Folklore en la Política Estatal

Hay mucho folclor en la política estatal
El folclor se ha apoderado de la vida política estatal. Ciertamente, no es un asunto nuevo. Hemos visto en los últimos tiempos de modo recurrente expresiones divertidas, chuscas y bastante frívolas que demuestra la poca estatura de quienes conducen –o van a conducir— los destinos de la entidad en los años venideros. El respetable se mantiene entretenido a falta de ideas, proyectos y propuestas del estado que se tiene y al que se aspira para el futuro mediato e inmediato. El interregno que se abrió a partir de la elección del 6 de junio y que afortunadamente pronto concluirá, no fue pródigo en formulaciones relacionadas con estrategias y políticas públicas que permitan corregir el magro crecimiento de la economía sinaloense, y los grandes programas estratégicos vagamente formulados no permiten advertir cambios sustantivos en la forma de entender y hacer política. Probablemente esté pidiendo demasiado, pero vivimos una etapa marcada por la abreviación del tiempo histórico, y se requiere acelerar el paso para no quedar atrás de la rueda de la historia. Si no, como he dicho en otras ocasiones, a Sinaloa le pasará lo que al Búho de Minerva.

Hablaba del folclor. No son pocos los que siguen a Rocha, sentados en le filo de sus butacas, en el proceso gradual de construcción del equipo que le acompañará en la tarea de gobierno. Poco a poco ha ido develando las piezas, y le encanta –según sus palabras— que especulen los medios sobre si tal o cual personaje quedará o no; si está arriba o abajo en las preferencias; si está en el ánimo de quien tiene el poder de decisión o si hay factores más allá del gobernador electo que gravitan sobre decisiones cruciales. Algunos de los señalados, sobre todo aquellos que disponen de cierto margen de autonomía, deciden no guardar silencio y asumen el desafío de dar muestras de independencia. Es el caso de Héctor Melesio Cuén, de quien Rocha ha dicho y redicho, recio y quedito, que ocupará el cargo de secretario de Salud. Pero, según parece, no ha sido informado oficialmente de tal designación, y algunos gestos y actitudes indicarían que hay cierto grado de incomodidad al menos por lo que respecta a la ausencia de una comunicación adecuada.

Se ha enterado por los medios, dijo, y añadió que esperará hasta el miércoles, en que el gobernador electo dará a conocer todo el listado de servidores públicos. Como el asunto ha pasado a ventilarse en los medios, a través de los cuales, junto con las redes sociales— se intercambian mensajes, pues evidentemente a Rocha no le ha parecido la mejor forma, aunque su talante personal lo haya propiciado dejándoles para el disfrute el campo de las especulaciones, y ha utilizado la misma vía para responderle. El asunto es que lo ha hecho de manera chusca y divertida. De ahí el folclorismo a que hago referencia. Esta fue la respuesta de Rocha:
“Pues está mal que ande mandando recados por los medios. Que vaya y me vea, ya le dije yo. ¿Qué quiere?, ¿que mande un ramo de flores? Sí va a ser, pero tampoco que se de tanta crema, no me gusta tanto activismo, pero si se vuelve renuente el que les cuento, a lo mejor y se queda Encinas. Encinas es mi gran amigo, un gran cuate y le tengo mucho aprecio”. ¡Bófonos!, diría el gran columnista Catón.

Si se analizan bien las palabras de Rocha, habría que decir que estamos ante un lenguaje desusado. No por su dureza, si por su llaneza, no muy propia de la política en público. Es un lenguaje que está bien para una conversación privada, sobre un asunto personal, pero no para comunicarse o enviar mensajes a alguien con quien se tiene cercanía o coincidencias en un proyecto político común y compartido. En primer lugar, la reconvención: “está mal que ande mandando recados por los medios”. Luego, que se persone, que se mueva: “que vaya y me vea”. Enseguida, que se deje de “florecitas y de amores míos”. A continuación, que no se exceda, que no pierda piso: “que no le ponga crema de más a sus tacos”; posteriormente, que no sea protagónico: “no me gusta tanto activismo” y finalmente, lo que puede considerarse una amenaza o, dicho más suavemente, una advertencia: “a lo mejor y me queda (Alejandro) Encinas (actual secretario de Salud del actual gobierno del Estado)”.
Bien. Veremos qué responde Cuén, y seguramente habrá respuesta antes del miércoles, muy probablemente hoy mismo.

Héctor Melesio Cuén está deshojando la margarita
Ahora, sobre la misma cuestión: hay un debate interesante entre los integrantes del PAS sobre si Héctor Melesio Cuén debe aceptar o no el cargo de secretario de Salud en el equipo de Rubén Rocha. De ello dio cuenta el diario El Debate de Culiacán en su columna “La glorieta” en la edición de ayer domingo: “aseguró estar valorando qué es lo que le conviene más como proyecto, si aceptar esta responsabilidad como secretario o continuar en la presidencia del PAS, pues recordó que de integrarse al gabinete del morenista Rocha Moya, su trabajo sería completamente institucional, lo que en términos llanos significa hacer a un lado el trabajo partidista”.
Por supuesto, el asunto también llama mucho la atención de observadores, analistas y comentaristas. He tenido oportunidad de conversar sobre este tema con diversos amigos, algunos de ellos bastante versados en cuestiones de estrategia política. Cualquier decisión –me decía—tiene relación más que con la UAS, con el partido. Si Cuén decide aceptar el cargo, se creará en su partido una especie de orfandad política, pues necesariamente tenderán a debilitarse de manera natural los vínculos que hoy existen, sobre todo si consideramos la enorme fuerza con que gravita Cuén sobre su organización política, y la naturaleza de “un partido de un solo hombre”. Creo que esta opinión no es nada descabellada, pues Cuén, con ese estilo y ese talante para conducir, hay logrado mantener en un puño todo el aparato y la estructura partidista. Su presencia ha evitado que se activen las tendencias centrífugas, y ha generado en la vida interna una especie de paternalismo cuya consecuencia es la ausencia de liderazgos emergentes sólidos, con prestigio y reconocimiento social, más allá del que en alguna medida ha logrado conformar Víctor Antonio Corrales Burgueño, secretario general de la organización partidista y ex rector de la UAS, y quien sería el relevo natural en el PAS para el futuro inmediato. De acuerdo con algunas de las versiones e interpretaciones que he tenido oportunidad de escuchar, la aceptación del cargo por parte de Cuén significaría para muchos efectos prácticos, el fin del partido local, la dilapidación del capital político acumulado y la cancelación de oportunidades que hagan del PAS una fuerza realmente competitiva y opción real de poder.

El otro escenario, que Cuén no acepte la secretaría, es la mejor garantía de sobrevivencia para el PAS y para consolidar sus expectativas de futuro. El PAS necesita, por su propia naturaleza, un liderazgo firme, sólido, férreo; el único que puede garantizar la cohesión y la unidad es él; es la mejor garantía para enfrentar disensos, rupturas y fracturas. Con él al frente, el PAS garantiza tener, en la perspectiva del 24, un (pre)candidato sólido, que apoyado en el trabajo permanente de construcción partidaria, ahora desde el poder en Sinaloa y en no pocos municipios, así como una buena presencia en el Legislativo, puede asegurar buenos resultados en términos electorales.
Es cierto que ambas opciones tienen sus riesgos, sus costos de oportunidad. Por lo que se sabe, la decisión no ha sido fácil. ¿La sabremos oficialmente hoy?

POLITEIA

La autonomía universitaria y un gobierno de estrépito
César Velázquez Robles

Estamos ante un gobierno de estrépito. En el afán de recuperar el tiempo perdido y condensar en unos cuantos días años de esfuerzos en la lucha por el poder a través de reformas que se distinguen por su presunto amplio calado, se cometen errores de todo tipo. Desde el contenido en aquella iniciativa de ley de remuneraciones de los servidores públicos, en la que en lugar de referirse a la ciudad de México, se menciona al Distrito Federal, y que fue despachado como “peccata minuta”. Y tal vez lo sea, sobre todo si se le compara con el “error” de eliminar del texto que cancela la reforma educativa –en realidad una contrarreforma–, la autonomía universitaria.
La voz de alarma ante este hecho, lo dio de inmediato el diputado Juan Carlos Romero Hicks, quien tuiteó: “Esta noche (del 12 de diciembre) la Cámara de Diputados ha recibido la propuesta del presidente López Obrador en materia educativa. Sorpresivamente el texto desaparece la autonomía universitaria, piedra angular de la educación superior mexicana. Gravísimo”.
Aquí caben dos posibilidades:
Una, que, en efecto, como reconocerían después tanto Esteban Moctezuma como el propio presidente López Obrador, se haya tratado de un “error”. No es descartable la hipótesis, sobre todo al constatar la premura con la que ha comenzado esta gestión, y que le ha llevado a cometer tropiezo tras tropiezo. El descuido y el desaseo con que se está procediendo en el propósito de subvertir gran parte del andamiaje jurídico, político y administrativo que hasta ahora ha regulado –para bien o para mal– el funcionamiento del sistema político mexicano y del Estado de derecho en nuestro país, no puede justificar fallas de esta naturaleza.
Dos, que el gobierno haya trata de pasar de contrabando el deliberado propósito de violentar el funcionamiento de las instituciones públicas de educación superior del país, lanzando ese órdago sobre ellas. Ya lo sabemos: la palabra autonomía –y todos sus derivados—causa escozor en el discurso presidencial, y estamos asistiendo a una ofensiva –abierta o embozada—frente a instituciones que disfrutan de esta prerrogativa, sea el Banco de México, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, el Instituto Nacional de Acceso a la Información, el Instituto Nacional Electoral, y ahora las universidades.
Y no es que uno sea paranoico, pero este “pequeño error” con relación a las universidades no es el primero; es el segundo en tan solo unos días. Recordemos que hace unos días, según los ajustes financieros para cuadrar las cuentas del presupuesto de 2019, el gobierno había decidido una reducción de hasta 32.5 por ciento en los recursos asignados a las instituciones de educación superior. La difusión del asunto obligó al secretario de Hacienda y Crédito Público, a justificarse: “Fue un error en la manera como se calculó sueldos y salarios para las universidades. Eso se hace en Hacienda. Se les dieron los nuevos tabuladores y fue un errorcito. Ya se compuso”.
Me inclinaría más por esta segunda hipótesis, y me llama la atención que el propio presidente en su homilía matutina de este jueves 13 de diciembre, la haya despachado como un asunto menor, inocuo, intrascendente. Así, por ejemplo, señaló: “Para que no se use de pretexto o de excusa, y se quiera combatir nuestra iniciativa, si es necesario estamos dispuestos a que se agregue lo de la autonomía”. Apuntó, además, a que sus adversarios sólo están esperando que se cometa alguna equivocación o error para criticarlo: “los que están a disgusto por la decisión que tomamos de cancelar la reforma educativa, van a querer agarrar eso de bandera, entonces es mejor aclararlo”.
Quiso así López Obrador mostrarse magnánimo. El desdén y desprecio con el que se refiere a la autonomía –ahí está su expresión: “estamos dispuestos a que se agregue lo de la autonomía”— no es sino indicador de cuál será el comportamiento y la actitud frente a las universidades públicas que en los años venideros ejerzan el papel de conciencia crítica y moral de la sociedad mexicana: serán acosadas, sometidas a presiones de todo tipo, intervenidas, sujetas al arbitrio del poder político. La idea de que las universidades son instituciones del Estado y la nación, y que requieren para su desarrollo de un ambiente de libertad de cátedra e investigación, así como de un espacio para el ejercicio de la crítica, será puesta a prueba por un gobierno que empieza a mostrar preocupantes signos de autoritarismo.
Ese “estamos dispuestos”, resume el talante autoritario al que me he referido. La SEP también ha tratado de restarle filo al asunto, y prácticamente ha tratado de darlo por cancelado, repitiendo en un boletín lo que ya adelantó su titular: que fue un “error de captura”.
Bueno, con tal de que este “error de captura” no se traduzca en una “captura de las universidades” para fines de control e instrumentalización, vale.

POLITEIA

López Obrador y un altero de frijoles
César Velázquez Robles

Apenas van 10 días del presunto “nuevo régimen”, y vamos de despropósito en despropósito. Los excesos verbales parecen no tener límites, y se sobredimensiona cualquier hecho, cualquier medida o decisión que adopte el gobierno que ha iniciado. Es difícil encontrar el equilibrio en el ámbito de la reflexión colectiva, y empiezan a acumularse las muestras de abyección en algunos columnistas y comentaristas. No me refiero a las posiciones y declaraciones de los partidos y/o sus dirigentes, o líderes de las mayorías congresuales, que para eso están. No;  me refiero a quienes tienen un espacio de opinión en los medios, responsabilidad que los debería llevar a la autocontención, a ser más cautos en sus opiniones y posiciones. Pero no: parece que hay una desenfrenada carrera en agradar a López Obrador, y en ese propósito nada importa perder la figura y el porte. Es el caso al que me voy a referir en seguida.

La llamada “cuarta transformación” tiene  comparaciones asaz interesantes. La corresponsal en Washington, DoliaEstevez, escribió que las primeras acciones emprendidas por el gobierno de López Obrador (y disculpen ustedes que cite in extensu),

“evocan momentos históricos en los que la caída de un régimen o el fin de una ideología fueron seguidos por la eliminación de las imágenes que les daban identidad. La supresión de monumentos, edificios, nombres de calles, emblemas, asociados al régimen Nazi tras la Segunda Guerra Mundial; la caída del muro de Berlín en 1989 y la demolición de las estatuas de Lenin y Stalin poco después; el derrocamiento de la efigie de Hussein en 2003; la destrucción de las imágenes de Mubarak durante la primavera árabe en 2011 y la remoción de la última estatua de Franco en España en 2008, por ejemplo.

“En Berlín, el edificio que había sido sede de la SS, la genocida policía secreta nazi, fue arrasado. Décadas después, se abrió un centro para educar a la gente sobre los crímenes de los nazis. Toda proporción guardada, pareciera que la “cuarta transformación” tomó una página de esa historia. El mismo día de su juramentación, López Obrador transformó Los Pinos, un monumento a la riqueza, en centro cultural. Lunes 10 de diciembre de 2018 3 de Julio de 2016 Folio 045/ 2018 Mientras afirmaba que “nada material me interesa” ante la Cámara de Diputados, miles de personas atestiguaban el uso y abuso del dinero público. Por primera vez, los mexicanos pudieron constatar la suntuosidad de los espacios privados que Enrique Peña Nieto y su familia disfrutaron a cuenta de los contribuyentes.”

Es la ridiculez llevada al extremo, tan solo matizada por “toda proporción guardada”. Lopez Obrador, según Dolia está desmantelando todas las imágenes  que daban identidad al viejo régimen. Las acciones emprendidas tienen su equivalente con la destrucción de imágenes, monumentos y estatuas nazis al concluir la Segunda Guerra Mundial, la caída del Muro de Berlín, y el derribo de las estatuas de Hussein, Mubarak y la remoción de la tumba de Franco en el Valle de los Caídos, en España. Ni López Obrador había ido tan lejos: lo suyo solo tiene equivalentes en las revoluciones de Independencia, Reforma y Social de 1910-1917, ahora extendida hasta 1940 para incluir a Lázaro Cárdenas.

Y los hechos “fundacionales” son, a juicio de la señora Estevez, incontrovertibles: según ella, la apertura de Los Pinos al pueblo, para que pueda admirar la suntuosidad con que vivía la vieja clase gobernante: escalinatas de mármol, la venta del avión, la utilización de un utilitario para desplazarse, y cositas por estilo. Poco más que agregar. Se fija en el oropel, en la apariencia y no va a la esencia: lo que importa es la superficie, la utilización de símbolos. ¿Y qué dice la señora del modelo económico? ¿Dónde está el cambio radical para equiparar la transformación que según ella está viviendo México, con lo ocurrido al final del régimen nazí o con la caída del Muro?

Todo lo que señala como símbolos de la cuarta transformación no es más que bisutería, y de la chafa. La propia Dolia ensaya una especie de autocrítica con la cita de las palabras del historiador John Womack:

“a menos que en el transcurso de los siguientes seis años López Obrador efectivamente resulte ser tan importante como Lázaro Cárdenas, estos gestos simbólicos no van a significar más que, como decimos en Oklahoma, un altero de frijoles… El Peje entiende muy poco (si no es que nada) de la historia de su Patria, pura vieja paja priista”.