Las Mentirosas Redes

Jorge Eduardo Aragón Campos             jaragonc@gmail.com

Decía Bukowski que nadie se acuerda de la injusticia hasta que le toca padecerla. Ante la incertidumbre electoral que priva en todos los cuartos de guerra, ya se pusieron el huarache antes de espinarse y emiten a coro que las redes lo distorsionan todo; las redes mienten; las redes son una amenaza; hay que meter orden en las redes; no es posible que cualquiera pueda publicar lo que se le ocurra.

Son las villanas perfectas.

Somos insistentes en abordarlas como si fueran medios de comunicación, cuando nuestra presencia en ellas exhibe –y nos exhibe- que no lo son ¿A poco antes uno podía entrar a pantalla a enmendarle la plana a López Dóriga? Más de una vez he señalado aquí ejemplos que ilustran sobre una facultad que no pueden poseer los medios de comunicación, mientras que en las redes sociales es innata: capacidad para la autocorrección. Los medios de comunicación no son tal cosa, sólo son reproductores de órdenes que son como los llamados a misa, mientras que en las redes sociales sí se da la interacción personal en tiempo real; de hecho lo correcto es decir nos comunicamos, porque la plataforma de una red social permite que el lenguaje fluya de una forma cada vez más próxima a la presencial: una red social es tal, en la medida que es lo que sus usuarios son. Cuando alguien afirma que las redes sociales mienten, es lo mismo a afirmar que el pan no engorda.

El que engorda es uno.

Las redes sociales deben su capacidad de autocorrección a su imposibilidad para el autoengaño (siempre hay un tweet), aquello de que una mentira dicha mil veces… ahora cualquier verdad que busque ser creíble más vale y no tenga un pelo que le pisen, porque al primer compartido le van a sacar hasta las erratas en su acta de nacimiento.

Cuenta la leyenda que cuando la emperatriz Catalina la Grande visitó Crimea, su amante el príncipe Grigori Potemkin, creó aldeas ficticias, de las que solo existían las fachadas, para dar a la emperatriz la impresión de que su nueva posesión era próspera y hermosa. Desde entonces se usa la expresión Aldeas Potemkin como sinónimo de simulación. Lo que en verdad está pasando (y no les gusta ni tantito) es que antes las campañas se hacían a través de los medios de comunicación, luego mediante encuestas se medían sus resultados para obtener, al final del proceso, un escenario totalmente acorde a las expectativas más optimistas del candidato. Ahora en cambio, los efectos de sus mensajes los tienen frente a sus narices de inmediato, sin intermediarios y sin anestesia y muchas veces no son lo que esperaban, entendiendo no son lo que esperaban como chocantes. No hay candidato al que no lo agarren batiendo babas: a uno dando agarrones al atractivo, otro comiéndose los mocos, etc. lo que nos revela esto es que se mantiene el comportamiento de siempre durante las campañas políticas: una interminable sucesión de escenarios y eventos totalmente controlados, donde el candidato desempeña su papel sólo durante el lapso que va del acción al corte, el resto del tiempo es para la zona de confort de la grilla cortesana interna. Para la vieja escuela, pues, un candidato no es otra cosa que un actor representando ese papel frente a cámaras, frente a micrófonos o sobre un templete. La santísima trinidad de la mercadotecnia electoral mexicana, sumó otro integrante cuando siendo presidente Zedillo, Roberto Madrazo lo desafió en la contienda por la dirigencia nacional del PRI (dale un madrazo al dedazo); vender a un candidato es lo mismo que vender un detergente, afirmó el publicista encargado de la campaña. Siendo presidente, José López Portillo puso en evidencia lo que para el estado mexicano es la comunicación: no pago para que me peguen. Cualquier duda que hubiera quedado sobre el significado y sus repercusiones, fue convenientemente aclarado pocos años después, cuando Emilio Azcarraga Milmo se autodefinió a sí mismo (y con ello a TELEVISA) como soldado del PRI. No sé ustedes, pero yo sí veo un poco difícil lograr que Zuckerberg se le cuadre a López Obrador. Lo peor es que aún y lo hiciera no serviría de nada porque Mark Zuckerberg es el dueño de Facebook, pero no tiene en absoluto control sobre sus usuarios y son estos quienes deciden los contenidos. Quienes insisten en mantener la óptica de los medios tradicionales para controlar las redes sociales, dan por sentado que a mayor cobertura mayor control sobre la audiencia, lo cual equivale a que en los tiempos de José López Portillo, mientras más dinero destinaras a obtener la buena voluntad de los fabricantes de antenas domésticas para televisión, lograrías controlar mejor la programación que por esa vía llegaba a los hogares.