ZONA POLITEiA; PRI: en busca del rumbo perdido

13 de diciembre de 2021

César Velázquez Robles

Hoy día, izquierda puede significar cualquier cosa. López Obrador se dice de izquierda y llama a sus correligionarios a no perder esa identidad que se funda en un afán justiciero. El PT se define también como un partido de izquierda. Movimiento Ciudadano se inscribe en esta misma línea ideológica, morena por el estilo y ahora el PRI, en su 23 asamblea nacional, asume esta adscripción. Si hiciéramos caso a tanto compromiso ideológico izquierdista, tendríamos ese espectro político mexicano muy claramente colonizado por formaciones que estarían disputándose un electorado decididamente progre; una derecha representada por el PAN sin grandes adversarios en esa franja del espectro, y un centro político poco atractivo que, como dijo el presidente, es más bien el fruto de la propaganda neoliberal.

El PRI, según uno de sus más preclaros dirigentes, Humberto Moreira, coordinador del grupo parlamentario en la cámara de diputados, no tiene duda alguna: es un partido de centro-izquierda, de claro y decidido corte socialdemócrata, que ha decidido en esta asamblea nacional, darle, según sus propias palabras, una patada al neoliberalismo. En un tuit apuntó: “Por mandato de la 23 Asamblea somos un partido de centro izquierda. Somos socialdemócratas, feministas, ambientalistas, enemigos de la discriminación, progresistas, aliados de las causas populares. Le dimos una patada al neoliberalismo que nos impusieron desde el poder”.

En realidad, la práctica política del PRI, a lo largo de su periodo de dominación política, buscó su identidad en el encuentro no de una ideología precisa –digamos como la que definió la naturaleza de los grandes partidos clásicos del mundo occidental –liberales, comunistas, socialdemócratas, demócrata-cristianos,  socialistas— sino en un modelo que economistas marxistas ortodoxos calificaron como nacional-revolucionario, una vía intermedia entre el modelo capitalista y el modelo socialista, y que caracterizó a una gran parte de los países que rompieron, a partir de la coyuntura de la Segunda Guerra Mundial, con el viejo modelo colonialista de destrucción y saqueo de sus riquezas. Este modelo suponía una alianza interclasista, que otorgaba un papel principal a la burguesía nacionalista, en el objetivo y tarea de promover un desarrollo autónomo y sostenido. Su correlato en la política era, obviamente, un gran frente nacional pluriclasista: burguesía nacional, incipiente clase obrera, trabajadores de la ciudad y del campo, estamentos militares y sectores vinculados a la educación, la cultura y la intelectualidad. En suma, un modelo en el que cabía todo mundo: había de chile, de dulce y de manteca. Este es el modelo que siguió la política en México, y que permitía a los gobiernos priistas, al identificarse con las luchas progresistas y anticolonialistas, construir la coartada que le permitía venderse en el mundo como un gobierno de izquierda. Prácticamente todos aquellos países que emprendieron guerras de liberación nacional y lograron triunfar, con el paso del tiempo devinieron en dictaduras crueles. Para fortuna nuestra, no fue el caso de México, aunque si se estableció un régimen de corte (semi)autoritario, por supuesto siempre alejado de los valores de la izquierda clásica.

Lo suyo nunca fueron los valores de igualdad y justicia. Sin embargo, siempre buscó el acercamiento con organizaciones de la izquierda mundial. Así, fue su incorporación a la Internacional Socialista, luego de que esta organización puso su vista en América Latina a raíz del golpe militar en Chile en 1973.  Con el surgimiento del PRD en México, que tenía el propósito de consolidarse como una alternativa socialdemócrata, se hicieron famosos los conflictos con el PRI en los congresos de la Internacional, cada uno de ellos reclamando para sí su condición de interlocutor legítimo con los grandes partidos de este corte. Lo más cerca que el PRI ha estado del ideario socialdemócrata, es posible encontrarlo en los documentos y resoluciones de la 19 Asamblea Nacional, en los tiempos de Luis Donaldo Colosio, gracias a un equipo de intelectuales mexicanos vinculados a esta tradición ideológica, que tenían nexos importantes con la socialdemocracia alemana, los socialistas españoles y franceses, y que nutrieron posicionamientos ideológicos de avanzada.

Lo real, lo cierto, es que los partidos mexicanos no han sido históricamente partidos ideológicos, y de la derecha, tal vez solo el PAN. Quizá se deba a la naturaleza propia del desarrollo histórico de la sociedad mexicana, en la que las definiciones ideológicas clásicas nunca han ocupado un espacio relevante. Por otra parte, la definición ideológica de un partido no se hace por decreto: supone un debate abierto, una confrontación de ideas, que un congreso virtual difícilmente puede procesar. A ello añádase la presencia de mecanismos de control que han confiscado a la militancia los espacios para la discusión, y se tienen todos los ingredientes para darle a la organización la identificación ideológica que se quiera.

El alcalde y el lenguaje político endurecido

Nunca está de más insistir en la necesidad de que en las relaciones entre los actores políticos se establezca un trato civilizado y respetuoso. Sólo así es posible acercar posiciones y limar las aristas más filosas de la relación que impiden encontrar un campo común de entendimiento. La relación entre un grupo de diputados de morena y el alcalde de Culiacán, que acumula ya un enorme deterioro, es de pena ajena. Si con los diputados de la pasada legislatura sobraba para un sainete, ahora, con la incorporación a las filas morenistas de un diputado como Serapio Vargas, la cosa adquiere ya ribetes de vodevil. Frente a declaraciones groseras e insultantes de uno de ellos, la respuesta es todavía más virulenta del otro, y así va escalando un conflicto que no tiene visos de solución. El tema de las actualizaciones catastrales, como ocurrió hace casi tres años, ha profundizado la brecha ente el presidente municipal y sus señorías en una absurda medición de fuerzas. Aquél, demandando una actualización del impuesto predial conforme al índice inflacionario; éstas, rayándole el cuaderno, y solo dispuestos a un incremento que no exceda el cuatro por ciento, bajo el argumento de evitar más daños a la economía popular.

Pero el alcalde se defiende. Tiene argumentos válidos, pero también un lenguaje bastante florido, duro, de madera, que aleja toda posibilidad de entendimiento. He aquí sus declaraciones de la semana pasada: “Para los ricos sí es mucho dinero porque van a pagar más, pero para la gente pobre el 6% de cada mil pesos, van a ser 60 pesos al año. ¿En qué les impacta? Y aquí vale la pena tocar el otro tema también, porque hay la grilla de un diputado hocicón Serapio Vargas, que nos anda hasta mentando la madre prácticamente, que dice lo del agua potable van a firmar la Ley para evitar que la reglamentemos el descuento, ya les explicamos a los diputados con palitos y bolitas, nada más él y otros dos no entendieron, y el del PAN tampoco entendió, o se hacen como que no entienden”.

¿O usted cree que con este lenguaje hay alguna posibilidad de entendimiento?