Liborio Machuca Pacotilla: Diario de un acarreo anunciado

Víctor Javier Pérez Montes

¡No son acarreados… son transportados!

José López Portillo y Pacheco

Frase de campaña, 1975

La vieja cancha destartalada de futbol, con más pinta de viejo potrero, que de centro deportivo, era el epicentro de toda esa marabunta de ruido, gente extraña –obviamente no pertenecía a la colonia, que era el centro de toda esa algarabía-, los camiones de redilas, formaban valla, de donde parecía que no paraba de salir gente, como si fueran hormigueros, previo al invierno.

Las banderas tricolores, los anuncios y las mantas del candidato, empezaban a establecerse. El templete de madera, recién construido y pintado para el evento, era la muestra viva y palpable,  de que aquello, era todo un frenesí fugaz, pero efectivo previo a los comicios electorales.

Las enormes bocinas y la música estridente son el perfecto fondo de toda esta festividad popular. Todo ese mar de humanidad que se pintaba del mismo color, y en sus pechos el apellido del “bueno”, parecía la uniformidad cromática del momento. ¡Vota por  Don Rómulo Durán!, se escucha por todos lados. Los sombreros, las gorras, las camisas y las banderas reafirman al hombre: ¡Vota por Durán!, ¡Vota por el PPU!

El pegadizo y enfadadísimo “jingle” que fusilaba la melodía folclórica de la región, con palabras de exhortación a votar por el cacique del poblado era el pan nuestro de todos los días. ¡Vota por Don Rómulo!, ¡Vota PPU! ¡Caray! –Diría mi comadre Juanga, la de la frontera pues- como chiflan en la loma estos bandidos, como sí de verdad les importara la Gente, en fin, les sigo contando esta epopeya electoral-.

-¡Apúrale pinchi Liborio! ¡O no te doy los pinchis $200 pesos del apoyo, cabrón!

-¡Ahí voooy Chinto!, ¡Pero no seas maje!, con el apoyo no te metas güey, ya ves, que para que me lo dieran fui a volantear por todo el bulevar del Gato Pinto 6 horas y a bailar con la botarga del candidato en el crucero de las Coloradas toda la mañana y ¡me sales con eso! ¡No la chifles que es cantada pinchi Chinto!

-¡Pos yo no sé Liborio!, ahí tu sabes si quedas bien, porque si no, no te apunto en la lista, y ya sabes, que si no jalas, ¡te ahorcas en la colonia cabrón!, Ya ves que nos prometieron el pavimento y el drenaje, y por tu culpa no quiero que no nos hagan buena la promesa, así que, te pones la botarga y ¡A bailar cabrón!

Nuestro indignado e infravalorado amigo, con los ojos rojos y húmedos de coraje, por el “pasquincito” recibido por su líder de Colonia, moviliza su humanidad decrepita y huesuda, y sólo piensa en su mujer y los 6 chamacos que están en su casa -bueno, si al tendejón de láminas, palos y cartón se le puede llamar casa-  todos ellos descalzos, cosquillosos, piojosos,  panzones y lo peor hambrientos y, de pronto, dice para sus interiores:

todo sea por ellos, ¡San Malverde adorado! Santo patrono de los pobres, desamparados y bien jodidos como yo, ¡Ora si! , ¡Haznos el milagro de que nos pongan aunque sea el drenaje en la colonia, y si puedes, que nos pavimenten la calle, en tus manos encomiendo mi alma.

Liborio empezó a “hacer show”, mientras él veía como la gente reía de las payasadas que se hacía como parte de la rutina ridícula y acartonada que entretenía a la multitud. Las carcajadas y los gritos acallaban la frustración y el rencor de nuestro amigo, cuyas llagas políticas supuraban y dolían, mientras había una supuesta esperanza de mejora en su colonia. Todo esto, claro está, dentro de esa apestosa botarga.

Llegaba el candidato, rodeado de una serie de lambiscones, todos ellos con radios y  con caras de esfinges duras, sin sentimientos. Por contraste, Don Rómulo Durán, hacía gala de su sonrisa, pícara, con fuertes tintes de lujuria –especialmente cuando pasaba a un lado de una muchacha guapa o alguna guapa edecán de la campaña-, daba la impresión de un verdadero cacique, que reclama para sí, todo el poder.

Pero, ¿Quién era nuestro ilustre candidato?, ¿De dónde había salido? Aquí el ridiculum vitae de nuestro ilustre candidato:

Nuestro buen e ilustrísimo candidato a la gubernatura del estado, era un bandido –perdón- un ilustre empresario chupasangre – ¡Otra vez se me chipoteó, perdón!-, era el cacique de San José de las Caguamas – no del pisto, sino de las tortugotas en el mar, que quede claro ¿eh?-  un pueblo perdido en la costa norte del estado.

Su familia había dejado de ser pescadores, y comprando unos billares y adquiriendo una concesión de venta de alcoholes, empezó en el negocio de los “restaurantes y turismo paupérrimo”, es decir, vendían botana, pescado y cerveza a los pescadores del lugar, y por supuesto, regenteaban a las prostitutas del lugar, por muchísimos años.  La familia Durán eso haría a la sombra de los diferentes caudillos y “licenciados” de la “Contrarrevolución” del estado, así que ya sabrán de dónde venía la fortuna de nuestro ilustre empresario.

¡Y bueno!, claro está sin mencionar los diferentes negocios de la producción, distribución y venta de mariguana, amapola y otros dulcecitos, que se venden por toneladas. Con las ganancias de “los peculiares negocitos”, se hacían legendarias las fiestas con artistas y bandas musicales en su hacienda “El Mapachón pardo”.

Es más, cuenta la leyenda popular y las malas lenguas, que por allá en el ´63-64, fueron contratados –por no decir obligados por los pistoleros de Don Chencho Durán, y que en el infierno descanse, padre de Don Rómulo Durán- un grupo de músicos ingleses y  greñudos que cantaban siempre gritando ye, ye, ye, a una fiesta privada de Rómulo en esa hacienda, -cuando éste estaba chamaco todavía-, así que ya sabrán cómo estaba el asunto desde esos años.

En fin, era todo un hombre de negocios. Y por si fuera poco, el amo y señor de la costa norte del estado, con hijos regados por donde fuera en la región, y también, quien disponía de miles de votos al partido oficial, el Partido del Pueblo Unido, el famoso y legendario PPU –por cierto, algunos decían que era el partido de los Pendejos unidos, usted juzgue sí eso es verdad-.

Era toda una verdadera experiencia escucharlo hablar y sobre todo escucharlo leer a nuestro “culto y refinado Don Rómulo Durán”. En todos los mítines a los que asistía nuestro ilustre hombre, daba muestras de la elocuencia  y facilidad de palabra, ¡no rebuznaba nuestro candidato, nomás porque la naturaleza de los hombres no es tal!, pero a décimas quedaba de serlo.

¡Las promesas de campaña!, esas si estaban de locura. Se comprometía a pavimentar todas las colonias populares del estado, ponerles agua y drenaje, parques comunitarios, y escuela en cada colonia. Aquello era alucinante, los acompañantes  de Don Rómulo, de pronto, trataba de bajarle el ánimo de sus promesas. Sin embargo, el viejo cacique hacía ademanes de “me vale”, y decía: ¡Yoprometo!, ¡Que cumpla, es otra cosa!

Las cosas así. De pronto nuestro antihéroe y abnegado militante del PPU, ve la oportunidad y con todo y botarga puesta, corre tras del candidato. Nadie trató de pararlo, pensaba el equipo de guaruras o gorilas del candidato, que era parte del show, sin embargo no fue así. Liborio se pone de frente al Don Rómulo y quitándose la parte de la cabeza del disfraz, y con voz de desespero y ansiedad entre voz gritona y lastimosa, le suplica:

-¡Don Rómulo! ¿Cuándo me va a pavimentar y poner agua en la colonia?

Nuestro ilustre politicazo, de manera muy hábil le responde:

-¡Amigo! ¡Gracias por venirme a apoyar!, sé que eres un elemento de mucha valía para mi campaña, ¿Cuál es tu colonia?

Liborio, con un nudo en la garganta, sintiendo que San Malverde siempre virgen, había escuchado sus rezos, le dice:

-¡Don Rómulo! Mi colonia es Lomas del Zopilote, en la entrada norte de la ciudad, por favor, sufrimos mucho, ¡Háganos la caridad!

-¡Amigo! Será la primera en la lista de las acciones de gobierno, ¡Escucha bien!, a partir del primer día de mi gobierno, voy a mandar la maquinaria para tu colonia, y tú nos vas a ayudar a coordinar a la Gente de allá. ¿Estamos?

No se dejaba esperar. Las lágrimas de felicidad y esperanza de nuestro enclenque amigo eran una realidad, al fin, tantos años de apoyar al PPU y ser el ganado de la Contrarrevolución al fin daban frutos. No podía esperar para llegar a su morada – y literalmente era morada su casa, porque le habían regalado una cubeta de pintura morada y así había pintado los palos y las láminas de su mansión tercermundo style– y decirles a su mujer y niños que al fin, la Contrarrevolución había hecho justicia a su familia.

Pues como ustedes ya se habrán imaginado. Las elecciones fueron un éxito para el fabuloso PPU, ¡El carro completo!, el cacique llegó al poder, y las acciones prometidas nunca llegaron. Nuestro estimado Liborio, todas las tardes iba y venía a las oficinas del PPU, preguntando por las acciones del gobierno y en especial por la pavimentada y el drenaje de su colonia. El milagro solicitado, por supuesto, que nunca llegó.

Los hijos de Liborio ya crecieron y se casaron, por cierto, uno ya está en la cárcel por robar gasolina y otro lo agarraron vendiendo mota a los chamacos de la colonia –que por cierto nunca pavimentaron-.

Liborio hace 5 meses quedó viudo, y su mujer nunca vio el milagro de la pavimentada, ni del drenaje por supuesto. Y su mansión sigue igual, bueno, de otro color, pero su arquitectura Pauperrime Decó , no ha variado. Pero, ¿Qué creen?, el buen Liborio sigue firme y fiel a nuestro gran Partido del Pueblo Unido, mitin que existe, mitin que asiste. Su humanidad ya no da para meterse en una botarga, pero en el volanteo, no hay quien le gane.

Nuestro ilustre compañero, ya no es la carne de cañón, no es un simple acarreado como él mismo lo dice, ahora es un flamante líder de colonia. Ahora él acarrea otros incautos y  ejerce la presión que alguna vez recibió. Él ya sabe que todo el circo electoral  y  el de las promesas, es eso, un circo. Una fantasía que hace soñar a los más jodidos y mientras más jodidos, más fáciles de acarrear.

Pero eso sí. Liborio siempre que inicia sus labores acarreadoras, se avienta un speech politiquero que reza de la siguiente manera:

¡Compañeros y compañeras! ¡Nuestro gran Partido del Pueblo Unido los necesita!, ¡La Democracia y el progreso social los requiere! Porque nuestro partido tiene un camino, que debe ser recorrido, y este es: ¡Permanecer en el poder, por siempre y para siempre!, porque mis amigos, ¡Nosotros no somos acarreados!, ¡Somos transportados! Transportados por nuestras dignas y puras convicciones democráticas por nuestro país. Por eso, pésele a quien le pese: ¡Que viva nuestro ilustre candidato!, ¡Que viva el Partido del Pueblo Unido!, pero sobre todo: ¡Que viva México! Gracias.

Huextengo de todos los Santos: Un camino al cielo o al infierno.

Víctor Javier Pérez Montes

Desde el cielo una hermosa mañana

La Guadalupana bajó al Tepeyac…

La Guadalupana, cántico religioso popular

-¡Córrele López!, ¡Éstos están bien locos!, ¡Y no entienden razones!

Sólo se podía escuchar la respiración agitada, la visión se había centrado en un plano frontal, en el que sólo se percibía el humo que salía de la boca y las fosas nasales. El frío de la madrugada hacía gala de un entumecimiento en las piernas de ambos misioneros, que por más que se esforzaban, sentían que no podían avanzar y escapar de la turba enfurecida.

-¡Delgado!, ¡No puedo respirar!, ¡No me dejes!, al momento que era víctima de un obseso terrible y asfixiante de tos, provocado por su condición de asmático que llevaba toda su vida, 19 años para ser exactos. Cuando de pronto, el Elder López, era jalado de manera tempestuosa, por su compañero el Elder Delgado, en un esfuerzo por no ser alcanzado.

-¿Dónde está el maldito inhalador?, ¿Dónde fregados lo metiste? Cuando terminaba de preguntar el Elder Delgado a su compañero, una piedra se estrellaba sobre su frente, de inmediato la sangre brotaba a chorros y caía inconsciente, por el fuerte impacto de la pedrada recibida en la sien derecha.

De pronto, una sombra de terror se apoderó del Elder López, y sin mayores fuerzas, pero, con una cara de espanto hacía movimientos con sus brazos, con actitud de súplica ante tales circunstancias, pero la muchedumbre no entendía y menos le importaba. La turba enardecida, solo quería vengar la afrenta recibida, al tiempo que le propinaban golpes con palos y piedras, puntapiés e insultos entre gritos maldicientes.

-¡Con qué odias  a la virgencita cabrón!, ¡Pos ora te vamos a enseñar a que la ames, hijo de la chingada!, ¡Hereje!, ¡Pinche hijo de Satanás!, ¿Por qué la odias?, ¡Si es tu madre, desgraciado cabrón!

Siete horas antes…

-¡Oye Delgado! Entonces mañana, ¿A qué horas tenemos que levantarnos para ir a tomar el camión a Tantoyuca?

-¡Pos yo creo que a las tres de la madrugada!, ¡Nomás hay que llegar temprano, para descansar! Mañana será un día pesado. Vamos a tener que cruzar todo el pueblo, para llegar hasta la parada de los camiones en la pura entrada de Huextengo.

Mientras estos dos misioneros iban camino a su departamento, iban planeando la forma más eficaz de aprovechar su tiempo y las actividades que realizarían como parte de su propia rutina. De pronto Elder Delgado entre broma y advertencia le decía a su compañero Elder López:

-¡López! , vale más que arregles tus cosas, no te vaya a pasar como la vez pasada, que se te olvidó tu inhalador, y andes con tu tos de perro y no puedas ni chambear, ¡eh!

-¡No! ¿Qué pasó Delgado?, ya aprendí la lección, se siente horrible no poder respirar y más con este clima que cala los huesos y más en la madrugada.

En efecto, esos dos misioneros llegaban a su departamento a las 09:00 pm, y como rutina exacta, al momento de entrar al departamento, se arrodillaban, oraban, terminaban su oración, uno de ellos empezaba a preparar la cena, el otro se metía a la regadera, terminaba de bañarse, salía de la regadera y el otro se metía a bañar.

A las 09:30 pm, empezaban a cenar, al terminar de cenar a las 09:45 pm iniciaban su actividad de planeamiento del día siguiente. A las 10:00 pm, cada uno hacía su oración personal y con las luces ya apagadas dormían. Solo el viejo poste de iluminación pública, reflejaba su tenue luz sobre la ventana del departamento de estos dos jóvenes misioneros.

Era exactamente las 03:00 de la madrugada, el despertador de manera intempestiva  cortaba de manera cruel el descanso de ambos jóvenes, que en el frío de la madrugada iniciaban su ritual de preparación para salir a la calle. Calentar un poco de agua para lavar sus caras y sus respectivas axilas, aplicarse el desodorante, afeitarse, poner un poco de loción y peinarse.

Ponerse los pantalones y la icónica camisa blanca y la corbata de color sobrio, eran la culminación de la rutina, que entre despiertos y medio dormidos realizaban día con día. Salían por fin del departamento a las 3:28, previo a ello, se arrodillaban en la puerta y ambos ofrecían una oración de gratitud y protección.

Ambos misioneros salían de su departamento, con paso firme y veloz. El frío intenso de la madrugada avivaba los sentidos. No había mucho que hablar. Las mandíbulas empezaban a estar un poco adoloridas, el viento frío que golpeaba las mejillas de manera contundente, dejaba en ambos jóvenes un pequeño tic de temblor en la boca. En esos primeros minutos de caminata, sólo había un deseo de permanecer acostados en sus propias camas.

De pronto, el Elder Delgado, le hace una pregunta a su compañero Elder López: ¡Oye López!, ¿Nos vamos por el puente o por el lado del Viejo Barrio?, Elder López sin pensarlo le contestó: ¡Por el puente Delgado! Nos vamos a ahorrar como 20 minutos de caminata!

Aquella pareja de misioneros tomaron la decisión de irse por el camino del puente. No era nada extraño que durante todo el mes de diciembre, todo el pueblo tuviera música con banda y ruido de cohetes. La peregrinación de la Virgen de Todos los Santos era un ritual que se mezclaba con las obligaciones de tipo comunal que tenían los pobladores del lugar y de los pueblos de alrededor del mismo.

Dos días antes, hubo un incidente grave, entre un grupo de católicos  y un grupo de evangelistas. El motivo fue – y como siempre había sido- un desacuerdo de tierras, y como si fuera poco, la cuestión religiosa era un ingrediente más que abonaba a viejas rencillas, que iban desde insultos hasta machetazos. Aquella ocasión habían resultado 7 muertos y 13 heridos.

Era  algo muy común, que las diferentes comunidades alrededor del antiguo pueblo de Huextengo, se tuvieran dificultades durante todo el año, pero, iniciando el mes de diciembre, esta situación se volvía aún más caótica. Intolerante  era el adjetivo que más se apegaba a la realidad existente en aquellas comunidades, especialmente en ese mes.

Esos días eran algo muy raro. El ambiente era tenso. Aquellas procesiones eran literalmente unas bombas de tiempo, que con la más mínima provocación, la violencia estallaba de inmediato, sacando a relucir los más profundos resentimientos de esa gente hacia quienes pensaban de manera diferente. Por lo que se convertían en los enemigos jurados, y había que castigarlos o exterminarlos.

De pronto, el Elder López le preguntaba al Elder Delgado: ¡Oye Delgado!, ¿Por qué habría tanto alboroto para el lado del Barrio Antiguo hace 2 días? Elder Delgado  solo contestaría con una cara de ignorancia, y sin dar mucha importancia, casi rayando en la indiferencia, le respondería: ¡Sabe! ¡Aquí la Gente es muy rara!, reacciona muy diferente de cómo estamos acostumbrados.

Ambos misioneros eran oriundos del estado de Chihuahua. Elder López era de Delicias y Elder Delgado de Ciudad Juárez. Las diferencias de orden cultural y religioso, de sus lugares de origen en comparación con al lugar en que estaban asignados, -como lo era éste estado del centro del país-, tanto para vivir como predicar otro tipo de cristianismo, -diferente al catolicismo-, literalmente hacía de aquella experiencia todo un reto de vida.

Aquellos dos jóvenes misioneros, empezaron a cruzar el camino del puente viejo, a medida que avanzaban se podía sentir que algo muy raro podría pasar. A unos 20 metros se podía ver la muchedumbre de la procesión, entre músicos y demás acarreados. Muchos de éstos estaban evidentemente alcoholizados y desvelados. Aquello era una bomba de tiempo.

De pronto, y sin motivo aparente, algunas personas de la procesión empezaron a murmurar:

¡Ésos no quieren a la madre de Dios!, ¡Ésos son los que mataron  a los de San Vicente!, ¡Ellos son los que nos quieren quitar nuestra religión!”. De pronto, uno de ellos empezó a gritar: ¡Mátenlos a pedradas!, ¡Nos quieren robar a nuestra Madre!

Como si esto hubiera sido esperado por toda la muchedumbre, de inmediato, todos los hombres y las mujeres, empezaron a agarrar piedras y palos, y como una cascada de pedernal, empezaron a lanzarla sobre los jóvenes misioneros. Inmediatamente, éstos empezaron a correr, impregnados de horror en sus rostros, sin tener una idea exacta de lo que había ocurrido.

En un intento desesperado, uno de los misioneros gritó, tratando de razonar con la enardecida turba: ¡Amigos!, ¡Nosotros les respetamos sus creencias!, ¡No queremos ofenderlos! En esos momentos críticos, y con una tensión infernal, Elder Delgado le gritó al Elder López:

-¡Córrele López!, ¡Éstos están bien locos!, ¡Y no entienden razones!

Sólo se podía escuchar la respiración agitada, la visión se había centrado en un plano frontal, en el que sólo se percibía el humo que salía de la boca y las fosas nasales. El frío de la madrugada hacía gala de un entumecimiento en las piernas de ambos misioneros, que por más que se esforzaban, sentían que no podían avanzar y escapar de la turba enfurecida.

-¡Delgado!, ¡No puedo respirar!, ¡No me dejes!, al momento que era víctima de un obseso terrible y asfixiante de tos, provocado por su condición de asmático que llevaba toda su vida, 19 años para ser exactos. Cuando de pronto, el Elder López, era jalado de manera tempestuosa, por su compañero el Elder Delgado, en un esfuerzo por no ser alcanzado.

-¿Dónde está el maldito inhalador?, ¿Dónde fregados lo metiste? Cuando terminaba de preguntar el Elder Delgado a su compañero, una piedra se estrellaba sobre su frente, de inmediato la sangre brotaba a chorros y caía inconsciente, por el fuerte impacto de la pedrada recibida en la sien derecha.

De pronto, una sombra de terror se apoderó del Elder López, y sin mayores fuerzas, pero, con una cara de espanto hacía movimientos con sus brazos, con actitud de súplica ante tales circunstancias, pero la muchedumbre no entendía y menos le importaba. La turba enardecida, solo quería vengar la afrenta recibida, al tiempo que le propinaban golpes con palos y piedras, puntapiés e insultos entre gritos maldicientes.

-¡Con qué odias  a la virgencita cabrón!, ¡Pos ora te vamos a enseñar a que la ames, hijo de la chingada!, ¡Hereje!, ¡Pinche hijo de Satanás!, ¿Por qué la odias?, ¡Si es tu madre, desgraciado cabrón!

La muchedumbre enloquecida los hicieron sus presas. Los golpes, las patadas, los escupitajos, insultos y gritos, ahogaban los intentos de súplicas de sus víctimas. De pronto, uno de los hombres sacó una cuerda y empezó a atarlos de las manos y de los tobillos, otro empezaba de manera espontánea  a quemar unas tablas y cartones, iniciando una hoguera.

Unas mujeres empezaron a gritar al unísono: ¡Quemen a esos cabrones infieles!, ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos! De repente, toda la muchedumbre inició a coro en repetición contundente y siniestra: ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos!, ¡Quémenlos!

A la distancia se empezó a escuchar un sonido de sirenas: ¡Ahí viene la policía!, de inmediato la turba desapareció, en cuestión de segundos. La Policía nunca llegó, era el sonido de una ambulancia, que había cruzado a unas cuadras del puente.

Los cuerpos de ambos misioneros estaban en el piso húmedo y frío. Los rayos matutinos del alba mostrarían las diferentes heridas producidas por los violentos golpes de apenas unas horas previas. El reloj marcaría las 06:46 de la mañana, cuando uno de los vecinos del lugar, llamaría a la Cruz roja.

A los 15 minutos aproximadamente, una de las ambulancias llegaría a levantar los cuerpos de ambos jóvenes, cuya humanidad violentada era totalmente irreconocible. En la clínica local serían estabilizados, pero ambos jóvenes serían trasladados inmediatamente a la capital del estado.

Nadie hablaba del incidente. Increíblemente, la apatía mezclada con el fanatismo, eran otra vez los ingredientes de tales sucesos. Era como si hubiera sido un mal sueño, algo tan real, pero a la vez inimaginable, que lo mejor era olvidar.

Esa misma mañana, en la misa de las 8:00 am, el sacerdote en la antigua parroquia colonial del lugar, cuya permanencia marcaba el antiguo centro del pueblo de Huextengo, oficiaba la misa y en su sermón matutino decía las siguientes palabras:

-Sé que algunos de ustedes son buenos cristianos. Sé que darían la vida por nuestra Santa Madre Iglesia, ¡Hijitos míos!, ¡Éstos son tiempos peligrosos!, y el Diablo y sus servidores, anda entre nosotros para destruir nuestras sagradas creencias, y quieren violar  y desacralizar a nuestra Madre eterna, ¡Nuestra Señora de todos los Santos!

-Yo los absuelvo ¡No del pecado!, porque no hicieron ningún pecado al castigar a esos servidores del Diablo, sino de la imprudencia de haber corregido un poco violento a esos hijos de Mahoma, del Infierno, que enseñan en contra de nuestra Santa Madre Iglesia.

Y el sacerdote continuaba con su sermón:

-¡Ellos labraron su castigo, y su castigo es real!, ¡Defendamos a nuestra Madre Iglesia!, ¡Defendamos a nuestra Madre de todos los Santos!, ¡Defendamos a Dios Nuestro Señor!, ahora hijitos míos…Recemos por esas dos almas descarriadas, esclavos del Diablo y sus lujuriosas pasiones.

Al tiempo de terminar su sermón, un silencio apenas disfrazado por el rezo comunitario del “Padre nuestro”,  inundaba  aquella parroquia con un sentimiento de complicidad impune. Entre el humo de los cirios y la penumbra que apenas dejaba vislumbrar la figura encorvada del sacerdote, que al tiempo de perdía entre las sombras del atrio de la Iglesia, y que jamás se investigó sobre el penoso asunto.