ANDO POR LA PLAZUELA

En 1968 la población de México era de alrededor 47 millones 668 mil 303 personas, la matrícula de las instituciones de educación superior en el mismo año, se estipula, era de entre 150 mil y 170 mil personas, incluyendo los alumnos de los subsistemas de educación media vinculados a las instituciones de nivel universitario.

Matrícula estimada de las principales instituciones que participaron en las protestas estudiantiles de 1968

Fuentes: https://www.ahunam.unam.mx/68/index.html, https://www.ipn.mx/decanato/archivo-   historico.html, https://www.normateca.inah.gob.mx/, https://ri.ibero.mx/handle/ibero/5421, https://direcciondearchivos.umich.mx/archivo-hist%C3%B3rico/acervo-documental, https://consejouniversitario.buap.mx/?q=content/1968, https://escolar.buap.mx/?q=content/b%C3%BAsqueda-de-kardex-o-historial-acad%C3%A9mico-para-matr%C3%ADculas-anteriores-al-a%C3%B1o-1994.

El Consejo Nacional de Huelga (CNH), lo llegaron a conformar entre 160 y 350 representantes, los cuales actuaban en nombre de un número impreciso de representados, podía ser uno o ser 10, 50… Esto dependía de la habilidad que tuviera para convencer y unir a la causa (lo que significara eso) a alumnos, maestros o transeúntes desprevenidos. Existen testimonios de los mismos miembros del CNH1 que dan cuenta de lo fluctuante del número de personas involucradas en el movimiento, así como del poco conocimiento y cohesión de fines y objetivos, fuera del grupo nuclear conformado por 5 personas del mismo CNH y en concreto de lo que fue el pliego petitorio.

En la manifestación de Tlatelolco de 1968 se especula por parte de distintas fuentes no oficiales con la cifra de 300 fallecidos, en su mayoría estudiantes. En el periodo llamado de la Guerra Sucia, que operó el gobierno mexicano de 1969 a 1982, se estima que fueron asesinadas entre 1200 y 1500 personas, sumadas a estas la Comisión Nacional de Derechos Humanos ha documentado más de 500 desapariciones en el mismo periodo, asociaciones civiles ponen esta cifra por encima de las mil.

fig 1.1

Fuente: https://www.populationpyramid.net/es/m%C3%A9xico/1968/

1Gonzáles de Alba, L. (1993). 68: La fiesta y la tragedia. Una visión crítica en Nexos, número 189, México.

Si tomamos en cuenta el universo de jóvenes entre los 15 y los 29 años, tenemos que la población juvenil en edad escolar en los sistemas de nivel profesional y bachiller en 1968 rondaba los 12 millones de individuos. El fin de establecer las cifras demográficas es obtener, más allá de los discursos que han trascendido en el tiempo e influido en la retórica política, el impacto del movimiento estudiantil, con elementos reales, en la población en general de aquel momento.  

Concediendo, por lo impreciso de las cifras, que el universo total de estudiantes calculados para los niveles medio y superior (150-170 mil) hubieran participado del movimiento (hecho estadístico imposible), estaríamos hablando de entre 1.25% al 1.4% de los jóvenes de entre 15 y 29 años. Si tomamos como referencia para la proporción de participación la población total de México estaríamos hablando del 0.32% al 0.35%.

¿Cómo se puede explicar que un movimiento tan limítrofe en relación, en su momento, a el universo de la población del país haya tomado una relevancia y tenido un impacto de carácter nacional?  

Sumando a esto, ni siquiera presentaban un discurso homogéneo y estructurado, en los panfletos y propagandas se mezclaban muy diversas ideologías e igual diversidad de reclamos, de índole personal, político, espiritual, ideológico… los cuales sólo tenían como factor común el estar de moda y ser percibidos como novedad intelectual.

Parte de una respuesta probable y posible fundada en una característica general común de los participantes del movimiento estudiantil del 68, es su pertenencia (consciente o no) a la clase privilegiada de la sociedad, no con los distintivos clásicos de concentración de capital o poder político, pero sí en el acceso a un sistema restringido de educación superior el cual para ese momento histórico todavía representaba un factor de movilidad social ascendente así como una reserva alterna de los grupos de la elite, al que no tenían acceso ni la mayoría de la población ni la mayoría de la juventud de la época.

En retrospectiva la interpretación del conflicto estudiantil del 68 y sus sucesivos sucedáneos morales en el periodo de la guerra sucia hasta llegar al grupo gobernante actual, puede leerse como el conflicto entre grupos de la misma élite nacional en su lucha por el poder, por ello no es extraño que uno de los logros que se apropian los que se identifican con este movimiento y que el status quo les concede son las reformas políticas del último cuarto del XX, las cuales tuvieron efecto sobre todo en los convenios y reglas para el acceso al poder entre los grupos privilegiados.

Es evidente, dado que el conflicto y acuerdos a los que me refiero, que estos se dieron en las cúpulas de poder, por lo tanto, se infiere que donde menos tuvieron repercusión, si no es que ninguna, fue en las capas económicas y sociales más desprotegidas, por eso no es extraño que México siga acumulando población en pobreza y pobreza extrema y este lejos de resolver el problema. Aunque en la retórica de los grupos beligerantes del 68 y sus sucesores enarbolaban banderas de índole social en los hechos se puede concluir que fueron más un recurso discursivo para lograr el apoyo de clases desfavorecidas con mayor densidad demográfica en movilizaciones de demostración de fuerza pública, para avasallar los recursos de contención de la facción de élites adversarias.

Es a través de este conflicto entre los que conforman los círculos de privilegio que se puede explicar que un movimiento que estuvo conformado con una representación demográfica ínfima tenga una repercusión simbólica y política tan dominante en el discurso público actual, que el calendario cívico se haya llenado de celebraciones que aluden organicamente a unos cientos de miles (en el mejor de los casos), los santorales oficiales y memoriales tengan como ofrendas la vida de alrededor de 3 mil acaecidos, según registros oficiales y de organismos civiles, que sin ser deseables y evidencia dolorosas para miles de familias, están lejos de las afectaciones de otros episodios históricos como la Revolución mexicana donde se establece un rango de perdida de millones de vidas (entre 1.4 y 3.5 millones) por no hablar del sisma económico y social que devino con este movimiento armado.

Incluso si la comparación pareciera desproporcionada entre ambos episodios históricos, en el discurrir de la actualidad habría que cuestionarse por qué la perdida de vidas que el país ha tenido desde que se desplegaron fuerzas militares en 2006, que en un principio se declaró Guerra contra las drogas, y que ha seguido hasta el día de hoy, 2025, con otros nombres pero en la misma lógica del despliegue militar, ya no sólo en el ámbito de la seguridad pública sino en otras esferas de la administración pública, lo cual ha costado más de medio millón de muertos, en su mayoría jóvenes, población que en el presente año, entre los 15 y los 29 años, ronda los 3 millones 260 mil individuos, es decir, la cantidad de fallecidos en el presente conflicto armado representa el 15.33 % si  sólo tomamos el total de ese rango de edades, y aún si completamos la comparación con la población total de México, la cual es alrededor de 132 millones de personas, el porcentaje de vidas perdidas estaría en un aproximado de  0.38 %.

A lo que habría que sumar el hecho de que la demografía actual refleja que la perdida de jóvenes se vuelve de mayor relevancia para nuestra perspectiva a futuro como país, en 1968 la figura poblacional (figura 1.1) era una pirámide perfecta en la que entre menor edad tenía el estrato mayor era la población, lo que hacía que la base activa y de tributación cubriera con suficiencia las necesidades del Estado para su desarrollo económico y social. Al día de hoy la proporción de nacimientos no alcanza las tazas de reemplazo poblacional (figura 1.2).

 Figura 1.2

Fuente: https://www.populationpyramid.net/es/m%C3%A9xico/2025/

Es un tema que convendría esclarecer, por qué el Estado, el gobierno y las instituciones de nuestro país se niegan a abordar la dimensión real del desastre, a casi 20 años de la escalada militar que ha provocado la muerte de cientos de miles de personas, buscar retribución a las víctimas y resarcir en algo la memoria, así como los daños que una parte de la sociedad ha recibido. A asumir el alto costo en vidas que la retórica de evasión del problema hasta el día de hoy sigue cobrando y buscar una solución real al conflicto.

Parte de la respuesta del porqué no se aplica la misma reverencia y boato público al tema de los caídos por la violencia militar que tiene como justificación el narcotráfico, como sí se aplica al tema del movimiento del 68 y la posterior Guerra sucia, es debido a la secular sacralización seudoidelógica que del episodio histórico hizo la facción de la élite de poder público actual como narrativa y discurso de apalancamiento para desplazar a sus adversarios de los puestos de decisión política.

También hay que puntualizar que el fenómeno del narcotráfico, con el cual se ha justificado la militarización del país, a diferencia del movimiento estudiantil no surgió de un círculo pretendidamente ilustrado, sino de núcleos de pobreza y en gran parte de su existencia y desarrollo ese ha sido su nicho de sostén, sólo en una pequeña proporción debido al peso económico que ha conseguido algunos de sus elementos han accedido a posiciones de poder fáctico, en buena medida debido a la relación que los círculos de poder formal han tendido hacía los grupos dedicados a ese mercado negro. Por lo que las élites entran en una contradicción al combatir a grupos de los que también se benefician.

Es en este aspecto en el que se puede observar una diferencia crucial en la construcción de las narrativas del movimiento estudiantil del 68 y el episodio de conflicto armado contra el narcotráfico: si bien los grupo del narcotráfico han llegado a ejercer cierto de nivel de poder informal es porque los círculos de poder formal consintieron y fomentaron la actividad delictiva por las retribuciones que de ello han obtenido, no son por naturaleza y estructura social elementos propiamente constitutivos  de los estratos privilegiados, han jugado un papel utilitario para las élites, en contraste al papel de los elementos que conformaron el movimiento estudiantil, los cuales eran parte consustancial de los grupos de privilegio social.                   

Lo que en el tiempo ha formado un discurso de satanización y condena moral para unos, y una épica social-moral para otros. En términos llanos hemos conformado como sociedad una simbología y una narrativa donde unas vidas valen más que otras en episodios de violencia institucional de Estado igual de injustificable.

Encabeza Gobernador Rocha Cabalgata de inicio de Expo Feria Ganadera 2025

Socialdemocracia y socialismo democrático: dos caminos y una confusión.

En el debate político contemporáneo se ha vuelto frecuente escuchar, incluso entre analistas serios, la confusión entre dos términos que suenan similares, pero que en realidad representan modelos ideológicos distintos y, sobre todo, resultados sociales profundamente diferentes: la socialdemocracia, que caracteriza a los países nórdicos, y el socialismo democrático, corriente que ha resurgido en los Estados Unidos y en otras partes del mundo como una forma de reivindicación social y política frente al capitalismo global.

Aunque ambos comparten un lenguaje de justicia social y una sensibilidad hacia la desigualdad, su estructura conceptual, su visión del Estado y del mercado, e incluso su concepción del progreso son radicalmente distintas.

ORIGEN HISTÓRICO DE LA SOCIALDEMOCRACIA

La socialdemocracia nació en Europa a finales del siglo XIX como una derivación del movimiento obrero y del pensamiento socialista clásico. Sin embargo, tras la Primera Guerra Mundial y especialmente después de la Revolución Bolchevique de 1917, se dividió el mundo de la izquierda en dos corrientes: la marxista-leninista, que optó por la vía revolucionaria y autoritaria, y la socialdemócrata, que eligió la vía parlamentaria, gradualista y democrática.

Los partidos socialdemócratas europeos —en especial el SPD alemán, el Partido Laborista británico y los partidos socialistas escandinavos— comprendieron que el progreso social podía alcanzarse sin destruir la economía de mercado, sino reformándola y regulándola. La riqueza, razonaban, debía producirse primero para luego distribuirse con equidad. No se trataba de expropiar, sino de garantizar que los frutos del crecimiento se repartieran con justicia. Esa fue la gran intuición del siglo XX: la conciliación entre eficiencia económica y justicia social. De ahí surge el Estado de bienestar, la negociación tripartita entre gobierno, sindicatos y empresarios, y un régimen fiscal progresivo que financia la educación, la salud y la protección social sin romper el dinamismo productivo.

LA MADUREZ DEL MODELO NÓRDICO

El ejemplo más depurado de socialdemocracia se encuentra en Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia. Estos países consolidaron un modelo económico que combina mercados libres, altos impuestos progresivos y servicios públicos de calidad. Pero lo que distingue a la socialdemocracia nórdica no es sólo su política fiscal, sino su cultura institucional. Allí, los impuestos no son vistos como un castigo, sino como una inversión colectiva en bienestar y confianza social. Los ciudadanos pagan altos tributos, pero reciben educación, salud y seguridad social de excelencia, gestionadas con una transparencia casi absoluta. El resultado es un círculo virtuoso: la confianza genera cumplimiento, el cumplimiento financia servicios de calidad, y los servicios fortalecen la cohesión social. Además, estos países no son enemigos de la productividad ni de la innovación. Por el contrario, son líderes en tecnología, investigación, energías limpias y educación. El Estado socialdemócrata no subsidia la ineficiencia, sino que impulsa la competitividad mediante políticas públicas inteligentes. La empresa privada prospera porque opera dentro de un marco estable, justo y predecible. En síntesis: la socialdemocracia no sustituye al mercado, lo civiliza.

LA RUPTURA CON EL MARXISMO CLÁSICO

Una de las claves de la socialdemocracia fue su ruptura con el marxismo revolucionario. Mientras el socialismo clásico consideraba que la historia era una lucha entre clases y que el Estado debía ser el instrumento de la dictadura del proletariado, los socialdemócratas comprendieron que la democracia parlamentaria podía ser el camino más eficaz para alcanzar reformas profundas sin violencia. En lugar de expropiar fábricas, prefirieron establecer reglas laborales justas. En lugar de eliminar el lucro, optaron por gravarlo con impuestos progresivos. En lugar de imponer una economía planificada, crearon una economía mixta, donde el Estado interviene para corregir fallas del mercado, no para sustituirlo. Así, la socialdemocracia fue una izquierda que aceptó la libertad económica y la alternancia política como condiciones para la justicia. Su mérito radica en haber hecho posible una síntesis entre libertad, igualdad y bienestar, los tres ideales que rara vez coexisten.

EL SURGIMIENTO DEL SOCIALISMO DEMOCRÁTICO CONTEMPORÁNEO

En las últimas dos décadas, especialmente en el mundo anglosajón, ha resurgido una corriente que se autodenomina socialismo democrático. Su versión más visible proviene de los Estados Unidos, con figuras como Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez, o el recién electo alcalde de Nueva York Zohran Mamdani de origen africano y musulmán. Estos políticos se inspiran en la indignación ante las desigualdades del capitalismo contemporáneo, el encarecimiento de la vivienda, la precariedad laboral y el costo de los servicios básicos. El socialismo democrático estadounidense no es marxista en sentido clásico, pero mantiene una desconfianza profunda hacia el mercado y el capital privado. Su propuesta central es expandir los servicios públicos gratuitos —salud, educación universitaria, transporte, vivienda— financiados mediante aumentos significativos de impuestos a los más ricos y a las corporaciones. Su narrativa es moral y redistributiva: enfatiza la injusticia estructural del capitalismo y propone una transformación del modelo económico a través de la democracia electoral. Sin embargo, esta corriente carece de una visión productiva del desarrollo. A diferencia de los socialdemócratas nórdicos, los socialistas democráticos actuales no ponen el énfasis en la creación de riqueza, sino en su redistribución inmediata. No se preguntan tanto cómo generar prosperidad, sino cómo repartirla. Y en ese desplazamiento de prioridades se revela una diferencia esencial.

LAS DIFERENCIAS ESTRUCTURALES ENTRE AMBOS MODELOS (4 EJEMPLOS)

Aunque los dos discursos se presentan como “de izquierda democrática”, la distancia conceptual entre la socialdemocracia y el socialismo democrático es profunda, pues por ejemplo en lo económico, la socialdemocracia defiende una economía mixta, con mercado libre, competencia, innovación y una política fiscal redistributiva, mientras que el socialismo democrático tiende a proponer mayor control estatal, subsidios generalizados y, en algunos casos, estatización de sectores estratégicos. La primera confía en la regulación; la segunda, en la intervención directa; es decir: La primera busca equilibrio entre eficiencia y equidad; la segunda, prioriza la justicia incluso a costa del crecimiento.

En lo institucional, la socialdemocracia se sostiene en instituciones fuertes, transparentes y estables, el socialismo democrático, en cambio, al enfatizar la justicia inmediata, suele subestimar la importancia de la gobernanza y termina depositando demasiada fe en la voluntad política: Los países nórdicos funcionan porque su burocracia es profesional, sus funcionarios son incorruptibles y el Estado responde a la ley, no a la ideología. Allí, la política es un servicio, no una cruzada.

El ideal socialdemócrata es la responsabilidad colectiva: cada ciudadano contribuye con su trabajo y sus impuestos al bienestar común, lo cual no ocurre en el socialismo democrático pues ahí el ideal es la reivindicación moral de los desfavorecidos, incluso si eso implica penalizar al que produce más. La diferencia puede parecer sutil, pero tiene efectos profundos: uno crea cohesión; el otro, resentimiento.

En lo cultural, La socialdemocracia se apoya en una cultura cívica disciplinada y meritocrática, donde la confianza en las instituciones es parte del tejido nacional, no así en el socialismo democrático, que al ser más joven y más reactivo, se alimenta de movimientos identitarios, activismo y protesta. En los países donde el Estado es débil o la corrupción alta, el modelo socialdemócrata difícilmente puede replicarse; requiere una base ética y cívica que lo sostenga.

LA ECONOMÍA MORAL FRENTE A LA ECONOMÍA PRODUCTIVA

Una de las causas del atractivo del socialismo democrático es su lenguaje moral: promete justicia, dignidad y reparación. Pero ese lenguaje suele prescindir de la economía como ciencia. En los hechos, un Estado que multiplica subsidios sin crecimiento termina financiando su justicia con deuda o inflación: La igualdad sin productividad se vuelve insostenible. Desde décadas atrás, la socialdemocracia entendió que para poder redistribuir primero hay que producir: Por eso los países nórdicos no solo son los más igualitarios, sino también los más innovadores del planeta; su bienestar descansa sobre una economía moderna, tecnológica y abierta, donde el Estado no es enemigo del empresario, sino su socio regulador. La izquierda que olvida esa ecuación —la que reparte sin crear— termina hundiendo las bases de su propio ideal.

UN EJEMPLO CONTEMPORÁNEO

El caso del político neoyorquino Zohran Mamdani ilustra bien esta nueva sensibilidad. Su campaña en Queens se centró en ofrecer transporte público gratuito, vivienda asequible y servicios estatales universales. Sus propuestas apelan a una población que sufre la desigualdad extrema de la metrópoli más rica del mundo. Su discurso es justo en su intención, pero carece de un planteamiento claro sobre cómo sostener financieramente esos servicios sin afectar la inversión y el empleo. En ese sentido, el socialismo democrático norteamericano es una respuesta ética a la injusticia, pero todavía no un modelo económico viable. Su fortaleza está en la denuncia, no en la gestión.

LA LECCIÓN DE LA SOCIALDEMOCRACIA PARA EL SIGLO XXI

El mundo de hoy enfrenta desigualdades enormes y una crisis ambiental y tecnológica que exige repensar el modelo económico. Pero el camino no pasa por el retorno al estatismo ni por la demonización del mercado. El futuro está, quizá, en una nueva socialdemocracia global, capaz de regular la economía digital, gravar las grandes fortunas transnacionales y proteger el trabajo humano sin ahogar la innovación. Esa nueva socialdemocracia deberá ser verde, tecnológica y meritocrática, pero también humana y solidaria. Su desafío será mantener el equilibrio entre crecimiento y equidad en un mundo donde los extremos ideológicos vuelven a polarizarlo todo. Frente a la tentación del populismo o del socialismo redistributivo, la lección escandinava sigue siendo vigente: la prosperidad sostenible solo existe donde hay ética pública, transparencia institucional y ciudadanía responsable.

La diferencia entre socialdemocracia y socialismo democrático no es semántica, sino estructural. La primera representa la madurez de la izquierda democrática: una visión reformista, realista y sostenible. La segunda expresa una reacción moral ante las injusticias del capitalismo, legítima en su intención, pero limitada en su comprensión económica. La socialdemocracia reconcilia el capital con la justicia; el socialismo democrático intenta sustituir el capital con justicia. El resultado histórico es elocuente: los países socialdemócratas son prósperos, libres y cohesionados; las experiencias de socialismo democrático apenas están en fase de experimento, y hasta ahora carecen de éxitos duraderos. En tiempos de desconfianza global hacia la política, conviene recordar que los pueblos no prosperan por decreto, ni por buenas intenciones redistributivas, sino por la solidez de sus instituciones, la educación de sus ciudadanos y la honestidad de sus gobiernos. La justicia social no se impone desde arriba; se construye con disciplina, transparencia y responsabilidad compartida. Esa ha sido —y sigue siendo— la diferencia esencial entre la socialdemocracia que produce bienestar y el socialismo democrático que sólo promete igualdad.