Roberto “El Tito” Machorro : Célebre y triste crónica de una vida batallosa y muy aguerrida.

Víctor J. Pérez Montes

…ya no seas reaccionario, hazte revolucionario…Y que te bendiga Dios

Óscar Chávez

La Casita, 1975

Los orígenes…

Contaba mi abuelita “Doña Espiri”, -es decir, les comparto el nombre completo de mi bien e ilustre abuelita materna Doña Espiridiona Del Toro Machorro pues con ese nombrecito, ya se habrán dado cuenta quien partía el queso en la familia- que su hermano,  mi tío  Roberto alias “el Güero”, había estado involucrado en la famosa huelga de los trenes por allá a finales del 57 y principios del 58, del pasado siglo XX.

Mi tío Roberto era uno de esos líderes sindicales –según dicen las malas lenguas que no era “líder charro”, más bien era “líder chirrín”, porque le gustaba escuchar los discos de Piporro  El Taconazo,- que ayudó a organizar la huelga de los trenes con el famoso líder de los ferrocarrileros, el chaparrín Demetrio Vallejo.

 ¡Eso si es verdad!, es más hasta había fotos de mi tío con Vallejo. Pero, después de las soberanas madrinas que les metió el gobierno y el despido de todos los revoltosos, mi tío, como muchos otros, con la cola entre las patas salió huyendo de aquí. Es más, dicen que murió como mojado por allá en el gabacho, trabajando en una compañía de trenes en la reparación de rieles. Triste final para mi tío Roberto

Cuando me contó esta historia mi abuelita, dije entre mí: “¡Esto no quedará así!, yo voy a continuar en la lucha, así como mi tío, lucharé hasta vencer, que por cierto, en esos días andaba muy de moda, esa frase de: ¡Hasta la victoria!, bueno, ¿Qué querían que hiciera? Estaba muy chamaco y con un chorro de ideas para cambiar el mundo. Hasta en el nombre estaba mi destino unido con el de mi difunto antepasado. Era mi destino, tenía que luchar, no había vuelta atrás.

Los compas me llamaban Tito, por aquello de Robertito, pero, la verdad eso de Robertito ya se me hacía como que era muy ajotonado, por eso, les pedía que me dijeran “el Tito”, y el Tito se me quedó para la eternidad.

Las primeras revueltas…

Mis primeras luchas por la causa social del pueblo, se remiten a mis años de la secu, ¡Uf! ¡Qué tiempos!, los Bitles, los rolin estón, los animals, bueno,  a esos que le decían la invasión británica, era alucinante, sin ser malinchista, aquí teníamos a los Jiters, los Juligans, los hermanos Carreón, el Roberto Jordán, bueno, la verdad había buena música. Lo que no había era buena y sana voluntad con los profes de la Secu.

Recuerdo un recreo. Mi amigo el Vampi –por feo y chimuelo-, salió a comprarse una torta a la tiendita de la cooperativa escolar, cuyas ganancias monopólicas y muy jugosas estaban bajo poder de nuestro ilustre, canalla, corrupto y panzón director y de su extra voluptuosa, prieta, cacariza y mal humorada esposa la Seño Romina.

Para iniciar mi relato de tal aventura, les explicaré a detalle el móvil de mi lucha estudiantil de ese tiempo. La calidad de las tortas de la Secundaria federal 28, por allá ubicada en el histórico e insalubre Estero del Mapache, parafraseando al gran José Alfredo Jiménez: “…dónde su aroma era algo sin igual”

Estadísticamente hablando –como lo explicaría nuestro gran amigo Carlitos Marx en el Capirucho- la calidad de la tortuga era más o menos así: 90% repollo con olor a cloro, 1 % de crema corrientona del mercado de la López Rateros, 1% de jamón del barato –del mismo mercado claro está- pero con días antes de caducar, 2% de lechuga y tomate y el 1% de papel de baño –para envolver tal manjar-, y sin dejar de mencionar el torcido del día anterior, o sea, más duro que los virotes de 3 días. Sin dejar de lado el clásico Titán sabor de piña o naranja. Mmmm, ¡Que sabores, qué delicia!

Pues este tipo de manjares nos vendían en la tiendita de la cooperativa escolar, cuando el vampi se comió su respectiva torta, no pasaron ni 10 minutos cuando le empezó un dolor infernal de panza, que lo hizo pasársela en los baños de la secu. ¡Uff!, ya sabrán el dolor, para estar aguantando la higiene de los baños –que Don Carmelo, nuestro ilustre y bien ponderado intendente sindicalizado nunca iba a lavarlos, porque nomás se la llevaba enfermo, pero de cruda, ¡trinche el viejo borracho baquetón!-

¡Pobre Vampi! Nomás no se desmayó para no caer en los miados del piso de los baños. Recuerdo que entre 3 compañeros lo sacamos y lo llevamos a su casa. Doña Meme, se le salían las lagrimitas de ver a su hijo todo desguanzado como pollo de mercado. Aquello me dio una rabia, y dije entre mí: ¡Esto no se va a quedar así!

Al otro día, en mi salón de clases, convoqué a mis compañeros, y todos fuimos en bola a exigir al director, leí, -por no decir que lo grité- el manifiesto que había escrito, en el que expresaba las condiciones deplorables de los baños y de la falta de higiene y las cochinadas que nos vendían en la tiendita escolar. Denunciaba los altísimos precios de las tortas, los refrescos, los dulces y las galletas para la comunidad educativa. Así como, la prohibición de introducir nuestros propios “lonches” hechos por nuestras mamás. Como se estarán imaginando eso puso de neuras al dire y a su bien amada, pero espantosa esposa.

La respuesta represora no se dejó esperar. El “Botete” –como le decíamos al viejo panzón del dire-, haciendo gala de su poder, dio órdenes a todos los profes que nos cargaran la mano con tareas, quitándonos puntos y si era posible, reprobarnos para así corrernos de la escuela.

El móndrigo, –así le decíamos al profe de Deportes-, me hizo correr 4 vueltas más a las canchas y nos puso a levantar objetos pesados, disque para “fortalecernos más”, si empezábamos a quejarnos nos iba peor. Era lógico, empezaba a ser un apestado, pero los grupos del B, C y D se nos unieron a la causa. Empezaba a infundir cierta conciencia de nuestras condiciones tan chafas como comunidad educativa.

El Botete, al ver que nos fortalecíamos, inmediatamente y de manera muy perversa, reclutó a varios chavalos de las colonias alrededor de la secundaria, muchos de ellos obviamente eran mayores que nosotros, y algunos siempre nos esperaban en las puertas de la escuela para robarnos o golpearnos. Algunos otros les faltaban el respeto a nuestras compañeras, las intimidaban gritándoles mensadas –cochinadas diría mi abuela- o de plano, queriéndolas manosear.

Otros de los Changos –asi les pusimos a esos chavalos malosos y violentos-, de manera mágica y misteriosa –como dirían los Bitles– se convirtieron en los ayudantes de los 2 prefectos de la secundaria, nomás que estos si nos golpeaban con saña.

Éstos agarraban a los supuestos revoltosos –que los maestros denunciaban- y los llevaban atrás de los talleres de Mecánica y les metían unas patizas que los dejan todos guangos. Los regresaban a la dirección y mandaban llamar a los padres de familia, y el Botete argumentaba que habían estado golpeándose con otros estudiantes y justificaba de manera mentirosa las soberanas madrinas que ordenaba el muy desgraciado director.

En una de esas calentaditas, que me tocó la suerte de protagonizar, claro que del lado peor, es decir de los calentados, no de los que calentaron. Recuerdo que para defenderme y tratar de salir huyendo, les eché tierra en los ojos y patitas pa´que te quiero, uno de ellos me tiró una piedra, y con tal tino y precisión, me metió un descalabrón bien machín en la cabeza. Aquello parecía jalogüín gringo, por toda la sangre que me brotaba de la cabeza.

Como pude salté la barda de la escuela, y casi a desmayarme llegué a la casa. Mi abuela nomás gritaba preguntando que me habían hecho. A las horas desperté en la Cruz Roja. Mi abuela de manera indignada al otro día fue a la secundaria, ¡claro! El Botete, ni de chiste salió a recibir a Doña Espiri.

Solo la secretaria del susodicho director, salió de la oficina del mismo, y con una carpeta con unos papeles en su mano, le entregaba a Doña Espiri y con cierto tono envalentonado le decía a mi abuela: ¡Su nieto está fuera de la escuela por indisciplinado!

Mi abuela de manera súbita y muy inteligente le respondió y con tono alto para que escuchara el director que se escondía en su oficina decía: ¡Mi nieto no merece estar en una escuela como esta! ¡Cobarde!, ¡Pantalones caídos!, que no da la cara y manda a una vieja a que diga las cosas.

Después de expresar su sentir, mi abuela salió con paso firme. Llegando a casa, me dijo: Te voy a mandar con tu tía Lola a la ciudad de México. Allá vas a terminar la secundaria y será lo que Dios quiera. Mi abuela no sabía los alcances de tal decisión.

El movimiento…

Parecía que mis afanes revolucionarios y combativos de algunos años, se habían diluidos en esa mala experiencia. Había entrado a la Voca 5 del Poli, y como quien dice, ya me había hecho al estilo de la gran ciudad. Tenía novia, una güerita de Chihuahua, que al igual que  yo, sus padres la habían enviado a estudiar a la gran urbe.

Cuando de pronto a finales de julio del 68, se dio una serie de manifestaciones en contra del gobierno, por su represión a los estudiantes y maestros. De pronto, como si una luz se hubiera encendido en mí, el gusanito de la lucha volvió a estar presente. El Toño González y el Marcelo Íñiguez me invitaron a una reunión para organizarnos y manifestarnos a favor del Poli y de la Universidad, de volada me integré y empezamos a organizar manifestaciones, volanteo y algo novedoso el famoso boteo.

Manifestación que se dio, manifestación que estuve presente. Todos gritábamos: ¡Prensa vendida!, ¡Prensa vendida!, o ¡Por el Pueblo!, ¡Contra el Gobierno!, es más, hasta me tocó gritar con mis camaradas de la Voca 5 en una manifestación en el zócalo: ¡Sal al balcón, Chango hocicón!, aquello, verdaderamente era un derroche de libertad de expresión.

Pero no todo saldría como lo había planeado. En un mitin, al querer capturar un camión de transporte público, nos salió el tiro por la culata, ese camión era un camión de puros granaderos, nomás que estaba disfrazados de civiles para capturar estudiantes –que como yo- que andaban en la calle, manifestando nuestro repudio hacia el gobierno.

¡Ya sabrán!, nos agarraron de las greñas, nos metieron una soberana madrina de primera comunión, y como no había lugar en la delegación, nos mandaron a Lecumberri, ¡Ahí mamacita! ¡Ahí si estaba feo el asunto!, hombres y mujeres parejo nos encerraron como se pudo y como quisieron.

Recuerdo que de malosos, los celadores sacaron una manguera de chorro de presión, nos bañaron con todo y ropa, y así nos metieron a las crujías, solo nos tuvieron 2 días, que para nosotros fueron una eternidad. A como iban llegando los padres de nosotros, nos iban sacando. Como a mí no me reclamaron me dejaron 1 día más, ¡nombre! Como para olvidar esa experiencia.

Recuerdo que cuando llegué a la casa de mi tía Lola, la cara de espanto que puso, jamás se me ha olvidado. ¡Tito!, ¿Dónde andabas? Pensé lo peor… le conté lo que me había pasado, y que después de esta experiencia, no me iba a involucrar jamás en estos asuntos. Pero la verdad no fue así.

Pasaron unas semanas, y volví a las andadas. Pero esta vez, fue definitiva. Con mayor ánimo y valor continué en el movimiento. A pesar, de la represión que tuvimos. Creo que era finales de septiembre, y el movimiento ya empezaba a estar más debilitado. Cuando se nos convocó en Tlatelolco, ya habíamos tenido algunos mítines ahí y el lugar era muy agradable. La Gente de los multifamiliares nos apoyaba y parecía que el movimiento tomaría nuevos aires.

En uno de los mítines en Tlatelolco, me habían pedido tomar la palabra, en una impresionante muestra de espontaneidad tomé el megáfono, nomás me temblaban las piernas y las manos, pero cuando empecé a hablar, aquello fue como cubetazo de agua fría  y por supuesto que ese sentimiento de pánico escénico se disipó. Me aventé como nunca había imaginado que podía hablar a la multitud y algo así me salió:

¡Compañeras y compañeras!, ¡Pueblo en general, ¡Por convicción y amor a nuestro país estamos aquí reunidos!, ¡Sin miedos o ataduras de ninguna especie!, ¡Porque nuestras manos, se hacen cada vez más vigorosas!, ¡Para levantar en alto las banderas democráticas y revolucionarias por las que luchamos!, ¡Porque el gobierno en estos históricos momentos nos escucha y siente nuestra fortaleza organizada, disciplinada, combativa y entusiasta!

¡Por eso compañeras y compañeros! En este lugar y en estos precisos momentos ¡Les pedimos que no claudiquemos y continuemos en la lucha, porque aquí nadie se raja!, ¡Por el Pueblo y con el Pueblo!, ¡Venceremos!

Yo nunca supe porque dije eso o como lo dije, solo recuerdo que cuando hablaba una especie de nube oscura cubría a mi alrededor y con fuerzas del interior, solo me aferraba al megáfono que me habían prestado el Topo y la Nacha y al final de mis breves palabras, me recobraba de ese especie de transe, y empezaba a ver las caras de la multitud, todos con lágrimas y aplaudiéndome eufóricos me sorprendían. Los demás compañeros me palmeaban la espalda en signo de ánimo y aprobación.

Cuando el mitin se terminó, todo mundo se fue a sus casas, los que organizábamos todo, estábamos desenchufando el sonido y desconectándolo de uno de los departamentos, cuando unos tipos muy raros me tapaban la boca y poniéndomela la pistola en la sien,  con voz amenazante me decían:¡Gritas y te carga la chingada cabroncito!, ¡Con que muy revolucionario eh!, pues ahorita, ¡Te vamos a dar tu revolución pendejo!

Entre golpes y patadas, me subían a un carro negro, me obligaron a ponerme boca bajo en el piso del automóvil y estos dos tipos, poniéndome los pies en la cuello y en la espalda, no se cansaban de explicarme detenidamente la calentadita que me iban a meter llegando al sótano. Yo de inmediato pensé: ¡De la Federal de Seguridad no salgo vivo!

Y en efecto, llegando a la Federal de Seguridad, me metieron una patiza y con el respectivo interrogatorio correspondiente, me pedían nombres. Yo les contestaba, -no se si valiente o estúpidamente-: Agustín Melgar, Juan de la Barrera, Vicente Suárez, Juan Escutia y Francisco Márquez. De pronto, me callaban a bofetadas. Y uno de los agentes me gritaba: ¡Ahora te crees profe de Historia pendejo!, ¡Pues ahora vas al taller de Electricidad pinche puto!  Ya se imaginaran lo que pasó los siguientes minutos.

Después de varias horas, ya no sentía ni mis piernas, ni mis brazos, la vista toda nublada por la brutal golpiza hacía estragos en mí. Al tiempo, -y creo que eso fue un milagro- me metieron a otro auto o el mismo, no lo sé, después de tanto golpe ya no sabía de mí.

Esta vez, me metieron al maletero del auto, después de un cierto tiempo, no sé si fueron horas o minutos, para mi aquello ya había sido eterno, el auto se detuvo. De manera brusca abrieron el maletero y con mis ojos vendados y las manos atadas, me tiraron como si fuera una bolsa de basura en una curva a las afueras de la ciudad.

Escuché como rechinaron las llantas, solo esperé algunos minutos totalmente petrificado, esperando lo peor. Pasaron quizá algunos minutos a intentar moverme, el miedo me tenía paralizado, de pronto un señor y su esposa, me gritaron: ¡Ey chamaco!, ¿Qué andas haciendo?, ¿Qué tienes?

Temblando les empecé a rogar que no me hicieran nada. Empecé a llorar y suplicarles que por favor no dijeran que estaba aquí. No sé cuántas veces les supliqué entre llanto y grito de desesperación. La verdad ya ni supe.

La pareja eran unos viejos campesinos que tenían sus tierras al norte de la ciudad, eran buenas gentes. Me llevaron a su jacal, me dieron agua para bañarme y para curarme las heridas. Me dieron unas tortillas y algo de frijoles para mitigar el hambre. Pasé algunos días con ellos, Don Arnulfo –así se llamaba el campesino- me llevó a trabajar con él a su parcela, mientras me despejaba y ordenaba mis ideas.

Pasadas dos semanas, por fin me llené de valor. Les di las gracias a Don Arnulfo y Doña Eulalia por sus atenciones, de una lata vieja de leche, Don Arnulfo sacaba unos centavos, los enredaba en un viejo paliacate y me decía: De algo te han de servir, ya no te metas en problemas, los del gobierno son cabrones, ¡Cuídate!

Caminando me fui a la ciudad. Mientras avanzaba, mi mente hacía cálculos para saber con quién llegar o como llegar. Empezaba a ponerse la tarde, para esto desde que me habían detenido a este punto ya habían pasado 15 días. Al entrar a la ciudad, aquel ambiente era lúgubre, pesado, las calles estaban vacías. A una persona que me encontré en la calle, le pregunté qué día era, esta persona con cara de sorpresa me respondió 3 de octubre y con cierto tono de incredulidad me preguntó: ¿No supiste lo que pasó en Tlatelolco?

Yo más sorprendido le respondí: ¡No! ¿Qué pasó?, me respondió esta persona: ¡Los mataron a todos por revoltosos!, ¡Con el gobierno no se juega!, yo le dije a mi sobrino déjate de chingaderas al gobierno nunca le van a ganar y mira, dicho y hecho,… bueno chamaco ¡ahí te dejo!

Petrificado quedé en la calle, no sabía si agradecer a esos guaruras que me habían tirado a las afueras de la ciudad, o por  las condiciones en las que me habían dejado. No lo sé. Pero lo que si sabía, es que el movimiento había sido acallado de un golpe brutal y asesino.

A las semanas supe de algunos compañeros y compañeras que habían sido desaparecidos y otros más habían terminado en la cárcel. Aquello había sido un brutal despertar de un sueño que sentimos que pudo haber sido realidad Y sin embargo, el gobierno orgulloso pregonaba con su olimpiadita, que todo era posible en la paz.

¿Y qué fue de mí? Por casi 20 años me alejé de la política, repudié con todas mis ganas todo lo que fuera relacionado al gobierno, pero la frustración estaba aún presente,  hasta que nos volvieron hacer otro fraude electoral, y esa fue otra llamada a la lucha, pero esa es otra historia…