Caguamo´s Death (la muerte sabrosona del Romualdo)

Víctor Javier Pérez Montes

No me importa que me digan mujeriego…yo las amo, yo las quiero…

José José

A placer, puedes tomar el tiempo necesario

Que por mi parte yo estaré esperando

El día en que te decidas a volver

Y ser feliz como antes fuimos

Enrique Bunbury

¡Oiga mi amigo!, es que la soledad ¡es muy cabrona!, desde que mi esposa se murió, la extraño mucho. Si es verdad, que mis hijos me echan la vuelta y de repente los nietos, pero, el calor de una mujer es otra cosa.

Es que nunca he estado solo. Siempre estuvo presente conmigo, una mujer en toda mi vida. Desde el ´51, que me casé a los 15 años, con mi primera esposa la Cata, nunca había estado solo.  ¡Oiga mi amigo!, se lo digo en verdad, la soledad es muy canija. ¡Pues fíjese!, y que me casé – ¡bueno!, en realidad, me la robé allá en mi pueblo, arriba, por allá en Durango, ¿Sabe usted por dónde queda Tayoltita?, bueno, pos de por allá me la traje.

Nomás que como la Cata, era la hija de un capataz de la mina, pos, nos apuramos y agarramos el tren y hasta el otro lado fuimos a parar. Por cierto, el lugar a donde fuimos era Tacoma o Taloma, ¡Ay ya sé! ¡Pomona!, Pomona California. Allá llegamos y ¡luego luego agarré chamba!, en un restaurante de unos chinos, ¡Uuuuf! Viera que ricura de comida hacen esos chinitos, ¡Es una cosa bárbara!

No tardé ni tres semanas, cuando empecé a enamorar a una meserita del lugar. Era una chinita, muy coquetona. Se llamaba Luyuan, ¡Chula la condenada!, bueno, como se ha de imaginar mi amigo, estaba muy chamaco y muy alocado, más bien creo que era cosa de la edad.

Pero. ¿Qué cree?, un día se paró la Cata al restaurante, que por cierto se llamaba, se llamaba, ¡ah si!, el Golden Ocean y que me agarra en lo mero bueno con la chinita, en la bodega de la cocina. Pinche china piruja le gritaba la Cata a la Luyuan, y a la vez yo las separaba, estaban agarradas de las greñas.

Cuando por fin las pude separar, la Cata me gritaba: ¡Romualdo, eres un cabrón, hijo de la chingada, púdrete a la mierda!,¡Pinche cerdo! ¡Y pobre de ti que vuelvas! hijo de la ya sabrá usted el resto de la frase mi amigo.

Esa noche encontré mi ropa a fuera de la casa, ¡Ni modos!, con gusto acepté mi responsabilidad, ¿Quién me manda ser tan cabrón pues?

Al otro día que me presenté al restaurante, me dijeron que la Luyuan ya no trabajaba ahí. Su tío Mr Wong, me dijo con un español muy corto, pero muy efectivo: ¡Mexicano, tu sel problema, vete! Inmediatamente agarré mis cuchillos de cocina, los subí a la troca, y que me jalo más al norte. Llegué con mi primo, el Ruly, era otro como yo, un mojado, probando fortuna en el otro lado.

Me recibió con gusto y me preguntó: ¿Y la Cata?, con una sonrisita le contesté: Me agarró en lo mero bueno, y pos, ya sabrás. A que pinche Romualdo, no se te quita lo cabrón, y yo con una carcajada abierta le contesté: ¡Ni se me quitará! ¡Y si mi amigo! Nunca se me quitó.

¿Qué por qué me dicen el Caguamo? ¡Bueno!, le cuento caballero, ahí con mi primo, el Ruly –Rolando se llamaba mi primo-, vivíamos cerca de Bakersfield, y unos camaradas me invitaron a la pesca de la Totoaba, en el Golfo de Santa Clara, para acá en Sonora. Y pos yo como era un vago, que me les pego y me jalo para allá.

Le comento mi amigo. Ya había agarrado otra mujer para ese entonces, pero, como era una pochita muy loca, un día le dije, Bonnie mejor nos separamos. Tú estás como las güeras, te gusta el despapaye, y todo, pero hasta ahí. ¡Nombre oiga! Se ponía unas pedotas, más fuertes que las que yo me ponía los sábados. ¡Hijadesuchimeca!, la Bonnie era bien canija también.

¿Y qué cree mi amigo? Nomás llegué al Golfo, ¡a jijos!, viera aquellos pescadotes enormes que sacábamos, pero, ¡que sabrosura de pescado! ¡Nombre! ¡Jamás he vuelto a comer una ricura semejante de pescado! Entre el pescado, también sacábamos unas tortugotas, las que le llamamos Caguamas, pero, ¡Tortugotas!, ¡Eran un manjar!, yo las vendía en Puerto Peñasco a unos gringos y en Sonita, a unos ostioneros, ¡Uuuuuy!, le estoy hablando por allá del ´65, ¿Usted cree que iban a estar prohibidas? ¡Pos no! ¡Que prohibidas iban a estar! De ahí me pusieron el Caguamo.

Una tarde me fui a Sonoita, para vender unas caguamas y unos tiburones que habíamos sacado, al llegar a la primera tienda en la que dejaba pescado, salió una morenita chaparrita, ¡Ay Dios!, ¡Que chulada de plebita! Un verdadero ángel caído del cielo. ¡Mire amigo! Una carita de angelito!, pero con un cuerpecito, ¡Que ni mandado hacer!, y que digo: ¡Ésta es la buena!

Y que le pregunto su nombre, y que me contesta de manera coquetona: Rutilia y pensé: ¡Que feo nombre tienes, pero, no le hace, a tu nombre no lo voy a tocar naditita!, cuando menos pensé, ya íbamos rumbo a Caborca, nos casamos ahí, y pos ¡Lo caido, caido está! ¿No?

La Rutilia fue la única que me aguantó y me aplacó. ¡Oiga usted! Pos si yo nomás andaba como gallito de corral, busque y busque gallinitas…no le digo, ¡Seguía de cabrón, pues! ¡La Rutilia era una cabrona! Me espantó a todas las chamacas que ahí traía, ¡No le digo! Si las viejas son canijas, en fin, ella puso orden.

¿Qué si cuantos hijos tuvimos? ¡Pos si nomás  tuvimos 8! ¡Oiga usted!, ¡Pos si entre más plebes paría, más buena se ponía! ¡Y ni modo! Bienvenidos todos los chamacos. Mi vida con ella fue a no más pedir: Ropa limpia, planchada, buena comida –eso si para cocinar tenía un sazón único- y los chamacos ¡siempre al tiro! Eso sí, la Rutilia nunca me dio un dolor de cabeza.

¿Qué si cómo terminó lo de la Rutilia? ¡Bueno mi amigo! Usted sabe que el tiempo pasa volando. Los chamacos crecieron y se fueron de la casa. La casa empezó a oler a viejo. Éramos solo ya los dos viejos. Una noche me fui a dormir, ella se quedó a limpiar los trastes. Yo me dormí, la verdad no supe de mí. Al otro día muy temprano, me levanté a prepararme una taza de café, pero, ¡Cual sería mi sorpresa! La Rutilia estaba tirada en el piso, tenía entre su mano derecha el estropajo. Le hablé, pero, ya todo era inútil. Estaba tirada, fría, verdaderamente ella fue una ama de casa hasta el final.

Aún la recuerdo todas las noches. Es que ¡Imagínese mi amigo!, 48 años juntos, son muchos años, muchos recuerdos, y la costumbre es muy cabrona, y las ganas de sentirla aún más, ¿Usted me entiende verdad?

¿Qué sí como le hice para seguir adelante sin ella? ¡Pos la mera verdad le voy a decir! Una noche salí a dar un paseo por la Sanalona, llegué al cruce de Sanalona y Colegio Militar, y en la siguiente esquinita, ¡que voy viendo una chamacona!, ¡Aaay diosito puro y santo! Y que me digo, ahorita la conozco.

Para mi suerte, que me hace una señita con su manita. Y que me arranco y que le pregunto: ¡Muñequita!, ¿A dónde tan solita?, ella nada tonta me respondió: ¡A donde gustes y mandes guapo!, y que sin mayor dilatación, que me la subo a la troca, es más ni le pregunté el nombre, y en el hotelucho de la siguiente esquina que me la subo.

¡Aaay Jesusito Malverde! ¡Qué noche!, pero ¡Qué noche! De lo intenso que estuvo aquello hasta perdí el conocimiento por unos instantes, ¡Oiga mi amigo, es que uno ya no está para esos trotes, después del tercer palenque uno ya no se levanta tan a la primera.

Por cierto, recuerdo que la desgraciada, nomás vio que me pestañé y ni me esperó. Lo único que recuerdo, es que amanecí boca abajo. La chamaca ya ni estaba, es que el sueño lo tengo muy pesado, bien decía la Rutilia, porque cuando me entra el sueño, me entra.

Fijese que recuerdo, que salí del hotel, bajé las escaleras y el recepcionista, ni chistó nada, es más, parece que ni me escuchó. Cuando salí a la calle, no encontré la camioneta. Estaba seguro que la había dejado a la vuelta. Me busqué la cartera y las llaves y tampoco las traía, y pensé: ¡Pinche vieja, me dio baje!, ni modo, ahorita que llegue a la casa voy con el Lolo y pongo la denuncia a la comandancia.

Me agarré caminando por toda la Sanalona, ¡Nombre mi amigo! ¡Cállese la boca! Una cosa es andar en carro y otra andar a pata. ¡Ni pedo! Ya me tocaba ejercicio. Sentí que caminé horas y más horas, y que llego al puesto de periódicos del Lolo. Para mi sorpresa ya estaba abierto. Dije entre mí: ¡Este Lolo es un madrugador!

Me le paro en frente, lo saludo y ¡Que ni me pela!, pos este pinche Lolo, ¿Qué trae pues?, ¡Lolo, Lolo! ¡Cabrón te estoy hablando!, cuando de ponto bajo la mirada y en la puritita portada de uno de los periódicos, aparecía una foto en la que aparecía un servidor, acostado boca abajo, con los pantalones y los calzones a medio quitar, y  en el titular del mismo, con letras negras y grandotas decía: “ UN JALE MORTAL”.

¡Ingaturroña!. ¿Qué es eso? Dije entre mí, pero, lo que más me duele, mi amigo, y se lo digo aqui en confianza, es que salí sin calzones en la foto, ¡Aaay diosito santo! ¡Que nalgas tan feas tengo! ¡Eso si es de llorar!

¿Qué cómo me dí cuenta de mi nueva existencia? ¡Fijese mi amigo! Uno pensaría que un angel o mensajero viene y le explica, pero, esas son puras piches mentiras de la tele y del mentado pinche celular. Uno solo empieza a darse cuenta, ¡Figurese usted! Yo me quedé aquí en ésta esquina y siempre que alguien que pasa y pregunta algún norte, pos le explico.

¡Igualito como usted lo hizo! Y la Gente me escucha y le continúa en su camino. Yo no sé qué hay más adelante, yo aquí me quedé, pos fíjese, esa casita de ahí, la de color azul, es mía. Mis pinches hijos la quieren vender y hasta le pusieron el letrero, pero, no la van a vender, cabrón que entre, cabrón que saldrá, les voy a jalar las patas en la noche, alcabo que los vivos son más coyones que la tiznada. ¡Y pos la casa es mía y punto!.

¿Qué sí he visto a la Rutilia? ¡Fíjese que sí! Nomás que solo como un par de veces. La primera vez,  vino y nomás me dijo: ¡Ándale!, ¡Para que sigas de cabrón!, ¡Viejillo cochino! Y se fue. La segunda vez, nomás me dijo, que me pusiera trucha, que si veía a su mamá, que le avisara. ¡Y mire! Aquí me tiene esperando en ésta esquina. No le digo, si las viejas son canijas.

¿Qué si me gustó como me morí? ¡Pos la verdad no!, todavía había algunos asuntillos pendientes en mi vida, que tenía que arreglar, pero, por mi madre chula, que ella seguramente ha de estar en un lugar más bonito que esta pinche esquina, y por mi Jesusito Malverde, que siempre me ha de cuidar, ¡Que sabrosona muerte me fueron a dar!

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