Víctor Javier Pérez Montes
¡Párale Chapo!, ¡Tú nunca me has matado el hambre!
Dialogo de la película “Los Albañiles” 1976
Dirección Jorge Fons
Adaptada de la novela Los Albañiles de Vicente Leñero, 1964
Más que apetito… ¡Hambre!
¡En el bolsillo del pueblo la vieja herida!, ¡Y si!, ¡Que verdad tan más grande nos explican los Fabulosos Cadillacs en su canción Matador! Quizá usted no lo entiende, o jamás lo entenderá, quizá porque hubo Gente antes que usted, que sufrió o tuvo que sufrir ese horrible dolor de pegazón de tripas, que usted jamás tendrá. ¡Que envidia!, ¡Que afortunado!
Quizá su abuelo, quizá su padre, no lo sé. Lo que sí sé, es que si no agarro jale mañana, no sé qué vamos a tragar. El viejo refri que me regalaron de la última remodelación de una de las casonas, de por allá en Las Lomas, ya parece –como siempre ha parecido- coco tierno: ¡Pura agua, y nada de carne!
Nomás volteo a verles las caritas a mis chamacos, que por cierto son 6, y se los presento: La Nicol Guadalupe, el Brayan José, la Melany Rosaura, el Yustin Guillermo, el Yosh Emigdio, y para que no digan que no somos nacionalistas, la más chica se llama Tamy Candelaria.
Cuando me preguntan, qué por qué les puse así a mis chamacos yo nomás les contesto: Una cosa es que sea albañil y otra muy diferente que sea inculto. Nomás se me quedan viendo y nada me dicen. ¡Ah! Y pobrecitos que me digan algo, les rompo el hocico, pos ni que estuviera yo cuestionando el nombre de sus pinches hijos pues!
Pero regresando a mi tragedia culinaria familiar. Les veo las caras a mis chamacos y la más grande –que por cierto tiene 9 años- me pregunta: ¡Pa!, ¿Qué vamos a comer?, ¡Mira!, ¡Se lo juro por la virgencita de la Lomita!, que no chillo enfrente de ellos, porque soy bien macho, pero en la primera descuidada, me voy corriendo al baño, que por cierto, no sé si llorar o vomitar en él, porque como tenemos fosa séptica, y como no he comparado el saco de cal para echárselo, pos ya sabrá cómo estará ese olor.
La idea…
En esos momentos de mayor angustia y por supuesto, cuando la tripa se empezaba a fusionar con el espinazo, de lo más recóndito de mi mente, me vino una idea, era eso o nada. Le dije a mis 6 chamacos y a la Chencha –Inocencia mi muy querida y escuálida compañera de vida-, que por cierto, los compas de la cuadra le apodaron Doña Conan – no por fortaleza sino porque parece que andaba siempre CON-ANEMIA -, que nos fuéramos a visitar a mi amá!
Todos mis chamacos empezaron a gritar de gusto, pero, la Chencha nomás me echó la mirada de ultratumba –y no por su aspecto escuálido decrépito- y me recordó viejas cuentas con mi madre:
-¡Falopio! –Ese es mi nombre por cierto-¿Ya le pagaste a Doña Eusebia, lo último que nos prestó? -Con voz de regaño y mirada de bulldog hambriento me cuestionaba la Chencha-
-¡Pos claro mija!, Pues, ¿Qué crees que soy? –Le replicaba con un tono envalentonado y jovial a la vez, más bien, sinvergüenza diría francamente–
-Mira Falopio, la última vez, nos corrió tu mamá porque no le pagaste todo lo que nos compró de la comida y el pastel para la piñata del Yustin y la Nicol, así que no quiero otra corrida, como si fuéramos perros sarnosos, ¿Estás entendiendo?
Soltando la carcajada –pero de nervios- me planto y le digo a mi muñequita “Skinny style”: ¡Chencha! Todo está arreglado, nomás ésta vez se me atoró la carreta, pero a la próxima le vamos a llevar a mi amá unos 4 pollos rostizados estilo Sinaloa, ¡de esos del Puro Pollo! ¡Vas a ver!
Nomás se empezaba a divisar la casar de mi muy amada y bien reconocida progenitora, mis chamacos se empezaban a emocionar, no sé sí por el hambre o porque de plano si querían ver a su tierna abuela. Cuando de pronto se escuchan los gritos de mi adorada madre:
¡Celerino! ¡Guarda la comida! ¡Ahí vienen los perros del Falopio! ¡Se va a tragar todo si no nos ponemos truchas!, ¡Bola de golleteros muertos de hambre!, ¡Hijos de su china poblana, hambrientos roñozos!
El buen Celerino –el amante en turno de mi bien amada cabecita de algodón- de manera pronta y acelerada, guardaba todo vestigio de alimentos para negarlos a nuestro arribo, sí es que empezábamos a solicitarlos a mi santa y caritativa madre.
Al momento de querer abrir la puerta de la mansión de mi jefecita adorada, de manera abrupta, se abría la puerta y de manera clara y contundente mi madre adorada en tono retador y muy firme nos “casi” gritaba:
¡Mira Falopio!, ¡Serás muy mi hijo, pero eres un gorrón, palero, baquetón y mantenido, así que si vienes a querer darle de tragar a tu vieja la esqueletuda y a los perros muertos de hambre de tus hijos, te topaste con pared, hijo de tu madre y tu padre también. Así que: ¡Agüecando el ala!, ¡Que el pinchi gobierno los mantenga! ¡Baquetones!, ¡Todavía no me pagas lo de la piñata de los cuates, y vienes a querer que les dé de tragar!, ¡Oye me no! ¡Estás bien jodido!
La Chencha, con los ojos rojos del coraje y con un dolor agudo en la panza, ya no por hambre, si no por orgullo mal herido y sobre todo, por la tremenda humillación recibida, me aventaba una mirada al más puro estilo de “Teresa” – ¡La de la novela pues, pa´que entiendan!-, con la poca dignidad que había, le llamó a nuestros engendros bien amados y como el gran José Alfredo “se dio la media vuelta”. Los chamacos iban chille y chille, no por orgullo, ¡Era hambre!
Al ver el mal resultado de mi plan, le dije a mi bien amada y tierna madre: ¡Madre! ¡Esto no era necesario! Y con la poca vergüenza que me quedaba me retiré, ¡Ora sí!, ¡Con un problema de verdad!, ¿Cómo llenarles la panza a mis chamacos y contentar a mi flaquita?
De camino a la casa, nomás iba pateando cuanta piedra se me atravesaba en el camino, como queriendo hacer eterno el arribo a mi bien amada y acogedora mansión, de estilo “art recicle” –todo lo que tenía esa casa era de otros lugares, ya sabrán lo ecléctico que era la fachada-.
Pero de pronto, al pasar en frente del centro comercial gringo que estaba del otro lado de la avenida, se me ocurrió una idea: Ayudar a la gente a cargar sus bolsas de mandado a sus carros, y sacar alguna feria para la comida, ¡Eso voy a hacer!, y ¡Eso hice!
Las primeras 3 horas, nadie me dio ni las gracias, pero de pronto una doñita de esas que les llaman las copetonas, traía dos carritos copeteados de comida- ¡Híjole!, esos pudientes de las clases opresoras nomás nos pasan por el frente con la comida y no se mochan ni con las sobras, méndigos riquillos– y que me le acerco y que empieza a gritar la doñita: ¡Auxilio!, ¡Policía!, ¡Policía!, ¡Este mugroso me quiere robar!
Yo le empecé a decir de manera desesperada:
-¡No señora mía!, ¡Solo quiero ayudarle con sus compras!
-¡No es cierto!, ¡Tú tienes una pinta de maleante mugroso que no puedes con ella!, ¡Todos los que son como tú, son unos rateros muertos de hambre!
A lo lejos, pude divisar a unos guardias de la tienda, y como la famosa cesárea, ¡Parto sin dolor a tales calumnias!, y como perro de galgódromo, en menos lo que canta un gallo, dejo atrás a los guardias y el estacionamiento de dicho supermercado. ¡No te digo!, contra el destino no se puede. Tal parece que el destino marcaba que ese día y los siguientes serían marcados con el hambre.

¡Otra oportunidad!, ¡Otra oportunidad!
Ya de regreso a la casa, con el ánimo destrozado y con más hambre que nunca, veo un anuncio en una pescadería, la cartulina decía: “Solicito hombre fuerte, con ganas de trabajar”. Todo estaba bien, menos eso de las “ganas de trabajar”, pero, me tragué el pavor al trabajo y me decidí a llegar al lugar.
Llegué al negocio y lo primero que dije fue:
¡Vengo por el puesto que ofrecen en el anuncio!, la persona en el mostrador con cara de gusto me respondió: ¡Qué bueno que viene por el trabajo!, ¡Ya no sabíamos cómo cubrir tal puesto!, de pronto, viene a mí una idea, más bien, una incógnita: ¿Cuál sería tal puesto?
Sale de la oficina del lugar, un hombre y con una botarga entre sus brazos, me cuestiona: ¿Le entras compa? O ¿No?, tú sabes: $80 diarios y 5 latas de sardinas, nomás aquí hay que aguantar el calorcito de la botarga.
En esos precisos momentos, solo tenía en la mente llevar de comer y llevar una lana, eso del dolor de espinazo pegado a la panza está bien canijo, y casi casi, sin pensarlo le dije: Si. Ni modo, la suerte estaba echada. Al principio, eso de acostumbrarse a las pestes de sudores ajenos está bien canijo, pero, a todo se acostumbra uno menos a no comer.
Pasó el tiempo, y no crean, me costó trabajo eso de la artisteada. Tuve que inventar mi rutina de baile y algunos pasos. Es más, hasta una de mis chamacas la Melany Rosaura, me tuvo que asesorar en algunos pasos de baile. Andaba de moda una rolita de los Maná, esa del Tiburón. ¡Ya sabrán que show me aventaba!
Después de mi rutina de baile del “Tiburón” –ese es el personaje de la botarga, un Tiburón muy alegre-, de repartir volantes en la calle y limpiar las vitrinas del pescado, llego a mi casa, con mis latas de sardinas, y en ocasiones de atún. A veces, el patrón me da pescado para un caldo, cuando anda de buenas hasta unos cuantos camarones, pero eso sí, que no falten las sardinas salvadoras en nuestra mesa.
Ya voy para 5 años en el jale. Ya ni me acuerdo de la construcción. Pero, lo que si me acuerdo es de esa tarde, en la que iba todo agüitado, sin ganas de nada, y que literalmente gracias a mis dotes artísticos y de performance, pude sacar adelante a mi tribu de chamacos. Ahora mi flaquita ya no sabe cómo preparar las sardinas de tantas veces que las hemos comido. A veces, pienso y digo: ¡Gracias oh gran Neptuno!, por mandarme algunos de tus más humildes servidores a nuestra sacrosanta mesa, y con limón y cebollita, mucho mejor.

