Aquel pasillo oscuro, lleno de soledad, vacío en los recuerdos, y totalmente olvidado, era el escenario de aquella figura femenina, en franca decadencia humana. Encorvada, lenta, torpe, vestida con una bata de cama, cuyos agujeros en su tela desgastada, tanto por el uso como por los ayeres, mostraban –por no decir que gritaban- el franco abandono y olvido, que solo los seres humanos brindamos al semejante. En especial a los padres.
La existencia o inexistencia de Felícitas daba igual a sus hijos. Cuatro de ellos vivían en el extranjero, y solo uno de ellos, el más joven, la visitaba una vez cada tres meses, solo para checar sí seguía viva o sí había fallecido.
Las familias de sus hijos, sentían un gran repudio. Un asco que ni ellos sabían porque lo sentían. Todos los nietos sentían la vergüenza terrible de saber que una “loca” era la mamá de sus respectivos padres, cuya imagen intachable y de gran éxito social y económico no debía ser manchado.
Aquellos pasillos oscuros que conectaban las diferentes habitaciones de la antigua casona familiar, enclavada en el viejo barrio céntrico de la ciudad, demostraba la decadencia o la grandeza que esa mansión tuvo en otros tiempos. Un verdadero castillo que fungía como una cárcel terrible del olvido y silencio.
Viejos retratos enmohecidos, algunos decolorados por el paso del tiempo, la humedad y los rayos de la luz natural, que a media mañana iluminaba de manera tenue, pero suficiente, para testimoniar tal decadencia.
Las paredes y su viejo papel tapiz, despedían un olor a humedad y decrepitud. Las orillas despegadas mostraban las capas de pintura, como si fueran éstas un signo de querer ocultar lo imposible de ocultar: el tiempo.
Al final del pasillo, una pequeña luz encendida que día y noche continuaba dando iluminación como si fuera un faro en aquella inmensidad de tinieblas que aquella casona desplegaba con todo rigor y de manera implacable.
De pronto, una puerta se abre, una figura femenina sale con toda lentitud y torpeza, su cuerpo desnudo, solo es cubierto por una vieja bata de dormir, que a contraluz deja ver su anatomía frágil, producto de los años y el abandono en sí.
Su mirada inexpresiva, víctima de los viejos recuerdos, que de pronto llegan como “flashazos” a su vieja memoria, y cuyas imágenes, repentinamente hacen mover su faz como queriendo dar una reacción en su pálido e inexpresivo rostro.
De pronto, las tinieblas pasan por su mente, como barriendo todo recuerdo, todo indicio de vivencias y experiencias, la parálisis de todo su cuerpo es inmediata. Parece que es un instante, o quizá una eternidad, la mente en blanco, cuyos recuerdos desaparecen y dejan vulnerables todo intento de recuerdo.
El reinado del olvido llega nuevamente haciéndose sentir frío y sin piedad. La soledad es el único refugio, su cuerpo hace tregua con su mente, y sin mucho que pensar, de manera instintiva, deja caer su humanidad a medio pasillo.
Pasan días, quizá semanas, y aquella figura permanece inmóvil, solo cierra y abre los ojos cuando el cansancio natural lo exige. A lo lejos, una voz, cuyo tono no puede recordar, solo viene a su mente, breves y leves imágenes que nada significan para ella.
El mal olor, la mugre y la basura, son el escenario en toda la casa, una docena de gatos deambulan como almas que buscan la redención entre las piernas de Felícitas, la mirada triste y perdida de nuestra infeliz protagonista se desvanece en el tiempo. Aquellos felinos son ignorados, pero, a ellos no les importa, sus ronroneos y restregadas de cola con sus piernas, son más que suficientes para sus existencias.
Así pasan las horas y los días, su existencia está sumida en la completa oscuridad, el abandono y la apatía, son los agrios ingredientes que suman a la ingratitud y el olvido de los suyos.
Otro día más, y no existe esperanza, sin embargo, amaneció curiosamente más frío, que de costumbre. Son las cuatro con veinte minutos de la madrugada, y el termómetro marca 3 grados centigrados. Felicitas acostada entre viejos periódicos y basura, empieza a balbucear de manera suave como si estuviera dialogando con las sombras.
Sus ojos empiezan a cerrarse poco a poco, su vitalidad empieza a apagarse poco a poco, su cuerpo empieza a aflojarse, el descanso es inminente. Felícitas ha muerto.
Pasarían tres semanas, cuando el cadáver fue encontrado. Un fuerte olor a putrefacción daría alerta a los vecinos del lugar. El hijo que daba vueltas a la casa, se percató de lo ocurrido por aquel olor y de inmediato procedió con todo el proceso legal y de cremación del cuerpo.
No hubo velación, menos misas por el eterno descanso de su alma, ni un desplegado o esquela en el periódico local –cuyo dueño era su yerno-, que externara la “sensible pérdida de la familia Betancourt Orendain”. En fin, aquel calvario de abandono, indiferencia y olvido había terminado. Descanse en paz Felícitas.
…nuestras chozas y jacales, siempre llenos de tristeza, viviendo como animales en medio de la riqueza.
Corrido del agrarista
Víctor Javier Pérez Montes
Derribado estaba el viejo Sauce que servía como referencia desde la carretera que obligaba a desviarse a la izquierda, apenas un anuncio oxidado con letras tenues hacía mención del poblado a llegar, el poblado del Vergel. Era la primera vez que regresaba, ya habían pasado bastantes años, un poco de nervios, un poco de nostalgia, un poco o mucho de miedo sentía que corría en mi cuerpo, las memorias iniciaban el retorno a mi mente, algunas buenas, algunas malas, pero se iniciaba la resurrección de los muertos que ya habían partido, mis memorias iniciaban ese proceso.
La carretera había cambiado, quizá un poco, quizá nada, sólo que ahora era chapopote y con líneas blancas. La antigua tranvía o trenecito que había mandado poner el general Cañedo ya era historia. Me había contado mi abuelo que él mismo había trabajado en el tendido del ferrocarril o mejor dicho en el “riel de la burra”, así le decían al trenecito con dos vagones para gente, sin mencionar de los cochis, las gallinas y hasta los burros que subían con rumbo a la bahía de Altata.
La vía ya no era de fierro, ahora era negra y blanca, la “Burra” se había convertido en la “guajolotera”, y así le llamaban porque Cuco Guzmán, un viejo panzón vecino del lugar, oriundo de Lagos, por allá en Jalisco, decía que en su pueblo había un camioncito igualito, nomás que como allá la gente criaba mas guajolotes que gallinas, pos por eso le llamaban la “guajolotera”, y así se le quedó. Los pedazos de fierro quedaron de lado de la angosta carretera de dos carriles, como testigos fieles del cambio que los años habían hecho en esos rumbos sinaloenses.
Pero de pronto el tiempo se detuvo, es más, me atrevo a decir que regresó. Apenas me bajé del camión y mis recuerdos resucitaron como viejas ánimas que salían del panteón de mi mente. Hasta aquellos recuerdos que ya no tenía en la mente de manera fresca, según yo los tenía totalmente olvidados, mejor dicho aquellos que no quería recordar.
Mi padre siempre solía decir en sus platicas de borracho con sus amigos: “este pinche pueblo tiene una maldición, te jala como las ánimas que te jalan las patas, por que por más que haces el intento de no volver a este pueblo, siempre hay algo que te hace regresar…”. Y así era la frase profética de mi padre, había algo que me hacía regresar.
Era una mañana fría de enero en 1943, una maleta vieja de cuero color marrón en mi mano, la chaqueta negra estilo aviador en mi hombro, a pesar de que el aire era frío y pegaba directo en mi cara resecando mis labios, en mi mente se repetía la frase a manera de sermón dominical “En Fort Collins cae nieve y nunca te quejaste”, las palabras de mi padre se cumplían, regresaba de mi largo exilio en el otro lado. Como todos los chamacos de mi rancho, nomás juntaban uno cuantos pesos y se iban para el paso del norte, lo que ahora se conoce como Ciudad Juárez, de ahí se iban para Nuevo México, decían que siempre te contrataban en Alburquerque, pero mentiras, solo te quería para ser casi un esclavo, por eso cuando tuve la oportunidad me fui mas al norte casi en la frontera de Colorado y Wyoming, bueno, es ahí donde me alcanzó el dinero, en Fort Collins.
Mi amigo de toda la vida, el güero Chevo Cota, me había animado y hasta Denver había parado, trabajó 5 años en un criadero de caballos para un Derby, algo así, lo que en el rancho le decíamos un taste de carreras, pero él se había enfadado y juntó unos dólares, se regresó y puso un criadero de cochis, y bueno, no se quejaba. Algunos días antes de regresarme, Mr Wells, Benjamin Wells, el dueño del aserradero en donde trabajaba me había comentado: “ don´t go to Mexico, no irse a México, aquí comer bien, tu ser buen trabajador, the goverment is going to support for the war, we need more people like you…”, lo cierto es que no me quedé, el terruño me llamó.
El camino al poblado era el mismo, lleno de tierra suelta y piedras de río, en él se veían las huellas de caballos o burros del lugar, las ruedas de algunas carretas hacían un zurco que a lo lejos perdía la continuidad por lo suelta de la tierra. El único cambio que notaba de manera significativa era un anuncio de “Coca-Cola”, tenía algunas manchas de óxido, al parecer la vieja tienda de “Fermín el Vasco” se incorporaba a la modernidad de los tiempos, los pocos sauces y algunos tamarindos se mecían de manera serena, como si de alguna manera, marcaran el tiempo que parecía no pasar por ese lugar.
De repente, ahí estaba la vieja casa de adobe y techo de palma, semidestruida, la puerta de palo tenía carcomida los bordes, parecía un testigo mudo de sucesos que habían marcado mi existencia. Esa puerta era una especie de representación física de todo aquello que había olvidado y que de pronto volvían a mi mente, las imágenes claras de los años de la revolución, bueno, así es como le llaman los políticos a la rapiña, los asesinatos, las violaciones y los abusos de autoridad que pueblos como el Vergel habían sufrido por tal acontecimiento. En el rancho le llamábamos la “Bola”
… la “Bola” caía sobre los pueblos, algunos llegaban y tomaban lo que podían, ya fueran gallinas, vacas, maíz, frijol, pulque y por supuesto los cochis más gordos de los ranchos cercanos al pueblo en el que vivíamos, El Vergel; es más, algunos mejor se quedaban en el pueblo como el indio Odilón, un indio mayo que algunos decían era Yaqui, pero que, en fin, terminó por quedarse y fundar la zona “de diversión y vicio” que a los años se volvió una pulquería, disfrazada de billar, para congregar a los hombres del pueblo después de sus faenas del campo.
A los años, este indio se juntó con la Macaria, una prostituta que nunca se supo de dónde vino, pero que después sería la “Madam” del pueblo y dueña del burdel mas importante de la región, obviamente entre Odilón y la Macaria se conformaría una especie de “mafia” de vicio y diversión en el Vergel, obteniendo como resultado importantes ganancias que se dejarían ver a los años con la adquisición de un automóvil (el primero en ser visto en el pueblo), todo gracias a los esfuerzos realizados en el seno del burdel disfrazado de billar llamado “La Cuicha”, redefinido por mi abuela como “un nido de borrachos y pajuelas”.
Las chamacas del pueblo no serían la excepción de ser tomadas por los de la Bola, recuerdo que a mi prima la Juliana la teníamos que esconder con los burros y las gallinas o a veces en lo mas lejano de la parcela ¡Y pos como no! Estaba bien desarrollada la chamaca y apenas tenía 14 años, aparte que era huérfana la pobre, ya que a su único hermano se lo habían llevado para Guaymas desde Altata en un barco, que unos villistas habían capturado, pero andando entre la bola y sin gobierno, al chamaco lo mandaron matar por robarle a un maestro el saco y los zapatos, y pues, como eran gringos, tenía que pagarlos bien caro, todo esto ocurrido en un poblado cercano a Empalme, por allá por Sonora. A los meses de haber ocurrido el infortunio nos dijeron, recuerdo a la Juliana, nomás se le llenaron los ojitos claros de lágrimas, y pues como no, se había quedado solita, lo bueno que mis abuelos siempre tuvieron un lugarcito para ella en la casa.
Por acá en el rumbo, llegaron algunos obregonistas, gonzalistas, villistas y hasta los buenos de la Bola, los carrancistas… todos eran unos hijos de la chingada, pinches asesinos y violadores…unos bandidos con nombre de revolucionarios. Recuerdo muy bien la noche que llegaron al rancho, eran unos quince, todos borrachos, algunos arrasaron con lo que podían, es más, hasta la ropa y las mulas de mi tata se llevaron.
Recuerdo muy bien esa noche en especial, venía de moler el nixtamal con doña Eufrosina, comadre de mi abuela, traía el morral lleno de masa, mi padre y mi tata Macario estaban discutiendo con uno de los líderes de la tropa, mi tío arrempujó a ese señor y sin mas que más, este le tiro 3 plomazos a mi padre, a mi tata lo agarraron a cachazos y le dieron 2 balazos, el alegato era porque querían obligar a mi tío a irse con ellos y la verdad fue que se lo llevaron, pero ¡entre las patas! Por suerte mis hermanas se fueron para la parcela y no las pudieron encontrar estos “revolucionarios”, si no las hubieran deshonrado como marranos en celo.
Sólo recuerdo el charco de sangre que dejaron los dos cuerpos tirados en la entrada de la casa, este hombre ordenó a sus hombres que registraran el interior, si había algo de valor lo tomaban, si no, se desquitaban con las mujeres, yo tenía unos once años, aún recuerdo como caían al suelo mi padre y mi tata y como mi nanita los lloraba. Durante mucho tiempo me asaltaron aquellos gritos de desesperación de mi nanita, también el recuerdo de la forma como los llevamos a enterrar y el olor a cera quemada y los rezos, que me ponían en un tipo de trance del que hasta hoy sigo sin poderme liberar.
Pasó la ventolera revolucionaria, pasaron los años y las demandas de la Revolución nunca llegaron, venían los sonorenses y sus allegados y pues nomás no se veía el progreso. Se echaron a Obregón y se quedó con el hueso el jefe máximo de la Revolución, el general Plutarco Elías Calles, quien, como decía el maestrito de la escuela rural del rancho la Colorada, “era la misma gata, corriente y apestosa, pero nomás con otro pelaje”, fuimos como decían los del PNR, “la carne de cañón, la cargada de búfalos, la gasolina del carro revolucionario”. Todas las tierras que el “tata Cárdenas” y el “buchón” de Ávila Camacho entregaron en el pueblo, eran marismas que de lo saladas no permitían producir ni mangles. Las tierras que se encontraban en el valle y rendían con buenos cultivos, por tener a la vera los canales o drenes para riego, eran dadas a los amigos de los políticos, curiosamente algunos extranjeros como chinos, alemanes y algunos griegos.
De pronto, alguien gritó mi nombre ¡Martín! Fue como salir del trance en el que mi mente había entrado, entre recuerdos que reaparecían y las viejas imágenes deshaciéndose en la memoria: estaba yo ahí, parado frente a la puerta donde mi abuelo y mi padre habían sido muertos. No era como recordar tragedias, era como vivir lo pasado; era el único asistente, un solitario testigo en la exhumación de las memorias del Vergel.
Mojado, La Maldita vecindad y los hijos del quinto patio, 1989
La espesa penumbra de la madrugada, se entremezclaba con las sombras que reflejaba María dentro de aquel cuartucho viejo de adobe, aquellas sombras se desvanecían mientras echaba en la bolsa de lona, algunas camisas para Emilio -su esposo- que le miraba con tristeza y nostalgia.
El esfuerzo para evitar estallar en llanto –principalmente por parte de María- se reflejaba en los ojos llorosos, los cuales daban testimonio, de ese esfuerzo casi inhumano, que desgarraba al interior de su propia alma.
Al fondo del cuarto, estaban los cuatro hijos dormidos, cuyo sueño profundo delataba la inocencia que no permitía, el entendimiento de la situación que sus padres, pasaban en esos amargos momentos de llanto contenido y dolor profundo, por la obligada separación.
De manera repentina, María se abalanzaba sobre Emilio, y le suplicaba que no se fuera: ¡Por favor!, ¡No te vayas!, ¡Nos vas a hacer mucha falta!, ¡Mira, ya veremos cómo hacerle para pagar el préstamo de la cosecha pasada!
Emilio de manera suave, pero contundente, la abrazaba y con voz tierna le decía: ¡No hay otra opción! Inmediatamentela desilusión se hacía presente en María. No pudo disuadir finalmente a su marido; aquello estaba decidido, “el otro lado era la solución”.
A las cinco quince de la mañana salía el camión a Chilpancingo, tomando la carretera que cruzaba el pueblo de San Vicente, un pueblo enclavado en las montañas de Guerrero, cuyo itinerario era sencillo, llegar a Chilpancingo, de ahí le llevarían a Guadalajara, posteriormente a Mazatlán, y por último a Nogales.
Cuatro días de viaje, algunas veces de manera inhumana era conducido, junto con otras 30 personas en un camión de redilas, en cajas de pintura en el fondo del mismo, cuyo conductor no mostraba empatía alguna con los viajeros.
Algunos ya sin dinero, otros con algunos signos de deshidratación, y hambre, eran el común denominador en todos éstos transeúntes. Sin embargo, la meta había sido alcanzada, por fin podían visualizar la frontera en Nogales Sonora. Aquello era esperanzador.
Durante los próximos cinco días, todos los “pollos” la pasaron en una vieja bodega a las afueras de la ciudad; el frío calaba en los huesos, era el mes de Enero. Un viejo calentador no abastecía a todos los hacinados en aquella bodega.
Algunas personas empezaron a tener fiebre y a toser en las noches, entre el frío, la desnutrición y el abandono de los “polleros”, como resultado lógico, tres personas murieron, nada se supo de sus cuerpos, solo llegaron cuatro individuos y los echaron a una camioneta, cerraron la bodega y no se supo nada de los cadáveres.
El tiempo había pasado y no sabían en que día vivían, sí era de día o noche, no se sabía. Cuando de pronto llagaron dos camionetas en la noche, con cinco tipos armados y de manera agresiva ordenaban:
-¡Órale cabrones!, ¡Súbanse a la troca!, ¡Ya se les hizo su “american drim”.
Otro gritaba y les decía a la multitud:
-¡De volada hijos de la chingada!, ¡Que no tengo toda la puta noche!, ¡Pendejos!
Con pistola en mano y otros con rifles, golpeaban a todas estas personas, para que se apuraran, ya que para ese momento solo podían moverse de manera torpe y con desgano.
Las dos camionetas repletas de migrantes, empezaron avanzar su travesía por el desierto, su trayecto era por algunas lomas, entre caminos de terracería formados por las huellas de otros automóviles.
Después de una travesía de cuarenta minutos –aproximadamente- ambas camionetas se detuvieron de manera abrupta, y de pronto, una voz fuerte gritó: ¡Cinco minutos para bajarse pendejos!, ¡Sí no aquí se los carga la chingada!
Con un pánico terrible, todos aquellos hombres y mujeres salieron despavoridos de ambas camionetas, desconcertados y con un frío terrible, quedaban abandonados a su suerte, en medio de aquel desierto, sin una idea para avanzar o salir de aquel lugar.
En plena noche, en una oscuridad total, empezaron a vagar sin una idea a donde ir. Pasaría aproximadamente una hora, cuando de pronto, y de manera repentina unas luces se prendieron, unos motores se encendieron, a lo lejos se escuchaban, unas platicas y gritos en inglés, aquello era inaudible, y menos entendible.
De pronto, se empezaron a escuchar una serie de disparos entremezclados con gritos de dolor. Emilio solo corría y corría como buscando un refugio en el medio de aquella oscuridad. Las balas zumbaban cerca de él. Y cuando menos lo pensó, sintió como varios disparos atravesaban su espalda. Inmediatamente caía al suelo.
Su respiración empezaba a ser agitada, un dolor terrible empezaba a cundir en todo su pecho, empezaba a sentir el ahogamiento por su propia sangre. El fin era evidente, su pulso y respiración empezaban a disminuir, un frío terrible empezaba a recorrer todo su cuerpo.
Pasaron los meses, pasó un año, después dos, tres, cuatro años. María sigue esperando noticias de su marido, y sus hijos, aún esperan a su padre que salió una noche y no volvió como lo prometió. ¿Dónde quedó Emilio?.. ¡Nunca se supo!