PUENTE NEGRO

Entre el desorden y un estigma negro,  
Culiacán espera…
Por Guillermo Bañuelos

 

Pian pianito, un puñado de ciudadanos desadaptados o ilusos (así los juzgan muchos ‘cuerdos’) no quitan el dedo del renglón: es urgente frenar el desorden urbano y convertir a la ciudad de Culiacán en un mejor lugar para vivir. Y proponen qué hacer y cómo hacerlo, pero, ¿de qué sirve esto?

Estos verdaderos evangelistas saben que  los procesos de cambios urbanos son pasmosos, pero los alienta que otras ciudades que vivían en peores condiciones lo han logrado a golpes de terquedad. ¿Se podrá en Culiacán? El tiempo lo dirá.

Y que conste que no son modas, u ocurrencias. Hace 45 años (en 1973), por ejemplo, el escritor e historiador Antonio Nakayama Arce escribió en su libro Culiacán, Crónica de una Ciudad:

“Culiacán, su vertiginoso crecimiento se ha desarrollado en forma anárquica sin ninguna planeación, la ciudad está resistiendo dificilísimos problemas tanto en lo urbanístico como social.
Planificar su desarrollo urbano es una de las urgencias que las autoridades están obligadas a realizar, pues no es posible que la ciudad siga creciendo al albedrío de los que vienen a radicar en ella. De otra manera seguirá imperando la anarquía, y el futuro de su vida será más confuso de lo que es hoy. El hombre deberá vivir de acuerdo con su condición humana, y en Culiacán, una gran cantidad de personas vegeta en condiciones infrahumanas, lo que hace más imperativa la obligación de dignificar la vida de la población. Recordemos que nuestra ciudad será, lo que nosotros queremos que sea”

-El mejor amigo de Nakayama fue Enrique ‘El Guacho’ Félix, compañero de no pocas aventuras políticas, junto a otros miembros de la llamada Generación del 29.

Una de tales ocurrencias sucedió al crearse el Instituto de Estudios Económicos y Sociales de Sinaloa, participando Nakayama y otros de la inquietud de elaborar de manera ‘adelantada’ un programa para el Gobierno del Estado de Sinaloa (sexenio 1951-57), esperando que el candidato a la gubernatura fuera Enrique Riveros y no Enrique Pérez Arce, tal y como lo narró en su momento Francisco Gil Leyva:

…quisimos que la administración pública dejara de ser una serie de acuerdos y disposiciones dictados al azar, a vuelta de rueda en el automóvil, a la sombra de un huanacaxtle, al apretón de manos, a lo tomadizo de un estado de ánimo, al favor hecho al compadre, a la concesión otorgada al amigo de añeja amistad (Academia de Historia de Sinaloa, texto “Antonio Nakayama” de Ricardo Mimiaga Padilla).

Desde la impresión de Culiacán, Crónica de una Ciudad, cuando vivían aquí cerca de 200 mil habitantes, han pasado 45 años, y la premonición de Nakayama acerca del futuro de la ciudad fue un grito que parecía a tiempo que quedó en un grito en el desierto. La premonición se cumplió.

La ciudad creció bajo los caprichos de un mercado especulativo del suelo, sin planificación, sin ton, ni son, tras un ideal extraño: con el sueño de “ser grande” (¿para qué, o en qué sentido?), tras una fantasía que, por cierto, alimentan aún algunos  hombres y mujeres con capacidad –inclusive-  de decidir.

En estos 45 años, la mancha urbana creció de 3,670 a más de 13 mil hectáreas, sin que ello signifique mejor calidad de vida para un conglomerado de alrededor de 800 mil personas.

Aunque es mediana, Culiacán es ya una urbe esclerotizada, atiborrada por alrededor de 500 mil vehículos automotores, diseñada para satisfacer –sin lograrlo-  los requerimientos de los autos, donde poco importan los peatones y los ciclistas, los niños, ancianos o discapacitados. La calle no es para ellos.

Contra estos grupos de población, esta ciudad erigió barreras y obstáculos increíbles: no existen banquetas suficientes, ni adecuadas; carecen de pasos peatonales seguros, el sistema de transporte es inadecuado para su uso y la inseguridad pública es una constante.

Las políticas de vivienda de las últimas décadas –un fracaso, admitió hace unos días, por fin, el INFONAVIT- alentaron la especulación con el suelo y la construcción de fraccionamientos lejanos, sin servicios básicos, rodeados de altos muros que, en lugar de brindar seguridad, segregaron más a las personas.

La improvisación, la falta de planeación urbana adecuada (sobre todo, la no aplicación de ésta), la voracidad de los desarrolladores, la permisividad o la complicidad de algunos funcionarios de administraciones anteriores con éstos, y la ausencia de regulación del mercado del suelo, generaron, entre otras consecuencias, el desarrollo de una ciudad poco resiliente, expuesta a quedar bajo el agua en cualquier momento pues se permitió construir dentro de los ríos y sobre arroyos, sin cumplir la obligación de dotar a los nuevos desarrollos de drenes con capacidad y diseño adecuado para evitar las inundaciones.

Para colmo, la ciudad soporta un estigma terrible, negro, que parece imposible desterrar: la de ser (cierto o no) la cuna del narcotráfico en México, y la de ser además un campo de batalla en el que han caído a lo largo de los años miles de hombres y mujeres abatidos a balazos en mil sucesos de alto impacto.

Nacer, vivir y sobrevivir aquí no es fácil.

Amedrentados por la impunidad y la fuerza bruta de Ellos y de sus secuaces reales o supuestos, aprendimos desde niños a callar, a bajar la vista y el perfil, a ceder el paso a la barbarie y al conductor que te echa su camionetota encima sin freno, sin respeto.

Aquí caminamos de puntitas, sin banquetas, sin garantías. Tercos, sin embargo, algunos aún creemos que de algún modo, algún día, las cosas cambiarán en esta ciudad hecha para Algunos, no para todos.