ZONA POLITEiA: Sin democracia interna, morena va al fracaso (1)

23 de noviembre de 2021

César Velázquez Robles

La exigencia de democracia en la vida interna, ha sido siempre una constante en la historia de los partidos políticos. Esta exigencia se contrapone con la tendencia natural de las organizaciones al verticalismo en la toma de decisiones. Sobre este tema hay una vasta literatura y un texto clásico para entenderlo es el de Robert Michels, quien formuló la llamada Ley de Hierro de la oligarquía partidaria. Hace apenas unos días, alguien nos lo recordaba: quien dice organización, dice oligarquía. La organización da origen al dominio de los elegidos sobre los electores; de los mandatarios sobre los mandantes y de los delegados sobre los delegadores.

Asumiendo que esta es la realidad de la vida partidista de izquierda, derecha o centro, siempre ha estado presente la exigencia de democracia. Recuerdo, como parte de ese tránsito por la izquierda comunista aquella famosa frase maoísta, precisamente en demanda de democratización: “que cien flores se abran, que florezcan cien escuelas ideológicas”. La verdad es que la frase condensaba toda la demagogia de la vida de los partidos. El control por la cúpula, el papel decisivo de la nomenklatura, el famoso centralismo democrático, fueron siempre factores que inhibieron el despliegue de las potencialidades y capacidades de las organizaciones partidistas para discutir en un ambiente de libertad y tolerancia proyectos y propuestas diversas. No había más línea que la dictada desde arriba, y todo disenso debía ser aplastado. La expulsión era el destino. De ahí otra expresión siniestra de la época: el partido se fortalece depurándose.

Después de unos 150 años de existencia de la forma partido, que sigue siendo a lo largo del tiempo prácticamente igual, las estructuras verticalistas son prácticamente las mismas. No están diseñadas para propiciar la libre circulación de las ideas, no hay, en consecuencia, democracia en la vida interna, las ideas se petrifican porque no existen mecanismos que propicien la confrontación, la discusión respetuosa y civilizada. Los métodos de elección de sus dirigentes y candidatos están controlados y manipulados, y solo de vez en cuando saltan por los aires, sobre todo cuando se acumula la irritación de la militancia sobre sus dirigencias.

En el caso mexicano, la larga etapa de dominación del PRI se caracterizó, al igual que el sistema político en su conjunto, por un acentuado autoritarismo. El intento democratizador de los años 60 muy pronto se dio por concluido con un mensaje siniestro para quienes eventualmente decidieran continuarlo. La ruptura priista de 1987 fue, precisamente, un reclamo por la ausencia de métodos mínimamente democráticos de elección de candidatos. Se entendió que se jugó con dados cargados y el reclamo encendió a amplios sectores de la dirigencia y la militancia, que expresaron en las urnas su decisión de romper con esa práctica política.

Ciertamente, la pasarela fue fraudulenta. Había una decisión tomada y se impuso a troche y moche. Quienes abandonaron la matriz política que los incubó fueron considerados por ensalmo como los nuevos demócratas. A donde fuesen, llevarían la buena nueva: habrá patria y democracia para todos. Todo terminó en un sainete. Los mismos procedimientos, las mismas estructuras, los mismos mecanismos. Peor aún: se produjo una involución. La organización empezó a convertirse en el partido de un solo hombre. Esa concentración de poder en una figura, una especie de liderazgo carismático, providencial, que empezaba a repartir premio y castigos, admoniciones y reconocimientos, reconvirtió los escasos elementos de una cultura política democrática en una cosmovisión de las catacumbas políticas de las que no pocos militantes provenían.

Así, se consolidó un modelo político en el que no había espacio para el disenso, sin democracia interna para alentar un debate civilizado. Imperó el consenso impuesto desde arriba. Resurgió el culto a la personalidad. El Supremo decidía candidaturas, designaba o destituía dirigentes locales, conformaba liderazgos a su medida. El esquema se trasladó al poder, reproduciendo de manera ampliada todos los defectos de un estilo personal de conducción política. Así, se impuso el sistema de tómbolas y encuestas –que hasta la fecha siguen siendo un misterio no revelado— para candidaturas, que, como se ha visto, por ejemplo en el Congreso federal y en los congresos locales, en algunas gubernaturas y no pocas alcaldías, es la degradación de la política llevada a su nivel extremo. El método, evidentemente manipulado, cancela todo debate, y peor todavía, es presentado por su promotor como la quintaesencia del modelo democrático, cuando no es sino la reafirmación de un autoritarismo intolerable. Se entiende que el método encante a quienes han hecho de la abyección su mecanismo de ascenso político, pero causa pena ajena que sea defendido por quienes desde la izquierda durante años han luchado por la democracia en la vida pública y en sus organizaciones políticas.

Con ese método, se ha anunciado, se designará el candidato del poder a la presidencia de la República para las elecciones de 2024. Será el que gane la encuesta, ha dicho muy ufano el Supremo. Pero habrá resistencias y muy fuertes, dentro y fuera. Algunas son muy visibles. A ello dedicaremos una segunda parte.

POLITEiA ya está en circulación

El número 78 de la revista POLITEiA ya está en circulación. Tenemos una deuda con nuestro compañero y amigo editor Nicolás Vidales Soto, quien trabajó horas extras para tener listo esta nueva edición correspondiente a los meses de noviembre y diciembre, que incluye un ensayo central, Reforma y melancolía en López Obrador, de Carlos Calderón Viedas, e incorporar cuatro excelentes ensayos sobre las perspectivas económicas, políticas, sociales y culturales de Sinaloa, a propósito del inicio de una nueva gestión institucional que desde el pasado primero de noviembre encabeza Rubén Rocha Moya.

POLITEiA, gracias a su compromiso de mantener un alto listón de calidad en sus colaboraciones, ha ganado un sitio entre las revistas de referencia en el ámbito del análisis político. Sin duda, un gran mérito en un ambiente donde esfuerzos de esta naturaleza son poco alentados, incluso por entidades que tienen como propósito alentar y estimular la libre circulación de las ideas. Pero el respaldo de nuestros lectores nos ha permitido mantener presencia en un mercado, como el de las revistas de análisis político, muy salvaje y competido.

Es nuestro propósito que ese respaldo del que hemos disfrutado en años pasados se mantenga ahora y en el futuro. Sinaloa es mucho más que los estereotipos con que se nos ha presentado en otras partes del mundo. Es también cultura, es talento, es esfuerzo intelectual. Y la revista es, junto a muchas otras manifestaciones de cultura, una expresión de ese esfuerzo que creemos debe alentarse. Es una revista nacional e internacional hecha por sinaloenses. ¡Apoyemos este proyecto!

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