ZONA POLITEiA

22 de octubre de 2021

César Velázquez Robles

La universidad pública: una institución del Estado y la nación.

Todos los que hemos pasado por una institución de educación superior de esta naturaleza, lo sabemos. Debiera, por tanto, saberlo y entenderlo el presidente Andrés Manuel López Obrador. Sus opiniones en la mañanera de este jueves 21 de octubre sobre la Universidad Nacional Autónoma de México –nuestra universidad pública de referencia— dan cuenta de un desconocimiento de su función social, de la naturaleza conflictiva de su vida interna, de las diferentes formas de inserción estructural en los proyectos de desarrollo del país, y de la diversidad de visiones, posiciones y concepciones que en su interior se expresan, creando y recreando la pluralidad del pensamiento y de su desarrollo en un ambiente de libertad. La universidad pública –La UNAM, el Instituto Politécnico Nacional y todas las universidades de titularidad pública en las entidades federativas–, han sido históricamente en México, entidades en las que se expresa este pensamiento complejo y diverso, centros donde se acumula y condensa la explosividad de las demandas de la vida económica, política, social y cultural, sometida, en consecuencia, a las presiones e intereses de las élites y las contra-élites, que luchan por su control y su instrumentalización para ponerla al servicio de sus intereses.Son centros del saber y ese es su poder: el poder del saber.

La autonomía ha sido el más poderoso baluarte para que en ellas, en las universidades públicas, florezca en libertad el conocimiento, se transmitan saberes adquiridos, y se creen nuevos conocimientos. Ello solo puede lograrse en un ambiente de libertad, y cuando lo hace, encuentra su forma natural de incorporarse al desarrollo nacional y de las regiones. Pensar que tienen que estar al servicio de un grupo social, sector o clase, es no entender su función social, y pretender su instrumentalización, que significa mutilar su espíritu creador, su libertad, su pluralismo, es el camino para que en ellas se entronice el autoritarismo y se petrifiquen las ideas. En suma, es la cancelación de este espacio vital para crear y recrear nuestros proyectos de presente y de futuro.Si algo tenemos todos que reconocer de las universidades públicas –insisto. UNAM, Poli, universidades estatales—es el enorme aporte como palancas de ascenso y movilidad social. Han sido la sede de las aspiraciones –sí, de las aspiraciones–, anhelos, sueños y esperanzas de ascenso y movilidad en la escala social y económica, para millones de mexicanos provenientes de los sectores sociales más empobrecidos y depauperados. Lo ha sido también de jóvenes provenientes de familias clasemedieras con legítimo derecho han accedido a una educación que los ha preparado en las habilidades, destrezas y conocimientos para el mundo laboral, pero que también los ha formado en el ejercicio responsable de la crítica y en su condición de ciudadanos comprometidos con su espacio y con su tiempo. Si tan solo por algo habría que reconocerlas, sería por el cumplimiento de estas tareas. Ese ha sido en México el papel que han desempeñado, y que nos debe a todos hacernos sentir profundamente orgullosos.Entonces, si las cosas son así –o al menos así deberían entenderse— resulta en verdad incomprensible el discurso presidencial sobre las universidades. Es cierto que tienen defectos, que cargan con lastres, que en muchos sentidos siguen siendo tradicionalistas en un mundo que en unos cuantos años se ha transformado radicalmente, y que algunos de sus integrantes la siguen viendo como diría el Manifiesto Universitario de Córdoba de 1918, como el “refugio secular de los mediocres”. Pero ello no cambia su esencia, su naturaleza y su compromiso con la vida colectiva. Si la propia vida social en la que se inscriben las universidades, se caracteriza por su complejidad y explosividad, por los estallidos recurrentes de crisis e imposibilidad para encontrar un plano común de entendimiento de sus múltiples actores, es natural que las instituciones de educación superior no encuentren el mejor acomodo: no son ínsulas que estén al margen de la vida; por el contrario, la expresan, la condensan, discutiendo en libertad proyectos y propuestas de cambio y transformación social.López Obrador no repara en el daño que sus palabras hacen a la UNAM y a las universidades públicas. Las lastima, las daña en su reputación como centros de centros de reflexión y conciencia crítica de la sociedad. Quisiera él que fueran arietes en su lucha contra las mafias del poder, que dejaran de ser enclaves del pensamiento y la práctica neoliberal y abandonaran eso que llama individualismo.

Desde la época en que los conservadores cerraban la universidad por considerarla “perniciosa y nociva”, y luego llegaban los liberales para volver a abrirla –si exceptuamos los momentos trágicos en 1968 con la entrada del Ejército a la UNAM—ningún presidente se había lanzado tan frontalmente contra la universidad. Díganlo si no, sus palabras en la mañanera:“Fue mucho tiempo de atraso, de saqueo, además de manipulación, muchísimo tiempo. Afectaron a dos generaciones. En las universidades públicas, hasta la UNAM se volvió individualista, defensora de estos proyectos neoliberales, perdió su esencia de formación de cuadros, de profesionales para servirle al pueblo”.Luego: “Ya no hay los economistas de antes, los sociólogos, los politólogos, los abogados, ya no hay derecho constitucional. ¿Y el derecho agrario? Es historia. ¿El derecho laboral? Todo es mercantil, civil, penal, todo es esto (dinero). Entonces si fue un proceso de decadencia”.Lo que está pidiendo es una universidad militante, de causa, no reivindicando una institución que es del Estado y la nación. ¿Cuál sería su modelo? Supongo que la Universidad de la Ciudad de México, y su proyecto alternativo de la cadena de universidades “Benito Juárez”. Bueno sería, entonces, remitirlo a la lectura de algunos textos, entre ellos, uno clave, fundamental, de Marcos Kaplan, “La universidad pública: esencia, misión y crisis”. Ahí, el autor plantea lo siguiente:“A través de condicionamientos de todo tipo, la universidad se ha ido desarrollando y actuando con el control y a favor de élites dirigentes y grupos dominantes, pero también bajo la presión y la influencia de grupos intermedios, subalternos y dominados. Ambos elementos y movimientos polares han estado presentes y han operado como relaciones contradictorias de la universidad con una amplia gama de fuerzas y estructuras, de conflictos y procesos de la sociedad y del Estado, incluso elementos en emergencia, más o menos espontáneos, imprevistos y creadores. Como resultante, la universidad ha ido evolucionando en el tiempo, en cuanto a la definición de su naturaleza, de sus fines y medios, de sus funciones y papeles; al grado y al contenido de su autonomía y de su universalismo; a la pluralidad contradictoria y con frecuencia conflictiva de sus posibilidades y de sus resultados.”“Así, la universidad ha podido identificarse o ser identificada como sede del conservadurismo y el tradicionalismo, o de la modernización, la innovación y hasta la insurgencia (reformista o revolucionaria); con la defensa y legitimación del orden y los poderes, o con su crítica e impugnación; con el oscurantismo y el irracionalismo, o con la racionalidad, la ilustración y la emancipación (individual y colectiva).”Todas estas fuerzas están presentes en la vida universitaria. Porque es la propia naturaleza de la universidad pública. Lamentarse de una supuesta pérdida de su esencia, que en su lógica sólo sería “formar profesionales para servir al pueblo”, es no entender qué es la universidad pública, qué es la UNAM.

Folklore en la Política Estatal

Hay mucho folclor en la política estatal
El folclor se ha apoderado de la vida política estatal. Ciertamente, no es un asunto nuevo. Hemos visto en los últimos tiempos de modo recurrente expresiones divertidas, chuscas y bastante frívolas que demuestra la poca estatura de quienes conducen –o van a conducir— los destinos de la entidad en los años venideros. El respetable se mantiene entretenido a falta de ideas, proyectos y propuestas del estado que se tiene y al que se aspira para el futuro mediato e inmediato. El interregno que se abrió a partir de la elección del 6 de junio y que afortunadamente pronto concluirá, no fue pródigo en formulaciones relacionadas con estrategias y políticas públicas que permitan corregir el magro crecimiento de la economía sinaloense, y los grandes programas estratégicos vagamente formulados no permiten advertir cambios sustantivos en la forma de entender y hacer política. Probablemente esté pidiendo demasiado, pero vivimos una etapa marcada por la abreviación del tiempo histórico, y se requiere acelerar el paso para no quedar atrás de la rueda de la historia. Si no, como he dicho en otras ocasiones, a Sinaloa le pasará lo que al Búho de Minerva.

Hablaba del folclor. No son pocos los que siguen a Rocha, sentados en le filo de sus butacas, en el proceso gradual de construcción del equipo que le acompañará en la tarea de gobierno. Poco a poco ha ido develando las piezas, y le encanta –según sus palabras— que especulen los medios sobre si tal o cual personaje quedará o no; si está arriba o abajo en las preferencias; si está en el ánimo de quien tiene el poder de decisión o si hay factores más allá del gobernador electo que gravitan sobre decisiones cruciales. Algunos de los señalados, sobre todo aquellos que disponen de cierto margen de autonomía, deciden no guardar silencio y asumen el desafío de dar muestras de independencia. Es el caso de Héctor Melesio Cuén, de quien Rocha ha dicho y redicho, recio y quedito, que ocupará el cargo de secretario de Salud. Pero, según parece, no ha sido informado oficialmente de tal designación, y algunos gestos y actitudes indicarían que hay cierto grado de incomodidad al menos por lo que respecta a la ausencia de una comunicación adecuada.

Se ha enterado por los medios, dijo, y añadió que esperará hasta el miércoles, en que el gobernador electo dará a conocer todo el listado de servidores públicos. Como el asunto ha pasado a ventilarse en los medios, a través de los cuales, junto con las redes sociales— se intercambian mensajes, pues evidentemente a Rocha no le ha parecido la mejor forma, aunque su talante personal lo haya propiciado dejándoles para el disfrute el campo de las especulaciones, y ha utilizado la misma vía para responderle. El asunto es que lo ha hecho de manera chusca y divertida. De ahí el folclorismo a que hago referencia. Esta fue la respuesta de Rocha:
“Pues está mal que ande mandando recados por los medios. Que vaya y me vea, ya le dije yo. ¿Qué quiere?, ¿que mande un ramo de flores? Sí va a ser, pero tampoco que se de tanta crema, no me gusta tanto activismo, pero si se vuelve renuente el que les cuento, a lo mejor y se queda Encinas. Encinas es mi gran amigo, un gran cuate y le tengo mucho aprecio”. ¡Bófonos!, diría el gran columnista Catón.

Si se analizan bien las palabras de Rocha, habría que decir que estamos ante un lenguaje desusado. No por su dureza, si por su llaneza, no muy propia de la política en público. Es un lenguaje que está bien para una conversación privada, sobre un asunto personal, pero no para comunicarse o enviar mensajes a alguien con quien se tiene cercanía o coincidencias en un proyecto político común y compartido. En primer lugar, la reconvención: “está mal que ande mandando recados por los medios”. Luego, que se persone, que se mueva: “que vaya y me vea”. Enseguida, que se deje de “florecitas y de amores míos”. A continuación, que no se exceda, que no pierda piso: “que no le ponga crema de más a sus tacos”; posteriormente, que no sea protagónico: “no me gusta tanto activismo” y finalmente, lo que puede considerarse una amenaza o, dicho más suavemente, una advertencia: “a lo mejor y me queda (Alejandro) Encinas (actual secretario de Salud del actual gobierno del Estado)”.
Bien. Veremos qué responde Cuén, y seguramente habrá respuesta antes del miércoles, muy probablemente hoy mismo.

Héctor Melesio Cuén está deshojando la margarita
Ahora, sobre la misma cuestión: hay un debate interesante entre los integrantes del PAS sobre si Héctor Melesio Cuén debe aceptar o no el cargo de secretario de Salud en el equipo de Rubén Rocha. De ello dio cuenta el diario El Debate de Culiacán en su columna “La glorieta” en la edición de ayer domingo: “aseguró estar valorando qué es lo que le conviene más como proyecto, si aceptar esta responsabilidad como secretario o continuar en la presidencia del PAS, pues recordó que de integrarse al gabinete del morenista Rocha Moya, su trabajo sería completamente institucional, lo que en términos llanos significa hacer a un lado el trabajo partidista”.
Por supuesto, el asunto también llama mucho la atención de observadores, analistas y comentaristas. He tenido oportunidad de conversar sobre este tema con diversos amigos, algunos de ellos bastante versados en cuestiones de estrategia política. Cualquier decisión –me decía—tiene relación más que con la UAS, con el partido. Si Cuén decide aceptar el cargo, se creará en su partido una especie de orfandad política, pues necesariamente tenderán a debilitarse de manera natural los vínculos que hoy existen, sobre todo si consideramos la enorme fuerza con que gravita Cuén sobre su organización política, y la naturaleza de “un partido de un solo hombre”. Creo que esta opinión no es nada descabellada, pues Cuén, con ese estilo y ese talante para conducir, hay logrado mantener en un puño todo el aparato y la estructura partidista. Su presencia ha evitado que se activen las tendencias centrífugas, y ha generado en la vida interna una especie de paternalismo cuya consecuencia es la ausencia de liderazgos emergentes sólidos, con prestigio y reconocimiento social, más allá del que en alguna medida ha logrado conformar Víctor Antonio Corrales Burgueño, secretario general de la organización partidista y ex rector de la UAS, y quien sería el relevo natural en el PAS para el futuro inmediato. De acuerdo con algunas de las versiones e interpretaciones que he tenido oportunidad de escuchar, la aceptación del cargo por parte de Cuén significaría para muchos efectos prácticos, el fin del partido local, la dilapidación del capital político acumulado y la cancelación de oportunidades que hagan del PAS una fuerza realmente competitiva y opción real de poder.

El otro escenario, que Cuén no acepte la secretaría, es la mejor garantía de sobrevivencia para el PAS y para consolidar sus expectativas de futuro. El PAS necesita, por su propia naturaleza, un liderazgo firme, sólido, férreo; el único que puede garantizar la cohesión y la unidad es él; es la mejor garantía para enfrentar disensos, rupturas y fracturas. Con él al frente, el PAS garantiza tener, en la perspectiva del 24, un (pre)candidato sólido, que apoyado en el trabajo permanente de construcción partidaria, ahora desde el poder en Sinaloa y en no pocos municipios, así como una buena presencia en el Legislativo, puede asegurar buenos resultados en términos electorales.
Es cierto que ambas opciones tienen sus riesgos, sus costos de oportunidad. Por lo que se sabe, la decisión no ha sido fácil. ¿La sabremos oficialmente hoy?