
Jorge Eduardo Aragón Campos jaragonc@gmail.com
Al menos visto desde acá, la impresión es que en Sinaloa la fórmula ganadora no sabe qué hacer con el éxito obtenido. No es poca cosa que mientras a nivel nacional MORENA se pegó una desmejorada, aquí en Sinaloa obtuvo más votos que los obtenidos en el 2018. De hecho somos el único estado donde ocurrió. Va a resultar que mientras en el siglo pasado Sonora fue la cuna de la revolución, ahora Sinaloa está resultando ser el domicilio legal de la 4T. Peor aún: somos un estado del norte, la región menos propicia para la 4T. Esto reclama más de una explicación, sobre todo porque los vencedores se siguieron de frente peleando con el PRI, como reacción a las acusaciones y señalamientos que pretendían convertir el triunfo opositor en un narcologro; concedamos que por circunstancias que desconocemos ese ruido pudiera tener repercusiones en la CDMX, aun así la magnitud de la diferencia entre los votos de Zamora y Rocha no podría justificarse. Lo que me estoy temiendo, es que se enredaron en una de las más retorcidas y perversas expresiones que distinguen al mundo de las tradiciones y costumbres de la política mexicana.
Durante la época que fuimos imperio priista, el peor pecado que podía cometer un candidato de ese partido era alcanzar más votos que su homólogo presidencial. Era en verdad pecado mortal mostrar un músculo mayor al del mandamás. Justamente eso hicieron aquí: mostraron que no ocupan a AMLO.
Desde el día después de la elección del 2018, el oficialismo y la oposición se dedicaron a machacar el mantra de que en esta elección AMLO no estaría en la boleta, por lo que era seguro MORENA tendría un bajón sustancial en su votación. Pues el señor no estuvo en la boleta y las urnas no lo extrañaron, al menos no como lo anunciaron; la disminución de votos para MORENA fue resultado de un voto de castigo ejercido con precisión quirúrgica, particularmente en la CDMX: ahí tuvieron un revés impregnado de simbolismo y malos presagios para la izquierda chilanga. Esa derrota da justo en el punto débil del mito que se derrumba, a la vez que nos confirma el carácter eminentemente negativo de la democracia mexicana, me refiero a que somos un electorado reacio a reconocer méritos y retribuir desempeños, que asiste a votar no para premiar la promesa cumplida o una buena gestión, tampoco con la mística de impulsar un proyecto de futuro; el acicate que nos impulsa a cumplir con el deber cívico de votar, es el ansia por cobrarle el agravio más inmediato al que tengamos más a la mano.
La verdadera revelación que nos ha traído todo este proceso electoral, es el nivel de rechazo que acumuló el PRI de una elección a la otra, porque el PRI sí estuvo en la boleta de esta elección y en la del 2018. Como marca el PRI es la Coca Cola de los partidos, su posicionamiento es tan firme que en más de un caso su influencia negativa de hoy no la pudo borrar ni la absolución presidencial; el hecho es trascendental, tanto que en la clase política nadie lo menciona, lo cual suele ser señal de que en eso están. Al peje se le cayó la franquicia de exclusividad para el aprovechamiento de toda la producción nacional de inconformidades contra el PRI. Cualquiera que busque hacerse de un cargo de elección popular, tener de contrincante al del PRI le resuelve en automático más del 50 % del trabajo.
Le seguimos en la siguiente entrega.