DOS A LA SEMANA: NO EN MI NOMBRE.

Quino

Jorge Eduardo Aragón Campos         jaragonc@gmail.com

Las tribus que se aposentaron en el círculo polar ártico desde, según parece, los tiempos en que cruzamos el estrecho de Bering, desarrollaron una serie de costumbres para la sobrevivencia, cuyo fin era enfrentar las tremendas condiciones impuestas por el clima; en una de ellas, cuando los viejos ya no eran capaces de aportar al clan -y sí en cambio consumían de los escasos recursos disponibles-, por su propia voluntad y por su propio pie se ofrecían a ser devorados por el oso blanco. En la legendaria  Esparta, las criaturas que nacían con algún impedimento físico eran arrojadas sin miramientos al sacrificio; no eran tiempos convenientes para cargar pesos muertos. El 7 de diciembre de 1941, el ataque japonés a Pearl Harbor obligó a USA a entrar a la segunda guerra mundial; dos meses después, ese país tenía la mayor ola de suicidios jamás vista en su historia, un fenómeno alimentado por los ciudadanos que buscaban pelear por su patria, pero que por diversos motivos eran rechazados por el ejército.

Respecto a la pandemia, todos tenemos dudas razonables sobre lo que está ocurriendo en este momento, porque si algo sobra son motivos para la sospecha; en mi caso, desde un inicio he advertido sobre una narrativa mediática orientada a favorecer medidas represivas contra los enfermos, los sospechosos de ser portadores, etc. a la vez que no hay cobertura, imágenes, testimonios, etc. sobre la enfermedad y quienes sí están siendo afectados por ella. La BBC ha rotó esa cuarentena informativa y nos comparte lo que está ocurriendo en los hospitales ingleses, Francia comienza a hacer lo mismo y en ambos casos las imágenes son de hospitales saturados por los pacientes afectados, donde resalta el buen estado de los nosocomios, la tranquilidad con que están trabajando, etc. Más importante aún, se evidencia como verdadera una de las múltiples afirmaciones sobre la cual no sé ha hecho suficiente énfasis, y que pone en duda las medidas tomadas hasta hoy: para efectos prácticos, todos los enfermos que se pueden ver son viejos.

Si seguimos la misma línea de argumentación que nos han estado dando, llegaremos necesariamente a una contradicción flagrante y grave: entre los mayores de 55 años y quienes padecen enfermedades inmunodepresoras, estarán las bajas que cobrará el coronavirus, para el resto será como una gripa más y la superarán en pocos días.

¿No es más sencillo, menos costoso, más seguro, centrarse en esos grupos vulnerables en lugar de agarrar parejo? La pregunta es obligada en este momento, porque entre algunos países que no siguieron las recomendaciones de la OMS se están obteniendo buenos resultados también, caso concreto Alemania, que le puso el cascabel al gato bajo el argumento de que la prevención está en las pruebas de detección temprana… para evitar el último de los recursos, el del aislamiento, que es la salida desesperada para cuando todo lo demás falló. No estoy tratando de establecer cuál es la mejor solución frente al problema, trato de enfatizar sobre los costos que todos deberán pagar, al momento y al futuro, por las medidas adoptadas contra una amenaza para los viejos. Y saben qué… yo paso. Por mí no se molesten. De hecho, exijo dejen de hacerlo. Reclamo mi derecho a ser yo quien cumpla con mis obligaciones, porque a todos nos consta que si quieres que algo se haga bien lo tienes que hacer tú. No es momento para simulaciones.

Primeramente, aclaro: me doy por aludido por mis 63 cumplidos, más una hipertensión crónica y atípica que me obliga a consumir diariamente la dosis máxima de tres antihipertensivos distintos, con lo cual, para efectos del patógeno en cuestión, estoy en el grupo de 20 años más… si no es que hasta el siguiente… pero no más allá, hasta eso.

Para que vean que Dios aprieta pero no ahorca.

La inundación del estrecho de Bering por el final de la última glaciación, le ahorró a los naturales americanos el costo que pagaron los europeos para lograr un trato relativamente benigno de enfermedades como la polio, escarlatina, varicela, difteria, viruela, sarampión, tosferina, gripe, peste, tifus, tracoma, muermo, rabia, gonorrea, tuberculosis, lepra, fiebre amarilla… fragilizando su sistema inmunitario para ser diezmados cuando se restableció el contacto entre el viejo y el nuevo mundo, pero sirvió para la homogenización de nuestro patrimonio inmunológico; desde ahí, todos fuimos de nuevo una misma especie. Nadie lo planeó así, no fue astucia de los de aquí ni torpeza de los de allá, pero nos ofrece una lección ya olvidada que vale la pena recuperar: todo cuesta, nada es fácil ni gratis y eso no es capitalismo, es una ley natural.

Pertenezco a la primera generación de mexicanos libres de la incertidumbre sobre vivir lo suficiente para llegar a viejo; asimismo, fue la última donde más de la mitad de los nacidos en estas tierras morían antes de cumplir su primer año de vida; “angelitos”, era como les decíamos. Mis padres tuvieron once hijos, pero sólo cuatro logramos llorar en la sala de partos: tuve siete hermanos que nunca conocí. Recuerdo bien la vez que uno de ellos estuvo un momento en casa, justo a la hora de la comida, pues yo llegaba de la escuela y al entrar vi en la sala una cajita tapizada con encajes blancos; me reuní al resto de la familia en la mesa y, tal y como siempre ocurría, la comida transcurrió entre una charla de naderías, sin ningún comentario sobre lo que bien sabíamos; como todos los hombres, mi padre fue animal de costumbres y  todos estábamos adaptados a ellas, por lo que al concluir se levantó de la mesa y se fue a hacer su siesta, señal para que yo pudiera salir a la calle a jugar con el montón de amigos que tenía en el, por aquel entonces, populoso barrio de La Barranca. No tenía una hora con ellos, distrayéndonos no recuerdo en qué, cuando vimos pasar a mi padre con rumbo al panteón San Juan, cargando bajo su brazo derecho el ataúd. A ustedes les suena intenso y trágico, lo sé, pero en aquel entonces todo ello no tenía ninguna importancia. Literalmente. Y eso es lo que el horror es. No puedo aceptar el riesgo de que mis nietos vivan eso.

Mi convicción es que por la forma como está planteada, la estrategia que pretenden imponer a México para combatir la pandemia no tendrá mucho éxito; peor aún, mientras más evidencias surgen sobre sus resultados en otras partes, más claras se vuelven sus consecuencias contra la civilización que pretende salvar. Todo en aras de prolongarnos la vida a los viejos. Para empezar no me la creo; y para acabar, pretender resolverlo encerrándose en casa es como pretender salvar los mares dejando de usar popotes.

Por cierto ¿Cómo va eso?

La vejez es la etapa de la vida donde ya no puedes engañarte tú solo, salvo seas muy empeñoso en la adicción a negar que todo tiene un límite: es mentira que la cirugía plástica te hace ver más joven, es mentira que eres tragaños (podrás lucir menos de los que tienes, pero nunca de manera significativa), es mentira que nadie debería sufrir, es mentira que lo que haces se te regresa, es mentira que la felicidad existe. Lo único real es la vida, que como todas las demás cosas reales, es resultado de procesos naturales que suelen ser arduos, largos y dolorosos y al igual que todas las cosas tiene un principio y un fin. No es bonito pero es inevitable. Conozco casos de ancianos, que permitieron a su familia consumir todos sus recursos en aras de prolongarle la vida un miserable par de años, cuando no menos. El coronavirus supera los límites de nuestra ciencia, no tenemos una cura y punto. Los cálculos más optimistas hablan de dos años para la primera vacuna. Los viejos no tenemos tanto tiempo: se haga lo que se haga, en ese lapso el virus nos alcanzará a todos y cada uno de los 7,700,000,000 que componemos la población actual, lo hará matando a algunos, pero la gran mayoría saldrá con un sistema inmunológico enriquecido, que servirá para enfrentar mejor a las futuras enfermedades que nos acechan. De esa magnitud es el proceso natural que se está pretendiendo frenar.

Para un país como el nuestro, la estrategia aislacionista va quedando de manera más clara como la opción más costosa y de mayor riesgo, pero sin duda es perfecta para sociedades hipócritas y simuladoras como la nuestra, amantes de que por golpes de suerte sus vicios se conviertan en referentes morales, pues lo único que les reclama son treinta días de encierro para que el problema se resuelva con una cantidad mínima, por no decir insignificante, de muertos. Todo, en aras de salvarnos a nosotros, los pobres viejitos ¡Qué conmovedor! Muy justificada su decisión de festejarse por anticipado, retacando los centros vacacionales… como hicieron Italia y España. De todas formas, los resultados no tienen por qué ser similares, por lo mismo no quiero ser parte desde ahorita: no comparto la absurda pretensión de superar esto sin bajas, eso no es un gesto solidario, es desplante de macho, que sin medir consecuencias grita “todos o ninguno”, a sabiendas de que no tenemos la manera. No acepto ser participe en una apuesta que, por supuestamente beneficiarme, puede ser nuestro colofón como país y hacernos retroceder hasta la edad media; agréguenle la cantidad de armas que hay y…

Se los repito: reclamo mi derecho a enfrentar mis obligaciones. No es momento para la simulación. No me salven. Es mi deseo que no lo hagan. No así. No en mi nombre.

ENTENDER NO ES QUERER

DOS A LA SEMANA

Jorge Eduardo Aragón Campos jaragonc@gmail.com

Como es así que se hacen los chismes, de una vez aclaro que el título no hace referencia a alguna canción de José José, no se me confundan, en particular todos los que bien saben cómo me sale de igualito cuando hago mi legendaria imitación de él.

Porque todos sabemos enteendeeeer… pero pocos sabeen quereeer…

Mi título hace alusión a una frase que no tiene much@ tiemp@ de mod@ en el mundill@ de los políticos y las políticas (no entienden que no entienden), retomada recientemente por Julio Serrano Espinosa (MILENIO), para endilgársela a la oposición política mexicana, donde señala que de frente a las actuales campañas están apostando a una amnesia temprana del electorado, mostrando así que todavía no entienden las razones para lo molesta que está la ciudadanía con ellos. Creo que Serrano menosprecia la capacidad previsora de nuestros políticos profesionales, al no concederles que ya cuenten con un estratégico almacenaje disponible para cantidades de ignominia nunca antes vistas. Un año normal, pues. Por eso me extraña que Serrano no lo considere. La oposición entiende perfectamente lo que está pasando y está encantada porque se siente en un día de campo, a ellos sí les cayó como anillo al dedo esto de la pandemia; en lo económico porque al menos hasta el primer trimestre del año pasado, ningún portal meteorológico contaba con modelos de pronóstico para un diluvio, cosa distinta hoy sin duda, como indudable es que los daños también hasta hoy no han sido lo altos que debieran ser, eso obliga a pensar que de no presentarse la pandemia sí pudo haberse dado una buena sorpresa por esos rumbos. Pero Dios da y Dios quita: la narrativa pandémica (que es global) mostraba una tendencia inevitable a favor de la cobertura de vacunación, condenando a la 4T al fracaso frente a la poca que tendrá cumplida para el día de la elección.

Yo que fui tormeentaaa (ya entré en caja).

Ni yo pude imaginar el viraje –y su brusquedad- que tomó el discurso sobre la pandemia justo en el momento en que iniciaba el ansiado final: la vacuna no sirve. La nueva información que está fluyendo desde las fuentes autorizadas, promete que esta es la única normalidad que conoceremos durante un tiempo que nadie puede determinar: con todo y vacuna seguirán los cuidados, los protocolos… el miedo ¡La Vida! así, con mayúsculas y signos de admiración no existe; nuestra ¡Vida! no es ni será otra cosa que este año que acabamos de pasar, igual a este que ya lo terminamos de iniciar y el que viene y luego el otro… Perded toda esperanza. De ser así, se estará abriendo una oportuna ventana para que este gobierno se sacuda los costos que ya tenía en su contra, pues en la medida que más gente vaya aceptando lo inevitable, al menos una parte adoptará la opinión de que la pandemia no es un problema que el gobierno pueda evitar ni resolver, porque ninguno ha podido y ahora sí ni se pudo. Frente a eso, la oposición se queda sin nada porque lo único que nos tiene preparado es pan con lo mismo (sin alusión): hablar mal a ciegas y a locas de cuánto haga el gobierno. Cómo si los mexicanos tuviéramos alguna otra actividad donde hayamos mostrado sí ser autosuficientes ¿Quién los invitó? les deberíamos de preguntar.

Un poooquito mááásss… para llevarte… un volcán bien gaviláááán ¿Así era?

Conocedores de que el México profundo no es otra cosa que nuestra propia naturaleza profunda de mexicanos (traicioneros, hipócritas y ladinos), contaron con nuestra ingratitud para que siendo uno u otro el desenlace fueran ellos los ganones: si la pandemia era derrotada el mérito sería diluido por el mismo reparto global, pero aquí la votación castigaría al gobierno por los errores cometidos en lo local; si no era derrotada con claridad por la vacunación, igual el afectado sería el gobierno. Una cosecha nada despreciable para el sobrehumano esfuerzo de pasarse dos años sin hacer otra cosa que apuñalearse entre ellos (esa es otra parte de la historia que nadie menciona), pero les falló el timing y cayeron en otra de nuestras taras nacionales: festejar antes de tiempo. De quién fue la genial idea de sacar del closet una resma de esqueletos (Fdez de Cevallos, Alazraky, Madrazo) para paseárnoslos por enfrente con el rótulo de ¡Querida… ya volví! a manera de jubiloso anticipo del regreso a una época dorada –según esto-, donde con desprecio le negábamos visa a los gringos. Y qué no agarráramos a uno aquí en el corte del tomate porque… Peor aún, anticipando su rotundo éxito construyeron una narrativa contra el reparto de dinero, seguros de que el votante volvería de rodillas, arrepentido por dejarse llevar por el canto de las sirenas chairas y bien dispuesto a regresar a lo segurito, es decir a la infaltable despensa, una dádiva vergonzosa como todas las dádivas pero que no por ello han abandonado como recurso clientelar: eso sí no es abominable como el dinero en efectivo. Mi duda es de dónde sacaron que para un elector mexicano eso represente una disyuntiva: va a agarrar despensa y billetes (tal y como lo ha venido haciendo) y el día de las votaciones se va a levantar de la cama a las 6 de la tarde.

Nos guste o no, lo que se va a medir en esta elección es cuál de los dos modelos beneficia a más votantes y para de aquí al día de la votación (de mí se acuerdan), la definición de beneficia va a ser dinero contante y sonante pero no per cápita sino per se.

UNA METÁFORA PERFECTA

DOS A LA SEMANA

UNA REVOLUCIÓN CULTURAL (NOVENA)

Jorge Eduardo Aragón Campos jaragonc@gmail.com

Este miércoles 7 de abril estuve en CU, por los comentarios que me comenzaron a llegar con motivo de las jornadas de vacunación que se están realizando ahí, y que –me afirmaban- remitían a las imágenes de aquel estacionamiento gringo donde miles de vacunas por hora eran aplicadas a los conductores, profusamente difundidas en su mayor parte por quienes todavía hoy, reclaman que este gobierno mexicano no sea capaz de por lo menos estar a la par del estadounidense, lo cual es cierto más no es novedad… ni pecado, ni obligación, ni posible.

Como era de esperar, las afirmaciones no resultaron ciertas: aquello ni de chiste era como en el video gabacho. La primera diferencia consistía en un circuito donde los vehículos requerían de entre 15 y 20 minutos para recorrerlo, con ingreso por la parte trasera de Torre Académica, donde de inmediato la tropa iniciaba la fiesta de las bayonetas sobre los hombros de los ocupantes; ya hecho lo más principal, los vehículos continuaban moviéndose hacía los accesos que dan a la calle Josefa Ortiz, para atravesarla e ingresar a la unidad mayor de CU y llegar a la salida al boulevard Universitarios, donde topaban con otro grupo de personal de salud con una batería de preguntas para detectar reacciones secundarias, pues en caso de haberlas desviaban el vehículo al estacionamiento para fusilar a sus ocupantes e incinerar sus cuerpos (Esto último es inserción pagada por YSQ), mientras los restantes concluían su experiencia reintegrándose al tráfico de la ciudad.

El sistema funcionaba bien y era notorio el por qué: lo pensaron antes. Crearon el sueño dorado de todo culichi, que no es otro que el de hacer las cosas sin bajarse del carro.

¡Claro qué también! No se hagan ¿O cómo estuvo cuando cerraron los mot… ivos que los hicieron exclamar?

La ecuación longitud del recorrido/velocidad cumplía con el periodo necesario para detectar probables reacciones secundarias pero sin provocar sobrecalentamiento del motor, es decir que eliminaba un tiempo de espera que a su vez demandaría estacionarse, desplazarse a pie, una posible platicada en el inter, salas con mobiliario y personal… se trata de un principio que inventó pancho Villa y que a su vez inspiró la columna vertebral de la blitzkrieg alemana: si mantienes el movimiento necesario durante el tiempo suficiente, logras tu objetivo antes de que tus limitaciones comiencen a afectarte. No es algo nuevo, pero sigue siendo muy efectivo.

No resulta ocioso subrayar lo evidente: compárenlo con los reportes de quienes han asistido a lo mismo, pero donde organización y operación son del gobierno.

No resulta ocioso, lo repito, porque a diferencia de lo que fue el operativo al interior de CU, el perímetro de alrededor se volvió un reverendo cagadero (perdón por mi francés) gracias al comportamiento natural y esperado de los culichis, quienes para variar se pasaron por el arco del triunfo todos los señalamientos y todas las indicaciones de que el acceso era en fila india, pretendiendo -en una excesiva cantidad de casos- meterse adelante por la vía del agandalle, con toda impunidad frente a una magra presencia de agentes de tránsito, aunque mucho, muchísimo más numerosa de la que se puede ver en el video gringo.

No cabe duda que una cosa es dársela de distintos y otra es serlo de verdad, como tampoco es lo mismo presumir de príncipe salvador de secuestradas.

Tampoco cabe duda de que hay coincidencias a las que cuesta trabajo considerarlas como tales, como ocurrió este mismo miércoles 7 de abril –cómo me duele esa fecha-, que falleció Arturo Guevara Niebla, con quien me tocó hacer historia en la UAS y en DIFOCUR, junto a una vasta palomilla entre quienes estaban Alejandro Mojica, el güero Valencia, Jorge Luis Hurtado –tilichito-, Rigo Rodríguez, pepe y chifi Bañuelos, el mozko Flores… entre otros. A su esposa Josefina y a sus hijos, desde aquí un abrazo.