
Escondida por los rincones
Temerosa de que alguien la vea
Platicaba con los ratones
La pobre muñeca fea
La Muñeca fea, Francisco Gabilondo Soler, 1958
Aquel pasillo oscuro, lleno de soledad, vacío en los recuerdos, y totalmente olvidado, era el escenario de aquella figura femenina, en franca decadencia humana. Encorvada, lenta, torpe, vestida con una bata de cama, cuyos agujeros en su tela desgastada, tanto por el uso como por los ayeres, mostraban –por no decir que gritaban- el franco abandono y olvido, que solo los seres humanos brindamos al semejante. En especial a los padres.
La existencia o inexistencia de Felícitas daba igual a sus hijos. Cuatro de ellos vivían en el extranjero, y solo uno de ellos, el más joven, la visitaba una vez cada tres meses, solo para checar sí seguía viva o sí había fallecido.
Las familias de sus hijos, sentían un gran repudio. Un asco que ni ellos sabían porque lo sentían. Todos los nietos sentían la vergüenza terrible de saber que una “loca” era la mamá de sus respectivos padres, cuya imagen intachable y de gran éxito social y económico no debía ser manchado.
Aquellos pasillos oscuros que conectaban las diferentes habitaciones de la antigua casona familiar, enclavada en el viejo barrio céntrico de la ciudad, demostraba la decadencia o la grandeza que esa mansión tuvo en otros tiempos. Un verdadero castillo que fungía como una cárcel terrible del olvido y silencio.
Viejos retratos enmohecidos, algunos decolorados por el paso del tiempo, la humedad y los rayos de la luz natural, que a media mañana iluminaba de manera tenue, pero suficiente, para testimoniar tal decadencia.
Las paredes y su viejo papel tapiz, despedían un olor a humedad y decrepitud. Las orillas despegadas mostraban las capas de pintura, como si fueran éstas un signo de querer ocultar lo imposible de ocultar: el tiempo.
Al final del pasillo, una pequeña luz encendida que día y noche continuaba dando iluminación como si fuera un faro en aquella inmensidad de tinieblas que aquella casona desplegaba con todo rigor y de manera implacable.
De pronto, una puerta se abre, una figura femenina sale con toda lentitud y torpeza, su cuerpo desnudo, solo es cubierto por una vieja bata de dormir, que a contraluz deja ver su anatomía frágil, producto de los años y el abandono en sí.
Su mirada inexpresiva, víctima de los viejos recuerdos, que de pronto llegan como “flashazos” a su vieja memoria, y cuyas imágenes, repentinamente hacen mover su faz como queriendo dar una reacción en su pálido e inexpresivo rostro.
De pronto, las tinieblas pasan por su mente, como barriendo todo recuerdo, todo indicio de vivencias y experiencias, la parálisis de todo su cuerpo es inmediata. Parece que es un instante, o quizá una eternidad, la mente en blanco, cuyos recuerdos desaparecen y dejan vulnerables todo intento de recuerdo.
El reinado del olvido llega nuevamente haciéndose sentir frío y sin piedad. La soledad es el único refugio, su cuerpo hace tregua con su mente, y sin mucho que pensar, de manera instintiva, deja caer su humanidad a medio pasillo.
Pasan días, quizá semanas, y aquella figura permanece inmóvil, solo cierra y abre los ojos cuando el cansancio natural lo exige. A lo lejos, una voz, cuyo tono no puede recordar, solo viene a su mente, breves y leves imágenes que nada significan para ella.
El mal olor, la mugre y la basura, son el escenario en toda la casa, una docena de gatos deambulan como almas que buscan la redención entre las piernas de Felícitas, la mirada triste y perdida de nuestra infeliz protagonista se desvanece en el tiempo. Aquellos felinos son ignorados, pero, a ellos no les importa, sus ronroneos y restregadas de cola con sus piernas, son más que suficientes para sus existencias.
Así pasan las horas y los días, su existencia está sumida en la completa oscuridad, el abandono y la apatía, son los agrios ingredientes que suman a la ingratitud y el olvido de los suyos.
Otro día más, y no existe esperanza, sin embargo, amaneció curiosamente más frío, que de costumbre. Son las cuatro con veinte minutos de la madrugada, y el termómetro marca 3 grados centigrados. Felicitas acostada entre viejos periódicos y basura, empieza a balbucear de manera suave como si estuviera dialogando con las sombras.
Sus ojos empiezan a cerrarse poco a poco, su vitalidad empieza a apagarse poco a poco, su cuerpo empieza a aflojarse, el descanso es inminente. Felícitas ha muerto.
Pasarían tres semanas, cuando el cadáver fue encontrado. Un fuerte olor a putrefacción daría alerta a los vecinos del lugar. El hijo que daba vueltas a la casa, se percató de lo ocurrido por aquel olor y de inmediato procedió con todo el proceso legal y de cremación del cuerpo.
No hubo velación, menos misas por el eterno descanso de su alma, ni un desplegado o esquela en el periódico local –cuyo dueño era su yerno-, que externara la “sensible pérdida de la familia Betancourt Orendain”. En fin, aquel calvario de abandono, indiferencia y olvido había terminado. Descanse en paz Felícitas.