
Octavio Valdez
Hace uno días se presentó el libro “San Benito, su historia y su gente”, del escritor y académico Carlos Karam Quiñones. Para ser preciso, debería decirse que el libro en cuestión fue más bien comentado por su autor, ya que por una modestia injustificada se mandó hacer un tiraje de cantidad insuficiente para la demanda que ha tenido el ejemplar, suponiendo que el tema que abordó sería de interés único de algunas personas originarias del poblado al que refiere el título, y uno que otro aficionado a la crónica regional, por lo que los presentes tuvimos acceso limitado a un único ejemplar, ejercicio que devino en una nutrida conversación.
La obra de Karam, se basa en recoger testimonios de los pobladores que den fe de un famoso corrido ecuestre conocido como “El alazán y el rosillo”, que han interpretado desde Luis Pérez Meza hasta Vicente Fernández, carrera de caballos que según los registros se dio hace cien años en el municipio de Mocorito, más precisamente en San Benito.
Al plantear el hecho desde una perspectiva histórica se exponen dos circunstancias inmediatas: para la época en la que se dio la mencionada carrera eran muy comunes en la región como entretenimiento, es decir que esta que sobrevivió a través del relato popular fue una de cientos o miles que se llevaron a cabo. La otra cuestión es lo inasible de los hechos reales por falta de documentación, la misma fecha de la carrera no está establecida sino en base a conjeturas de los lugareños que han sido pasadas por tradición oral: estableciendo el día 19 de marzo, otro día en mayo y otro en el mes de junio.
Otros hechos establecidos en el corrido se ponen en entredicho, como el que apunta que el alazán era el caballo al que apostaron los ricos y el rosillo, al que le iban los pobres. datos que, a través de una cuidadosa compilación de testimonios orales, el investigador demuestra que son cuando menos dudosos
La pregunta que surge ¿Cuál es la razón de que esta carrera fuera la que trascendiera en la memoria popular, al grado de poner en el mapa nacional una población como San Benito, que de otra forma nadie conocería?
Con la información expuesta, la mayoría de las personas que participaron de la presentación empezaron a hilar respuestas a esta cuestión, en base a hipótesis que giraban en torno a circunstancias del momento o apelando a cierta ilustración y tradición musical atribuida a los habitantes de Mocorito, municipio al que pertenece San Benito, que sin ser mentira, me parecen insuficientes para explicar todo el fenómeno.
Me llamó la atención que nadie reparara de forma más precisa en el peso del hecho artístico y estético de la elaboración del corrido como elemento principal para la trascendencia histórica del hecho, para ser justos no sé si en el libro el autor de más atención al asunto, pero en la mesa de conversación, donde se encontraban ilustres evorenses muy enterados de la microhistoria de la región nadie reparó en ese detalle.
De la representación como realidad. De Troya a San Benito.
A principios de este siglo, si mal no recuerdo, excavaciones en Turquía empezaban a dar luz a una construcción que por su posición geográfica respecto al Peloponeso, y algunos objetos ahí encontrados, sugerían de forma contundente que ahí se había erigido la mítica ciudad-estado de Troya, que hasta ese momento el mundo en general creía una mera invención de Homero. Aunque esfuerzos individuales a través de los siglos habían intentado encontrar la, hasta entonces, ciudad ficticia, esta escapó de las exploraciones destinadas a encontrar sus vestigios.
Si uno observa con frialdad utilitaria las ruinas que se descubrían como lo que alguna vez fue Troya, podría caer en la tentación de calificar aquello como un montículo de piedras más o menos acomodadas en posiciones que sugieren un patrón. Sin el relato de la Ilíada, que sostiene buena parte de toda la cultura occidental, aquellas piedras no tienen más valor sobre las que usted puede encontrar en la calle o un patío, pero la aventura mil veces contada de Aquiles, Héctor, Helena y Paris, hacen que esos montículos de rocas adquieran cualidades metafísicas o mágicas y uno no pueda sino abrumarse ante la presencia de lo trascendente, lo más cercano a la beatifica eternidad.
¿Qué sería San Benito sin el corrido “El alazán y el rosillo”? El poblado no cuenta con una industria o comercio que lo signifique en la región y orográficamente no cuenta con atracciones llamativas. La anécdota de la carrera ha logrado hacer cierto turismo de temporada en base a recrear el suceso que provoca la curiosidad entre las personas que gustan de la canción, lo que genera movimiento económico en la venta de viandas y servicios, al volverlo un punto de visita hacía la cabecera municipal.
Me hace preguntarme ¿por qué inconscientemente le negamos al hecho artístico su importancia más allá del goce estético? ¿Por qué no se invierte en el rubro de forma más decidida, teniendo muestras contundentes de lo que puede generar en términos económicos, ya no digamos formativos? ¿Por qué en este ambiente hipermaterialista quienes se dedican a ese sector son tratados como ciudadanos de segundo orden? ¿Hasta cuándo entenderemos las oportunidades de desarrollar ese sector del arte y la cultura donde Sinaloa podría ser potencia?
No nos damos cuenta que por más desgastadas y fragmentadas que estén las ruinas de Troya, han servido en el tiempo para construir parte del alma de occidente y de todo lo que uno puede ver asomándose a la ventana.