ZONA POLITEiA: Revocan una ley que nunca entró en vigor.

20 de enero de 2022

César Velázquez Robles

En el ámbito nacional, todos los gobernantes tienen la tentación autoritaria de limitar los controles que impiden el ejercicio arbitrario del poder. El PRI no perdía oportunidad de amenazar con iniciativas de reforma electoral que contenían, casi siempre, la intención de reducir la cantidad de diputados tanto de mayoría relativa como de representación proporcional. Desde la tienda de en frente, las oposiciones, el PAN y el PRD, primero, y después morena, hacían una defensa numantina del tamaño del Congreso y, sobre todo, de los diputados de representación proporcional con el argumento central –a mi juicio correcto– de que su existencia era la mejor garantía de corregir las distorsiones de la representación. La llegada al poder de morena no modificó mucho los argumentos: simplemente se invirtieron los términos de la ecuación. Morena pasó a defender el recorte de parlamentarios, mientras que el PRI, ahora en la oposición, enarboló los argumentos que antes eran la bandera de las minorías. Por allá a mediados del año pasado, el presidente López, por ejemplo, en una reunión con empresarios en la que abordó el tema de la reforma electoral, (se) preguntó: “¿Para qué tantos diputados? ¿Por qué no nada más se quedan los de mayoría? ¿Por qué no se quitan las 200 plurinominales, pero no solo en la Cámara de Diputados, también en la de Senadores? Vamos a reformar la ley, la Constitución, para que haya democracia plena”, Claro, como siempre estaba la salvedad presente: “Si no quieren los legisladores, nada por la fuerza”.

En los estados, réplicas de los gobiernos federal, los gobiernos estatales seguían –siguen ahora más que nunca— las  directrices de la Federación. Cada gobierno subnacional, claro, por supuesto, con el control de su poder legislativo, asumía como propia la política diseñada por su partido. Sinaloa no fue la excepción. Apenas iniciado el gobierno de Quirino Ordaz Coppel, envió al Congreso una iniciativa de reforma electoral para reducir el tamaño del poder legislativo, recortando la cantidad de diputados de mayoría relativa y de representación proporcional. Fue una iniciativa que no estuvo precedida de una discusión amplia en la sociedad, tan apresurada que sorprendió a todo mundo, pues no estaba en la agenda de asuntos públicos relevantes. Un Congreso de clara mayoría priista sacó adelante sin problemas de la reforma, que reducía el Congreso a 30 diputados –20 de mayoría relativa y 10 de representación proporcional— y disminuía también el tamaño de los 18 cabildos. La reforma entraría en vigor para las elecciones de 2021. Pero hete aquí que para 2021 el PRI ya no era la mayoría en el Congreso, sino morena. Unos y otros dejaron en suspenso la ley, de tal modo que para las elecciones de junio de 2021 se votó por 24 diputados de mayoría relativa y los correspondientes 16 plurinominales. Se esperarían mejores tiempos para revocar esa ley que nunca entró en vigor, al menos en loque se refiere a diputados. Ese momento llegó esta semana: se vuelve a lo que nunca se cambió.

En realidad la reforma quirinista no tenía motivación política, mejorar la representación, facilitar el desempeño y productividad de los legisladores o responder a un sentido reclamo ciudadano. Simplemente se aprovechó del desprestigio de un poder que funcionaba como oficialía de partes del poder ejecutivo, y de unas figuras políticas poco dispuestas a expresar su autonomía e independencia política. El argumento era más bien el prosaico asunto económico: disminuir el costo de un poder y reorientar los recursos hacia la atención de las más sentidas demandas populares.

Ni la reforma ni la contrarreforma se hicieron con el consenso ciudadano. Simplemente fueron decisiones del poder para materializar ideas malas (disminuir el espacio de la representación) que parecen buenas (reducir el parasitismo político y el carácter oneroso de un poder ineficiente que no representa un contrapeso real, según una muy extendida percepción ciudadana). Los argumentos mismos de sus señorías son bastante pobres, según los recoge Alejandro Sicairos en su columna Observatorio: “de haberse llevado a cabo la reducción de diputaciones, hubiese provocado que el Congreso del Estado pierda representatividad por lo que respecta a los habitantes del estado, toda vez que mientras menos legisladores se tengan, menor será la capacidad de atención por cada legislador a sus representados”. O este: “las 75 mil 674 personas que representa cada diputado pasarían a ser más, haciendo más difícil la labor de cada representante popular en abarcar y atender las necesidades de sus representados”.

Si acaso, una referencia que debería haber sido el hilo conductor de toda la trama argumental: “reducir el número de diputaciones locales de 40 a 30 implica que la voluntad ciudadana, garantizada precisamente en que cada voto cuente con el mismo valor, se vería afectada en relación a las diputadas y los diputados electos por el Principio de Representación Proporcional, al eliminar espacios que pudieran ser asignados de acuerdo a la totalidad de sufragios obtenidos por un partido político en una elección, independientemente de las curules alcanzadas de acuerdo a los resultados en los Distritos Electorales Uninominales”.

¿Y este argumento no lo vieron en su momento los diputados del PRI que habían aprobado sin discusión la ley reduccionista?

Pero me parece que no hay que exagerar ni sacar las cosas de quicio: dice Sicairos que en el propósito de restablecer su estatus, los diputados “no calcularon las consecuencias que ello tiene para finanzas públicas devastadas y la decaída capacidad contributiva de la población que no soportan mayores cargas de estructuras burocráticas que en nada benefician a los gobernados.”  El asunto no es económico-financiero; es político. Diez diputados más, diez diputados menos, no significan carga para el erario, no modifican de manera sustancial el presupuesto de este poder. El asunto está en la calidad de la deliberación, del debate. En un ejercicio ético que dignifique la calidad de nuestra democracia. Eso es lo que hay que exigirle al Congreso. Ahí nos salen debiendo. Eso sí tiene consecuencias para nuestra convivencia.

ZONA POLITEiA: Una propuesta de austeridad para exterminar al INE

14 de enero de 2022

César Velázquez Robles

El presidente López Obrador no ceja en su empeño de exterminar al INE. Recurre a todas las argucias legaloides para debilitar y arrinconar al árbitro electoral, reducir su capacidad de gestión y deslegitimar sus decisiones. La acusación sistemática de que el organismo con autonomía constitucional despilfarra los recursos públicos que recibe, que las elecciones que organiza son las más costosas del mundo, que los salarios de sus comisionados son de lujo y resultan humillantes y agraviantes para el ciudadano medio mexicano, han estado ahí, presentes de manera permanente en el espacio público, y ha permeado en la mente de un sector nada desdeñable del electorado, que también reclama con  furia mal disimulada, la destitución de Lorenzo Córdova y Ciro Murayama, así como de otros comisionados que defienden la autonomía e independencia de la institución electoral. Como he dicho en otras ocasiones, prácticamente todos estos exabruptos del poder carecen de peso. Si acaso, como he escrito en este espacio, el tema de los altos salarios si merece una reconsideración, aunque hay que decir que fueron los legisladores quienes lo decidieron, pero eso no justifica, en mi criterio, esa resistencia expresada en un amparo contra todo intento de disminuir sus percepciones. Pero volvamos al tema.

Desde un principio el INE presentó un presupuesto precautorio para el 2022 en la eventualidad de que saliese adelante la iniciativa de realización de revocación de mandato. Los casi cinco mil millones de pesos solicitados, no fueron considerados por los diputados, que además, para demostrar dónde está el poder, redujeron otras partidas. Se acudió entonces a la Suprema Corte de Justicia de la Nación y al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, en cumplimiento de los procedimientos establecidos en normas y leyes que rigen el Estado de derecho. Estas altas instancias, ante la decisión del INE de posponer el proceso, decidió en sentido contrario: que las tareas preparatorias debían continuar y que, en su momento, la Suprema Corte decidiría sobre la afectación presupuestal, núcleo duro de la controversia constitucional interpuesta por el INE.

En tanto todo esto ocurría, el INE en una muestra de flexibilidad, de compromiso con la institucionalidad democrática anunció algunas medidas tendientes a realizar ahorros y economías que permitieran liberar recursos para redireccionarlos hacia la realización del proceso de revocación de mandato. Así, informaron que se disponía de recursos del orden de 1 mil 500 millones de pesos, lo que abría un espacio para negociar con el Congreso, con las autoridades hacendarias o con el propio presidente de la República, mecanismos extraordinarios de apoyo para garantizar la revocación de mandato y la instalación de las más de 160 mil casillas, como ocurrió en la elección presidencial de 2018, y que es como justamente ordena la Ley de Revocación de Mandato. La solicitud de recursos ascendía a 1 mil 700 millones, cantidad que evidentemente permitía a las partes acercar posiciones y alcanzar una solución compartida por instituciones de Estado.

Lejos de atender este gesto de compromiso con la institucionalidad democrática, el gobierno y su bloque mayoritario en el Congreso endurecieron su discurso, y sus posiciones irreductibles cerraban toda posibilidad de alcanzar un acuerdo sobre la disposición de recursos financieros.

El presidente López anunció hace unos días, en un gesto de “generosidad” que presentaría al INE una propuesta de ahorros, de austeridad, lo que le permitiría disponer de los recursos necesarios para la revocación. Ayer, el secretario de Gobernación, que suple al presidente en las mañaneras mientras éste permanece “aislado”, hizo la presentación formal de la propuesta, que fue armada conjuntamente con altos funcionarios de la secretaría de Hacienda. He aquí algunos de elementos centrales de la propuesta:

Un ajuste presupuestario del orden de 2 mil millones de pesos, resultantes de reducir sueldos y salarios de los altos funcionarios del INE en poco más de 750 millones de pesos; reducir los gastos de operación en 1 mil 380 millones, en los que se incluye una cantidad superior a los 800 millones destinados a consulta popular y revocación de mandato y la cancelación de un par de fideicomisos que opera el INE. Todo ello, dijeron los voceros oficiales de Hacienda y de la SEFUNPU, en el mejor espíritu de la austeridad republicana, tal como actúa el gobierno federal. No solo dijeron que no había margen presupuestal para apoyar al INE, sino que el ajuste y el recorte propuesto supera en más de mil millones lo que solicita el órgano electoral para cumplir con lo que la ley le ordena.

Ayer mismo, el consejero Ciro Murayama respondió a la propuesta de austeridad del gobierno federal: “es una tomadura de pelo”, pues “piden que se afecte el fideicomiso con el que se compran los equipos de cómputo y cámaras fotográficas para emitir la credencial para votar; quieren que no se arrienden los locales donde tenemos los 800 módulos de atención ciudadana. ¿Qué pretenden? ¿Qué las computadoras están en la banqueta? Es decir, lo que estamos viendo de parte del gobierno es falta de seriedad”. Y añadió: “Lo que vimos hoy (por ayer) en la mañana es una declaración política de anticiparse a negar cualquier recurso al INE, incluso saltándose la Constitución, pretenden ellos decir cómo debe erogar sus recursos el Instituto Nacional Electoral, nos hacen propuestas que incluso violan suspensiones de la Corte, porque están proponiendo reducir prestaciones laborales que están protegidas por la Corte”.

Así están las cosas. Lejos de acercar posiciones y llegar a través del diálogo a un acuerdo, el gobierno ha decidido abiertamente apostar por la confrontación. Es un paso más en la estrategia de liquidación, de exterminio del Instituto Nacional Electoral. En el endurecimiento de un régimen que no acepta y reconoce el disenso, y que desea liquidar todo aquello que constituya un freno a un ejercicio autoritario del poder. Habrá que esperar ahora en los próximos días, en cuanto el INE informe oficialmente que se ha alcanzado la cantidad de firmas necesarias para solicitar la revocación de mandato, la decisión de la Suprema Corte sobre el reclamo presupuestario del INE. 

Diría que tampoco hay que hacerse muchas esperanzas. La Corte ha experimentado recortes en sus presupuestos recientes, y ha terminado por apechugar, es decir, no han rechistado. Quizá porque dinero es lo que les sobra; es el poder más rico de cuantos poderes hay. No es descartable entonces que diga al INE: “hágase la consulta con lo que tienen”. Darle la razón al INE, eso si que sería una auténtica sorpresa. Pero creo que eso no es posible.

ZONA POLITEiA, Economía y política en México: los desafíos del 2022 (I de II).

banxico

04 de enero de 2022

César Velázquez Robles

Como siempre, cada inicio de año tiene que ser una nueva oportunidad para la esperanza. Quienes nos interesamos en los asuntos de la vida pública, deseamos que nuestra convivencia sea cada vez más respetuosa de la diversidad, y que la relación entre el poder y los ciudadanos se base en el respeto mutuo, en el reconocimiento del pluralismo y la tolerancia como valores que en su observancia y ejercicio, hacen posible un disfrute pleno de las libertades políticas que la sociedad mexicana en su conjunto ha conquistado en años de lucha. Indisociable de la política está la economía –la política es la expresión concentrada de la economía, dijo más de una vez Lenin— de ahí que también llame la atención la persistencia de problemas estructurales –y coyunturales— del aparato productivo que lastran el crecimiento económico, dificultan la recuperación del empleo, atizan ahora un acelerado incremento de precios, y que nos puede llevar a una situación de estancamiento con inflación, de cuyos primeros avisos hemos ya sabido.

En su interrelación, economía y política no prefiguran para nuestro país en el año que empieza a correr, el mejor escenario. La suerte de una puede ser seguida por la otra, de ahí la importancia de que todos los actores de la vida económica, política, social y cultural realicen sus intercambios encuentren ese espacio común de entendimiento que permitan gestionar sus interdependencias como un juego de suma positiva. Sé que no es fácil: una forma que considero equivocada de entender la política y ejercer el liderazgo, ha conducido a la polarización y a discursos excluyentes que ha terminado por ahondar una brecha que nos separa y divide. A lo anterior, añádase el hecho de que la política mexicana –más bien, un sector de la clase política— ha insistido en volver a un viejo vicio que parecía desterrado: la persecución penal del disenso, lo que, como lo sabemos muy bien, debilita el Estado democrático de derecho.

Dicho lo anterior, tratemos de hacer un repaso de los principales retos que tenemos en la política y en la economía mexicana para el año 2022:

1.- Una restauración de la institucionalidad democrática. No quiero con ello decir que el Estado democrático de derecho esté haciendo agua. Simplemente, que nuestro sistema de división de poderes, el modelo de control social recíproco que entre todos, unos desde el poder, otros desde la oposición, hemos construido, deje de estar sometido a las tensiones absurdas que en nuestro país pretenden hacer del poder ejecutivo el poder de los poderes. El presidencialismo mexicano, exacerbado como no lo estuvo ni siquiera en la época dorada del autoritarismo priista, gravita sobre las discusiones y decisiones de los poderes legislativo y judicial, condicionando su autonomía e independencia. Las presiones, las coacciones, el chantaje, el intervencionismo, las amenazas, los condicionamientos, son rasgos de una pulsión autoritaria refractaria a los equilibrios, a los pesos y contrapesos propios de la democracia. Hasta hoy, el poder judicial ha logrado resistir esta ofensiva, pero la fuerza de ese presidencialismo es tan poderosa que no es descartable la posibilidad de que termine también siendo un espacio colonizado por el ejecutivo, con todas las consecuencias nefastas para nuestra vida pública y para la calidad de nuestra vida democrática.

Cada vez está más claro que el poder legislativo es un poder capturado. Su autonomía e independencia es letra muerta. Es cierto que en un sistema presidencialista como el nuestro, donde no hay gobierno dividido, es natural que la fuerza mayoritaria en el Congreso apoye y promueva los proyectos, las iniciativas y políticas impulsadas por el poder ejecutivo. Es legal y es legítimo. Lo que no es ético ni estético, es que el ejecutivo ordene a los diputados el sentido de su voto, como por ejemplo pedirles que aprueben tal o cual iniciativa “sin quitarle ni ponerle ni una coma”, o que los propios diputados coreen, luego de aprobarla, “es un honor estar con Obrador”. Ello es comprensible en un régimen parlamentario donde los altos funcionarios del gobierno son escogidos de entre los propios diputados. Baste ver cómo en las sesiones parlamentarias de control al gobierno, los diputados del partido gobernante se desgañitan en apoyo a su presidente, perdiendo toda compostura.

No es el caso del poder judicial, que permanentemente está sometido a presiones que buscan coartar su autonomía e independencia, y que obligan al titular de ese a poder a declarar frecuentemente que “como en todos los asuntos la Corte actuará con la independencia e imparcialidad con la que lo ha venido haciendo hasta ahora”, y que su único compromiso “es, ha sido y seguirá siendo con la Constitución y los derechos humanos”, gusten o no sus fallos.

La Corte, el poder judicial, tiene desafíos muy importantes en la perspectiva inmediata y mediata. Tiene que resolver sobre recursos de inconstitucionalidad y controversias constitucionales de cuya resolución dependerá la calidad de nuestra democracia. Tiene razón el ministro presidente: sus fallos pueden gustar o no. Lo importante es que los integrantes de la Corte no cedan a las presiones, y que sus decisiones se apeguen estrictamente a la legalidad, en el marco de su autonomía e independencia. Lo diría claramente: es, si no el último, uno de los últimos valladares contra cualquier intento de restauración autoritaria. Si cede la Corte, si actúa bajo presiones, si cede ante la voluntad del poder y deja de lado la fuerza de la ley, dejará el camino libre a un ejercicio autoritario del poder.  

2.- Asegurar condiciones de equidad en la competencia por el poder político. La iniciativa de reforma electoral, la reducción de la representación proporcional en el Congreso, la destitución de los consejeros, la captura y el control de los procesos electorales, la devolución de los procesos a la esfera gubernamental, representaría, en caso de prosperar, la involución autoritaria más grave en la accidentada historia de la construcción de un nuevo orden democrático en nuestro país. Arrancar las elecciones del control gubernamental, ciudadanizar los órganos electorales federales y locales, fue producto de una larga lucha democrática. Sin duda alguna, uno de los logros más importantes de la transición hacia la democracia en nuestro país. Defender esas conquistas es una tarea de primer orden. (Continuará).