientes y distribuidores, ya verán que esto se cuadruplica de inmediato.

En efecto, al mes se inauguró la termoeléctrica “José Álvarez de Ponzo” de la Comisión Nacional de Energía con la presencia del presidente de la república. Recuerdo que todos parecíamos  perros falderos del presidente, “por aquí Señor presidente”, “después de usted Señor presidente”, “cuando usted guste Señor presidente”. Todos eramos unos pinche huele pedos de ese cabrón.

¡Y claro!, la predicación de nuestro camarada  se cumplió. A las dos semanas nos despidieron, pero, no nos sacaron de la pichada. Al mes y medio, ya teníamos acaparado todas las colonias con los grupos de pandilleros de tales sectores. Ya teníamos como distribuidores principales de la coca y la mariguana a los Mongoles de la Montuosa. Éstos a su vez, la distribuían con los de la Ciudad perdida –los que estaban a un lado de la Cervecería Munich-, también estaban los de la Colonia Urías, los Brujildos de la Juárez, los de la Reforma, los de la Colonia Lázaro Cárdenas, la Colonia Esperanza, los Pingos, los Novatos barrio 19, el Barrio 5, los Lecheros, los Tecatos, los de la Sánchez Celis y los de la Pancho Villa.

Ellos, además de controlar los sectores, mantenían muy eficientemente la distribución de la “medicina nacional” y mantenían a raya a los chotas –policías- y pandilleros de otros sectores que no estaban en la nómina. En pocas palabras, todo estaba perfectamente controlado.

El comandante de la policía municipal y nosotros, teníamos un acuerdo: “No meterse a las colonias y nunca estorbar”. Ellos obedecían, nosotros chambeábamos y a ellos les iba muy bien a final de mes. Era algo así, como ese tipo de juego en el que todos ganábamos.

Sin embargo, nada de esto hubiera sido posible, sin la ayuda de un viejo amigo de infancia del Chale. En su momento, éste fue contactado por el Chale y sin pensarlo, nos ayudaría a organizar a las pandillas.

El nombre de esta celebridad era Adolfo “El Fito” Osuna, un peleador callejero -casi promesa del pugilismo patasalada- , muy cabrón, que sin pensarla, era mucho mejor de amigo que de enemigo. Para nuestra fortuna, él era nuestro amigo y además colaborador.

Capítulo 3

Víctor J. Pérez Montes

Si ya conozco el camino, pa´que voy a andar acostado

Si la libertad me gusta, pa´que voy a vivir de esclavo

Elegir yo siempre elijo, más que por mí, por mi hermano

Facundo Cabral

Capítulo III

Era mi segundo trabajo en una empresa, pero a diferencia de la “Casa Colorada” en éste tenía que atender a tanta gente, era como las olas del malecón, que se agolpaban cada semana por su pago, desde los más desarrapados hasta los más catrines y, sin dejar de mencionar a las distinguidas mujeres que posaban con sus ropas lujosas a las oficinas de la administración.

A menudo me preguntaba cómo era posible que tanta gente llegara, hiciera lo que tenía que hacer, y que de momento no veía los resultados, pero que a la larga, esa enorme masa colosal llamada planta termoeléctrica empezara a dar muestras de una enorme expresión de progreso y modernidad que en aquellos lugares empezaba a erigirse.

Lo más curioso, era que ni color me había dado, como siempre Chale me había invitado porque un vecino de su abuela le había comentado que en esa fábrica se iba a utilizar mucha gente, sin importar si sabían trabajar o no, lo que requerían era que quisieran trabajar.

Recuerdo que en realidad no iba muy convencido y además, parecía que estaba en el fin del mundo, el poblado más cercano era el Castillo, y eso sin mencionar, que era un conjunto de casuchas y una pequeña tienda que de Cocas y Pan no salía, esto lo comento porque en una ocasión que llegamos a ese lugar, Rutilio Peraza, uno de los capataces de la obra vivía en ese poblado y su esposa era la dueña de la tiendita del poblado.

Para colmo de males, ni ganas tenía de ir, recuerdo que Chale, casi casi me rogaba para que lo acompañara, ¡Ándale cabrón, acompáñame, no seas mala riata!”, “Sí no es porque no te quiera acompañar, es que no quiero dejar sola a la Conchita”, “pinche mandilón, pos que le va a pasar a la Concha, pues!”, a lo mejor nos consiguen chamba y ya nos dejamos de andar de perico perro, ¡no seas pendejo güey!”.

Esas palabras me habían dejado pensando, pues eran verdad, ¿Qué podría pasar?, ¡ni que me fuera a morir! En fin, todo parecía decidido. Le hice caso al Chale, y nos arrancamos de raite con un vecino para ver que era esa famosa fábrica.

Pasamos la famosa Sirena, un poblado de casas que emergía de unos terrenos pantanosos, en Mazatlán le llaman marismas, era algo así, como un conjunto de casas maltrechas con un toque de pobreza lastimera e indignante. Algo que daba pena y que nunca había observado en mi vida, pero esta imagen tenía un fondo que contrastaba al máximo, una escenografía natural con olor a sal y olor típico de la costa, ese olor que penetra en los huesos y que hace reaccionar hasta el más impávido ser. 

El mar, con sus propios encantos naturales que se pudiera uno imaginar, daba ese contraste de miseria, pero, a la vez de riqueza exuberante que solo en esos rincones se pudiera observar. De aquellos suburbios maltrechos salían sombras maltrechas, enjutas desde las partes más bajas de la carretera, con su ropa roída por la suciedad y el polvo de la construcción, haciendo señas con su mano y silbando, en actitud de súplica por un “aventón” a esa construcción, que la gente llamaba “la Termo”.

Por fin llegamos, tuvimos que caminar unos 15 minutos nos recibió una secretaria, muy guapa, atenta y con un lápiz y una libreta en la mano: El ingeniero Díaz-Rubio, los atenderá a la primera de oportunidad, por favor tomen asiento y yo les llamo cuando esté listo para atenderles muchachos, bueno, algo así nos comentó, recuerdo que Chale y yo  nos esforzamos mucho por “esconder” nuestra poca educación o refinamiento, tendríamos un chance de agarrar la chamba, pero, ¿de qué chamba queríamos agarrar?, ni yo sabía de qué, todo parecía ser una de esas pinches ideas del Chale, pero, ahí estuvimos esperando.

El reloj de la sala cuando llegamos marcaba las 9.05 am, en esos precisos momentos cuando volví a mirar el reloj, ya marcaban las 2:15 pm, recuerdo haber visto a la secretaria salir y regresar como a las 12:00 pm y regresar no sé cuántas horas más, pero aquello era una prueba de aguante y paciencia.

En ocasiones me paraba o me movía un poco, en ese asiento un poco reducido, para el tiempo que se tenía que esperar, por otra parte Chale se había salido en repetidas ocasiones y de repente se metía y me preguntaba: ¿ya llegó el Inge?, sólo movía la cabeza en señal de negativa, aquello en verdad era una prueba de aguante y paciencia, mucha paciencia.

Y cuando todo indicaba que toda la paciencia y el esperar por un largo tiempo, había sido en vano, se abrió la puerta y se escuchó una voz firme y con tono que inspiraba respeto: “dígale a los chavos que pasen”, de inmediato, la secretaria, con postura solemne nos indicó: El ingeniero Díaz-Rubio los espera. De inmediato nuestros rostros mostraron alivio.

La oficina era amplia, con alfombra, un gran escritorio de nogal al fondo, la foto de una persona al fondo con una banda de la bandera nacional en su pecho, parecía que vigilaba la escena. El ingeniero con toda amabilidad nos indicó: Por favor muchachos tomen asiento, esto así es, creo que tiene mucho mérito el esperar toda la mañana, pero ustedes dirán, ¿en qué les puedo ayudar?

El Chale, con toda solemnidad, sin ser obsequioso y sin llegar a ser seco, les expuso nuestras inquietudes: Ingeniero, pues, ¡queremos trabajar! Y la verdad, nos urge la chamba, en lo que sea, queremos ser útiles, pero a la vez, queremos aprender.

No sé todavía sí fue la franqueza del Chale, la cara de perdidos que teníamos en ese momento, o si de plano, en ese día quién sabe dónde andaba el Diablo, pero el Ingeniero lejos de molestarse, soltó una carcajada de sorpresa, asombro, pero también de compasión. ¡Entonces les urge la chamba! –Dijo el Ingeniero con cara de sorpresa- me parece perfecto, ojalá hubiera más como ustedes que me pidieran “chamba” y no otras cosas.

En esos instantes, el ingeniero, sacó del cajón 2 tarjetas de presentación, y empezó a escribir al reverso, “el portador de la presente, está autorizado para empezar a laborar de inmediato, firma Ingeniero Díaz-Rubio”. Nos las entregó y nos dijo lo siguiente: Por favor, preséntense el próximo lunes aquí con mi secretaria, ella les dirá a dónde acudir, ¿tienen alguna duda?

De pronto, levanté la mano y le pregunté: Oiga, Ingeniero ¿Tenemos que traer nuestro lonche?, sonrió muy amablemente y me respondió: Sí gustan, aquí hay un comedor, que es muy económico para los trabajadores de la obra, se les dará un gafete con el que les harán el descuento de la comida, ¿alguna otra pregunta? ¡Ninguna ingeniero!- respondimos al unísono-.

Salimos con una sonrisa de oreja a oreja, no lo podía creer, teníamos un trabajo, ¿De qué?, ¿Quién sabe?, pero algo sabía, algo mejor nos depararía el futuro, algo me decía que cambiaría nuestra suerte, habría mejores oportunidades, bueno, hasta ese momento eso quería yo pensar.

Regresamos a nuestra casa, hablé con la Concha, y no de muy buena gana recibió la noticia. ¿Cómo que vas a renunciar? –Me cuestionaba con tono de reproche y enojo-, ¡Mija!, ¡ya conseguí algo mejor!, recuerda que te prometí llevarte a Guadalajara, de vacaciones en la Navidad, o ¿Ya no quieres ir?

Pues sí, pero me da miedo no tener para la lechita del niño y que tengamos que andar pidiendo fiado con Doña Fany, y ya sabes que es muy carera y le gusta andar anotando cosas que ni compramos, pero, si tú crees que vas a salir todo bien, yo te creo.

Me dio un beso y me abrazó, en ese momento Pedrito empezó a llorar, nuestro bebé tenía 4 meses, y bueno, creo que fue una muy buena idea. Las cosas empezaban a acomodarse, por alguna cosa, sentía nuevamente ese sentimiento de aventura, de zozobra por descubrir nuevas emociones, y sobre todo, conocer nuevas cosas por hacer.