¡Pan y chocolate, joven!

Panadero con el pan…el panadero con el pan

Tin Tan

Película: ¡Ay amor como me has puesto! 1951

Víctor Pérez

Si mal no recuerdo, debió haber sido en diciembre del ya histórico 1968, el frío calaba los huesos, de pronto se entumecía la cara, y el más mínimo de los movimientos faciales, provocaban un dolor que te hacía reaccionar rápidamente, tal situación te levantaba aquella incomodidad, sin permitir hacer grandes movimientos de tu cuerpo al caminar.

Era de madrugada, muy de madrugada. El camino a la estación de autobuses foráneos era un camino largo e incómodo. La lluvia de la noche anterior, dramatizaba aún más el ambiente húmedo y frio. La respiración se podía ver paso a paso, como si fuera locomotora antigua dejando la estela de humo a su paso, por aquellos callejones oscuros, húmedos y fríos.

Aquello empezaba a desesperar. Cuando la respiración y el enfriamiento del cuerpo empezaban a ser una tortura, había solo una decisión, continuar o regresar. No había otras opciones. La decisión era continuar. Llegando un punto del camino, los perros de la calle principal del viejo pueblo, hacía gala de sus más feroces ladridos hacia 1 joven que con paso firme –pero congelado-, no tomaba muy en cuenta tales amenazas caninas.

Pero, más allá del viejo puente que continuaba con la antigua calle, se vislumbraba las luces de la vieja estación de los camiones foráneos, aquello daba esperanza a la caminata de 45 minutos que este estudiante de Antropología había emprendido a las 3:40 de la madrugada, por fin, un lugar donde esperar para partir al próximo destino: Tantoyuca, en la sierra veracruzana. El lugar de origen Huejutla, en la sierra huasteca hidalguense.

Rápidamente, este joven compró los boletos para abordar el primer camión hacia tal destino. La primera salida era a las 5:00 am, por lo que había algunos minutos para relajar las piernas entumecidas por la caminata con tintes agresivos y gélidos matutinos. Cuando de pronto en la pura esquina, debajo de un poste de iluminación, una señora con una canasta y una olla grande, de la que salía humo le invitaba –o sugería-  preguntar qué era lo que vendía.

Grata, pero sobre todo deliciosa y baratísima sorpresa llegó a tener este escudriñador de los ambientes sociales y antropológicos en ese momento. Esta señora, con un marcado acento y de rasgos étnicos indígenas le respondía: ¡Pan y Chocolate joven!, ¡Bueno y barato!

De pronto, y sin pensarlo, nuestro antropólogo en potencia, le preguntó: ¿Cuánto cuesta? Y nuestra empoderada microempresaria del Chocolate y Pan, le respondió: ¡Chocolate a cinco pesos y pan a peso!

Sin pensarlo, nuestro ilustre personaje sacó de su cartera –por cierto muy desgastada- un billete de cincuenta pesos, y de inmediato le pidió tres vasos de chocolate y treintaicinco piezas de pan –las piezas eran muy pequeñitas, así que los treintaicinco pesos, a penas satisfacían el apetito voraz y madrugador de nuestro joven e ilustre amigo-.

Los ojos de nuestra vendedora de ese exquisito chocolate y pan hechos a la leña, con un mínimo de leche y con verdadera pasta de chocolate de cacao, canela y azúcar, levantaba el ánimo de nuestro amigo estudiante de Antropología, que los primeros tragos de chocolate hirviendo, sentía como calentaba y raspaba su garganta, dejando un rastro de autenticidad y excelente sabor.

Después del segundo vaso y las veintidós piezas de pan, el ánimo de Gilberto –así es como se llama nuestro ilustre protagonista- estaba más que encendido, yo diría casi eufórico. A los minutos, el conductor del autobús haría un llamado a subirse al camión y aquella aventura chocolatera daba por terminar.

Sin embargo, al subir al autobús, nuestro amigo Gilberto, se percató que había al fondo una bella joven, sola y con una mirada de invitación a la buena plática. Con paso firme y decidido Gilberto la saluda y se sienta enfrente de ella, pasan unos segundos e inician la conversación. Sería el frío y la euforia de aquel chocolate, pero cuando menos lo piensan, ya estaban abrazados y externando de manera oral sus acuerdos y pasiones.

Dos pueblos antes del destino de Gilberto, su acompañante bajó, no hubo intercambio de teléfonos, ni direcciones, ni siquiera supieron sus nombres, solo supieron que tenían frío y que ambos se calentaron –y muy sabrosonamente-.

Pasan los años, y Gilberto todavía recuerda esa madrugada. Ya no es el estudiante, ahora es el Doctor en Antropología, ya no anda en camiones, ahora maneja su propio auto, ya no desayuna en la calle, ahora le gusta ir a Samborns. Pero, lo que si le quedó muy  claro, es que para el frío nada como un buen Chocolate calientito con su pan, y para la soledad, nada como los abrazos y besos de una bella mujer… de preferencia muy conocida y muy amada.