PUENTE NEGRO

Huachicoleo, corrupción… ¿no hay de otra?

Por Guillermo Bañuelos

El Huachicoleo y sus hedores, el drama que representa la búsqueda de miles de personas desaparecidas a cargo de mujeres que mueven la tierra con su llanto y la corrupción que brota en todas partes, entre otros grandes males, muestran un estado de ingobernabilidad y descomposición que justifica (aún con las grandes molestias que ocasionan) la profundidad de algunas medidas oficiales (el cierre de ductos de combustibles, por ejemplo) para contener la ilegalidad.
Andrés Manuel López Obrador no tuvo su Mexican Moment. No goza del periodo gracioso de 100 días de gobierno para ser objeto de una primera evaluación. No tiene margen para la simulación, pero menos para cerrar los ojos ante el saqueo y convertirse en un cómplice más por omisión o, de plano, por miedo a las fuerzas criminales y a sus socios de cuello blanco.
¿A quién beneficiaría la indolencia? Sin duda, a quienes se han enriquecido apestosamente gracias a la complacencia oficial.
No vemos otra forma de detener el robo de combustibles y a la nación. No existe.
No hay más alternativas que el cierre de los ductos ordeñados impunemente durante décadas y la intervención de los centros de control y las plantas de PEMEX, sin que esta afirmación signifique que, con estas medidas, desaparecerá de inmediato y para siempre la industria huachicolera.
El reto inmediato para el gobierno lopezobradorista será mayor a lo que podemos prever.
El cierre de los ductos –un sistema de distribución irremplazable, aunque ahora muy poroso-, implica la reparación inmediata de una red perforada y ordeñada (ya no sabemos si de manera programada o clandestina) a lo largo de cientos o miles de kilómetros en todo el territorio nacional, primero.
Implica además implementar un sistema de vigilancia eficaz, reforzado con tecnología de punta, a cargo de funcionarios impecables y de miles de soldados o policías insobornables o medrosos para enfrentar a cientos de células criminales que intentarán retomar de inmediato y mediante el uso de la fuerza bruta el control de los sistemas de distribución en todas las regiones y dentro de la misma torre de PEMEX.
Si bien no es imposible, el desafío es complicadísimo, y lo sabe el propio Presidente.
En apenas poco más de un mes de gobierno, el inicio de su administración ha sido más cuestionado que el arranque de cualquiera de sus antecesores.
Lo saben sus detractores desesperados, que en sólo una semana de gobierno descalificaron a la administración federal actual por el número de asesinatos ocurridos en México.
Vea usted las barrabasadas tuiteadas por los ex presidente Fox o Calderón, dedicados a echar más estiércol al chiquero que dejaron y a fomentar más odio y encono entre los mexicanos. Desde algún lugar del mundo, EPN calla, apenado quizá por la aparición de su ex jefe de seguridad entre los meros meros del negocio.
¿Qué sigue? ¿No hay de otra en México?

PUENTE NEGRO

Entre el desorden y un estigma negro,  
Culiacán espera…
Por Guillermo Bañuelos

 

Pian pianito, un puñado de ciudadanos desadaptados o ilusos (así los juzgan muchos ‘cuerdos’) no quitan el dedo del renglón: es urgente frenar el desorden urbano y convertir a la ciudad de Culiacán en un mejor lugar para vivir. Y proponen qué hacer y cómo hacerlo, pero, ¿de qué sirve esto?

Estos verdaderos evangelistas saben que  los procesos de cambios urbanos son pasmosos, pero los alienta que otras ciudades que vivían en peores condiciones lo han logrado a golpes de terquedad. ¿Se podrá en Culiacán? El tiempo lo dirá.

Y que conste que no son modas, u ocurrencias. Hace 45 años (en 1973), por ejemplo, el escritor e historiador Antonio Nakayama Arce escribió en su libro Culiacán, Crónica de una Ciudad:

“Culiacán, su vertiginoso crecimiento se ha desarrollado en forma anárquica sin ninguna planeación, la ciudad está resistiendo dificilísimos problemas tanto en lo urbanístico como social.
Planificar su desarrollo urbano es una de las urgencias que las autoridades están obligadas a realizar, pues no es posible que la ciudad siga creciendo al albedrío de los que vienen a radicar en ella. De otra manera seguirá imperando la anarquía, y el futuro de su vida será más confuso de lo que es hoy. El hombre deberá vivir de acuerdo con su condición humana, y en Culiacán, una gran cantidad de personas vegeta en condiciones infrahumanas, lo que hace más imperativa la obligación de dignificar la vida de la población. Recordemos que nuestra ciudad será, lo que nosotros queremos que sea”

-El mejor amigo de Nakayama fue Enrique ‘El Guacho’ Félix, compañero de no pocas aventuras políticas, junto a otros miembros de la llamada Generación del 29.

Una de tales ocurrencias sucedió al crearse el Instituto de Estudios Económicos y Sociales de Sinaloa, participando Nakayama y otros de la inquietud de elaborar de manera ‘adelantada’ un programa para el Gobierno del Estado de Sinaloa (sexenio 1951-57), esperando que el candidato a la gubernatura fuera Enrique Riveros y no Enrique Pérez Arce, tal y como lo narró en su momento Francisco Gil Leyva:

…quisimos que la administración pública dejara de ser una serie de acuerdos y disposiciones dictados al azar, a vuelta de rueda en el automóvil, a la sombra de un huanacaxtle, al apretón de manos, a lo tomadizo de un estado de ánimo, al favor hecho al compadre, a la concesión otorgada al amigo de añeja amistad (Academia de Historia de Sinaloa, texto “Antonio Nakayama” de Ricardo Mimiaga Padilla).

Desde la impresión de Culiacán, Crónica de una Ciudad, cuando vivían aquí cerca de 200 mil habitantes, han pasado 45 años, y la premonición de Nakayama acerca del futuro de la ciudad fue un grito que parecía a tiempo que quedó en un grito en el desierto. La premonición se cumplió.

La ciudad creció bajo los caprichos de un mercado especulativo del suelo, sin planificación, sin ton, ni son, tras un ideal extraño: con el sueño de “ser grande” (¿para qué, o en qué sentido?), tras una fantasía que, por cierto, alimentan aún algunos  hombres y mujeres con capacidad –inclusive-  de decidir.

En estos 45 años, la mancha urbana creció de 3,670 a más de 13 mil hectáreas, sin que ello signifique mejor calidad de vida para un conglomerado de alrededor de 800 mil personas.

Aunque es mediana, Culiacán es ya una urbe esclerotizada, atiborrada por alrededor de 500 mil vehículos automotores, diseñada para satisfacer –sin lograrlo-  los requerimientos de los autos, donde poco importan los peatones y los ciclistas, los niños, ancianos o discapacitados. La calle no es para ellos.

Contra estos grupos de población, esta ciudad erigió barreras y obstáculos increíbles: no existen banquetas suficientes, ni adecuadas; carecen de pasos peatonales seguros, el sistema de transporte es inadecuado para su uso y la inseguridad pública es una constante.

Las políticas de vivienda de las últimas décadas –un fracaso, admitió hace unos días, por fin, el INFONAVIT- alentaron la especulación con el suelo y la construcción de fraccionamientos lejanos, sin servicios básicos, rodeados de altos muros que, en lugar de brindar seguridad, segregaron más a las personas.

La improvisación, la falta de planeación urbana adecuada (sobre todo, la no aplicación de ésta), la voracidad de los desarrolladores, la permisividad o la complicidad de algunos funcionarios de administraciones anteriores con éstos, y la ausencia de regulación del mercado del suelo, generaron, entre otras consecuencias, el desarrollo de una ciudad poco resiliente, expuesta a quedar bajo el agua en cualquier momento pues se permitió construir dentro de los ríos y sobre arroyos, sin cumplir la obligación de dotar a los nuevos desarrollos de drenes con capacidad y diseño adecuado para evitar las inundaciones.

Para colmo, la ciudad soporta un estigma terrible, negro, que parece imposible desterrar: la de ser (cierto o no) la cuna del narcotráfico en México, y la de ser además un campo de batalla en el que han caído a lo largo de los años miles de hombres y mujeres abatidos a balazos en mil sucesos de alto impacto.

Nacer, vivir y sobrevivir aquí no es fácil.

Amedrentados por la impunidad y la fuerza bruta de Ellos y de sus secuaces reales o supuestos, aprendimos desde niños a callar, a bajar la vista y el perfil, a ceder el paso a la barbarie y al conductor que te echa su camionetota encima sin freno, sin respeto.

Aquí caminamos de puntitas, sin banquetas, sin garantías. Tercos, sin embargo, algunos aún creemos que de algún modo, algún día, las cosas cambiarán en esta ciudad hecha para Algunos, no para todos.

PUENTE NEGRO

¡Cierren las puertas!
Quirino da su 2do Informe en el Palenque
Por Guillermo Bañuelos

Dos contra uno a que fue ocurrencia de Quirino.  El II Informe fue en la Gallera de la Feria. Ahí. Y contra los pronósticos, miles de personas atestaron el inmueble.
Con el gobernador al centro del redondel, hoy no enmudeció el palenque, ni corrió la sangre de los gallos bravos.
Sólo resonaron los datos, las cifras, las porras y el grito de remate que gusta al mazatleco: ¡Puro Sinaloa!
¿En dónde quedaron los gallos? A talón desnudo, sin espolones amarrados en las patas, en sus jaulas, o a un lado del mismo Ordaz Coppel, alrededor de él y trepados en el graderío.
Zona de gallos finos y corrientes quietos por el momento, sin saltar al ruedo. Son tiempos de informe hoy, por lo pronto, y las apuestas están tapadas.
La escena de esta tarde de viernes no es común. Nada parecido a aquellos actos faraónicos en los que el Señor Gobernador en turno reunía a los más ricos y poderosos hombres del estado para darles a conocer, en vivo y de frente, los grandes logros de su gobierno.
Lejos, muy lejos quedó el aberrante besamanos, la larguísima cola de hombres y mujeres esperando el turno para llegar ante Él y besar su mano en espera de una señal pequeña, de un guiño o siquiera el prometedor ¡luego te busco!

ANTE PERSONAJES DE TODOS LOS SIGNOS, REITERA: NO GOBIERNO CON COLORES
Quirino Ordaz Coppel informó sobre las acciones realizadas en su segundo año de gobierno.
Destacó las grandes obras de infraestructura: carreteras,  tres nuevos hospitales, pavimentación de mil calles y una inversión extranjera de mil 500 millones de dólares en dos años.
“En los nuevos tiempos que vivimos –dijo–, el gobierno tiene que salir de las oficinas, del aire acondicionado, del confort, para estar en lo más importante, con la gente, en sus comunidades, viendo, sintiendo a la gente”.
Agradeció la presencia de muchos actores políticos, en especial a los presidentes municipales de todo Sinaloa y de todos los partidos, que apenas entraron en funciones el 1 de noviembre, a quienes  reiteró el compromiso de trabajar muy unidos con cada Ayuntamiento y con el Congreso, para que a Sinaloa le vaya bien.
“Vamos a hacer un gran equipo por Sinaloa, pues yo no trabajo con colores partidistas”, reiteró. A Sinaloa le va a ir muy bien en esta nueva etapa, confió.
Hizo una síntesis de lo que su gobierno ha hecho, de cómo se recibieron las finanzas  – ha pagado más de mil millones de pesos de deuda y no se ha contratado nueva deuda a largo plazo–, sobre  las reformas institucionales,  educación, salud, seguridad, desarrollo económico y bienestar a la familia.
Refirió las obras estratégicas, como  la carretera Badiraguato-Parral, que se inició con 600 millones de pesos de recursos estatales y que será apoyada por el próximo presidente Andrés Manuel López Obrador para concluirla con concreto hidráulico.
También la carretera Los Mochis-Topo, que cual será inaugurada la próxima semana por Enrique Peña Nieto, en la cual se invirtieron 500 millones de pesos para sustituir el asfalto por concreto hidráulico a lo largo de sus 24 kilómetros.
Destacó las vialidades, la pavimentación con concreto hidráulico de mil calles en colonias populares y sindicaturas en los 18 municipios, lo cual  cambió el rostro de las comunidades rurales, pues se trata del programa más ambicioso de pavimentación en la historia de Sinaloa.
Presumió que ningún estado de la República construye en estos momentos tres nuevos hospitales, como lo hace Sinaloa, pues el nuevo Hospital General de Mazatlán registra un avance del 80 por ciento y será inaugurado en enero; el Hospital General de Culiacán se encuentra en proceso de construcción y en dos semanas iniciará la edificación del nuevo Hospital Pediátrico de Sinaloa, también en la capital.
Agregó que por gestiones que realizó ante la Secretaría de Salud y el Seguro Popular obtuvo la inversión de 60 millones de pesos para equipar el Hospital Integral del Valle del Carrizo, el cual se encontraba sin operar ante la falta de instrumental médico y mobiliario.
Destacó la inauguración próxima  del Centro Integral del Discapacidad Visual del Sistema DIF Sinaloa, único en el noroeste del país, y el Centro de Autismo de Sinaloa, donde podrán ser atendidas familias de escasos recursos sin  opción a su alcance ahora para recibir un tratamiento.
Adelantó que  en dos semanas inaugurará el Centro Regional de Rehabilitación Integral de Mazatlán, del Sistema DIF.
Aquí, hizo una pausa para agradecer a su esposa, Rosy Fuentes de Ordaz, ahí presente, por su trabajo al frente del DIF por cristalizar estos proyectos de atención a los grupos más vulnerables, así como la implementación del Programa “Te queremos sana”, que consiste en la entrega de 100 mil carnets para  la realización de manera gratuita de exámenes de Papanicolaou, Mastografía y Densitometría a igual número de mujeres.
En materia de seguridad, se refirió a la construcción de la Base de la Policía Militar “El Sauz”, la cual también será inaugurada por el presidente Peña Nieto el mismo día que entregará la carretera Mochis-Topo  el martes de la próxima semana.
Sobre este complejo militar construido en 100 hectáreas en la sindicatura de Costa Rica, a 15 kilómetros de Culiacán, Ordaz Coppel informó que albergará a 3 mil 500 elementos de la Policía Militar y sus familias, quienes vendrán “a “jugársela” por Sinaloa, por eso serán bienvenidos.
Sinaloa cuenta ahora con 500 nuevos policías estatales y municipales, y con recursos propios se adquirieron 270 nuevas patrullas, mil 980 cámaras de videovigilancia ubicadas en 838 puntos en las zonas más conflictivas de la ciudades, más 178 millones de pesos en la remodelación de los penales de Aguaruto, en Culiacán; Goros II, en Los Mochis; y El Castillo, en Mazatlán.