Capítulo uno

Víctor J. Pérez Montes

…al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar…

Cantares

Joan Manuel Serrat

…No soy de aquí, no soy de allá…

Facundo Cabral

Capítulo I

Era  el cielo azul, intenso, como esos cuadros religiosos que hay en las iglesias, la llanura verde, espesa con un intenso olor a yerba fresca, algunas flores de colores a la distancia, eran el paisaje perfecto, el viento fresco como esas mañanas de lluvia, en las que tu cara queda húmeda, fresca, como si no ocuparas lavártela al despertar.

De pronto, me veía bajando rápidamente una loma, su perfecta pendiente era todo un placer recorrer sin medir la fuerza, ni la velocidad con la que corría, en ese instante una voz agradable, tierna, pero firme, me hizo pararme de repente, volteaba para todas direcciones, y en esos precisos momentos, sentí un firme, pero tierno abrazo, y la voz con un tierno tono me decía: Juanito, Juanito, ¡no me olvides!, ¡siempre pienso en ti!

En esos momentos en los que empezaba a sentir una paz y seguridad profundas, algo que jamás había sentido en mi corta vida, en ese preciso instante, el olor a café, los ruidos de animales, pero los gritos infernales, insultos y maldiciones de mi abuela Macaria, eran los ruidos que ensordecían mi mente, y por sí fuera poco, estaba aturdido por la garrotiza que me había propinado minutos antes, “un mal golpe” me había dejado ausente, fuera de sí.

Lo único que recordaba era que venía a la casa, y que se me habían caído la canasta de huevos de las dos gallinas ponedoras que tenía en el corral, las otras ocho que tenía se las había tragado el perro de don Simón, el ciego del pueblo, que nomás le hacía al cieguito para no trabajar, en ese preciso instante, en el que limpiaba los 3 huevos que se me había caído, sentí un fuerte impacto en la nuca, en esos momentos ya no supe de mi.

Cuando abrí los ojos, me sentía aturdido, el fuerte dolor de cabeza seguía aturdiéndome la mente, no sé cuánto tiempo pasé inconsciente, sólo recuerdo haber estado fuera de mí, inconsciente, la hora, no lo sé, sólo recuerdo que estaba oscureciendo, eran como las seis de la tarde, mis lágrimas ya se había secado, aún eran visibles en mi espalda las líneas de los chicotazos que me había dejado mi abuela en diferentes ocasiones, el pretexto era lo de menos, el objetivo, matarme a golpes.

Entre recuerdos y malos pensamientos se repetía en mi mente, las palabras “es la última vez, no más, se acabó”, ya no había vuelta atrás, entre más recordaba la golpiza, más se enterraba en mi mente, la idea de muerte, es decir, mi abuela ya estaba muerta para mí.

De pronto, parecía que un rayo había caído en mi cabeza, una idea se deslumbraba y mis ganas de aventura daba muestras de viveza, recordé que tenía unos cuantos pesos en una lata antigua de metal, sin más que esperar, me fui corriendo a la pasada de los camiones foráneos, no me importó como iba vestido, ni la ruta o dirección del autobús, sólo recuerdo haber hecho la parada al primero que pasó, mi destino Guadalajara, mi origen Coquimatlán, en el estado de Colima.

Llegué a la central de camiones de Guadalajara, recuerdo haber bajado del autobús, con miedo, volteaba para todos lados, como sí de verdad fuera a conocer a alguien, como sí alguien me diera una dirección o algún consejo para saber qué hacer en esos momentos. Empecé a caminar por el pasillo de la central de autobuses, escuché a un hombre gritar: ¡Acaponeta en 15 minutos!

Era ya noche, el clima frío del mes de noviembre empezaba a hacer estragos en mis brazos y en mi cuello, una hora atrás, la lluvia había dejado de caer, el aliento enfrente de mi cara empezaba a ser visible, de manera involuntaria empezaba a temblar, del arrebato en que había dejado el pueblo, ni la camisa de franela había agarrado, fue cuando caí en cuenta que no había comido desde la noche anterior, bueno, sí al café con leche y galletas de animalitos se le podía llamar cena.

Al otro lado de la calle, había una señora con su puesto de tamales y atole, el hambre me traía muchas malas ideas, pero la única buena que se me ocurría era, acercarme y pedirle unos tamales y un jarrito de atole y salir corriendo, pues que más daba, era la segunda vez que estaba en Guadalajara, la primera vez que había viajado a Guadalajara era con Don José, un criador de cerdos, vecino de mi abuela que me había pedido que le ayudara con los sacos para alimento de cerdo.

Años después supe su hijo Joselo, “el Chelo había estudiado para veterinario en la Universidad de Guadalajara, y se había regresado e inaugurado la granja de cerdos “La alteña”, después supe que fue presidente municipal y senador por el estado de Colima cuando estaba de presidente López Portillo, quién lo hubiera imaginado que de los cochitos se hubiera metido en una porquería más grande.

De pronto, estaba parado enfrente de la señora de los tamales, y sin más que decir, me ve a los ojos y me pregunta con un acento tierno y maternal -la misma voz que escuchaba en el sueño-: Hijito, ¿ya comiste?, la sorpresa era tal, que sólo moví la cabeza de manera negativa, me dio un plato con tres tamales y un jarrito de atole, aquella cena era un manjar, sin mencionar que los tamales rara vez los comía, sólo los comía en casa de doña Tencha en el año nuevo o en el día de muertos, eso sí me llegaban a invitar.

¿A dónde vas?, me preguntó la señora, le dije: No lo sé, lejos, muy lejos de aquí, sin averiguar, me dio doce pesos, sólo pude articular un “gracias”, dejé el plato vacío y el jarrito, en mis quince años, sólo había recordado algo parecido al gesto de bondad de Don Roy, cuando me quiso regalar unos zapatos que tenía en su abarrote, pero, la verdad era que el pinche viejo mañoso me quería poner una trampa para manosearme atrás de su mostrador. Don Roy era un pinche gallego que llegó durante el tiempo del Tata Cárdenas, que nunca se había casado, pero ahora sabía el porqué.

El camino de Guadalajara a Acaponeta se me hizo eterno, llegamos a las cuatro de la mañana, el tiempo era diferente, estaba un poco fresco, recuerdo haber pensado, este será un nuevo comienzo, solo el hecho de respirar en otro lugar, hizo que mi mente se llenara de buenos recuerdos e intenciones.

No sabía qué hacer, ni a dónde ir, caminé sin rumbo, fingiendo saber a dónde debía ir, de pronto, estaba en la plaza del pueblo, busqué una banca y esperé la luz del día, pero con la luz del día, también llegó el hambre, esa maldita ansiedad, que nunca en mi vida la pude quitar, pero ahora, el hambre era más que la que sentí antes de llegar a Guadalajara.

De nuevo, vino a mi una idea, una de esas que no te queda más que hacer algo o muy bueno o muy malo, opté por hacer lo bueno: ¡barrer o limpiar los jardines a cambio de unas monedas o en su defecto, por comida, la suerte estaba echada, y para más fortuna, estaba de mi lado.

Exactamente en frente del quiosco de la plaza, estaba una antigua casona, a los minutos de mi idea, se abrió una de las alas de los portones principales, pasó una señora y dijo: ¡Buenos días doña Paula!, en eso, salió esta señora, encorvada por los años, al parecer viuda, sin haber conocido la maternidad. En esos momentos me acerqué y lo primero que se me vino a la mente fue preguntarle por trabajo.

Doña Paula, con una cara de entre sorpresa e incredulidad, me preguntó: ¿qué sabes hacer?, yo sin amedrentarme le respondí, de todo un poco, y si no sé, ¡aprendo!, me preguntó sí sabía algo de jardines, le dije que sí, a los minutos, me enseñó la casona, necesitaba pintura, resane, el jardín del centro del patio principal era casi inexistente, la verdad esa labor sería titánica, ardua, pero que a la postre, esos conocimientos de jardinería, albañilería y plomería me darían excelentes dividendos.

Pasaron los días, las semanas, los meses, y Doña Paula Rojas fue como la madre que nunca conocí, me recogió de la calle, me hizo leer libros, me hizo escribir y mejorar mi caligrafía, la forma de hablar, a no hablar con improperios, groserías o maldiciones, recuerdo una frase que siempre usaba: “la Gente que maldice o habla de manera soez no es de fiar”.

También iniciaría un proceso de refinamiento y buenas costumbres, al momento de comer en la mesa, el tenedor correcto, el evitar los ruidos al comer, el decir “gracias”, “por favor”,  “sería tan amable de…”. Ser todo un caballero no tenía que ver con el dinero, era una cuestión de educación, otra de las frases de doña Eufrosina Rojas.

Recuerdo haber estado impresionado por la biblioteca de su difunto esposo, me hizo leer libros, recuerdo haber soñado semanas completas la obras de la Ilíada y la Odisea, era otro mundo, verdaderamente era otro mundo el que empezaba a vivir y percibir por mis sentidos.

Me enseñó algo de contabilidad y administración -ella le llamaba teneduría de libros-, ella tocaba el piano, me enseñó algunas canciones y a leer música, la primera canción que toqué en el piano fue “los changuitos”, bueno, nunca supe cómo se llamaba esa pieza musical, sería años después que la escuché de un carro vendedor de nieves y alguien me dijo que así se le decía. En fin me gustaba mucho esa canción.

Los conocimientos de contabilidad y administración que me enseñaría nunca estaría de más en mi formación, doña Eufrosina me decía: “Sí sabes administrar y hacer la contabilidad por tu cuenta nadie te hará tonto, y menos te robarán”, y de verdad que sí, esas palabras parecerían haber salido de una vidente, alguien que sabía que en mi futuro los negocios estarían presentes en mi vida, para bien o para mal, eso se sabría con el paso del tiempo. No sabía qué, ni cuándo o dónde, lo único que sabía era que algo necesitaba hacer para que sucediera, como dije antes, no sabía qué, ni cuándo y ni dónde, es curioso, pero algo me decía que mis días estaban contados con mi madre, Doña Paula Rojas viuda de Urtusuástegui.

Me levanté una mañana muy temprano, abrí la ventana, el aire combinado con los rayos de sol hacían una extraña mezcla entre frescura otoñal y nostalgia matutina, la acción obligada era ver a Doña Paula, para ese entonces ya le llamaba “madre”; Tomé un baño, me cambié, me dirigí a la puerta del cuarto de ella, cuando de pronto un presentimiento me paralizó, sentí que algo había perdido, no quise hacer caso a ese sentimiento, de pronto, toqué la puerta, no me contestó, la volví a tocar, y nada.

Quise abrirla, tenía seguro, llamé a los de la servidumbre, usaron la copia de las llaves de la puerta, cuando en ese momento pude abrir el cuarto, mi madre estaba tendida en la cama, su cara estaba ya completamente desfigurada, su cuerpo ya estaba poniéndose frío, llamamos al médico del pueblo, el doctor Pedro García, sólo nos confirmó lo obvio, había fallecido durante la madrugada.

Estaba en trance, no sabía qué hacer, solo recuerdo las instrucciones que me daba el médico y el procedimiento para llevar a cabo el funeral, fueron días largos, pesados, tristes, solos, pero sobre todo muy amargos.

El funeral duró tres días, al parecer todo el pueblo la conocía, era extraño, todos estaban en el día de su muerte, pero nunca estuvieron en los días de su existencia, recordaba las palabras de doña Paula, “cuando me muera medio pinche pueblo va a venir nomás por la curiosidad, pero nunca por caridad”. Y así fue.

La misa de cuerpo presente, estaba a reventar. Gente de todos los pueblos de alrededor llegaron, familias completas hacían llegar sus condolencias, a mi ver, todos pensaban que muerta la señora, lo lógico sería ir a la antigua casona y rapiñar lo que se pudiera, pero que equivocados estaban. Eso jamás iba a pasar.

La primera vez que perdí a mi abuela, lloré pero de coraje, de un odio tan profundo que sólo el genuino amor que doña Paula pudo desvanecer, dicho amor fue capaz de curar esas viejas heridas y hacerme sentir que era posible amar y creer en los demás.

Pasaron las semanas, la familia de doña Paula, reclamó su derecho de la finca y otras propiedades, nunca fue mi intención quedarme con ellas, ni mucho menos pelear algo que ni era mío y mucho menos pagar con ambición desmedida a la que había sido más que una benefactora, es decir una madre para mí y mi orfandad sin refugio en esta vida.

Los trámites se realizaron, la finca y las otras propiedades se pusieron en venta. Mi tiempo en Acaponeta estaba finalizando. Ya habían pasado siete largos años de la llegada de un chamaco de 13 años, que sin más que una buena voluntad y mucha hambre de aprender a trabajar, partiría siendo otro, sí mejor o peor no lo sé, lo único que sé es que era diferente, totalmente diferente.

Era el tiempo de partir, el mes era febrero, el año 1970. Un conocido que surtía  víveres a doña Paula, me había comentado la apertura de los trabajos de construcción de una planta generadora de electricidad, al parecer el nuevo gobierno, iniciaría una serie de proyectos de plantas generadoras de electricidad, y una se estaba gestando a la entrada de la ciudad de Mazatlán.

Para ser sinceros, nunca había escuchado de esa ciudad, sólo sabía que tenía playa y párale de contar, pero nunca imaginé los alcances que tendría en esa pequeña ciudad porteña, sobre todo para un joven de escasos 20 años, con ganas de vivir emociones, no sé si buenas o malas emociones, pero lo que sí sabía era que quería vivir grandes emociones

Invita UAS a niños y jóvenes a participar en el concurso “Mi vida durante la pandemia”

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Junio 13, 2020.- La Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) a través de Editorial UAS y como una muestra del interés por parte del Rector, doctor Juan Eulogio Guerra Liera, de continuar apoyando e impulsando el aspecto cultural en niños y jóvenes como parte de su formación integral, invita a todos los estudiantes de primaria, secundaria y preparatoria a participar en el concurso Relato Infantil y Juvenil “Mi vida durante la pandemia”.

Al dar a conocer lo anterior, la directora de Editorial UAS, Ilda Elizabeth Moreno Rojas, informó que con este concurso se busca estimular y desarrollar la creatividad literaria de los niños y adolescentes sinaloenses.

Puntualizó que dicho certamen está abierto a todos los estudiantes del estado de Sinaloa en las categorías: primaria, secundaria y preparatoria, que deseen participar con su historia en la que relaten y compartan sus vivencias del confinamiento por el virus del COVID-19.

“Se trata de llevar una especie de registro histórico de cómo en este tiempo los niños y los jóvenes han vivido el confinamiento (…) pero también de que reflexionen acerca de esto que está ocurriendo y que de frente a la pandemia, pueden ejercer su capacidad reflexiva y de escritura”, manifestó.

Detalló que los participantes deberán enviar un texto de una cuartilla en el que cuenten ¿cómo han vivido la cuarentena?, ¿cómo se han cuidado?, ¿por qué ha sido importante quedarse en casa? y todo lo que quieran expresar en torno a su experiencia en estos meses de pandemia.

“Incluso estamos aceptando trabajos colectivos, porque hay salas de lectura que están enviando un trabajo colectivo de niños (…) llevamos cerca de 100 trabajos en las tres categorías, de ahí se hará una selección para publicar un libro con los datos de cada participante. Si todos los relatos son buenos, se publicarán todos”, expuso.

Mencionó que el jurado calificador está compuesto por prestigiados escritores quienes elegirán las mejores historias por categoría, las cuales serán publicadas en un libro edición especial a cargo de la Dirección de Editorial UAS.

Las obras seleccionadas se darán a conocer en septiembre, informando la decisión del jurado a los autores ganadores.

Los interesados en concursar deberán de enviar sus trabajos antes del 30 de junio al correo electrónico: editorial@uas.edu.mx junto con su nombre, dirección, correo electrónico, número de teléfono y una ficha que incluya los datos de su escuela y grado escolar.

Para conocer las bases y obtener mayor información pueden consultar la página web: http://editorial.uas.edu.mx/ConcursoInfantil.pdf.

“Lo que queremos es que más niños se incorporen a este concurso, es relativamente fácil. Tienen tiempo, sentarse, reflexionar y describir cómo está siendo su vida durante esta época”, dijo.

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Cultura UAS convoca a integrarse al Club de Lectura para Adultos

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Junio 15, 2020.- En estos tiempos de cuarentena la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), por encomienda del Rector, doctor Juan Eulogio Guerra Liera, ha venido fortaleciendo su abanico de opciones culturales en la idea de brindar a la comunidad espacios de sano esparcimiento gratuitos a manera de que puedan sobrellevar de forma más agradable el aislamiento que se vive por la emergencia sanitaria a nivel mundial.

Tal es el caso, del Club de Lectura para Adultos y Adultos Mayores que coordina el dramaturgo sinaloense, Ramón Perea Rubio, el cual, como muchos otros talleres, pasó de desarrollarse de forma presencial en la Casa de la Cultura de la UAS a transformarse a formato virtual para continuar acercando la cultura a toda la sociedad.

Esta comunidad literaria, destacó Perea Rubio, es una oportunidad de invertir el tiempo en actividades enriquecedoras como lo es la lectura y por medio de esta, socializar, intercambiar opiniones, reflexionar y, además, dijo, es un buen ejercicio para mantener la mente saludable.

“Es muy importe que las personas tengan saludables sus emociones en este encierro, que se sientan activas a nivel del pensamiento, porque la literatura crea salud a través del ejercicio, del disfrute de una metáfora. Nosotros leemos pequeñas historias, cuentos que mantienen a los usuarios del club de lectura ocupados”, indicó.

Teniendo como único requisito el gusto por la lectura, este encuentro grupal se lleva a cabo cada sábado de 11:00 a 13:00 horas, a través de la plataforma de Zoom, en donde en cada reunión los participantes comentan y comparten sus opiniones y experiencia con la lectura realizada.

“La idea es que las personas que no viven en Culiacán y quieran integrarse al club de lectura de manera virtual lo pueden hacer, porque el formato virtual en reuniones en Zoom nos permite que cualquier persona de la República e incluso del extranjero puedan integrarse a nuestras sesiones. El único requisito es tener el interés por la lectura”, enfatizó el dramaturgo.

Asimismo, el universitario, agradeció al Rector de la Casa Rosalina, doctor Juan Eulogio Guerra Liera, por el apoyo que brinda para que el área cultural siga manteniendo sus actividades pese a los recortes presupuestales.

De igual forma, adelantó que una vez que las autoridades permitan el desarrollo de actividades presenciales en la Casa de la Cultura de la UAS, también, se seguirá ofreciendo el club de lectura virtual, ya que actualmente hay usuarios de distintas partes de México que lo integran.

Los interesados en inscribirse y formar parte del “Club de Lectura para Adultos y Adultos Mayores”, lo pueden hacer por medio de mensaje de WhatsApp al número celular 667 330-25-87 en donde les proporcionarán los pasos a seguir para integrarse a esta comunidad lectora.

“A los universitarios jubilados que quieran continuar trabajando, leyendo, disfrutando, haciendo comunidad a través de la lectura; a los jubilados de otras instituciones, a los sinaloenses en general que quieran integrarse a esta comunidad lectora, esta es la invitación para que nos acompañen los sábados en las sesiones de Zoom”, convocó.

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