
Víctor J. Pérez Montes
Difícil es caminar, en un extraño lugar, en dónde el hambre se ve, como un gran circo en acción.
El Circo, 1991, Maldita vecindad y los Hijos del Quinto Patio
A lo lejos, sólo se contempla una tenue sombra, poco se divisa entre la espesa neblina y el claroscuro de la madrugada. Las primeras horas del día son frías, entumeciendo todo ánimo, todo esfuerzo por cumplir con la penitencia diaria de la existencia propia.
Poco a poco, de manera pausada, lenta casi inamovible, se empieza a definir la figura de dicha sombra, con cierta nitidez se puede visualizar que, de manera pesada, con dificultades, dicha sombra va empujando una especie de cajón con llantas, cuyo ruido se agudiza aún más con el silencio de la madrugada.
De pronto, como fieles guardianes de nuestro decrépito, encorvado y avejentado protagonista, una jauría de siete perros, todos ellos faltos de “pedigrí”, pero sobrantes de experiencia en la vida dura y violenta de la calle.
Cada uno de estos guardianes caninos, han experimentado la indiferencia de la sociedad. Todos ellos nacidos en basureros, canales de agua pluvial, entre ropa vieja y desechos de comida. La vida nunca les ha favorecido con el calor de un hogar, y menos con la comida necesaria para su existencia.
Ninguna de estas figuras caninas ha tenido un amo previo a nuestro amigo, -que por cierto- la gente lo hace llamar: El Chocorroles. Todos estos caninos en estado casi salvaje de manera fiel y con un sentido de servilismo acompañan a su amo a dónde quiera que vaya.
Los nombres de nuestros protagonistas caninos son: El Guachington –el líder-, el Clinton –el que siempre anda caliente-, el Jolopo –el sinvergüenza-, el Lopezpaseos –el patadeperro del grupo- , el Kenedi –el galán perruno-, el Gustavito –el feisímo del grupo-, y el Salinas – ese era un perrito miniatura orejón, con pinta de bonachón, pero muy canijo-.
Cruzando una amplia avenida, nuestro antihéroe urbano, actúa de manera abierta y franca. Revisa las bolsas o botes de basura de cada una de las casas que encuentran en su camino. Siempre con respeto, sin hacer desorden, revisa de manera puntual cualquier vestigio que pudiera ayudarle a sobrevivir ese día.
“Lo despreciado por unos es lo más preciado por otros”, frase que se convirtió en el slogan cotidiano de El Chocorroles que por años ha explicado de manera sencilla, su estilo de vida y actividad económica que provee de unos pesos necesarios para la sobrevivencia de él y de sus fieles amigos. Cartón, fierro viejo, aluminio, son los elementos sumamente “preciados” que avivan la articulación económica de nuestro maltrecho amigo.
Las personas le ven con desprecio, con alto grado de desconfianza. Sus ropas sucias y roídas gritan sus carencias, sus derrotas, y que expresan toda una vida de carencias y de frustraciones. Nadie sabe de dónde viene, menos a donde va. No hay familia o amigos que puedan brindar una mano de ayuda o consuelo en los momentos duros del día a día.
Las esquinas mal olientes y llenas de basura son la meta. Pero tal meta no es fácil. Literalmente es una competencia muy aguerrida que otros “buscadores” de basura o que viven de la basura, en ocasiones llegan a los golpes para ganar el botín.
Es la calle, ese escenario que despliega todas las pasiones y bajezas que nuestro amigo sortea día a día. Es la calle el todo y por el todo de su existencia. Es el principio y el final. Es el campo que necesita dominar como una bestia o monstruo indómito que día a día destroza o devora a quien es débil o quien pierde el enfoque de su voracidad.
No hay un mañana en la vida del Chocorroles, solo el hoy y el ahora. Él sabe que sí no hay un ahora, simplemente no come, y su peregrinar será tortuoso, difícil, dramático y hasta cruel. Sin embargo, la naturaleza está de su lado.
Los árboles frutales en algunos espacios citadinos, en especial, algunas grandes avenidas, parques o jardines públicos brindan al paladar de nuestro amigo y sus fieles compañeros, ese toque de dulzura que nadie se atreve a darles.
Las tardes son largas y en ocasiones tediosas, aburridas, llenas de privaciones, la actividad de recolección de basura siempre es más productiva durante las mañana. Los camiones recolectores de basura del municipio, son los eternos archienemigos a vencer.
Cansados de su tortuoso andar por barrios o suburbios citadinos nuestro amigo toma la decisión de regresar a su morada. Un cuartucho construido de palos, cartón y laminas viejas, que con alambres retorcidos y oxidados, constituyen el techo que cada noche abrigan y protegen al Chocorroles y sus fieles amigos.
Las tinieblas de la noche abrigan a nuestro antihéroe y su compañía canina. A lo lejos, la mancha de luces que demuestran por lo menos, los servicios que nuestro amigo jamás podrá obtener. Para el sólo existe el ahora, y su “ahora” es una mezcla de inexistencias de los más elemental que un ser humano puede aspirar.
No hay amigos, no hay una pareja con la que se pueda convivir, solo los perros que con actitud de servilismo y lamidas amistosas le hacen sentir algo que parece ser amor.
Poco a poco, los parpados de nuestro maltrecho y avejentado amigo se cierran. Las fuerzas y ánimo han sido agotadas, sus fuerzas quedan suspendidas en un sueño que exige la recuperación de todas las energías para la aventura del día siguiente.
Chocorroles llega a una inmensa casa. Es una de esas casonas antiguas, que se encuentran por toda la avenida principal de la ciudad. Lo recibe el mayordomo principal, y con sentido servicial, le indica que su baño y cena están listos. Después de bañarse y ser consentido, en su enorme tina de baño de burbujas, el mismo mayordomo, le indica su cuarto de ropa y la inmensidad de ropa que posee para cambiarse.
Ya limpio, perfumado y con ropa de dormir –con un sutil olor a rosas-, nuestro nuevo mexican style playboy, baja por la enorme escalera de caracol, casi corriendo, llega a la enorme mesa de cedro –finamente tallada- y sin más que esperar, nuestro amigo agarra con sus dos manos el grueso bistec de dos pulgadas de grosor, pero en el exacto momento, de darle la primera mordida, las brillantes luces de la enorme lámpara de cristal swarovski impedían ver y molestaban la visión de nuestro –ahora- amigo ricachón.
Por más que se esforzaba, no podía ver la comida para comerla, se trataba de tapar los ojos con una mano, pero no podía comer. Pero cuando por fin, pudo abrir los ojos, de manera cruel, se dio cuenta de que aquello fue un sueño, tristemente solo eso, un sueño.
Los rayos matutinos como agujas punzantes lastiman la débil visión de nuestro explorador citadino. La pesadez de su humanidad es dolorosa y su sufrimiento momentáneo de levantarse se combinó con la eterna incógnita ¿Qué comerá hoy?
Poco más tarde que lo habitual, nuestro soñador frustrado se levanta y de la vieja cubeta saca un poco de agua para enjuagarse la boca, con frustración despliega la cortina vieja –mejor dicho el trapo viejo- y como un golpe contundente, -sin mucho ánimo-mira a su alrededor y con los ojos llorosos, murmura de manera amarga: ¡Casi!, ¡Casi comía carne!
Muy buena
Gracias por compartir
SUERTE y q nos siga divirtiendo con sus HISTORIETAS
Gracias por sus comentarios