
Jorge Eduardo Aragón Campos jaragonc@gmail.com
Como sigo a la espera de contar con los resultados finales y oficiales de la elección, nada más adelanto que, en mi opinión, si el abstencionismo no es alto será una tentación decir que la sociedad mexicana sigue más o menos igual que en 1858, pero a decir verdad está aún más lejana en el tiempo ¿Cuánto? No lo sé, saquen ustedes las cuentas porque según se ve, aquí no sólo creemos que la tierra es plana sino que también termina en cuanto pasas Bermudas, mientras Europa es una leyenda urbana como la de la Atlántida. Consideren todo esto como un anticipo de lo que será la entrega de la semana entrante.
Si nos atenemos a lo que fue la pandemia como tema de campaña, es decir como promesa de gobierno, la experiencia acumulada y nada hacen dos nadas, pues la actitud que privó hacia ella desde el inicio hasta el final del proceso electoral fue la de comportarse como si no existiera, inclusive es como si apenas estuviera iniciando pues aunque suene inconcebible, hoy tenemos más dudas de las que teníamos en marzo del año pasado: hoy nos preguntamos si estamos o no en la tercera ola; existen dudas sobre la eficacia de las vacunas, sobre la cantidad de enfermos y la de muertos, sobre las edades que están siendo más atacadas, sobre las posibles secuelas, sobre la inmunidad o predisposición de quienes ya lo padecieron, sobre las nuevas cepas, etc. No debe causarnos extrañeza el que hoy nos encontremos en semejante situación, si por un lado ni siquiera los principales amenazados fueron capaces de mostrar con hechos, una mínima preocupación frente al número de candidatos que fueron asesinados durante las campañas, cuando por la mitad de eso en cualquier país normal, por lo menos la mayor parte de la oposición se hubiera retirado de la contienda; en lugar de ello los de aquí se siguieron de frente, dedicados al fin superior que es ganar.
No defendieron a los suyos, tendremos esperanzas nosotros.
Cuando el votante despertó… el COVID seguía ahí. Ese debió ser el título de este artículo, pero como ya venía encarrerado desde la entrega anterior, pues pelillos a la mar. A decir verdad, ese cosmos que ya es la pandemia arroja algunas novedades inquietantes, la peor de todas es que la respuesta más general entre el público es la convicción de que siempre estuvo así, pero lo ocultaron mientras pasaban las elecciones.
Esto ya es un asunto de baja autoestima.
Es en verdad terrible que nuestros políticos se parezcan cada vez más a los votantes, pues la indiferencia mostrada por los candidatos hacia sus homólogos asesinados, aquí en Sinaloa tuvo su contraparte entre la ciudadanía cuando en el fragor de la contienda por el voto, saltó a la discusión pública el caso de la enfermera Silvia Lemus, que entró y salió del escenario con más pena que gloria al punto de que hoy nadie se acuerda de ella. Tuvo la misma tesitura la reaparición en un acto partidario del doctor Héctor Ponce Ramos, quien brilla por méritos propios en su especialidad, la neumología, siendo una verdadera autoridad en enfermedades infecciosas respiratorias como es el caso del COVID; Héctor Ponce ofrendó su vida y le fue devuelta: Se mantuvo dando atención gratuita presencial hasta ser contagiado; mientras estaba en cama siguió atendiendo por teléfono y con ese fin se valió de mil machincuepas para retrasar su intubación, lo cual volvió más difícil y riesgoso que se recuperara. Dejó los pelos en el portillo. Literal. Sabía bien lo que hacía (es su especialidad), pero qué ¡Güevos de cabrón! (perdón por mi francés). Él fue secretario de salud de Jesús Aguilar Padilla y pasó tremendo escarnio por acusaciones de corrupción, nepotismo y no recuerdo qué tanto más; nada pudieron demostrarle, de todo fue exonerado y encima la historia lo absolvió. De las numerosas voces que en aquel momento lo tundieron, no hemos visto hasta hoy una mínima expresión de reconsideración hacia su persona; el resto de los sinaloenses sigue teniéndolo en un pedestal entre las 78 000 cosas que les importan un pito.
Setenta años atrás, México era una potencia cultural con influencia y autoridad mundial: teníamos mucho que decir, lo decíamos y se nos escuchaba con interés. Éramos una identidad que comenzaba a insertarse con éxito en un mundo interconectado. En 1950 Octavio Paz publica El Laberinto de la Soledad, en su parte final el autor hace un señalamiento que visto a la distancia, era una proposición de norte para navegar en la inevitable integración global: La crítica es el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo. Desde entonces, algo de agua ha pasado bajo el puente y sería bueno que, con seriedad, cada quien se sentara e hiciera una valoración entre lo que es ser mexicano hoy y lo que era hace casi un siglo. En lo que a mí concierne, como mexicano contemporáneo (y encima sinaloense), ya resolví quien me haga la tarea: antes que a nuestro Nobel, prefiero atenerme a Marx para describirnos como pueblo (me refiero a Groucho Marx) Estos son mis principios! Pero si no le gustan tengo otros.