
DOS A LA SEMANA: EL DICTADOR QUE AMÓ ESTE MAR.

Jorge Eduardo Aragón Campos jaragonc@gmail.com
A Plutarco Elías Calles se le sigue considerando el creador del México moderno, entre otras cosas porque fue quien cerró la etapa de los “generales”, lo hizo a base de cañonazos de 50 mil pesos o de los de verdad, pero lo hizo.
Nacido en 1877 en Guaymas, Sonora, llegó a Coronel durante la revolución y ocupó la presidencia de México de 1924 a 1928; fue más despiadado en el campo de la política que en el de la guerra: supo resistir a la tentación de la reelección y se convirtió en el poder tras el trono, fundando el Partido Nacional Revolucionario (1929) e influyendo en los presidentes que le sucedieron: Emilio Portes Gil (1928-30), Pascual Ortiz Rubio (1930-32) y Abelardo Rodríguez (1932-34); es de ahí de donde le vino el mote de “jefe máximo de la revolución”, así como la costumbre del público durante todo ese tiempo, para señalar a palacio nacional mientras se decía: el presidente vive ahí, pero el que manda vive enfrente. En 1936, Cárdenas lo paró en seco y lo mandó al exilio, de donde regresó a México en 1941 pero ya no intervino más en la política nacional, iniciando a partir de ahí una profunda relación con Sinaloa, más concretamente con Navolato, esa conflictiva región de Culiacán que Santa Anna le vendió al Melitón (Un saludote y un gran abrazo, por cierto) pero que pronto recuperaremos, en cuanto doña Lucila tome posesión como nuestra primera gobernadora.
Ánime muchaches!!! Ya falte menes!!!
La casa de la cultura de la UAS, primero fue asiento de la familia Almada Calles, emparentados en serio con el sonorense, dueños del ingenio La Primavera y del campo Montelargo: fueron quienes en su momento, construyeron el puente Almada, el que va paralelo al puente negro. Durante la larga y sosegada etapa final de su vida, Plutarco Elías Calles fue visitante frecuente del municipio y fue un profundo enamorado de la playa de El Tambor, al extremo de contar con una casa propia ahí. Un rasgo poco conocido de don Plutarco es que fue un apasionado trotamundos, seguramente herencia de su padre, un árabe que entre fines del siglo XVIII y el siglo XIX vino a parar a la California gringa, merced a un experimento del ejercito: crearon un regimiento de caballería con camellos que trajeron de medio oriente, buscando mejorar rendimientos en los desiertos del sur de USA. Al estilo de nuestros vecinos, que no suelen andarse por las ramas, además de los dromedarios se trajeron de allá mismo cuidadores experimentados, de entre los cuales uno de ellos migró a Sonora cuando el experimento acabó en fracaso. En innumerables noches de conversaciones en torno a una fogata, don Plutarco afirmaba conocer todas las playas de México y daba la máxima calificación a El Tambor como la mejor, sólo acotaba la posibilidad de que fuera superado por un sitio en el sureste de nuestro país, en la parte contraria al golfo de México, es decir en el mar caribe, pero con la desventaja de ser una región insalubre y peligrosa, por la presencia de unas fiebres que no existían en el resto del país: se refería a lo que hoy es Cancún y, todo indica, las fiebres eran dengue hemorrágico.
Hará cosa de veinte años, las ruinas de esa casa de playa aún eran visibles, me tocó verlas pues estaban junto a otra construcción más moderna, propiedad de uno de los asistentes a las tertulias que ahí se dieron. No sé cómo estén hoy esos vestigios, así como el estado de la playa, pues son por lo menos dos décadas desde que me vi obligado a abandonarla por un edicto municipal que me prohíbe visitarla, en respuesta a los estragos que solían causar hordas de mujeres enloquecidas al verme en traje de baño… de acuerdo, ya ha corrido mucha agua desde entonces y ya no estoy en edad para esas mortificaciones, pero a diferencia de la inmensa mayoría, a mí la pandemia me ha hecho bajar más de 20 kilos, así que prefiero no correr riesgos.
¡Dios mío! ¡Por qué me hiciste tan cuero! ¡Yo no pedí nacer así!
Todas estas disquisiciones surgen de una conversación en el grupo/chat de La Feria, como parte de una alegata sobre las características de las numerosas playas que se conocen entre todos los miembros de ese grupo, charla que coincidió con el momento donde el ayuntamiento de Navolato, sindicatura de Culiacán, anunció que sus playas (en realidad: nuestras.) no se abrirán en semana santa. El punto entonces no es que tan fregona es la del Tambor, en realidad se trata de tomar conciencia sobre otro costo más que debemos cubrir a resultas de la pandemia, el cual muchos de inmediato lo considerarán superfluo y tal vez tengan razón… o tal vez no. Ese es el problema: nadie se ha parado a revisar en detalle las implicaciones de todas las renuncias en que hemos incurrido hasta hoy, para a la vez contrastarlas contra lo que hemos recibido a cambio.
Así se las dejo por ahorita.
Dos Monedas en los Ojos

Jorge Eduardo Aragón Campos jaragonc@gmail.com
Para Reyna, que sin titubeos tomó un lugar en la primera línea de batalla;
para sus compañeros en la sala de cuidados intensivos COVID-HGC
y para los profesionales de la salud que, como ellos, se han quedado sin monedas para cubrir los ojos de sus pacientes.
Y que esa es hoy su mayor carga.
¿Dónde reside la supuesta superioridad argumental de un provacunas frente a un antivacunas? El asunto no es menor, porque se trata de un hecho real y porque en verdad es lo único que tenemos para enfrentar al virus… y a todo lo demás; no se trata de una solución inyectable o de una receta para suministrar cloro al organismo, sino de una idea. Desde que el mundo es mundo, hemos avanzado en contra de los dictados de un universo indiferente, regido por un conjunto de leyes naturales que no admiten discusiones, votaciones a mano alzada, dictados de orden ético o moral, etc. la idea a que hago referencia, es la convicción de que sólo el riguroso apego a los procedimientos establecidos por el método científico nos puede permitir encontrar para cualquier problema, soluciones cuya efectividad es cercana al 100 %.
En el campo de la ciencia el principio de autoridad no existe, tampoco funcionan la aprobación pública, las buenas intenciones o la habilidad retórica, lo que cuentan son los hechos y nada más; es el apego firme a estos principios lo que ha permitido que tengamos vacunas cuya certeza nos ha permitido arrumbar enfermedades infectocontagiosas que han significado para la humanidad un costo en vidas, sufrimiento, recursos, etc. inimaginablemente mayores a los del COVID hasta hoy, entre ellas la Polio, Tétanos, Viruela, Tuberculosis, Rubeola… Cuando decimos vacunas, nuestro referente es uno de los triunfos mayores que nos han dado las ciencias de la salud, se trata de toda una línea de combate a enfermedades provocadas por microorganismos como bacterias, virus, etc. contamos ahí con un bagaje científico en el que confiamos ciegamente, porque desde décadas atrás se lo ha ganado con resultados a la vista de todos; sin embargo, se trata de una tecnología que alcanzó su plena madurez hace ya mucho tiempo, así como su tope, como nos lo recuerda la vacuna contra el SIDA, que aún no tenemos después de 40 años de intentos.
El año pasado, frente al virus COVID19, esa “línea” de nuestra ciencia nos ofreció una respuesta: sí es posible la creación de una vacuna contra el COVID19 que ofrezca la clase de inmunidad a la que estamos acostumbrados, una vacuna que al aplicarla el paciente quede a salvo de contagiarse del patógeno, al mismo tiempo que lo libera de ser una amenaza como fuente de contagio para quienes le rodean, todo esto sin grandes riesgos de efectos secundarios indeseables. El tiempo de entrega sería dentro de ocho años y aquí fue donde estuvo el problema. Nuestra respuesta al ofrecimiento fue: no tenemos ocho años; no tenemos ni cuatro; es más, no tenemos uno. A partir de ese momento la narrativa se vuelve confusa hasta para los especialistas en disciplinas como infectología, inmunología, oncología, etc. ya no digamos para un público lego como usted o yo. En aquel momento, hubo una vuelta de tuerca sobre la cual convenientemente todos nos hicimos como que la virgen nos hablaba, cuando era quizá la decisión más trascendente de todas las que se han tomado para enfrentar la pandemia: nos salimos de un terreno que conocemos muy bien, para internarnos en otro del cual desconocemos casi todo. De donde nos salimos fue del campo de las enfermedades infectocontagiosas, porque decidimos sacrificar la confiabilidad y la eficiencia que ya tenemos contra virus y bacterias, a cambio de la rapidez que nos ofreció la Terapia de Anticuerpos Monoclonales, una vertiente científica mucho más nueva, orientada principalmente a combatir enfermedades degenerativas que nos trasmitimos entre nosotros a través de la herencia genética como diabetes, Alzheimer, cáncer, etc. no se necesita ser especialista para entender que esto en verdad lo cambia todo y nos mete a una dimensión de riesgos desconocida, a la vez que nos ilustra sobre la verdadera magnitud de la situación desesperada en que ya estábamos metidos desde el momento mismo en que todo esto inició. No pretendamos hacernos los inocentes, somos responsables de todas las consecuencias de esa decisión: sacrificamos seguridad por rapidez con todo lo que ello implica, lo hicimos así porque estaba muriendo gente y era urgente parar eso, pues cada día que lográramos ahorrar en alcanzar la vacuna a que aspirábamos significaba una cierta cantidad de vidas salvadas. Soy un convencido de que se optó por lo correcto, no estuvo ahí nuestro error.
Hay en elemento que es central y definitivo y no es posible rodearlo: el programa de vacunación contra el COVID es, de cabo a rabo, un procedimiento experimental… en marcha. Por los motivos que usted guste, eso es lo que es: un experimento. Un experimento que no se había hecho nunca. Un experimento que acaba de iniciar y que aún no concluye. Nuestra “ciencia de las vacunas” nos dice que situaciones extraordinarias demandan respuestas extraordinarias y por tanto protocolos extraordinarios, por lo tanto frente a la vacuna del COVID19 la estrategia de vacunación, etc. se debe ser aún más puntilloso y exigente ante cualquier tipo de evento que se presente, por los altos niveles de riesgo que conlleva la magnitud muestral del experimento; esta ha sido la primera vez donde la postura negacionista de los antivacunas tuvo como respuesta de sus contrapartes algo peor: adelantar conclusiones cuando el experimento todavía está en marcha, lo cual es anticientífico y punto; lo grave es que se trata de usar esas conclusiones para avalar propuestas de coerción y castigo para quienes se niegan a ser vacunados. Bueno, ni siquiera la cadena de mando militar da para que un superior obligue a sus subordinados a someterse a algo así. Echaron a perder una oportunidad dorada que como maná cayó del cielo: para el tipo de enredo en el que estamos metidos y la clase de experimento con que respondimos, la presencia de antivacunas es el grupo de control perfecto. A mí es al que van a acusar de nazi. Es un hecho inusitado que no debe molestarnos como derrota, debe preocuparnos como lo que en verdad es: evidencia de errores en la estrategia que escogimos contra la pandemia en aras de lograr salvar el mayor número de vidas, que no es lo mismo a salvar las vidas que sí merecen ser salvadas, una disyuntiva difícil, exuberante y llena de aristas que en este momento no tiene por qué andar apareciéndose en donde todavía no le corresponde. Si en este momento hay dudas sobre la efectividad de la vacuna contra el COVID19, no existe ninguna razón para extrañarse cuando es lo que corresponde luego de comparar la expectativa ofrecida contra los resultados que se llevan obtenidos hasta hoy. De lo cual nos encargaremos en la próxima.

¡Dadle el vuelto a la vida con cenizas!
Tal vez pueda pactar con el Caronte.
Tal vez en otro plano nos veremos
o tal vez en otra vida ocasioné
una guerra en Troya y pactos contra dioses.
DOS MONEDAS EN LOS OJOS
Trebison