POLITEIA

López Obrador y un altero de frijoles
César Velázquez Robles

Apenas van 10 días del presunto “nuevo régimen”, y vamos de despropósito en despropósito. Los excesos verbales parecen no tener límites, y se sobredimensiona cualquier hecho, cualquier medida o decisión que adopte el gobierno que ha iniciado. Es difícil encontrar el equilibrio en el ámbito de la reflexión colectiva, y empiezan a acumularse las muestras de abyección en algunos columnistas y comentaristas. No me refiero a las posiciones y declaraciones de los partidos y/o sus dirigentes, o líderes de las mayorías congresuales, que para eso están. No;  me refiero a quienes tienen un espacio de opinión en los medios, responsabilidad que los debería llevar a la autocontención, a ser más cautos en sus opiniones y posiciones. Pero no: parece que hay una desenfrenada carrera en agradar a López Obrador, y en ese propósito nada importa perder la figura y el porte. Es el caso al que me voy a referir en seguida.

La llamada “cuarta transformación” tiene  comparaciones asaz interesantes. La corresponsal en Washington, DoliaEstevez, escribió que las primeras acciones emprendidas por el gobierno de López Obrador (y disculpen ustedes que cite in extensu),

“evocan momentos históricos en los que la caída de un régimen o el fin de una ideología fueron seguidos por la eliminación de las imágenes que les daban identidad. La supresión de monumentos, edificios, nombres de calles, emblemas, asociados al régimen Nazi tras la Segunda Guerra Mundial; la caída del muro de Berlín en 1989 y la demolición de las estatuas de Lenin y Stalin poco después; el derrocamiento de la efigie de Hussein en 2003; la destrucción de las imágenes de Mubarak durante la primavera árabe en 2011 y la remoción de la última estatua de Franco en España en 2008, por ejemplo.

“En Berlín, el edificio que había sido sede de la SS, la genocida policía secreta nazi, fue arrasado. Décadas después, se abrió un centro para educar a la gente sobre los crímenes de los nazis. Toda proporción guardada, pareciera que la “cuarta transformación” tomó una página de esa historia. El mismo día de su juramentación, López Obrador transformó Los Pinos, un monumento a la riqueza, en centro cultural. Lunes 10 de diciembre de 2018 3 de Julio de 2016 Folio 045/ 2018 Mientras afirmaba que “nada material me interesa” ante la Cámara de Diputados, miles de personas atestiguaban el uso y abuso del dinero público. Por primera vez, los mexicanos pudieron constatar la suntuosidad de los espacios privados que Enrique Peña Nieto y su familia disfrutaron a cuenta de los contribuyentes.”

Es la ridiculez llevada al extremo, tan solo matizada por “toda proporción guardada”. Lopez Obrador, según Dolia está desmantelando todas las imágenes  que daban identidad al viejo régimen. Las acciones emprendidas tienen su equivalente con la destrucción de imágenes, monumentos y estatuas nazis al concluir la Segunda Guerra Mundial, la caída del Muro de Berlín, y el derribo de las estatuas de Hussein, Mubarak y la remoción de la tumba de Franco en el Valle de los Caídos, en España. Ni López Obrador había ido tan lejos: lo suyo solo tiene equivalentes en las revoluciones de Independencia, Reforma y Social de 1910-1917, ahora extendida hasta 1940 para incluir a Lázaro Cárdenas.

Y los hechos “fundacionales” son, a juicio de la señora Estevez, incontrovertibles: según ella, la apertura de Los Pinos al pueblo, para que pueda admirar la suntuosidad con que vivía la vieja clase gobernante: escalinatas de mármol, la venta del avión, la utilización de un utilitario para desplazarse, y cositas por estilo. Poco más que agregar. Se fija en el oropel, en la apariencia y no va a la esencia: lo que importa es la superficie, la utilización de símbolos. ¿Y qué dice la señora del modelo económico? ¿Dónde está el cambio radical para equiparar la transformación que según ella está viviendo México, con lo ocurrido al final del régimen nazí o con la caída del Muro?

Todo lo que señala como símbolos de la cuarta transformación no es más que bisutería, y de la chafa. La propia Dolia ensaya una especie de autocrítica con la cita de las palabras del historiador John Womack:

“a menos que en el transcurso de los siguientes seis años López Obrador efectivamente resulte ser tan importante como Lázaro Cárdenas, estos gestos simbólicos no van a significar más que, como decimos en Oklahoma, un altero de frijoles… El Peje entiende muy poco (si no es que nada) de la historia de su Patria, pura vieja paja priista”.