Del ogro filantrópico al monstruo conveniente.

Octavio Valdez

“Las teorías económicas como los poemas sólo se sostienen en el universo inasible que ellas mismas crean, al contacto con la realidad se rompen como burbuja de jabón en el viento”.

Se ha construido un mundo que no se detiene. Después del Estado de bienestar de mediados y finales del siglo XX, el liberalismo económico fue construyendo, posterior a la desintegración de la URSS, un sistema intrincado de relaciones entre los países, en el que la producción de bienes y servicios, así como la especulación financiera fueron tomados como el fin último de las acciones y políticas implementadas en las estructuras productivas y sociales.

Ante el abandono de la reflexión y el pensamiento, desde una perspectiva ideológica y filosófica, en las distintos ámbitos públicos, en esferas tan disímbolas como la academia hasta los medios masivos de comunicación, y su sustitución por el dogma de la autorregulación del mercado así como la generalización en el contexto cotidiano, de una actitud de reflejo automatizado e inmediatismo complaciente se dio forma a una especie de persecución angustiosa de la utopía, con la convicción subconsciente e inercial de que una constante producción y un consumo incesantes, por sí mismos, llevarán a toda sociedad e individuo, perteneciente a ella, a un estado de plena satisfacción, realización constante de expectativas y en el absurdo de la cursilería, una felicidad inacabable.

De común se cree que las tecnologías de la comunicación y su interconexión con el internet y redes sociales han desaparecido la noción de intimidad, cuando en realidad lo que ha dado al traste con esto es la necesidad de mercantilizar hasta la más insignificante de nuestras conductas. A una producción de bienes infinita debe corresponder un consumo de igual medida, por lo que no puede existir impasse temporal en este sistema: Consumamos mientras dormimos, consumamos mientras descansamos, consumamos mientras morimos, consumamos mientras somos consumidos.

El tope infranqueable a esta avidez lo da la condición finita de los recursos planetarios, el choque del esquema humano de irrefrenable consumo colisiona con la realidad material de nuestro entorno, de lo cual es el primer reflejo económico la escasez periódica (a partir sobre todo de la Modernidad) de los recursos energéticos dada la baja eficacia que nuestra tecnología tiene para aprovechar los distintos materiales a través de los cuales hemos puesto en marcha nuestra civilización y que representan un ínfimo porcentaje de la materia que conforma nuestro planeta y sus seres vivos.

No es extraño llegar a la conclusión que la mayoría de los conflictos entre países o civilizaciones, pasados y presentes, más allá de la moral que los justifica están fundamentados en la posibilidad de acceder a algún tipo de recurso natural por parte de las facciones inmiscuidas.

Es por lo anterior que las teorías económicas han fallado en predecir las crisis de los sistemas que sustentan, ya que en su mayoría contemplan en sus indicadores constantes que funcionan desprendidas de los elementos de la finitud que la realidad física presenta. La crisis de los hidrocarburos de los años 70´S del siglo pasado y la impredecible estanflación resultado de esta, no fue sino el reflejo de la cimentación de un sistema teórico que pretende procesos infinitos sobre elementos magros y acotados, aunque abundan las explicaciones que sustentan el episodio en complicados dramas geopolíticos.

En la actualidad las diferencias entre los distintos bloques y países respecto a esta realidad es más bien cosmética, pero resultan homogeneos en sus sistemas y resultados. En este modelo se encuentran todos los países y sociedades, con diferencias dadas únicamente por sus capacidades materiales y circunstancias históricas.

Los humanos se colocan en segundo término a la imperiosa necesidad de sostener y mantener el proceso frenético de especulación, consumo y producción. El símbolo de esta época histórica es un rebosante cesto de basura, lugar al que va a parar nuestra comida, compañeros, familia, placeres, memorias, sueños, cuerpo y deseos. Todo con el fin de hacer lugar al imparable devenir de la breve y precoz utopía de la Compra-Venta.