
Víctor J. Pérez Montes
She´s got a smile, that it seems to me…reminds me of childhood memories…
Her hairreminds me of a warm, safe place where as a child I´d hide…
Sweet child of mine, 1987, Appetite of Destruction, Guns and Roses
Será que por mi memoria…
El Papalote, Silvio Rodríguez
Orejas de burro…
Ya que andamos en evocaciones de la bella infancia, recuerdo haber estado por allá, en el ya histórico 1987, en el tercer año de la Educación primaria, que por cierto, por un pelito de burro tordillo, recurso ese polémico, tortuoso y sobre todo poco académico año escolar –obviamente para un servidor-, dignas memorias en mi mente, que por cierto, aún no he podido borrar.
Definitivamente –pienso y aún lo creo fervientemente- la maestra Martina –como la rola de la Tigresa- me traía de bajada…descifrar aquellos números y tablas de multiplicar y divisiones, eran exclusivamente –y aún lo creo- de uso para los rusos o los gringos que trabajaban en la NASA, pero en fin.
La cosa es que era tan feliz en mi infancia, que lo que menos me importaba era aprender en esa escuela decrepita e inhóspita a la que asistía –por cierto, el nombre de la escuela evocaba al héroe de la famosa batalla del 5 de Mayo, el ilustre texano, el generalísimo Ignacio Zaragoza.
Por lo que, en una de esas románticas y educativas ocasiones escolares, la malvada e insensible profesora, al no recibir la respuesta que debí haber dicho, sacó unas orejas de “burro” y me obligó –con la tradicional bara en mano- a ponérmelas en la cabeza. ¡Caray!, pero lejos de tomarlo como una ofensa, en mis tiernos pensamientos de infante, y a pesar, de las risas burlonas de mis compañeros, les dije en voz alta:
-¡No le hace!, los burros son los animalitos más trabajadores y nobles que hay…
Y todavía reafirmé para que no quedara dudas de mi postura:
-¡No por nada un burrito llevó a la madre de Jesucristo antes de nacer!
Después de semejante afirmación, nomás recuerdo la cara de maestra, no sé si ella quería llorar o echarse a reír, pero, de que me pusieron las orejas de burro, me las pusieron.
Por cierto, ese Pinocho tuvo mucho que ver, con ese estereotipo estúpido de que las personas que no aprenden o no van a la escuela son burros, pero, ¡Y que culpa tiene el burro pues!
El niño perdido…
Entre mis memorias de chamaco, hubo una que la verdad, si me dejó impactado. En la cuadra vivíamos varios de la misma “camada”. ¡Éramos unos vagazos!, ¡Uuuy, muchas aventuras juntos!, y sobre todo, muchas travesuras, pero, la que les voy a contar fue una muy triste de a devis. Y así pasó:
Era una tarde veraniega del mes de Julio, yo estaba muy cómodo viendo la televisión, en el -ya histórico- canal Cinco, y por supuesto, viendo las caricaturas que proyectaban en ese canal, cuando de pronto, tocó a la puerta, mi camarada el Toño Loaiza –cabe mencionar que era un güerito muy travieso- y que me dijo:
-¡Vamos a ver al tren que se descarriló!, dicen que estaba lleno de maíz palomero, ¿Vamos?
De pronto me imaginé comiendo las famosas Pop corn y viendo mis caricaturas favoritas: los Tondercats, los Halcones galácticos, el Voltrón y el Robotec, y casi de manera instantánea le respondí:
-¡Simón Toño!
Y que nos lanzamos a la aventura. Sacamos las baikas y le dimos al pedalazo, yo nomás le dije a mi amá: ¡Ahorita vengo!, ¡Voy con el Toño!
Como verdaderos Choppers made in tercermundo, con el aire a nuestro favor, en tres patadas, estábamos en la meta de nuestro viaje suburbano, por fin, llegamos a las vías del tren.
¡Nombre loco! Hubieras visto, el gentío que había, señores y señoras, niños con cubetas y sacos de ixtle, acarreando maíz para sus casas. Aquel espectáculo era verdaderamente digno de una película titulada: “Nosotros los Pobres” o “El hambre histórica contrataca”.
¡Pero en fin! Lo importante era, que ya habíamos llegado. Recuerdo muy bien, que literalmente nos echábamos clavados en los vagones de maíz, sacamos nuestros respectivos costales de harina, que nos habíamos encontrado atrás de la extinta “CONASUPO”, y empezamos la acarreada –diría mi tío, que por cierto era albañil tranza-
Ya empezaba a pardear en la tarde, y le dije al Toño:
-¡Toño! Ya tenemos que regresar, mi amá se va a preocupar, si no llego temprano.
-¡Vete! Yo me quedo, estoy muy a gusto aquí.
Pues yo ni tardo, menos perezoso, emprendí la regresada a mi cantona, llegué y recuerdo que mi amá tenía maicena de chocolate y bolillos con mantequilla para la cena, la verdad, no estoy seguro si la cena estaba rica, lo único que sí sé, es que tenía mucha hambre.
Yo creo que serán las ocho pasadas, ya en la húmeda y calurosa noche del verano patasalada, cuando Doña Pola –en realidad se llamaba Apolonia- tocó a la puerta de la casa. Mi mamá la atendió y con voz desesperada preguntó por su retoño –el gran Toñito- rápidamente mi amá volteó a verme y me preguntó por el chamaco.
De manera sincera, le respondí que andábamos juntos por allá en la vía del tren, pero que él se había querido quedar. ¿A qué?, ¡Ni idea!, simplemente el Toño no se quiso regresar conmigo.
Doña Pola, extremadamente preocupada, casi a las lágrimas, más que estar mortificada por el chamaco, estaba pensando en el marido. Don Chencho –Inocencio-, el clásico tipo primitivo y retrograda que gritaba y golpeaba –cinturón en mano- a todos en su casa, nomás no se hacía su sacrosanta voluntad. Por cierto, este gorila era oriundo de la Palma sola, un rancho perdido de la mano de Dios, pero cercano a Mazatlán.
Pasarían un par de horas más, y ya sabrán cómo estaban las cosas en la casa del Toño, Don Chencho, ya había cintareado a sus otros cinco hijos, y por supuesto, a Doña Pola, ya le había metido una de perro bailarín, y sin mencionar, la sarta de mentadas de madre y de padre propinadas por su ineptitud, al no mantener a su hijo en la casa.
¡Por fin! Llegó el susodicho “niño perdido”, y nomás puso un pie en la “mansión del terror” y que empieza una persecución peor que la que pasó en la película “El resplandor” ¡Nombre! Aquellos gritos de dolor y de súplica eran para poner a cualquier con los pelos de punta.
Aquella masacre –quedó corta comparada a las que pasan en Texas, ya ven que cada rato se les bota la chaveta a los gringos y se matan en las escuelas -fue épica y pues así fue, como dijo el Divo de Juárez.
Mi amá nomás me decía cuando escuchábamos los reatazos contra el Toño:
-¡Aguas!, porque si tú me haces una de esas, te cuelgo del poste que está en el tendejón de Don Meme, ¿Entendiste cabrón?
¡Chale!, ¡Puras de esas!, pasaron los días, y el Toño ni a la calle salía, y menos a la escuela asistió. Como a la semana, se apareció a la escuela, que por cierto, parecía perro dálmata, todo lleno de moretones en todo el cuerpo, y con un vendaje en toda la chompa, ¡Obviamente ni le pregunté lo que le pasó! Y ni él me lo dijo.
Pero lo que si me dijo, es que ya sabía dónde su apá –Don Chencho- tenía las revistas de viejas bicholas ¡Esa sí era buena noticia!, nomás que el detalle era que a Don Chencho le gustaban las revistas de viejas gordas, de esas de pura producción nacional, no como güeras export quality que salen en las revistas de mi apá.
El sueño robótico… (La “miada” atómica)
Recuerdo haber estado sentado en la Playa Norte, a un lado de los Monos bichis –por cierto, ahí había un enorme tubo de desagüe de aguas negras de la ciudad, directito al mar, y el peculiar olor natural, pero no agradable como se estarán imaginando, pero en fin, regreso a mi anécdota:
Yo tenía unos 6 años, estaba totalmente tranquilo conmigo mismo cuando de pronto, empecé a ver que el agua se agitaba terriblemente, era como si un maremoto –creo que ahora hasta en japonés les dicen Tsunamis- y que diviso a lo lejos algo muy raro, atrás de las tres islas que están enfrente de la ciudad.
Me tallaba los ojos, y por más que quería aguzar la mirada, no alcanzaba a ver con claridad, cuando de un de repente empecé a ver un terrible monstruo como de unos 100 metros de alto, era como una iguana gigante, pero mecánica, un robot terrible que tenía unos enormes colmillos, y garras y unos ojotes rojo brillante, que no tenía aspecto de “buena gente” diría mi amá.
Y de pronto, se me ocurre llamar a Mazinger Z, y que al igual que el Koji Kabuto –el que manejaba al Mazinger- salgo corriendo atrás del Pollo Loco –casualmente ya no existe ese restaurante en la esquina de Gutiérrez Nájera y Aquiles Serdán- y curiosamente, la cancha de Basquetbol que hay –todavía- se abrió a la mitad, y por arte de magia negra, y de un alucín bien fumado, estaba conduciendo el dron que manipulaba a Mazinger, y aunque no me lo crean, hasta estaba vestido con el traje y casco del mismito Koji Kabuto.
¡Híjole! Hubieran visto mi cara, cuando vi al Mazinger Z salir de la cancha del Martiniano Carvajal, hasta la música del intro de la caricatura escuché, de la emoción hasta ganas de hacer pipí me dieron, pero me las aguanté. Tenía que salvar a Mazatlán, y manipular al Mazinger era la prioridad.
Y por supuesto que iba gritar: ¡Mazinger!, ¡Listo!, en ese momento, ya estaba manejando a nuestro majestuoso e imponente defensor de acero.
Sin pensarlo más, inicié la maniobra. Aquel encuentro entre aquella iguanota mecánica y “mi” Mazinger fue épico, salieron chispas del encontronazo, entre los puños atómicos y los vientos huracanados que le aventé, aquella batalla en frente de los Monos bichis fue legendaria.
Lo único que les puedo decir, que a ese monstruo lo dejamos hecho una miseria, es más, hasta los que recogen fierro viejo y cobre, nomás esperaron que terminara nuestro colosal encuentro, y empezaron a recoger todo el fierro viejo y los cables de cobre que habíamos dejado de ese robot.
¡Y claro! Las ovaciones de toda la gente de los alrededores, no se dejó esperar. Aquello era un carnaval de alegría, cuando de pronto una muchacha despampanante, y con mini falda “a go-go”, se me acerca y con tremendo beso en la frente me dice: ¡Eres mi héroe!
¡Ingaturroña!, ¡Era la mismita Sayaka!, -la novia del Koji Kabuto– ¡Hasta la morrita le bajé a ese compa! Aquello no era la victoria, era ¡La gloria misma! – Ni modo, era el héroe del momento.
¡Y que me armo de valor! Y que invito a la chamacona a dar un paseo en el dron, por toda la bahía, y lo mejor, ¡Que me aceptó la invitada!, pues ahí andábamos muy agustito, y entre “becho y becho” –en el cachete, porque acuérdense que era un chamaquito de seis añitos-, cuando de pronto el condenado dron empezó a fallar, y que nos vamos directito al mar.
Ya en el agua, empezó a hundirse el dron y por arte de magia, la Sayajka me empezó a gritar auxilio con mi nombre: ¡Lucas!, ¡Lucas!, y por supuesto, que con un profundo sentimiento del deber, empecé a tratar de salir del dron para ayudar a “mi más recién conquista”.
Para ese entonces, el agua ya me llegaba arriba de la cintura, cuando de manera “mágica y misteriosa”, la dulce y seductora voz de la Sayaka, empezó a cambiar de tono y empecé a escuchar la “maléfica” voz de mi amá:
-¡Lucas!, ¡Lucas!, ¡Levántate chamaco baquetón!, ¡Ya se te hizo tarde para ir a la escuela!
-¡Condenado chamaco!, ¡Ya te volviste a miar!, ¡Chamaco cochino!, ¡Levántate a bañar!, ¡Chamaco mión!
¡Pues con razón!, durante toda mi aventura, nomás sentía cosquilleo en el pilín, y cuando andaba en el agua hasta la cintura, pues la sentía muy mojada. Y como, ya se habrán imaginado, a la hora del baño, no faltaron los chanclazos “atómicos” que mi progenitora me daría por ese pequeñito incidente de orinar el catre de lona en el que dormía –ya estaba la mancha muy amarillenta por cierto-.
¡Ah carambas!, ¡Que bonitos recuerdos! Aunque no me crean, yo salvé a Mazatlán de una inminente destrucción, que estaba más canija que la de Hiroshima y Nagasaki, ¡Claro que en la imaginación de un chamaco! y en ese sueño robótico entre Mazinger Z y yo… ¡por cierto!, más adelante, ya no tendría sueños robóticos, sino, sueños eróticos.

