ZONA POLITEIA: LOS MATICES DE JONATHAN HEATH.

01 de febrero de 2022

César Velázquez Robles

Ayer lunes, 31 de enero, se dio a conocer lo que ya más o menos todos los analistas económicos sabían: que en el último trimestre de 2021 tuvimos un crecimiento negativo (-0.1 por ciento) que, junto al decremento del trimestre precedente del orden de -0.4 por ciento, configuraba lo que desde el punto de vista técnico se asume como una recesión económica. Y esta recesión, para colmo de males, se empata con la inflación más alta vivida en los últimos 20 años, perfilando uno de los fenómenos más siniestros y destructivos para la estructura de producción, distribución y consumo: la temida estanflación. Frente a este escenario, que está ahí ya, que no se advierte en lontananza, sino que gravita ya sobre la vida cotidiana de millones de productores y consumidores, el gobierno no puede ni debe seguir emprendiendo una fuga hacia adelante ni abriendo cajas chinas para desviar la atención de nuestros problemas reales –de estructura y de coyuntura–, sino convocar a un pacto social de todos los actores productivos y sociales para diseñar e implementar una estrategia que evite seguir esta marcha hacia el abismo. Tal es el papel que corresponde a un auténtico liderazgo: una convocatoria amplia, abierta, pluralista, al margen de todo prejuicio político o ideológico, animado por una voluntad sincera de que necesitamos un consenso para salir del hoyo en el que hemos caído, y del cual el gobierno parece no darse cuenta.

Sobre esta información –ratificación de que se suman dos trimestres con crecimiento negativo— se pronunció el vicegobernador del Banco de México, Jonathan Heath, quien llamó a no sobredimensionar el hecho. Quizá tenga razón. Que se encadenen dos trimestres negativos no debiera ser motivo de alarma, pues la duración es solamente uno de los elementos a considerar en la determinación de una fase recesiva. Otros dos elementos son la profundidad y difusión. Por el momento solo se cumple con el criterio de duración, por lo que la recesión es más “mediática” que técnica. En cuanto a la profundidad, apuntó, debe ser una caída significativa y, con relación a su difusión, la caída de la actividad económica debe ser generalizada, y no concentrada en algunos sectores. De acuerdo con estos criterios, la caída no puede considerarse significativa, pues fue de tan ”solo” 0.1 por ciento, y su extensión no es generalizada, pues hubo sectores de actividad que tuvieron un crecimiento positivo.

Es cierto que hay que quitar filo a algunas visiones catastrofistas sobre el desempeño de la economía mexicana en estos tiempos de pandemia, pero en verdad que resulta muy difícil ofrecer una versión edulcorada de un aparato productivo que va dando tumbos, y que requiere un serio viraje para frenar esta caída imparable que coloca al país en los últimos lugares por su capacidad de recuperación entre las 50 economías más grandes del mundo. No digo que eso es lo que pretende el vicegobernador del Banco de México, y entiendo que sus declaraciones pretenden dar su justa dimensión a los datos que en este caso no son otros, sino justamente los datos oficiales. Y tiene razón cuando dice que “independientemente de recesión o no, prevalece un problema de falta de crecimiento”.

Sobre este tema, Heath nos mandó a estudiar. Revisen, dijo, la definición de recesión que ofrece la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER). Esto es lo que dice: “es una contracción apreciable de la actividad en toda la economía, que dura más de unos pocos meses, y que generalmente afecta la producción, el empleo, el ingreso real y otros indicadores. La recesión se inicia cuando la economía alcanza su punto máximo de actividad y termina cuando llega a su nivel más bajo”.

¿Cómo recuperar el crecimiento? Las políticas gubernamentales se han demostrado inviables. El propio presidente se mantiene en sus trece, y no hay poder humano de que lo convenza de la necesidad de un giro. Por lo visto, tendrá que ser un golpe de realidad lo que lo obligue a rectificar. Si así ocurre, ojalá que no sea demasiado tarde.

ZONA POLITEiA: Bloquear el camino hacia el desastre.

31 de enero de 2022

César Velázquez Robles

Hay que bloquear el camino hacia el desastre. No hay un solo ejemplo de una sociedad que haya podido fincar su desarrollo social y material así como una convivencia civilizada, promoviendo la crispación y la polarización. Cuando estas se apoderan de la vida colectiva, se cancela toda posibilidad de consensos, el diálogo se vuelve imposible y los disensos, como lo estamos viendo ahora, se persiguen por la vía penal. Desafortunadamente, caminamos en esta ruta: la ruta de una regresión autoritaria; la pérdida de no pocas de las conquistas logradas por el movimiento democrático en estos azarosos años de la transición. Estamos corriendo el riesgo de una involución en las relaciones políticas y sociales que puede colocarnos en los años setenta del siglo pasado, cuando el viejo régimen autoritario priista se enseñoreaba de toda la vida pública mexicana.

Sin embargo, causa una enorme desazón que muchos militantes que entregaron durante años su esfuerzo generoso para avanzar una sociedad moderna y pluralista, de mercados políticos y económicos abiertos, sean hoy fervientes defensores de un modelo autoritario, que busca restablecer los viejos controles gubernamentales,  reducir los espacios de expresión de amplios grupos sociales y derribar, demoler instituciones y mecanismos que en democracia funcionan como diques frente a los excesos arbitrarios del poder.

El presidente López Obrador, al atizar el conflicto de modo permanente, al recurrir a un lenguaje endurecido, que descalifica y niega todo valor a quienes no piensan como él, sean estos partidos de la oposición, representaciones empresariales, expresiones de la sociedad civil, académicos, comentaristas u opinadores, cierra las vías a toda conciliación, a cualquier posibilidad de acercar posiciones y a hacer de la política un espacio común de entendimiento que permita procesar al menos algunas elementales coincidencias que impidan una fractura mayor a la que ya estamos experimentando. Si la economía, que marcha decididamente hacia el desastre, estuviera creciendo a un ritmo aceptable –por ejemplo, con capacidad para recuperar los niveles del PIB previos a la pandemia– y si en las elecciones intermedias hubiera ratificado el enorme respaldo conseguido en 2018, no habría ninguna duda de que su propósito, el cambio de régimen, podría transitar sin resistencias. Pero resistencias hay, y muchas. Sin embargo, cuando no hay sensibilidad para integrarlas como parte de la necesaria reflexión y el debate obligado de nuestros asuntos públicos, se termina por atizar la conflictividad de la vida social.

¿Cómo va a abordar el gobierno la recesión de la economía? ¿Tiene capacidad por sí solo de trazar estrategias y desplegar políticas para dar curso a una nueva economía política del desarrollo? ¿Tiene el liderazgo para hacer creíbles sus propuestas? ¿Tiene autoridad política y moral para convocar a todos los factores de poder para generar las interdependencias que promuevan un desarrollo sostenido? Precisamente porque el gobierno no tiene estrategia para enfrentar la recesión y vamos camino de un sexenio de crecimiento cero, y porque las respuestas a las últimas preguntas son negativas, es que se hace necesario un cambio, un viraje para recuperar capacidad de crecimiento, de atracción de inversiones y de creación de empleos. Estos son los asuntos que constituyen nuestro talón de Aquiles, y que no pueden seguir obviándose, sino a condición de seguir camino hacia el desastre.