ZONA POLITEiA ¿El caso de la “casa gris” está prácticamente concluido?

24 de febrero de 2022

César Velázquez Robles

Lo que fue un tema de la agenda pública que rápidamente pudo haberse atendido y resuelto con disposición y buena voluntad presidencial para que a través de las investigaciones pertinentes se esclareciera este affaire, escaló rápidamente, contribuyendo a la polarización política que, a estas alturas, ha penetrado ya por todos los intersticios de nuestra convivencia.

Desde que estalló el caso, hace poco más de tres semanas, algunos especialistas advirtieron que el presunto caso de conflicto de interés que significaba la casa de Houston, no constituía per se un delito, y que abrir el asunto al escrutinio permitiría resolverlo sin desdoro para las partes. En esa línea, escribí mi colaboración para Punto Crítico Sinaloa Digi TV el 16 de febrero, en el que planteé: “Un asunto aparentemente sencillo, que según los entendidos no configura un delito, el de conflicto de interés, se ha convertido en una enorme bola de nieve que pone gravemente en entredicho el discurso anticorrupción del presidente. Pero lo suyo es no retroceder. Aceptarlo sería el fin del mito.

En su lugar, ha imperado un discurso de excesos verbales, planteando el asunto como una gran disputa por la nación entre “buenos” y “malos”, y haciendo chuza con todos los periodistas, analistas y comentaristas que, a juicio del poder, están al servicio de los peores intereses injerencistas o golpistas. Esto es, un lenguaje endurecido, que excluye, y que se inscribe en una lógica de guerra con todo lo que ello significa.

Pero volviendo al tema: ayer, en El Financiero, Raymundo Riva Palacio abordó el asunto, y apuntó que la auditoría para saber si hubo o no conflicto de interés, fue realizada por un prestigiado despacho de abogados “que entre sus especialidades está el cumplimiento corporativo de normas éticas”. “En la auditoría no se encontró ninguna implicación con el hijo del presidente, ni comportamiento inapropiado por parte de Baker Hughes en la operación de arrendamiento”.

Dada nuestra cultura y la inveterada costumbre de hacer investigaciones y auditorías a modo para exculpar a figuras del poder económico y político de sus eventuales responsabilidades, es natural, dice Riva Palacio, que se homologuen las acciones para cumplir con normas éticas que se llevan a cabo en México y Estados Unidos. Sin embargo, en el país vecino, “individuos y empresas saben que si cometen un delito pueden ser descubiertos y pagar con multas y cárcel su ilegalidad”.

El asunto es que aquí no se corre ese riesgo: se violenta la legalidad, se transgrede la ley, se asumen los asuntos públicos como si fuesen una extensión de los asuntos particulares, y se premia la corrupción. No ocurre así en Estados Unidos, donde, dice Riva Palacio, “el cumplimiento de las normas éticas se ha vuelto un instrumento de gobierno corporativo fundamental desde principios de este siglo”, y después de escándalos de corrupción de grandes conglomerados y consorcios, “la ley busca la protección de los accionistas, los empleados y el público en general de las malas prácticas, con previsiones que vigilan los conflictos de interés, castigando la opacidad, exigiendo la transparencia y obligando a que las empresas tengan auditores externos”.

Así las cosas. Ocurre, sin embargo, que los discursos excluyentes en este y en casi todos los temas, dominan la conversación pública. Quienes están convencidos desde el principio de que estamos ante un caso de corrupción del poder o de que la auditoría ha sido un procedimiento a modo para ocultar los malos manejos entre la empresa y el gobierno mexicano, no cambiarán de parecer. A su vez, quienes están convencidos de que todo fue un tinglado armado por la mafia del poder, refirmarán su discurso beligerante y sentirán que tienen ahora más motivos para perseguir y castigar a quienes pusieron en entredicho la prístina y acrisolada honradez del presidente.

ZONA POLITEiA Exigencia ética: corregir el despropósito verbal

23 de febrero de 2022

César Velázquez Robles

Cuando los despropósitos verbales empiezan a aparecer y apoderarse de nuestra vida pública, eso significa, como se titularía en español uno de los excelentes textos de Tony Judt, que “algo va mal”. Me refiero al documento suscrito por los senadores de morena en apoyo al presidente López Obrador, que flaco servicio le hace a la democracia, al señalar que el primer mandatario es la viva encarnación del pueblo, la nación y la patria, y que quienes se oponen a la gesta transformadora en curso, son una cáfila de traidores. En consecuencia, ya se sabe qué se hace con los traidores: se les persigue, se les encarcela, se les reprime y si todo eso no bastara, se les pasa por las armas.

Creo que este exceso verbal lo metió de contrabando el redactor del texto de marras, y es un autogol al equipo morenista. Por supuesto que entre los senadores –de eso estoy seguro— más de alguno se dio cuenta de este lenguaje de madera que llama al exterminio, pero que decidió pasar por alto el asunto, en un momento en que hay una férrea competencia entre seguidores y aduladores por ver quién es el que es capaz de llevar más lejos la abyección. Creo que hasta el presidente, al que se ve que le gusta la desmesura en los elogios, se debe haber ruborizado un poco al leer esa parrafada del texto senatorial que ha pasado ya a la historia como una de las grandes infamias de esta convulsa fase de la vida política del país.

El pasado 17 de febrero, abordé en este espacio de Punto Crítico Sinaloa Digi TV este penoso asunto, y escribí lo siguiente: Quisiera pensar que fue el desaseo de la redacción de la proclama incendiaria de los senadores, y no que ese es su verdadero pensamiento. Si fuese lo primero es imperdonable entre los miembros de la cámara alta, y si es lo segundo, es de una gravedad extrema, que debe llamar nuestra atención y entender que ahora sí, como nunca antes, están en grave riesgo las conquistas democráticas de estos años. Hasta hoy no he sabido de ningún senador que haya hecho alguna crítica, así sea superficial, de este documento y de este lenguaje. Los propios senadores de la oposición, tampoco han dicho algo parecido al enojo y la irritación. Nada. Han sido los comentaristas, esos que llaman pomposamente la comentocracia, pero que no tienen más poder que el del saber y el ejercicio responsable de la crítica, los que han asumido la tarea de la oposición y han dicho algo.

Es el caso de José Woldenberg, quien en su artículo de ayer en El Universal, titulado “A declaración de parte…” apunta, a propósito del horroroso texto, lo siguiente: “Es un dislate por supuesto. Pero no solo es eso. Es el extremo al que puede llevar la sumisión ciega, la defensa ‘incondicional’ (lo dicen ellos) de su jefe, las ganas de no reconocer legitimidad a sus adversarios, que deriva en un espacio público asfixiante que imposibilita siquiera un mínimo debate en términos racionales. Se sabe o deberían saberlo por lo menos los senadores de la república: las palabras nunca son anodinas, y hace tiempo que empezaron a utilizar un lenguaje que quizá a ellos los cohesiona, pero a muchos nos aterra.”

Coincido plenamente. Por lo que a Sinaloa respecta, tenemos dos senadores de mayoría, uno de ellos es Imelda Castro, a quien conocí como militante y dirigente del Partido de la Revolución Democrática, desde donde defendió con toda dignidad el régimen de libertades que entre todos hemos construido en estos años azarosos de la transición. No sé si firmó ese desplegado o no, pero si lo firmó, sería un formidable gesto de su parte, no retirar su firma, aunque sí reconocer que hay un exceso que lastima, que daña nuestra vida democrática y dificulta nuestra convivencia civilizada.

Bueno. Veremos…

¿Autocontrol o Heterocontrol en los Medios?

medios

Después de muchos años en que la relación entre medios y poder político (y económico) se desarrolló en un entorno de placidez, con el advenimiento de la transición el tema pasó a desenvolverse en un entorno de turbulencias. La subordinación y abyección de la prensa escrita, la radio y la televisión en el largo periodo autoritario, se trocó en unos medios levantiscos que encontraron en el ejercicio de la crítica una forma más funcional de inserción en la competencia por el favor de las audiencias propia de mercados abiertos. Empezó a expresarse una relación más abierta y transparente aunque con notables zonas de opacidad. Pese a muchas propuestas para una asignación de publicidad conforme influencia, penetración y circulación, el gobierno siguió regulando este procedimiento y utilizando como un instrumento para premios y castigos.

Esta cultura sedimentada durante décadas, sigue definiendo el modus operandi de la relación entre medios y poder. Hay tensiones, por supuesto, y éstas solo se pueden resolver en la medida en que las partes de la ecuación son capaces de encontrar, a través de la deliberación, de la discusión serena y responsable, un  punto de equilibrio en el que se preserven los derechos de los medios a informar en libertad, el derecho de las audiencias a recibir información de calidad y el derecho de las instituciones de la sociedad democrática a establecer algunas normas de regulación que garanticen la calidad de los bienes y servicios informativos en un clima de libre circulación de las ideas. Aparentemente el asunto no entraña grandes dificultades, pero en la práctica encontrar el equilibrio entre distintas libertades y derechos es sumamente difícil. Dígalo si no, el gran debate que se ha producido por la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), según la cual los medios deberán distinguir claramente para proteger el derecho de las audiencias, entre información y opinión.

Hago un rápido resumen de la litis en cuestión:

1.- El pasado 19 de enero, la SCJN resolvió eliminar las normas que permiten a concesionarios de radio y televisión elaborar sus propios códigos de ética, y “restablecer la responsabilidad de los medios de distinguir entre opinión e información para evitar eventuales violaciones a los derechos de las audiencias”. 2.- De acuerdo con la Cámara Nacional de la Industria de la Radio y la Televisión (CIRT), esta resolución viola el derecho a la libertad de expresión. 3.- La SCJN dispone de 60 días para pronunciarse a partir de la resolución de mediados de enero, de tal modo que en marzo se abordará en el pleno la controversia. 4.- La CIRT se pronunció ayer en contra de la eventual y definitiva aprobación de esta disposición, en términos una inusual dureza, que permite pronosticar un fuerte enfrentamiento y, en consecuencia, la dificultad para llegar a un consenso.

¿Qué dijo ayer la CIRT? Que la supuesta defensa de las audiencias que preconiza la SCJN no es sino una abierta intromisión y un inadmisible acto de censura, que nos retrotrae a los periodos de gobierno de Luis Echeverría y José López Portillo, y de aprobarse acudirán a instancias internacionales, al tiempo que reclamó al Congreso evitar que se invada su esfera jurisdiccional y al Ejecutivo federal pidió ampliar libertades y no acotarlas: “Hacemos un llamado al Pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación para que revise con cuidado lo que este tema se está diciendo por la abierta censura que habrá sobre comunicadores y las limitantes a la información sobre millones de mexicanos. También un llamado al Congreso para que no dejen que les invadan sus facultades legislativas y al Ejecutivo para que amplíe las libertades y no las acote”. Más todavía: “No tengan dudas. Acudiremos a instancias internacionales para evidencia el manto censor y ominoso con que algunos quieren cubrir a nuestro país”. Añadió que protegerán “el derecho de los mexicanos para que la información que decidan ver y oír sea libre de censura y sin avales gubernamentales”.

¿Cómo equilibrar los derechos de unos y otros? El asunto no es fácil, y ha sido el centro de las controversias en la actual sociedad de la información en el propósito de garantizar, como apunté, la libre circulación de los bienes y servicios informativos, y me parece que si la Corte decide eliminar el derecho de los concesionarios a elaborar sus propios códigos de ética, y a distinguir entre información y opinión, habrá jaleo en serio. En estos casos, siempre es conveniente acudir a nuestros expertos. Cito in extensu a Manuel Núñez Encabo, redactor del Código Europeo de Deontología del Periodismo del Consejo de Europa, quien al analizar la relación medios, ética, derecho de audiencias y poder político o económico, dice lo siguiente:

“Si el control fuese principalmente Jurídico podría encorsetar, sofocar u obstaculizar la propia libertad de expresión, ya que, el derecho, por definición, supone un, heterocontrol ajeno a los propios medios de comunicación que se ejerce y se impone con coacción y rigidez. Por tanto, parece más adecuado establecer un control asumido desde el interior de los medios y que se ejerza como autocontrol ético. En definitiva, en relación con los contenidos de la información, es preferible aplicar un máximo ético y un mínimo jurídico. Sin embargo, ésta sólo será una solución válida a condición de que los compromisos y la responsabilidad ética se asuman públicamente, porque la ética de los medios de comunicación debe concebirse como una ética social y pública, ya que los medios de comunicación, sean públicos o privados, ejercen claramente una función pública, por eso no es admisible afirmar que el ejercicio del periodismo queda reducido a una relación privada entre los emisores, los medios de comunicación y los receptores, los ciudadanos como personas individuales, porque tanto la libertad de expresión como el derecho a la información son derechos fundamentales que afectan al mismo tiempo a la raíz misma de la persona y al desarrollo de la sociedad y de la vida social.”

Creo que en estas palabras está una solución de compromiso, y evitar así que de este asunto se haga un casus belli.