It´s a dirty story about a dirty man…and his clean wife does´t understand!
Paperback writer, Revolver, The Beatles, 1966
Él Inició, pero nunca acabó…
Sobre el viejo escritorio de nogal, las marcas de los años, se hacían notar y sentir. El viejo barniz aparecía sobre la mesa, como pequeñas islas sobre ese mar de madera, cuyas vetas de madera se mostraban como sellos antiguos que adornaban junto a la vieja lámpara de escritorio, que iluminaba una débil y amarillenta luz.
El antiguo reloj de pared, marcaba las 3:25 de la madrugada, entre papeles y viejas libretas escritas, apilaban en el piso de manera desordenada, haciendo un concurso de incontables libros y antiguos periódicos.
Sentado sobre el escritorio, ahí estaba nuestro ilustre escritor, con el cabello cano y con barba copiosa. Su atuendo, no desentonaba con ese “look” de intelectual: Camisa clara, pluma en la bolsa de la camisa. Como si fuera un suéter, una camisa de franela vieja a cuadros –azueles, rojos y grises-, en el ambiente, se percibía un añejo olor, que se mezclaba con el aroma de la vieja cafetera.
Las incontables cajetillas de cigarro regadas sobre todo el piso –como si fuera intencionalmente- y por supuesto, el viejo cenicero de cristal, inundado por las colillas y la ceniza del tabaco de semanas atrás.
Los paquetes sin abrir, de las diferentes marcas de goma de mascar –para evitar fumar-, estaban regadas sobre el piso y sobre el escritorio, de aquella especie de oficina de nuestro nostálgico personaje.
¿Qué sí tenía una familia nuestro ilustre amigo? ¡Bueno!, Claro que tenía una familia. En la planta baja de la casa vivía su esposa e hijos. Ella era una mujer devota, católica, cuyos deberes tanto espirituales como familiares, nunca pasaron de lado, y menos al finalizar el día.
Su devoción por ser una buena madre –cuyo deber religioso era una constante en su vida-no le permitía que sus 2 hijos –uno de 6 años y otro de 8 años- estuvieran desaseados, o con hambre, menos que faltaran al colegio. Sin embargo, su relación con el esposo era distante. No mala, ni de faltas de respeto, solo y simplemente distante.
Los hijos habían llegado algo tarde. La esposa al igual que nuestro ilustre escribano, estaba a mediados de los cincuenta años, aquellos años sin hijos había dejado una huella profunda en el alma y más en su relación.
Toda la ausencia sombría de la relación conyugal, la trataba de llenar con la relación entre madre e hijos, el amor filial y la atención que ella brindaba a sus retoños, era casi a niveles de sobreprotección. Esos 2 niños eran la tabla de salvación del ahogamiento de la soledad y frustración de nuestra apreciable y muy atenta esposa.
La relación que existía entre marido y mujer, era casi exclusiva de subir con el desayuno, dejarlo sobre la mesa al lado del escritorio, mientras nuestro letrado amigo, mecanografiaba sin cesar, en actitud de completa concentración en su escritorio, como si nada fuera más importante que terminar el párrafo de tal o cual página.
En los viejos libreros, libros y libros y más libros organizados rigurosamente. Entre libros y notas de cuadernos de notas, una serie de estatuillas, y figuras de cristal, metal y algunas de madera, todas ellas formaban los premios y las distinciones por Best sellers, publicaciones o reconocimientos por su labor literaria.
Entre los cuadros de fotos familiares, algunas fotos de eventos o ferias de libros en las que presentaba alguna de sus obras.
En un espacio exclusivo de uno de los libreros, aparecían cada uno de los ejemplares que nuestro amigo escritor tenía publicado. ¡38 obras literarias!, ¡Toda una colección!, toda una vida publicando los últimos 16 años, aquello era toda una vida literaria fructífera.
La casa editorial mandaba mensualmente su salario. Una suma nada despreciable, sin contar con las regalías correspondientes. El dinero no era el problema. El plan de trabajo, y los tiempos ya estaban pactados: 2 libros por año. Todo un esquema de trabajo para una celebridad editorial de altos vuelos.
Pero aquella tarde, algo sería distinto. De pronto, ninguna idea venía a la cabeza; los dedos como viejo mecanismo oxidado y con grandes dificultades para continuar dejaron mecanografiar.
El ceño fruncido, la mirada perdida, pero sobre todo, esa ráfaga que entraba de golpe llenado la cabeza con ausencia de ideas, se agolpaba y dejaba huella en la conciencia de nuestro excelso escritor.
Al inicio, no le dio importancia, dejó un par de horas el escritorio, y como si fuera un espíritu o fantasma del inframundo, de manera sorpresiva bajaba a la cocina de la casa y se preparaba un café, y tomaba un polvorón del viejo tazón de pan de la cocina.
Aquel “break” no era usual. De hecho, llevaba años sin hacerlo. Aquella acción de salir de su refugio de la realidad, era algo bastante novedoso, no solo para él, sino, para todos en la familia. Sus hijos lo veían con ojos de extrañeza, su esposa no podía articular palabra alguna, debido a lo sorpresivo e inusual de su visita a otros espacios de la casa.
El tiempo corría y las ideas no llegaban. El problema no eran las ideas, era el maldito contrato de sacar 3 libros al año. Faltaban 2 meses y el último borrador aún no lo autorizaba la casa editorial. El tiempo estaba encima y de manera voraz.
La pérdida de un día de escritura, era verdaderamente algo significativo en el esquema de trabajo. ¡Maldita mente!, ¡No llegan las ideas! –decía nuestro amigo con angustia-. De pronto, su hijo más pequeño, llegaba a la cocina, su mirada sorpresiva, un poco triste, como con miedo, penetraba en los ojos del escritor.
Por más intentos que trató de hacer nuestro amigo por evadir la simple, pero, penetrante mirada de su hijo, de plano no pudo contenerla. Sin embargo, en un desesperado intento por salir de ese instante casi hipnótico, sin pensarlo, casi de manera espontánea hizo una invitación maravillosa al pequeño:
-¿Quieres salir al parque a jugar?
El pequeño solo asintió con la cabeza, en una respuesta positiva a la invitación –rarísima- y con una sonrisa tímida, rápidamente le tomaba la mano a su padre, y éste sin tener un pretexto aparente, le respondía a su sonrisa con un beso en su mejilla y una afirmación muy significativa:
-¡Vamos hijo!
Aquella tarde sombría, con tonalidades grisáceas por el nublado de la tarde, con un alto grado de probabilidad de lluvia, en un ambiente frío y húmedo, de pronto se convertía en una cálida e iluminada tarde en aquel parque. Robin –el hijo del escritor- corría y reía sin parar. Nuestro ilustre amigo, tal cual fuera un viejo reloj oxidado, y sin movimiento, de manera torpe, pero, con ánimo seguía en los juegos a su hijo.
Los minutos pasaban, y aquellos se convirtieron en horas, el tiempo pasaba tan rápido. Aquel tiempo era un lapso fugaz. Aquello que tanta alegría había causado, por algunos momentos se pensaba que podía ser eterno.
De pronto, aquella tarde se había tornado en noche, el aire frío marcaba el final de aquella tarde tan especial. En la mente de nuestro escritor, había dejado una huella profunda, tanto en su mente como en su corazón, y se había hecho una promesa: “Todos los días saldría con sus hijos a disfrutar de la vida y del suave, pero a la vez, estridente ruido de sus risas.
Sin pensarlo, nuestro amigo subió entre sus hombros a su hijo. La sonrisa de Robin, hacía que valiera la pena de todo ese esfuerzo por establecer una relación cercana con su pequeño. En el camino, el escritor le contó a su hijo un breve cuento espontaneo, corto, pero que cautivaba a su pequeño. Era el final perfecto para esa tarde.
Llegó la hora de dormir, el sentimiento que tenía en su corazón era verdaderamente un sentimiento de paz con su alma. Años de abandono que había experimentado con su familia, al parecer había empezado a tratar de ser resarcidos.
Su esposa de manera tímida, se había acostado más cerca de lo que usualmente lo hacía. De un instante a otro, sin pensarlo, ella tomaba la iniciativa y le daba un tierno beso en la mejilla, y con una voz suave le decía: ¡Te amo!, ¡No lo olvides!, los dos en un acto de amor sincero, se abrazaban fuertemente, acurrucándose terminaban dormidos profundamente.
La rutina matutina empezaba en la madrugada. La madre de familia se había levantado desde muy temprano. El frío matutino era insoportable, encender la estufa y poner la vieja cafetera, era indispensable. Preparar los desayunos de cada uno de los hijos era el objetivo matutino. Así mismo, hacer el jugo de naranja, era todo un ritual culinario para la afanada y muy responsable esposa.
Llegaba la hora de subir el desayuno al viejo ático –convertido en estudio de escritor-, en donde de manera habitual, se encontraba a nuestro amigo tecleando sin parar. Sin embargo no estaba ahí.
Extrañez era el sentimiento de la esposa. ¡Albert!, ¡Albert!, al no contestar el llamado, pensó que estaría dormido aún. Y en efecto, nuestro ilustre escritor estaba recostado de lado sobre su cama. Daba la impresión de estar descansando de manera tranquila, en un profundo sueño, totalmente apacible, tal cual un neonato con una gran necesidad de sueño.
¡Albert!- volvió a llamarlo, ¡Amor!, ¡vas a iniciar tarde!, sin embargo, nuestro escritor no reaccionaba. Su esposa un poco intrigada, con suaves toques con sus dedos, trataba de despertarlo, pero al parecer, éste no reaccionaba. De pronto, y con un poco más de fuerza, la esposa empezaba a sacudirlo, pero, Albert no despertó.
La esposa solo pudo derramar sus lágrimas, y en actitud reverente y con sumo respeto al momento, de manera delicada tapaba su cabeza con la sábana de su cama. El momento nunca pensado había llegado, la existencia de Albert había llegado a su fin.
Era curioso, que todo lo que había logrado, había quedado atrás. Pareciera que sin querer o mejor dicho, sin pensarlo, había iniciado su camino a cambiar el curso de su existencia, lo que verdaderamente era lo importante o significativo se había descubierto 1 día antes de su muerte, como quien dice: “Al que se le fue la vida, y no la vivió…”




