¡Ahí viene el Tlacuache locochón!

Ahí viene el gato loco, que le patina el coco…

Los Hooligans

Víctor Javier Pérez Montes

Repetía insistiendo con gran asombro Beto:

-¡Ahí viene el tlacuache locochón!, Benito el borrego no ponía atención. Rutila la vaca, apenas si escuchaba la advertencia, su  pastura perecía ser lo que verdaderamente importaba en su vida.

Teodoro la mula, solo le interesaba pasear por el establo, no había necesidad de temer a ese tal tlacuache!

-¡Ahí viene el malvado Tlacuache! ¡Viene hacia acá! Repitió con asombro y a la vez con misterio Beto, el niño de la granja.

De pronto, Santino el Ratón, salió despavorido, corriendo como nunca, era el asombro ¡un Tlacuache!, ¡Un enorme tlacuache vendrá y nos comerá!

De repente, Benito el borrego cambió su actitud: ¿Será posiiiibleeeeee  que un enorme Tlacuache pueda comernos?

Rutila la vaca dejó de masticar, su mirada era de asombro y temor, una idea vino a su cabeza: ¡Me voy! ¡Renuncio a esta granja! No voy a dejar que ese monstruoso Tlacuache me coma!

Teodoro la mula, apenas si volteó, solo el asombro de sus compañeros hizo que él viera la posibilidad del “gran peligro”

¡Ahí viene el Tlacuache locochón y malvado! ¡Viene hacia acá! “Hoy llegará” ¡Repetía Beto con gran asombro!

Santino el Ratón, Benito el Borrego, Rutila la Vaca y Teodoro la mula gritaron a una sola voz y con gran miedo, entre asombro y un sentimiento de gran terror!: ¡Nos va a comer el Tlacuache monstruoso y malvado! ¡Es el fin de la granja! ¡Estamos perdidos!

Los pollitos de Doña Treme “la Gallina” pillaban de susto, Doña Treme asustada con gran revuelo ordenaba a sus pollitos meterse a la caja de madera y no salir! ¡Era el fin!

Ahí viene el Tlacuache locochon! Viene hacia acá! Hoy llegará! Todos escóndanse ya! Beto repetía las tenebrosas frases!

Benito el Borrego gritaba y lloraba de miedo! Repetía la frase. ¡Ay de mí!, yo tan joven y con chinos tan sedoso!  ¡Y el malvado tlacuache me va a comer!

Rutila la vaca y Teodora la mula, si apenas podían aguantar el llanto! Los ojos llorosos y el movimiento de sus hocicos era claro!! Tenían pavor por el enorme, malvado y monstruoso Tlacuache!

Santino el Ratón parecía un tempano, un pequeño cubo de hielo, no sabía si correr o llorar, el terror inundó completamente su pequeño ser, un tremendo y monstruoso Tlacuache vendría y lo comería, era increíble! No lo podía creer! Don Rafa el Búho solo veía con sus saltones ojos el asombro de sus vecinos de la granja.

De repente, Santino el Ratón se cae de las escaleras en la que estaba, Benito el Borrego pegó un salto hasta el segundo piso del granero. Rutila la vaca no encontraba la salida, golpeaba la cajas de manzanas y peras y no sabía por donde tenía que correr.

Teodoro la mula empezó a tirar patadas como loco, golpeando todo a su alrededor, aquello parecía un pequeño ciclón, era un desastre total. ¡Todos estaban desquiciados! Era el fin un tlacuache gigante, horrible, monstruoso, malvado y hambriento ¡los iba a comer a todos! Sólo tenían que cerrar sus ojos y decir: ¡Adiós mundo cruel!

Cuando de pronto, Beto llegó y dijo el Tlacuache estuvo aquí! Beto dio la noticia.

El Tlacuache locochón se fue! Se fue por el camino y nunca llegará! En ese momento Beto cierra su libro de cuentos!

Ah!!!! Con que era un cuento! Los animales de la granja se vieron unos a otros y a una sola voz dijeron: ¡Era un cuento! Todo ese alboroto era un cuento! Para la próxima pondremos mas atención de que hablan! quien lo dice y como lo dicen!

Y hasta aquí el cuento…! bye, ciao, adieu, pai pai!

VIDA COTIDIANA

Memorias del Vergel: Un lugar que ni la revolución pudo cambiar

…nuestras  chozas y jacales, siempre llenos de tristeza, viviendo como animales en medio de la riqueza.

Corrido del agrarista

Víctor Javier Pérez Montes

Derribado estaba el viejo Sauce que servía como referencia desde la carretera que obligaba a desviarse a la izquierda, apenas un anuncio oxidado con letras tenues hacía mención del poblado a llegar, el poblado del Vergel. Era la primera vez que regresaba, ya habían pasado bastantes años, un poco de nervios, un poco de nostalgia, un poco o mucho de miedo sentía que corría en mi cuerpo, las memorias iniciaban el retorno a mi mente, algunas buenas, algunas malas, pero se iniciaba la resurrección de los muertos que ya habían partido, mis memorias iniciaban ese proceso.

La carretera había cambiado, quizá un poco, quizá nada,  sólo que ahora era chapopote y con líneas blancas. La antigua tranvía o trenecito que había mandado poner el general Cañedo ya era historia. Me había contado mi abuelo que él mismo había trabajado en el tendido del ferrocarril o mejor dicho en el “riel de la burra”, así le decían al trenecito con dos vagones para gente, sin mencionar de los cochis, las gallinas y hasta los burros que subían con rumbo a la bahía de Altata.

La vía ya no era de fierro, ahora era negra y blanca, la “Burra” se había convertido en la “guajolotera”, y así le llamaban porque Cuco Guzmán, un viejo  panzón vecino del lugar, oriundo de Lagos, por allá en Jalisco, decía que en su pueblo había un camioncito igualito, nomás que como allá la gente criaba mas guajolotes que gallinas, pos por eso le llamaban la “guajolotera”, y así se le quedó. Los  pedazos de fierro quedaron de lado de la angosta carretera de dos carriles, como testigos fieles del cambio que los años habían hecho en esos rumbos sinaloenses.

Pero de pronto el tiempo se detuvo, es más, me atrevo a decir que regresó. Apenas me bajé del camión y mis recuerdos resucitaron como viejas ánimas que salían del panteón de mi mente. Hasta aquellos recuerdos que ya no tenía en la mente de manera fresca, según yo los tenía totalmente olvidados, mejor dicho aquellos que no quería recordar.

Mi padre siempre solía decir en sus platicas de borracho con sus amigos: “este pinche pueblo tiene una maldición, te jala como las ánimas que te jalan las patas, por que por más que haces el intento de no volver a este pueblo, siempre hay algo que te hace regresar…”. Y asi era la frase profética de mi padre, había algo que me hacía regresar.

Era una mañana fría de enero en 1943, una maleta vieja de cuero color marrón en mi mano, la chaqueta negra estilo aviador en mi hombro, a pesar de que el aire era frío y pegaba directo en mi cara resecando mis labios, en mi mente se repetía la frase a manera de sermón dominical “En Fort Collins cae nieve y nunca te quejaste”, las palabras de mi padre se cumplían, regresaba de mi largo exilio en el otro lado. Como todos los chamacos de mi rancho, nomás juntaban uno cuantos pesos y se iban para el paso del norte, lo que ahora se conoce como Ciudad Juárez, de ahí se iban para Nuevo México, decían que siempre te contrataban en Alburquerque, pero mentiras, solo te quería para ser casi un esclavo, por eso cuando tuve la oportunidad me fui mas al norte casi en la frontera de Colorado y Wyoming, bueno, es ahí donde me alcanzó el dinero, en Fort Collins.

Mi amigo de toda la vida, el güero Chevo Cota, me había animado y hasta Denver había parado, trabajó 5 años en un criadero de caballos para un Derby, algo así, lo que en el rancho le decíamos un taste de carreras, pero, él se había enfadado y junto unos dólares, se regresó y puso un criadero de cochis, y bueno, no se quejaba. Algunos días antes de regresarme, Mr Wells, Benjamin Wells, el dueño del aserradero en donde trabajaba me había comentado: “ don´t go to Mexico, no irse a México, aquí comer bien, tu ser buen trabajador, the goverment is going to support for the war, we need more people like you…”, lo cierto es que no me quedé, el terruño me llamó.

El camino al poblado era el mismo, lleno de tierra suelta y piedras de río, en él, se veían las huellas de caballos o burros del lugar, las ruedas de algunas carretas hacía zurco que a lo lejos se perdía la continuidad por lo suelta de la tierra. El único cambio que notaba de manera significativa era un anuncio de “Coca-Cola”, tenía algunas manchas de óxido, al parecer la vieja tienda de “Fermín el Vasco” se incorporaba a la modernidad de los tiempos, los pocos sauces y algunos tamarindos se mecían de manera serena, como si de alguna manera, marcaran el tiempo que parecía no pasar por ese lugar.

De repente, ahí estaba la vieja casa de adobe y techo de palma, semidestruida, la puerta de palo tenía carcomida los bordes, parecía un testigo mudo de sucesos que habían marcado mi existencia. Esa puerta era una especie de representación física de todo aquello que había olvidado y que de pronto volvían a mi mente, las imágenes claras de los años de la revolución, bueno, así es como le llaman los políticos a la rapiña, los asesinatos, las violaciones y los abusos de autoridad que pueblos como el Vergel había sufrido por tal acontecimiento. En el rancho le llamábamos la “Bola”

… la “Bola”  llegaban a los pueblos, algunos llegaban y tomaban lo que podían, ya fuera gallinas, vacas, maíz, frijol, pulque y por supuesto los cochis más gordos de los ranchos cercanos al pueblo en el que vivíamos,  El Vergel, es más algunos mejor se quedaban en el pueblo como el indio Odilón, un indio mayo, que algunos decían que era Yaqui, pero que en fin, terminó por quedarse y empezar la zona “de diversión y vicio” que a los años mejor puso una pulquería, disfrazada de billar, para congregar a los hombres del pueblo después de sus faenas del campo.

A los años, este indio se juntó con la Macaria, una prostituta que nunca se supo de dónde vino, pero que después sería la “Madam” del pueblo y dueña del burdel mas importante de la región, obviamente entre Odilón y la Macaria se conformaría una especie de “mafia” de vicio y diversión en el Vergel, obteniendo como resultado importantes ganancias que se dejarían ver a los años con la adquisión de un automóvil (el primero en ser visto en el pueblo) y todo gracias a los esfuerzos realizados en el seno del burdel disfrazado de billar llamado “La Cuicha” como decía mi abuela: un  nido de  “ borrachos y pajuelas”.

Las chamacas del pueblo no serían la excepción de ser tomadas por los de la Bola, recuerdo que a mi prima la Juliana la teníamos que esconder con los burros y las gallinas, o a veces en lo mas lejano de la parcela  ¡y pos como no! Estaba bien desarrollada la chamaca y apenas tenía 14 años, aparte que era huérfana la pobre, ya que  a su único hermano se lo habían llevado para Guaymas desde Altata en un barco, que unos villistas habían capturado, pero andando entre la bola y sin gobierno, al chamaco lo mandaron matar por robarle a un maestro el saco y los zapatos,  y pues, como eran gringos, tenía que pagarlos bien caro, todo esto ocurrido en un poblado cercano a Empalme, por allá por Sonora. A los meses de haber ocurrido el infortunio nos dijeron, recuerdo a la Juliana, nomás se le llenaron los ojitos claros de lágrimas, y pues como no, se había quedado solita, lo bueno que mis abuelos siempre tuvieron un lugarcito para ella en la casa.

 Por acá en el rumbo, llegaron algunos obregonista, gonzalistas, villistas y hasta los buenos de la Bola, los carranzistas… todos eran unos hijos de la chingada, pinches asesinos y violadores…unos bandidos con nombre de revolucionarios. Recuerdo muy bien la noche que llegaron al rancho, eran unos quince, todos borrachos, algunos arrasaron con lo que podían, es más, hasta la ropa se llevaron y las mulas de mi tata.

Recuerdo muy bien esa noche en especial, venía de moler el nixtamal con doña Eufrosina, comadre de mi abuela, traía el morral lleno de masa, mi padre y mi tata Macario estaban discutiendo con uno de los líderes de la tropa, mi tío arrempujó a ese señor y sin mas que más, este le tiro 3 plomazos a mi padre,  a mi tata lo agarraron a cachazos y le dieron 2 balazos, el alegato era porque querían obligar a mi tío  irse con ellos, y la verdad fue que se lo llevaron, pero ¡entre las patas! por suerte, mis hermanas se fueron para la parcela y no las pudieron encontrar, estos  “revolucionarios” sino las hubieran deshonrado como puercos en celo.

Sólo recuerdo el charco de sangre que dejaban los dos cuerpos tirados en la entrada de la casa, este hombre ordenó a sus hombres que registraran la casa, sí había algo de valor lo tomaban, sí no se desquitaban con las mujeres, yo tenía unos once años, aún recuerdo como caían al suelo mi padre y mi tata y como mi nanita los lloraba. Durante mucho tiempo recuerdo los gritos de desesperación de mi nanita, recuerdo la forma en que los llevamos a enterrar, el olor a cera quemada y los rezos me ponían en un tipo de transe que hasta hoy no he podido olvidar.

Pasó la ventolera revolucionaria, pasaron los años y las demandas de la Revolución nunca llegaron, venían los sonorenses y sus allegados y pues nomás no se veía el progreso. Se echaron a Obregón y se quedó con el hueso el jefe máximo de la Revolución, el general Plutarco Elías Calles, como decía el maestrito de la escuela rural del rancho la Colorada “era la misma gata, corriente y apestosa, pero nomás con otro pelaje”, fuimos como  decían los del PNR,  “la carne del cañón, la cargada de búfalos, la gasolina del carro revolucionario”. Todas las tierras que el “tata Cárdenas” entregó y el “buchón” de Ávila Camacho en el pueblo eran marismas más saladas que ni los mangles se podía dar. Las tierras que se encontraban en el valle, eran dadas a los amigos de los políticos, curiosamente algunos extranjeros, chinos, alemanes y algunos griegos, por donde pasaban los canales o drenes para sus cultivos.

De pronto, alguien gritó mi nombre, ¡Martín!, fue como salir del trance en el que mi mente había entrado, entre los recuerdos revividos y las viejas imágenes que se desvanecían en el olvido, estaba ahí, parado frente a la puerta en la que mi abuelo y mi padre habían muerto, era como recordar tragedias, era como vivir lo pasado, era desenterrar las memorias del Vergel.

Long cool woman in a black miniskirt… ( que buena estás…)

Sale sola de noche María, recorriendo las calles de la ciudad..

Es María que pena en la calle…

María, Café Tacuba

Era los últimos días del mes de Octubre, era la hora en que todo mundo salía de su trabajo, aquella calle verdaderamente era un hormiguero, no había un orden, excepto, el que cada uno de esos individuos maquinaba en sus propias mentes.

Esperando el autobús volteaba constantemente para ver mi reloj, aquel reloj viejo de manecillas marca Haste marcaba las 5:37 de la tarde, llegaba el autobús a la parada en la esquina de Juárez y Rubí, de manera intempestiva un ejército de personas de todas las edades, lo abordaba con cierto orden y lógica admirable.

Toda esa masa de humanidad abordaba el autobús y de manera rutinaria pagaban al chofer, no había expresión de agrado o desagrado, era parte de un ritual urbano que de manera desesperada, como si no hubiera un mañana, volteaban a su alrededor sin afán de buscar amigos o conocidos, solo un asiento que estuviera en los primeros lugares del autobús.

Al contrario de ese ritual, de mi parte, yo no mostraba tal preocupación, de todas formas siempre recorría el autobús hasta el final del mismo, en donde nunca llegaban las viejitas con sus bolsas de mandado o donde las mamás con niños pequeños nunca se sentaban. Ese era mi propio ritual en los autobuses urbanos.

Todos ya estábamos listos, sin embargo el conductor del autobús no iniciaba la ruta. Esperamos en el autobús entre 4 a 6 minutos, aquello era o parecía una eternidad.

¡Puta madre!, pinche camionero centavero, a de querer que se ponga hasta el culo este puto camión para sacar lo del día! Mientras maldecía con y sin razón, sacaba de mi maletín el viejo libro de cuentos que estaba leyendo, el título del cuento era El Gato negro o algo así, el autor Edgar Allan Poe, creo que muy apropiado para la temporada.

Intentando reiniciar la lectura, cuando de pronto, se subía al autobús, aquella mujer de minifalda entallada y blusa negra con escote pronunciado, figura espigada pero a la vez voluptuosa con cierto aire de altivez, piel blanca con tonalidades rosas, pechos grandes y firmes, caderas pronunciadas, una cintura bien marcada que terminaba en glúteos firmes y curvatura perfecta.

Su cabello era castaño y  largo, perfectamente planchado; portaba gafas grandes y oscuras que no me permitían ver sus ojos, pero que seguramente eran hermosos, aquel monumento de mujer era el poema a la belleza femenina culichi, de manera discreta recorrió el camión y a pesar de los espacios vacíos, para mi fortuna o mala suerte se sentó a mi costado.

¡…uta! Asi no la puedo ver –pensé rápidamente-, ¡tengo que ser muy disimulado! Un poco con ganas y a la vez con pena, me decidí a preguntarle su nombre, pero, de manera misteriosa y sorpresiva, la bella dama me abordó primero:

-¿Cuál es tu nombre?, sorprendido y con un tono entre temeroso e inseguro, le contesté: Ruy, mi nombre es Ruy, ¿y el tuyo?

 Con una cara de satisfacción y coquetería natural, mientras bajaba sus gafas, con una voz suave, pero seductora respondía a mi pregunta:

            –Rubí, mi nombre es Rubí, pero, ¡qué raro nombre tienes!, al tiempo en que su mirada se clavaba sobre la mía, fue en ese momento descubrí sus ojos, eran grandes, expresivos, que decían mucho, sin decir nada, que me inquietaban en extremo,  y además no quitaba su mirada en mí, por un momento me sentí muy incómodo, – Siempre había sido el que asechaba con la mirada-  de pronto, se me venía una idea, ¡voy a ligarme esta vieja!

Pero para mi sorpresa o desagrado, ella empezó a hablarme de su novio; “Ese hijo de la chingada, es un cabrón bien hecho, cree que porque tiene dinero y anda de mandadero del Chito Zazueta –el mafioso que cuidaba el sector de Sanalona-, me va a tratar como a una puta, se topó con pared ese pendejo. Ya sé que anda con una morrilla pendeja de Barrancos, y lo han visto en su Mini Cooper, pero se las voy a cobrar todas al cabrón”.

Aquellas declaraciones, me cayeron como cubetazo de agua helada en el cuerpo, no supe que decir, y por más que traté de esforzarme, nomás no salían ideas que pudieran dar algún consuelo o ayudar al ánimo de la bella joven, que a pesar de su imagen de lagartona tragahombres, era evidente del ánimo devastado por el canalla de su pareja.

De repente, ella dice: “Ya sé, tú me vas a ayudar a chingarme en ese cabrón”. Le respondí de manera súbita y sin pensarlo: ¿Qué?, ¡no! ¡Espérate!, ni te conozco, como que chingarme en ese… ¡No!, ¡Ese güey anda chueco!, ¡Es de la Mafia!, ¡No la chingues mamacita!, ¡además son unos cabrones bien hechos!, ¡no no no no y no!, ¿sabes qué?, mejor ¡ahí te veo!, estás que te caes de buena, ¡pero hasta ahí!

Cuando traté de bajarme del autobús, esta mujer se levantó y me encaró de manera fuerte y sin reservas: “¿Qué no te gusto?, ¿eres puto o qué?, te vi cómo me tragaste con la mirada desde que me subí en el camión, crees que no me di cuenta, sólo te pido que me ayudes…en ese momento, algo golpeó mi conciencia haciéndola añicos, era un sentimiento de complicidad y una fuerza interior de lujuria y deseo que no esperaba más.

Ambos nos bajamos del autobús, sin decirnos nda, tomé mi celular y abrí la aplicación del Quick ´n Go!, para mi fortuna -y ganas-, llegó en 10 minutos el automóvil, en esos momentos, aquella mujer sin decir palabra alguna, me tomó de la mano y con solo una frase me dijo todo: “no te vas a arrepentir” y en efecto, en media hora estábamos en un Motel y como locos de manera intensa hicimos el amor, dejando que las pasiones fueran desbordadas, aquello fue alucinante. Al terminar caímos en un sueño profundo, cuando desperté estaba solo, eran las 9.45 pm.

Decidí pedir otro automóvil por la aplicación de mi celular, en 7 minutos estaba llegando, ya era oscuro, apenas podía distinguir que tipo de automóvil  era, aquel auto que iba llegando se me hizo bastante moderno y grande para ser un taxi de aplicación, las luces de los faros me cegaban por completo, en ese momento de hacer una señal para que se detuviera el auto, escuché 3 detonaciones, de inmediato sentí como iba cayendo mi cuerpo y a la vez, iba cerrando los ojos.

Solamente pude escuchar el rechinado de las llantas, y de inmediato me llegó el olor a llanta quemada . A los pocos segundos, abrí los ojos y me levanté sacudiéndome el polvo, que  raro estuvo todo aquello – pensé por unos instantes-, traté otra vez de usar mi celular, pero no lo encontré, no tuve más remedio que caminar por toda la carretera hasta  que alguien me diera un aventón.

Era bastante raro, por más señas de raite que pedía, nadie me hacía caso, llegó el momento que pensé que todo mi esfuerzo por llamar la atención era en vano. Nadie me quería ayudar y no los culpaba, y de pronto dije: ¿Quién chingados iba a levantar a un hombre en la noche a media carretera?

Después de casi 2 horas de caminar, llegaba al Centro de la ciudad, y volvía a mirar mi reloj, eran las 9:52 pm, ¡Ah cabrón!, tanto tiempo he caminado y apenas son las 9:52, yo creo que este relojito ya está valiendo madres, pero, ahorita que llegue al Garmendia, le pido a uno de los relojeros que me cheque la pila o a ver que es.

Llegando a un puesto saludo al encargado, ¡Buenas compa! ¿Puede checar mi reloj?, pero, este hombre ni se movió, le volví a repetir y parecía que no me veía o escuchaba mi petición. Llegó otra señora y de inmediato la saludó y la empezó atender. ¡Oiga compa! ¡Yo llegué primero!, pero en vano fue mi reclamo, no me escucharon. De pronto, empecé a reflexionar y a cuestionarme: ¿Qué está pasando? No entendía, quise tocar a la señora para que me volteara a ver, pero, mi sorpresa fue mayor, al intentarlo otra vez, me fui de paso, no la podía tocar, ¡atravesé todo su hombro y nunca la pude tocar! Me quedé en pausa, no lo entiendo, todo es real, entonces ¿qué soy yo?

Empecé a correr por el medio de la calle, y para mi sorpresa atravesaba camiones, carros, personas, de pronto, un hombre se me acercó y me dijo: ¿Ya lo entendiste? ¡Entender qué pendejo!, ¡el pendejo eres tú! ¡ Ya estás muerto!, de pronto, volteo y veo en un puesto de revistas, un periódico y en primera plana estoy yo con disparos en el pecho, tirado enfrente del motel y con un titular: “Muerte pasional”.

De pronto resonaban en mi mente las palabras de Rubí: “no te vas arrepentir” y en efecto, solo pensar en ella, olvidaba mi condición inmortal, recorriendo con mi mente su figura desnuda y de pronto suspirar y decir: “¡qué buena estás!