Víctor J. Pérez Montes
Sol…no entiendes lo que pasa aquí, esto es la Noche y de la Noche son, las cosas del Amor…
El corazón a media luz…siempre se entregará…
Kumbala, La Maldita Vecindad y los hijos del Quinto patio,
circa 1991
Mardi grass 1944
¡Ah caray! Siempre estas fechas me traen gratas memorias. Siempre que empiezan los aires frescos de Febrero, me traen una nostalgia… que ¡Ah jijos!, ¡Nostalgia sabrosona!, ¡Figúrese usted! A mis casi 98 años de vida, que no vi, o mejor ¡Qué no viví!
Decía mi apá, que yo nací cuando apenas estaban pavimentando en el Centro, cerca de la Catedral, quiere decir que ¡ya llovió! A mí me tocaron las verdaderas Aurigas con todo y caballo, cuando Mazatlán era el alrededor de Olas Altas, cuando el balneario de la Playa Sur llegaba hasta la Aduana, es más, el agua llegaba a las puertas de la misma.
A mí me tocó el trenecito que recorría todo el caserío del primer cuadro de la ciudad. ¡Uy! Eran tiempos en los que todos nos conocíamos. La calle Principal, -que creo ahora la llaman Belisario Domínguez- conectaba la Playa Norte o Bahía de San Felix hasta la otra Bahía, la Playa Sur…mmm, a mí me tocaron todas las inundaciones del Cerro de la Cruz y todo Olas Altas.
¡Bueno! Hasta aquí le dejo, porque eso de recordar lo pasado, si duele, y hasta abre heridas que no quisiera que me supuraran otra vez. ¡Pero ya que andamos en calzones!, y ¡Pos les cuento una que no me contaron!, ¡Que yo viví señores!
Como les iba diciendo: Hay cosas que no quisiera recordar, pero, que son necesarias sacar. Y estos aires frescos del Carnaval, me llegan frescos y bien vividos esas memorias carnestolendas. Y se las cuento, ¡Como chingaos no!
Año del ´44, mis tiernos 20 añitos. ¡Joven, viril, y con muchas ganas de sentir!, ¡Ya sabrán como andaba la punzada! El día anterior, había asistido al desfile que siempre pasaba por la Constitución. Mi amigo Chema Tirado, había conseguido un balcón en el Edificio Juárez, en el puro frente del kiosco de la Plazuela Machado.
Aquella mezcla de colores del confeti, la música de banda, las risotadas de hombres y mujeres daban un sinfín de emociones, que excitaban todos los sentidos. Ya para las 6:45 de la tarde, el sol se empezaba a ocultar, y ahí, es donde empezaba la verdadera diversión.
El recorrido era clásico y obligatorio. Solo cruzábamos la calle y a media cuadra, llegábamos al Cine Rubio. La música era excelente, las bebidas ni que decir, en especial, la Cerveza Múnich que se vendía bien helada, era lo mejor.
Recuerdo muy bien. Llegamos el Chema y yo solitos, buscando alguna buena compañía, en el cine Rubio –que por cierto, para los carnavales, la convertían en una fabulosa pista de baile-, pero, parecía que todas las señoritas “de buen ver” ya andaban con su respectivo compañero, pero entre sorbo y sorbo, de pronto, aparecen un par de mujeres rubias, al fondo de las primeras gradas del balcón del cine, parecía que nos estuvieran esperando.
A lo lejos se veían no como las güeritas marismeñas de los pueblos alrededor del puerto. Estas era extranjeras, sus vestidos y peinados no correspondían a las muchachas de la localidad.
Como ya les dije, todos nos conocíamos en esa época. Todos los del Muey –los alrededores del Muelles-, los del Fortín –la Alejadro Quijano-, los de la Guerrero –Angel Flores-, los de la Rosales, los de la Aquiles Serdán, los del Callejón de Aurora, los de la Principal o Belisario Domínguez, los de la calle Benito Juárez, los del barrio Las Calaveras y el Barrio Nuevo.
También, me olvidaba de los del Cerro de la Montuosa, y mira que esos tenían que agarrar terracería para llegar a la zona céntrica, por cierto, eran los desarrapados. Y claro, no podía olvidar a los de la Zaragoza, que por cierto, de ahí era mi amigo Chema, a ellos les decíamos los Junos, porque así se llamó la calle, en la época de mis abuelos.
Pero, regresando a nuestra crónica citadina carnavalesca. Ahí estaba esa güerota, sentada con las piernas bien torneadas, con unas zapatillas rojo cereza, en el que sólo dejaba ver su hermoso y rosado calcañar hasta el chamorrito bien torneado.
Llevaba un vestido rosa pálido con pequeños detalles color morado, entallado como si fuera uno de esos lienzos hechos a la perfección. ¡Ay diosito santo!, el escote dejaba ver esos dos voluptuosos pechos que se movían como 2 palomitas esponjadas en su nidito.
Su cara, era lo que los gringos decían: Baby face. Una carita como de esas de pintura francesa, como para embrujar con esos ojitos azules con una leve tonalidad turquesa. Una naricita bien respingada, y con esos ojitos coquetones que al momentos de mover sus carnosos labios y decir: Hello!, cerraba uno de sus ojitos, como invitándome a bailar, ¡Y porque no!, quizá a algo más.
¡Me valió madres!, y que dejo al Chema con la otra güera entre la muchedumbre del cine. Nomás recuerdo haberle dicho: ¡Te veo al rato pinche Chema, ya me cayó una palomita al nido cabrón!, y que me lanzo.
Con mi inglés medio mocho –había aprendido algo en la Casa comercial Melchers, ya que algunos de los clientes eran ingleses y algunos gringos avecinados en el puerto- empecé la converseishon.
-Gud nait biuriful leidi! – Pero para mi sorpresa y grata comodidad, la güerita me respondió con un español todo pa la fregada-
-¡Hola, guapo siñor!, ¿Quiere bailar conmigou?, y lo primero que dije: ¡Ya chingué!
–¡Pos como no mija!, ¡A darle!
¡Nombre!, ¡Hubieras visto!, como se me puse aquello, cuando se me acercó la güerota, con esas piernas que se frotaban con las mías. Sí bailé, fue nomás por puro trámite, porque después de eso, vinieron las sacrosantas copas.
Ya se estarán imaginando como estuvo aquello, nos aventamos varias botellas de la Múnich, entre más pistiábamos, más nos agarrábamos cariñito, para las 12:25 de la madrugada del día martes, esto ya estaba decidido; el cine Rubio ya nos quedaba muy chico, y decidimos la huida. Nos fuimos por toda la Constitución hasta Olas Altas.
Entre “paradas” y arremangones de esquina, que por cierto, cada vez que mi mano se me iba a la entrepierna de mi apasionada güerita, de manera coqueta ésta me detenía y decía: No, no, no, not yet darling!, a chingaos decía entre mí, hasta nombre le puso a la cococha, le dice Nayeli, en fin con estas gringas locas.
Aquella pasión con ráfagas de alcohol, me hacía eterno para llegar al cuarto de hotel que aquella extranjera tenía reservado. Que por cierto, era el Hotel Belmar.
Cabe mencionar, que el hotel Belmar era un hotel muy exclusivo en aquellos años. Como si fuera dueño y señor de la Bahía de Olas Altas, el hotel llevaba aproximadamente unos 20 años, su arquitectura muy excéntrica, pero que por alguna razón era cada año, el centro de atención en las coronaciones de las reinas del carnaval.
Aquel hotel, en verdad era todo el epicentro de la algarabía y derroche de diversión, pasiones y desencuentros en las fiestas carnesolentas. Recuerdo haber esperado a la “Jane” –así se llamaba mi conquista en turno-, en la entrada del hotel. Me dijo –la muy cabrona- que necesitaba arreglar algo en la recepción del hotel, que dizque para no tener problemas. Con las ganas que le traía y con las copas que me eché encima, aquellos minutos, quizá 5 u 8 minutos, se me hicieron una eternidad.
Y cuando menos pensé, de manera sorpresiva, me tomó de la mano, y con voz seductora me dijo al oído: Come on Darling!, ¡El cuartou está lista!, ¡Ira!, ¡Nomás sentí que la sangre se me iba y venía a la cabeza!
Ya se habrán imaginado, cómo fueron los momentos previos a la llegada al cuarto, quería tener alas, en vez de piernas para llegar a la consumación de los hechos sabrosones que a todas luces se dejaban ver.
Para esos instantes tan excitantes, ya pasaba de la 1 de madrugada y como “león sobre la presa” me le lancé a la güerota. La pasión y las caricias –por cierto muy impúdicas- eran lo único que salía de mi mente. ¡Aquello no lo paraba ni Diosito santo!
Entre el jugueteo de quitarse la ropa, y el clásico forcejeo para hacerlo aún más excitante. De pronto, y sin esperar acontecimiento alguno, algo raro empecé a sentir, ¡Algo verdaderamente raro!, ¡Un bulto bien duro entre las piernas de la Jane!
¡Y pues ni modo!, ¡Tenía que quitarme la duda! Y que le tiro el agarrón y ¡Oh gran decepción!, ¡La güerota ya no era güerota!, ¡ERA GÜEROTE!, te lo juro que de una, se me bajó la peda, y con una rabia del mérito averno, empecé a golpearla o golpearlo, ¡No sé, ni como decirle a eso o esa cosa!
Yo nomás recuerdo que entre trompada y trompada, los gritos de este marica, solo me encendían más las ganas de matarlo a golpes, ¡Al hijo de su tiznadísima madre! Curiosamente, por ese pequeñito detalle, aquello que era toda pasión ardiente y deseos desbordantes, se había tornado en un odio infernal.
-No Darling!, Stop it!, Stop it!, Please!
-! No me hables en inglés pinche maricón!, ¡Aquí se acabó la deuda externa!
En ese preciso momento, en el que le iba a tirar la lámpara de mesa en la cara, de repente y sin ningún aparente motivo, se fue la luz en todo el hotel, y de manera instantánea se escucharon varias detonaciones, un griterío se dejó escuchar, ruido de sillas y mesas se escucharon por un buen rato.
A tientas, como pude me acomodé el pantalón y la camisa; del saco y del sombrero ni me acordé, con un zapato puesto, todo rengo, pero sobre todo, con el amor propio y mi orgullo de casanova mancillado, humillado, ¡Ora sí que!, avergonzado hasta el infinito y más allá, como diría uno de mis bisnietos más pequeños.
El camino fue largo de regreso a la casa, desde Olas Altas hasta la Zaragoza, los ojos rojos y llorosos de coraje, y mi mente no daba cabida a lo que me había sucedido. Definitivamente ese martes de carnaval fue algo para jamás olvidar.
Al otro día, el titular del Correo del Pacífico decía: ¡Asesinan al gobernador!, ¡Pero, eso vale madres!, esa madrugada me habían asesinado la hombría, y sobre todo, las ganas de sentir, ¡Pero, lo que más coraje me da, es que me echaron a perder aquella noche de aquel lejano carnaval. Por cierto, ¡Nunca me han vuelto a besar como me besó la Jane!
